Porque
implicaba un retroceso en la moderada
aunque difícil línea de
reformismo democrático y apertura
político-cultural que había
iniciado desde 1997 el anterior régimen
del presidente Mohamed Jatami y proseguido
Rafsanyani. No sólo se iba a acentuar
el antiamericanismo iraní (de buen
recibo en muchas latitudes del planeta),
sino su clara pretensión de poderío
nuclear, que la llevaría a querer
catalogarse como pieza clave de un nuevo
eje, junto con Corea del Norte. Lo acaecido
estos últimos años no ha
hecho sino confirmar ante la faz del mundo
la amenaza creciente de un conflicto apocalíptico
que sigue gestando Irán, a como
dé lugar, sin que valgan críticas
y el escepticismo diplomático de
los países árabes, de la
Unión Europea, del Pacífico,
del Tercero y Cuarto Mundo representados
en las Naciones Unidas. Y todo el diabólico
proceso se maquilla con el ropaje risible
e infantil de fanatismo.
Un
líder fanático
Uno de los rasgos determinantes del fanatismo
es la incapacidad del fanático
de tener una tabla de prioridades sensata
y racional. Su primera prioridad es siempre
una idea o un dios el que rinde culto
y ante quien todo lo demás puede
y debe se sacrificado. El presidente de
Irán tiene ya una larga trayectoria
de poner la nota discordante con sus estrafalarias
versiones con las que además irresponsablemente
siembra discordias y genera conflictos.
Se hizo célebre por haber afirmado
y seguir sosteniendo que el Holocausto
y la persecución de los judíos
no habían existido, eximiendo a
Adolfo Hitler del terror impuesto en los
campos de exterminio del Nazismo. Son
reiterativas sus bravatas y amenazas destempladas
de borrar del mapa al Estado de Israel,
punto de referencia indiscutible del Medio
Oriente: “Israel es un árbol
podrido y seco que caerá con una
tormenta”. Estos días, en
el período 65 de sesiones de la
Asamblea General de las Naciones Unidas,
expuso con osadía su teoría
sobre una confabulación del Gobierno
de Estados Unidos con los atentados del
11 de septiembre. En forma alucinante
afirmó que el atentado terrorista
no fue obra de Al Qaeda sino del propio
gobierno norteamericano. Tuvo el secretario
general de la ONU, Ban Ki Moon que corregirle
la plana y lamentar que se utilice este
foro para expresar un “lenguaje
de odio”.
Moraleja. ¿Se
puede tener hoy como aliado estratégico
a un presidente que chantajea a otros
con energía atómica, como
si fuera un arma de juguete? ¿Y
puede ser sensato y razonable el que un
mandatario, en una región que ya
de suyo es explosiva, piense que en su
vecindario, una pequeña nación
(que sí posee armamento nuclear
y tiene reflejos impredecibles) va a permitir
que una potencia islámica la borre
del mapa, como árbol podrido y
seco, con una tormenta de polvo atómico?.
Noviembre
07 de 2010