Duro
forcejeo por el poder
La bala que mató a Gadafi fue,
a su turno, la que disparó la partida
para una muy peligrosa carrera por el
poder en Libia. Atrás quedó
tendido y despreciado (con su ridícula
vestimenta) quien había sido el
enemigo común de una muy diversa
y fraccionada coalición de tribus,
regiones y centros de poder político.
El Consejo de gobierno de transición
(NTC) que quedó al frente de la
situación tras la victoria popular,
prometió elecciones para el próximo
verano. Pero las facciones rebeldes que
luchan entre sí oscurecen más
que aclarar el porvenir. Todas ellas requieren
financiarse, armas, organización
y alguna ideología política
como partido en una eventual democracia.
Entre ellas figuran - en una lucha política
que no tiene fronteras-: 1) el Consejo
Militar de Trípoli, islamista,
con clérigos de fuerte liderazgo
como Ali al-Sallabi; 2) una alianza de
tecnócratas occidentalistas y funcionarios
del anterior régimen interesados
en ser parte del nuevo régimen;
3) grupos con afinidades regionales y
tribales que militaron en la rebelión,
pero no bien organizados ni con atracción
nacional, como fueron las milicias de
la ciudad de Misrata, los berberiscos
de las montañas al Occidente de
Trípoli y otros: 4) los poderes
extranjeros que hicieron buenos negocios
con Gadafi y que ahora tienen sus propias
agendas (sobre todo la vecina Qatar proclive
a financiar las milicias islamistas),
buscando influir en los militares y los
bancos, y vistos con abierta desconfianza
por el NTC.
La solución al problema de cómo
acomode el NTC actual los elementos del
antiguo régimen en transición
a un nuevo orden será determinante
para su estabilidad.
Por una solución democrática
La experiencia de Iraq para la era post-Saddam
es aleccionadora. Allí se produjo
una debacle cuando se disolvió
la Fuerza Pública del anterior
régimen y se le dió plenos
poderes a la Baath, que asesinó
a millares de ‘sunitas’ (quienes
favorecieron al régimen de Saddam)
para inclinar la balanza a favor de los
‘shiitas’ sobre los que se
apoya el actual régimen supuestamente
democrático. Desarmar a las milicias
o incorporarlas a una nueva Fuerza Armada
nacional es claramente una prioridad como
lo subrayó la Secretaria de Estado
Hillary Clinton en visita que hizo a Trípoli.
No será fácil el moderar
los apetitos hegemónicos del movimiento
islamista, pero a ellos también
conviene el respetar con pragmatismo el
juego democrático que se viene
imponiendo en la voluntad popular de pueblos
de larga tradición religiosa islámica,
como viene ocurriendo en Turquía,
tal vez Egipto y Túnez. Repito
los párrafos que consigné
al final de mi comentario titulado “El
Islam político en el siglo XXI”
(05-07-2011). La evolución de los
grupos islamistas en la mayoría
de países árabes muestra
una clara tendencia hacia el pragmatismo.
Esto hace pensar que en el caso de elecciones
limpias en un sistema democrático,
lo que vendría a prevalecer sería
el voto de la ciudadanía, y lo
que nos indican las encuestas es que,
en el caso de votar hacia partidos ligados
a la religión, preferirían
a los demócratas musulmanes al
estilo del AKP turco. “La conclusión
general sugerida por el Arab Barometer
es que los valores democráticos
están presentes en un grado significativo
entre los ciudadanos árabes musulmanes,
la mayoría de los cuales apoyan
la democracia, y que este es el caso independientemente
de si un individuo cree que su país
debe ser gobernado por un sistema político
que sea islámico además
de democrático” (Jamal y
Tessler). A diferencia de los años
ochenta y principio de los noventa, los
grupos islamistas mayoritarios están
ahora dispuestos a negociar y convivir
con los regímenes autoritarios
árabes a cambio de escapar de la
represión, de poder actuar en algunos
ámbitos sociales y políticos,
y también a cambio de parcelas
de poder. En los sistemas autoritarios,
los grupos islamistas se hacen pragmáticos,
lo que les lleva a reclamar reformas democráticas
y a respetarlas.
Por
ello, me parece plausible la propuesta
de que logre establecerse en Libia el
monopolio de una Fuerza Militar (con control
sobre todo el país y sus fuerzas
vivas) bajo la Autoridad Política
única de un civil, en total separación
pero estrecha colaboración del
Estado y la Religión, en este caso
entre un Gobierno elegido por el pueblo
y el Islam político, sustentados
ambos en la voluntad democrática
de los ciudadanos, siguiendo el modelo
de la actual Turquía que viene
funcionando bien.
“El
lograr este objetivo, en poco tiempo,
se podría calificar como un milagro
político. El salir de Gadafi era
eso para la mayoría de los libios,
pero ocurrió, y puede volver a
ocurrir ahora” (Tony Karon , a quien
hemos seguido en su artículo “Gaddafi’s
Death Starts a Perilous Race for Power
in Libya”, Time 20-10-2011).
13-01-2012
Links
recomendados:
• Gadafi
un tirano que no convence (Editorial 46,
06-03-2011)
• Caída
de Gadafi (Editorial 69, 04-09-2011)
• Lecciones
caída de Gadafi (Editorial 70,
11-09-2011)