|
|
INTRODUCCIÓN
El
gobierno de Colombia está
presionado por los dos flancos.
Está, por un lado, contra
un muro de tapia, fundamentalista
y endurecido, pero excesivamente
armado y chantajista, que sueña
con hacer regresar a Colombia al
mundo agrario de los años
60. Y por el otro lado, tintinean
a su alrededor los sables y se le
ha retirado un apoyo parlamentario
de liberales e independientes, cuestionando
ambas fuerzas su manejo arrogante
y palaciego de un proceso de paz
en el que el Estado colombiano ha
venido entregando demasiado sin
las contrapartidas guerrilleras
que lo hagan por lo menos verosímil.
La victoria electoral de Alvaro
Uribe Vélez, con su gran
objetivo “Colombia primero”
y su lema central ‘Mano firme,
Corazón grande’ equivale
a una luz al final del túnel.
Y permite entrever un nuevo escenario
de una Seguridad Democrática
para todos, con un país nacional
afianzándose institucionalmente
por sobre los partidos y las facciones,
por sobre los intereses del narcotráfico,
por sobre la violencia de los grupos
armados fuera de la ley, por sobre
la masa informe de la anarquía
social.
Son enormes las esperanzas puestas
en el nuevo gobernante. Colombia
no puede seguir intentando volar
como si fuera un pato herido, con
un ala rota y sometida a disparos
desde abajo. A pesar de todo, Colombia
no ha retrocedido en su desarrollo
económico, sobrellevando
un peso de 50 años de violencia.
Pero un país así no
puede seguir haciéndose ilusiones.
Un salto hacia el desarrollo no
lo puede intentar Colombia rellena
de perdigones como está.
La Reconstrucción del país
y la subsiguiente Paz es el gran
reto para la nueva Administración.
No se ve otro escenario posible
y más deseable que el de
intentar reconfigurar el país
como una bandada de gansos migratorios.
|