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INTRODUCCIÓN
La
historia de casi todos los pueblos
está salpicada por manchas
de dictadores o césares.
Especialmente en épocas
de crisis, surgen conductores
carismáticos, líderes
que ejercen fascinación
sobre las masas, jefes que hábilmente
logran el poder y se empalagan
con él. Pero, a la vez,
la historia confirma el dicho
de la sabiduría popular
de que “No hay mal que dure
100 años ni cuerpo que
lo resista”. Principio aplicable
también al tejido social
de los pueblos. La diferencia
está en que hace unos lustros,
los pueblos sufrían hasta
40 años, antes de sacudirse
una dictadura. Después
aguantaban hasta 25 años.
Pero en este siglo, ya no resisten
más allá de 15 años.
El desfile mortuorio de dictadores
es impresionante.
Lo
inician Pisístrato en Grecia,
Julio César en Roma, Cola
di Rienzo en Italia, Cromwell
en Inglaterra, Robespierre y Napoleón
en Francia. Menos lejanos, Franco
en España, Salazar en Portugal,
Stroessner en Paraguay, Perón
en Argentina, Duvalier en Haití,
Trujillo en República Dominicana,
Somoza en Nicaragua, Marcos en
Filipinas, Idí Amín
en Uganda, Ceausescu en Rumania,
Noriega en Panamá, Pérez
Jiménez en Venezuela, Fujimori
en Perú. Esto sin hablar
de los grandes dictadores totalitarios
(fenómeno mucho más
grave por sustentarse en un partido
único, ideológico
y de masas), como fueron Hitler,
Mussolini, Stalin, Mao Zedung,
Pol Pot, Kim Il Sung, Saddam Hussein,
y Milosevic, mientras le llega
su turno al último de los
“inmortales”, Fidel
Castro.
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