Libia, caída de Gadafi (Editorial 69)
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Logo Enrique Neira

 

 

     
     

La historia de casi todos los pueblos está salpicada por manchas de dictadores o césares. Especialmente en épocas de crisis, surgen conductores carismáticos, líderes que ejercen fascinación sobre las masas, jefes que hábilmente logran el poder y se empalagan con él. Pero, a la vez, la historia confirma el dicho de la sabiduría popular de que “No hay mal que dure 100 años ni cuerpo que lo resista”. Principio aplicable también al tejido social de los pueblos. La diferencia está en que hace unos lustros, los pueblos sufrían hasta 40 años, antes de sacudirse una dictadura. Después aguantaban hasta 25 años. Pero en este siglo, ya no resisten más allá de 15 años.

Desfile mortuorio de dictadores

Lo inician Pisístrato en Grecia, Julio César en Roma, Cola di Rienzo en Italia, Cromwell en Inglaterra, Robespierre y Napoleón en Francia. Menos lejanos, Franco en España, Salazar en Portugal, Stroessner en Paraguay, Perón en Argentina, Duvalier en Haití, Trujillo en República Dominicana, Somoza en Nicaragua, Marcos en Filipinas, Idí Amín en Uganda, Ceausescu en Rumania, Noriega en Panamá, Pérez Jiménez en Venezuela, Fujimori en Perú. Esto sin hablar de los grandes dictadores totalitarios (fenómeno mucho más grave por sustentarse en un partido único, ideológico y de masas), como fueron Hitler, Mussolini, Stalin, Mao Zedung, Pol Pot, Kim Il Sung, Saddam Hussein, y Milosevic, mientras le llega su turno al último de los “inmortales”, Fidel Castro.

 

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Un tirano estrafalario y cruel
Así se puede definir al coronel Gadafi, tras 42 años de una dictadura omnímoda, a quien le ha llegado también su hora por la voluntad popular, cansada de su largo automandato y que se ha expresado por varios meses con descontento y rabia, apoyando la rebelión de los jóvenes y otros grandes sectores de la población, a los que en buen momento llegó la oportuna ayuda de la ONU.

* Gadafi cultivó, para exportación a través de los medios, un estrambótico e infantil estilo de vestimentas y accesorios, uniformes con sombrero y anteojos, que lo hacían único y poco imitable. Aunque con suficiente dinero y poder como para darse el lujo de varios palacios, es famosa la carpa o tienda de beduino (jaima) donde habitaba de ordinario en Trípoli y que solía llevar consigo en viajes al exterior (Roma, París, Doha en Qatar).

* Líder y Guía de la Revolución, así le gustaba proclamarse, sin ajustarse a ninguna Constitución ni tener que someterse a controles ni a otros poderes estatales. El era su propia Ley y el Jefe del Consejo Supremo Revolucionario, único organismo que realmente funcionaba dentro de esa curiosa mezcla que forjó de una cierta organización política y una adaptación caprichosa del islam, sin que se definiera por capitalismo ni por comunismo y que denominó “Jamahiriya” (República de las masas), todo lo cual trató de resumir en El Libro Verde, vademecum de su gobierno (3 tomos entre 1972 y 1975).

* Refugio de terroristas por varios años, Gadafi fue responsable de la explosión ocurrida el 5 de abril de 1986 de una bomba en La Belle, discoteca de Berlin muy popular entre los soldados norteamericanos y dos años después (diciembre 1988), de la explosión del vuelo 103 de Pan Am (con 270 pasajeros a bordo) en los cielos de Lockerbie, Escocia.. El Presidente estadounidense Reagan tildó entonces a Gadafi de “perro loco del Medio Oriente” y autorizó bombardeos aéreos a blancos libios

* Gadafi, aceptando responsabilidades e indemnizando víctimas, se esforzó por cambiar su situación de ‘paria’ en el ámbito internacional y logró que se le levantaran las sanciones impuestas por sus atentados y fechorías. Obtuvo readmisión internacional por parte de la ONU y que Estados Unidos lo excluyera de la lista negra de países terroristas. Y gracias a sus ayudas petroleras recuperó buenas relaciones con países europeos y líderes occidentales. Sea como fuere, su intento de lavar la imagen de su país como refugio de terroristas le estuvo salvando la vida política al interior de la propia Libia.

* Hasta que el contagio de las protestas masivas y revueltas en países vecinos árabes del Medio Oriente le llegó a Libia y se produjo la guerra civil que acabó con el derrumbe de su longevo régimen. El coronel Gadafi reaccionó con la autosuficiencia y altanería propias de avezados dictadores: “Aquí mando yo”, “Yo he hecho este país y yo lo quemo”, “Nosotros podemos derrotarlos con el pueblo armado; el pueblo que no me quiere no merece la vida”. Cometió el grave y lastimoso error de intentar acabar las demostraciones de los opositores enviando sus milicias y mercenarios africanos, sus helicópteros, marina y aviones de combate. La guerra civil que desató para salvar su mando y su pellejo es crónica reciente que terminó mal para él y sus hijos, que se pensaba iban a sucederlo como dinastía monárquica.

Conclusión
Gaddafi usó mano dura para alejar la amenaza que los islamistas suponían a su liderazgo durante años anteriores. Lo que seguramente nunca imaginó es que al final sería un movimiento de civiles y jóvenes desarmados el que agitaría como un furioso vendaval la presuntuosa ‘jaima’ de su palacio en Trípoli, bien asentada sobre un poderoso arsenal y disimulada tras un laberinto de modernos refugios construido por técnicos alemanes y franceses con un alto costo pagado en petróleo.

Próxima entrega: Lecciones de la caída de Gadafi.

04-09-2011