Pasó
por alto factores fundamentales
•
Los militares inclinan la balanza
La historia, la cultura y la religión
fortalecen ciertas monarquías despóticas,
y les sirven de burladeros a dictadores
ilustrados para escapar de embestidas
letales de sectores de la sociedad. Pero
los militares son siempre el actor determinante
en las graves crisis de gobernabilidad
de un país. Todas las tiranías
dependen de ellos. A veces las acompañan
hasta ciertos límites o dan el
golpe por propia iniciativa o se plegan
a fuerzas mayoritarias de oposición.
Los acontecimientos recientes lo están
confirmando. Cuando un pueblo se harta
y sale a la calle dispuesto a morir por
la libertad -y el Ejército no lo
masacra- no hay cultura, historia, religión
o potencia extranjera que salve a un déspota.
La pérdida de la lealtad del ejército
–que no era muy numeroso ni compacto-
fue el fin de Gadafi, como lo había
sido con Mubarak en Egipto y con el régimen
de Túnez.
•
Tribus volátiles
Gadafi estaba al frente de una nación
poblada por 140 tribus muy dispares y
rivales entre si, de las cuales tres poseían
verdadero poder decisorio: los Warfalla,
con más de un millón de
integrantes y dominio en la Cirenaica
(capital Bengasi); los Gaddadfa, de la
región de Trípoli, de donde
era oriundo, y los Maqarha. A ellas el
dictador las cortejaba y supo ganárselas
con favores y privilegios. Con ellas había
hecho un pacto de gobernabilidad mediante
el reparto de poder y un sistema de vigilancia
mutua que aseguraba su autoridad dentro
de un régimen personalista y populista.
Confiaba plenamente en ellas Pero no las
había convertido en sociedad civil
ni en partido politico ni en apoyo organizado
y estable que fuera significativo al final,
más allá de convertirse
en esporádicos paramilitares o
simples francotiradores en ciudades tomadas
por los rebeldes.
•
El carisma no es suficiente
El poder absoluto y personalizado (“poder
carismático” lo llama Max
Weber) fue la piedra angular del proyecto
político que trató de construir
Gadafi y que cínicamente apellidó
‘República del Pueblo’.
Su proceso de ascenso y calamitoso final
sigue la trayectoria que analiza bien
el autor de Economía y Sociedad.
“Si la confirmación del poder
carismático tarda en llegar –afirma-,
si aquel que posee la gracia carismática
parece abandonado de su dios, de su poder
mágico o de su poder heroico, si
el éxito es negado por largo tiempo,
si, sobre todo, su gobierno no aporta
ninguna prosperidad a los que él
domina, entonces su autoridad carismática
se halla en peligro de desaparecer”.
Y fue lo que ocurrió a pesar de
tantos años y recursos que tuvo
en sus manos el dictador y con los que
pudo haber aliviado (y eliminado) real
y oportunamente la pobreza de los seis
millones de sus vasallos.
Cometió
errores estratégicos
1)
Andrew Salomon del Time hizo un lúcido
y correcto análisis que comento
y que los hechos posteriores han confirmado
(traducido en El País, 26-02-2011)
.
El más evidente fue su renuncia
a los planes de reforma de Saif.
Parecía que el mayor reformista
en su entorno era su hijo Saif el Islam
(bien educado en Inglaterra y abierto
a la modernidad) quien se suponía
estaba entre los partidarios moderados
y no de la línea dura a la que
era tan afecto su padre (quien siempre
supo mantener el rostro inflexible ante
su propio pueblo). Además le servía
a Gadafi como un portavoz moderado para
Occidente (de ahí la reunión
entre Saif y los diplomáticos).
Pero en 2008, Gadafi aplastó a
los reformistas y pareció que Saif
había caído en desgracia.
Lo que llevó a los libios a desesperar
de que Gadafi abrigara realmente deseos
de reformas no sólo económicas
sino tal vez también de alguna
apertura democrática, que pudiera
interpretarse como que le interesaba verdaderamente
lo que era mejor para la población,
no para él y para su familia.
2)
El segundo error fue la falta persistente
de atención a la pobreza de
la población. Lo que dijimos
de Egipto y de Mubarak en comentario anterior
se aplica con mayor razón a Libia
y su Coronel. Libia es el país
más próspero del norte de
África, con su enorme riqueza petrolera
y su escasa población. Sin embargo,
la mayoría de los libios viven
en unas condiciones lamentables. El Estado
ofrece muy poca sociedad civil y no cumple
ni siquiera sus obligaciones más
básicas. La riqueza estaba concentrada
en manos de muy pocos. A Gadafi no le
habría costado nada elevar el nivel
de vida de su pueblo, bien creando una
economía sostenible y no dependiente
del crudo, bien distribuyendo parte de
los ingresos del petróleo, pero
no hizo ninguna de las dos cosas en 42
años de mando omnímodo.
3)
El tercer error fue ignorar las necesidades
de los jóvenes. Gadafi no solo
estaba esclerotizado, sino totalmente
desconectado de las necesidades de los
ciudadanos corrientes. Cuando un tercio
de la población tiene menos de
15 años y una proporción
mucho mayor menos de 25, es evidente que
los jóvenes son factor fundamental
a la hora de gobernar con coherencia.
Gadafi vivió arropado por sus viejos
compinches y su exquisita guardia personal
de bellas jóvenes. Y no supo ver
ni la naturaleza ni el alcance del descontento.
El problema más claro, como en
gran parte de Oriente Próximo,
ha sido el inmenso desempleo juvenil,
para cuya mejora no existió ningún
programa. Gadafi no intentó jamás
acercarse a los jóvenes insatisfechos,
y estos sienten que su voz no se escuchaba
ni tenía peso alguno. Durante mucho
tiempo, los libios no sentían gran
amor por Gadafi, pero tampoco un odio
especial; en muchos sentidos, era irrelevante
para su vida cotidiana, que se desarrollaba
con arreglo a una lógica tribal
muy anterior a la de su régimen.
Pero todo ello cambió ante la explosión
juvenil de descontento y rabia popular.
El poder de Gadafi se apoyó durante
mucho tiempo en el carácter esencialmente
dócil de los libios y en cierta
condición sumisa y manejable con
componendas de varias tribus habitantes
de su territorio.
Conclusión.
Ahora bien, al ignorar a los jóvenes,
Gadafi parece no haber tenido en cuenta
el deseo de arrinconar todo lo viejo y
traer cosas nuevas que existía
en el país. Y al ignorar Gadafi
el desafecto que varias tribus le tenían
de tiempo atrás (sobre todo del
oriente del país con epicentro
en la región de Bengasi, en la
que se habían originado casi todos
sus problemas con expreso rechazo a su
régimen), parece no haber sopesado
el apoyo de más de medio país
que le era tan necesario, al final de
cuentas, para sobrevivir.