Salida
de la encrucijada
Ante las fuertes manifestaciones en su
contra en la plaza Tahrir (de la Libertad),
el sábado 29 de enero, Mubarak
intentó ganar tiempo y calmar los
ánimos. Tuvo que nombrar un vicepresidente
por primera vez (Omar Soleiman, su jefe
de inteligencia, con buenos nexos con
los militares) y cambiar todo su gabinete,
tratando de garantizar el respaldo militar
y mantener la gobernabilidad. Afirmó
que las protestas eran muestra de la apertura
democrática del régimen,
que él comprendía las preocupaciones
de los manifestantes y que estaba del
lado del pueblo, pero que “una fina
línea divide a la libertad del
caos”, y no permitiría que
el país fuera desestabilizado.
Esta actitud pragmática y cautelosa
distinguió las tres décadas
de presidencia de Mubarak, durante las
cuales sobrevivió a tres intentos
de asesinato, mantuvo la paz con Israel,
se ganó la confianza de Estados
Unidos y Europa, sorteó un turbulento
contexto político generado por
dos guerras en Irak y la inestabilidad
de la región desde 2003, resolvió
varias crisis económicas con desarrollo
del país y mantuvo a raya una amenaza
terrorista interna como la de la Fraternidad
Musulmana. Mubarak pidió a la oposición
6 meses de plazo para dejar la casa en
orden antes de retirarse y prometió
convocar a elecciones libres presidenciales
en septiembre sin permitir que su hijo
Gamal, economista, se presentara como
candidato. Se parapetó tras dos
principios no negociables: la seguridad
y la estabilidad, que sonaban bien a parte
del país y a las potencias extranjeras.
Se le abona el que no ordenó una
represión violenta, aunque tenía
respaldo del Ejército. Depositó
la sucesión del poder en manos
de los militares, quienes anunciaron renuncia
del gabinete ministerial, cierre del parlamento
controlado por el Presidente, congelación
de la actual Constitución mientras
se tramita una nueva, elecciones presidenciales
previstas para septiembre y dar respuesta
a las demandas democráticas planteadas
por la oposición en las calles
y redes sociales. A diferencia del golpe
de Nasser en 1952 contra el rey, esta
vez no fueron los uniformados quienes
forzaron la salida del jefe de gobierno,
sino los propios ciudadanos.
El progreso económico genera protestas?
Egipto ha sido un país con un notable
record de estabilidad política.
En la pasada década estuvo reformando
la economía, logrando desmontar
las partes más ineficientes de
su aparente sistema económico socialista,
con innegables éxitos y reformas
valientes. Pero el crecimiento disparejo
estira las cosas y complica el futuro.
Deja atrás lo establecido, el orden
logrado y produce desigualdades e incertidumbres.
También crea nuevas expectativas
y demandas. Alexis de Tocqueville observó
atinadamente que “el momento más
peligroso para un mal gobierno es cuando
comienza a reformarse a sí mismo”.
Algo que los politólogos denominamos
“una revolución de expectativas
crecientes”. A las dictaduras se
les hace difícil cambiar porque
la estructura de poder que ellas montaron
no puede responder a las nuevas y dinámicas
demandas provenientes del pueblo. Fue
lo que ocurrió en Tunez y ahora
se repitió en Egipto. Fenómeno
que gráficamente resume Simón
Alberto Consalvi, avezado analista de
El Nacional de Caracas, en su comentario
titulado ”Las dificultades de bajarse
del tigre” (febrero 6, 2011). Recomendamos
el excelente artículo de Moisés
Naim “Cómo muere una dictadura”
(El País, Madrid, 12 febrero 2011).
Próxima
entrega: lecciones de Egipto.
13/02/2011
Para
complementar su lectura sobre Mubarak,
le recomendamos consultar el artículo
siguiente:
• Lecciones
de Egipto (03-03-11) Editorial nº
45 :