Libia, lecciones caída de Gadafi (Editorial 70)

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Logo Enrique Neira

 

 

     
     

El descontento en Libia venía en aumento y cuando le llegó el turno de las protestas y revueltas populares en países árabes vecinos, el estrafalario dictador que se creía muy seguro tras 42 años en el poder, no tuvo ya tiempo de corregir el perverso rumbo de su gobierno (que no atendió a tiempo a superar la pobreza acumulada de la población ni las crecientes expectativas de los jóvenes) y se equivocó de plano al optar de inmediato por la línea dura frente al alzamiento popular. Creía que podía permanecer inmune a la marea que ya había tumbado los regímenes de Túnez y de Egipto. El poder de Gadafi se desmoronó en un país en el que los ciudadanos miraban con repugnancia creciente las discrepancias entre su retórica de una democracia directa -que denominó “Jamahiriya” (república de las masas)- y su control autocrático del poder. Conviene desglosar algunos de los factores que más influyeron en su derrumbe, a los que deben atender regímenes de nuestro tercer mundo que vienen siguiendo derroteros parecidos y que deberían escarmentar en cabeza ajena.

 

 

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Pasó por alto factores fundamentales

• Los militares inclinan la balanza
La historia, la cultura y la religión fortalecen ciertas monarquías despóticas, y les sirven de burladeros a dictadores ilustrados para escapar de embestidas letales de sectores de la sociedad. Pero los militares son siempre el actor determinante en las graves crisis de gobernabilidad de un país. Todas las tiranías dependen de ellos. A veces las acompañan hasta ciertos límites o dan el golpe por propia iniciativa o se plegan a fuerzas mayoritarias de oposición. Los acontecimientos recientes lo están confirmando. Cuando un pueblo se harta y sale a la calle dispuesto a morir por la libertad -y el Ejército no lo masacra- no hay cultura, historia, religión o potencia extranjera que salve a un déspota. La pérdida de la lealtad del ejército –que no era muy numeroso ni compacto- fue el fin de Gadafi, como lo había sido con Mubarak en Egipto y con el régimen de Túnez.

• Tribus volátiles
Gadafi estaba al frente de una nación poblada por 140 tribus muy dispares y rivales entre si, de las cuales tres poseían verdadero poder decisorio: los Warfalla, con más de un millón de integrantes y dominio en la Cirenaica (capital Bengasi); los Gaddadfa, de la región de Trípoli, de donde era oriundo, y los Maqarha. A ellas el dictador las cortejaba y supo ganárselas con favores y privilegios. Con ellas había hecho un pacto de gobernabilidad mediante el reparto de poder y un sistema de vigilancia mutua que aseguraba su autoridad dentro de un régimen personalista y populista. Confiaba plenamente en ellas Pero no las había convertido en sociedad civil ni en partido politico ni en apoyo organizado y estable que fuera significativo al final, más allá de convertirse en esporádicos paramilitares o simples francotiradores en ciudades tomadas por los rebeldes.

• El carisma no es suficiente
El poder absoluto y personalizado (“poder carismático” lo llama Max Weber) fue la piedra angular del proyecto político que trató de construir Gadafi y que cínicamente apellidó ‘República del Pueblo’. Su proceso de ascenso y calamitoso final sigue la trayectoria que analiza bien el autor de Economía y Sociedad. “Si la confirmación del poder carismático tarda en llegar –afirma-, si aquel que posee la gracia carismática parece abandonado de su dios, de su poder mágico o de su poder heroico, si el éxito es negado por largo tiempo, si, sobre todo, su gobierno no aporta ninguna prosperidad a los que él domina, entonces su autoridad carismática se halla en peligro de desaparecer”. Y fue lo que ocurrió a pesar de tantos años y recursos que tuvo en sus manos el dictador y con los que pudo haber aliviado (y eliminado) real y oportunamente la pobreza de los seis millones de sus vasallos.

Cometió errores estratégicos

1) Andrew Salomon del Time hizo un lúcido y correcto análisis que comento y que los hechos posteriores han confirmado (traducido en El País, 26-02-2011) .
El más evidente fue su renuncia a los planes de reforma de Saif. Parecía que el mayor reformista en su entorno era su hijo Saif el Islam (bien educado en Inglaterra y abierto a la modernidad) quien se suponía estaba entre los partidarios moderados y no de la línea dura a la que era tan afecto su padre (quien siempre supo mantener el rostro inflexible ante su propio pueblo). Además le servía a Gadafi como un portavoz moderado para Occidente (de ahí la reunión entre Saif y los diplomáticos). Pero en 2008, Gadafi aplastó a los reformistas y pareció que Saif había caído en desgracia. Lo que llevó a los libios a desesperar de que Gadafi abrigara realmente deseos de reformas no sólo económicas sino tal vez también de alguna apertura democrática, que pudiera interpretarse como que le interesaba verdaderamente lo que era mejor para la población, no para él y para su familia.

2) El segundo error fue la falta persistente de atención a la pobreza de la población. Lo que dijimos de Egipto y de Mubarak en comentario anterior se aplica con mayor razón a Libia y su Coronel. Libia es el país más próspero del norte de África, con su enorme riqueza petrolera y su escasa población. Sin embargo, la mayoría de los libios viven en unas condiciones lamentables. El Estado ofrece muy poca sociedad civil y no cumple ni siquiera sus obligaciones más básicas. La riqueza estaba concentrada en manos de muy pocos. A Gadafi no le habría costado nada elevar el nivel de vida de su pueblo, bien creando una economía sostenible y no dependiente del crudo, bien distribuyendo parte de los ingresos del petróleo, pero no hizo ninguna de las dos cosas en 42 años de mando omnímodo.

3) El tercer error fue ignorar las necesidades de los jóvenes. Gadafi no solo estaba esclerotizado, sino totalmente desconectado de las necesidades de los ciudadanos corrientes. Cuando un tercio de la población tiene menos de 15 años y una proporción mucho mayor menos de 25, es evidente que los jóvenes son factor fundamental a la hora de gobernar con coherencia. Gadafi vivió arropado por sus viejos compinches y su exquisita guardia personal de bellas jóvenes. Y no supo ver ni la naturaleza ni el alcance del descontento. El problema más claro, como en gran parte de Oriente Próximo, ha sido el inmenso desempleo juvenil, para cuya mejora no existió ningún programa. Gadafi no intentó jamás acercarse a los jóvenes insatisfechos, y estos sienten que su voz no se escuchaba ni tenía peso alguno. Durante mucho tiempo, los libios no sentían gran amor por Gadafi, pero tampoco un odio especial; en muchos sentidos, era irrelevante para su vida cotidiana, que se desarrollaba con arreglo a una lógica tribal muy anterior a la de su régimen. Pero todo ello cambió ante la explosión juvenil de descontento y rabia popular. El poder de Gadafi se apoyó durante mucho tiempo en el carácter esencialmente dócil de los libios y en cierta condición sumisa y manejable con componendas de varias tribus habitantes de su territorio.

Conclusión. Ahora bien, al ignorar a los jóvenes, Gadafi parece no haber tenido en cuenta el deseo de arrinconar todo lo viejo y traer cosas nuevas que existía en el país. Y al ignorar Gadafi el desafecto que varias tribus le tenían de tiempo atrás (sobre todo del oriente del país con epicentro en la región de Bengasi, en la que se habían originado casi todos sus problemas con expreso rechazo a su régimen), parece no haber sopesado el apoyo de más de medio país que le era tan necesario, al final de cuentas, para sobrevivir.

11-09-2011