El Papa en Cuba : Castro y la religión
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Logo Enrique Neira

 

 

     

Estamos en vísperas de presenciar el encuentro histórico entre Juan Pablo IIº y Fidel Castro, en esa Isla que ha sido el escenario de 39 años de un fuerte régimen comunista y ateo. Es útil ponderar las posiciones doctrinales que están en juego, en ese complicado tablero de ajedrez donde se van a mover durante 5 días fichas blancas y negras, Cristianismo y Marxismo.

Las confesiones de fe de un ateo, podrían también titularse las 379 páginas que recogen las conversaciones que sostuvo Frei Betto (fraile dominico brasileño) con Fidel Castro durante 4 largas entrevistas personales, tenidas en La Habana en mayo del 85. Fueron en total 23 horas de conversaciones, publicadas ese mismo año por la Oficina de Publicaciones del Consejo de Estado cubano, bajo el título Fidel y la Religión, con prólogo de Armando Hart. Por su carácter espontáneo y fresco, por la forma descomplicada como entrevistador y entrevistado se pasean por los más diversos tópicos, que van desde los años de niñez y escolaridad de Fidel hasta las jornadas revolucionarias y el largo proceso de consolidación del régimen, estas páginas resultan agradables y fuente de información de primera mano. Y son páginas que resultan ahora de gran interés para medir hasta qué punto Juan Pablo IIº encuentra en Fidel Castro un interlocutor válido a propósito de la cuestión religiosa.

• De entrada, hay que reconocer el respeto y aprecio que Fidel tiene para con Juan Pablo IIº. Hace apenas una semana a un grupo de corresponsales extranjeros, Castro afirmó que tenía esperanzas en el viaje del Papa. “El Papa es muy inteligente, muy capaz y convencido de sus ideas. Es una persona que aprecio y respeto”. Ya en 1985, en sus conversaciones con Frei Betto, Fidel veía en Juan Pablo IIº un líder mundial de excepcionales condiciones, de mucha independencia política y de un gran valor puesto que era capaz de enfrentar la hegemonía de Estados Unidos con una visita a Cuba. Esta visita la consideraba Castro útil, tanto para la Iglesia y lo que ella representa como para su país, si se hiciera en momento oportuno (páginas 314, 318).

 

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• Castro reconoce que sus profesores jesuítas influyeron en ciertos aspectos de su formación, en su disciplina, en su sentido de la justicia; pero que no pudieron inculcarle una fe religiosa, debido a los métodos entonces utilizados. “Si alguien me pregunta: ¿cuándo tuvo usted una creencia?, digo: bueno, realmente nunca la tuve” (p. 156).

• Que el régimen de Castro haya actuado fuertemente contra las instituciones católicas en Cuba no hay duda alguna. Las estadísticas no mienten. Según el Anuario Pontificio de la Santa Sede, en 1945 había en la Isla 518 sacerdotes (entre religiosos y diocesanos) y 1772 religiosas. Su número fue disminuyendo progresivamente, de modo que ya en 1980 no quedaban sino 213 sacerdotes y 220 religiosas en total, sin colegios ni escuelas ni medios de comunicación. En sus conversaciones con Frei Betto, Castro asume simplistamente que la mayoría de la militancia católica se ubicaba en Cuba en una clase rica, la cual apoyaba la contrarrevolución (p. 245), y así justifica que. en consecuencia, su régimen hubiera tenido que actuar fuertemente contra la Iglesia. No se percata Castro o lo olvida intencionalmente, que la suerte de la Iglesia estaba ligada a la suerte del pueblo cubano, como las masivas jornadas populares y religiosas de estos próximos días lo van a poner de bulto.

• Castro reconoce que en el PCC (Partido Comunista Cubano) no se admitía la presencia de cristianos (p.226–227) y que ciertamente existió una discriminación sutil contra ellos: “Si me preguntan si existe cierta forma de discriminación sutil con los cristianos, te digo que sí, honestamente tengo que decirte que sí y que no es una cosa superada todavía entre nosotros” (p. 249). Pero como buen político, Castro olfatea que en 1985 soplan nuevos vientos en la Iglesia (con una corriente de Teología de la Liberación que propugnaba por una mayor apertura ideológica hacia la izquierda y una praxis revolucionaria, de la que Frei Betto era buen exponente) y prevé que la izquierda marxista está llegando a un punto en el que va a necesitar aliados, aunque éstos provengan de las confesiones religiosas. Fue un error cerrar a los cristianos su posible militancia en el Partido (p. 248). “En mi opinión, la religión, desde el punto de vista político, por sí misma, no es un opio o un remedio milagroso… Pienso incluso que se puede ser marxista sin dejar de ser cristiano y trabajar unidos para transformar el mundo… aunque se parta, en el caso de los cristianos, de una concepción religiosa” (p. 333).

• El tratamiento que hace Castro del tema de Jesús de Nazareth es superficial y vacío. Para él, Jesús, dada su opción incondicional por los pobres, fue apenas “la idea de un símbolo, de una figura extraordinaria” (p. 322). El contenido del Evangelio, tal como lo percibe Castro, resulta demasiado romántico e intrascendente. Pasa superficialmente por encima (p. 323–327).

• Frei Betto le hace una pregunta puntual sobre dos conceptos marxistas que hacen dificultad a los cristianos, como son el odio de clases y la lucha violenta de clases. Castro elude la cuestión subrayando sólo el hecho de una lucha planteada entre explotados y explotadores. Pero calla que su marxismo–leninismo puso en práctica por muchos años, por todo el continente, el uso sistemático de la violencia armada como metodología para el logro de los fines revolucionarios. Algo que está en los antípodas del magisterio de Pablo VI y de Juan Pablo IIº que insistentemente repiten: “la violencia ni es evangélica ni es cristiana”.

• Resulta en sus labios de un cinismo gigantesco la negación tajante que hace Castro a Frei Betto de que “la Revolución haya cometido un asesinato, de que la Revoluciòn haya torturado a un hombre, de que la Revolución haya desaparecido a un hombre, eso no, no encontrarán una sola prueba en 26 años [1985]…Hemos sido muy radicales, pero sin excesos” (p. 222). Todo un mentís a este exceso verbal es el millón de exiliados en Florida, y muy hábilmente Juan Pablo IIº (como sólo él sabe hacerlo) catequizará a Castro sobre la necesidad de aplicar plenamente en la Isla los derechos humanos y renegar de los crímenes cometidos en nombre de la Revolución, si quiere todavía salvarla in extremis.

 

19 de Enero 1998