Una mujer con vocación
especial
Huérfana desde los dos años,
su padre fue el general Aung San, traicionado
y ejecutado justo seis meses antes de
que se cumpliese su objetivo de independizar
Birmania. Con el correr del tiempo, Suu
Kyi no dudó en tomar su causa en
herencia. "Como hija de mi padre,
no podía permanecer indiferente
ante lo que estaba pasando". En 1988
deja a su marido y a sus dos hijos menores
en Londres para volver a Rangún
a cuidar de su madre moribunda. A su llegada,
Suu Kyi se encontró con un país
en plena efervescencia contra un cuarto
de siglo de dictadura militar. Miles de
manifestantes protestaban contra el oscurantismo
y el subdesarrollo impuesto por el régimen
de Ne Win que, acosado, tiñó
de sangre las protestas. Las tropas dispararon
aquel agosto a bocajarro contra los manifestantes
y mataron a cientos de ellos. El baño
de sangre forzó un cambio en el
alto mando militar. Una nueva Junta se
puso al frente del país ese mismo
septiembre y se comprometió a celebrar
elecciones libres.
Entre los casi 200 partidos políticos
que se registraron para las elecciones
de 1990, se encontraba la Liga Nacional
para la Democracia (LND) y al frente de
ésta se ubicó Suu Kyi. Los
militares no tardaron en darse cuenta
de que la líder de la LND pesaba
mucho más de lo que expresaba su
frágil figura. La Junta se enfrentaba
a una pequeña gigante que encarnaba
la esperanza de un pueblo maltratado,
pero no hundido. En 1989, la Junta ordenó
el arresto domiciliario de Suu Kyi, pero
su intento de frenarla fracasó.
En las elecciones de 1990, su LND se hizo
con una amplia mayoría de los 485
escaños del nuevo Parlamento después
de obtener un 72% de la totalidad de los
votos emitidos. El régimen desconoció
los resultados. Nunca se celebró
una sola sesión de dicha Cámara
electa, tras la persecución sistemática
contra sus diputados por parte del régimen.
En 1991 su firme voluntad de apoyarse
en la no violencia para derrocar a los
militares, le obtuvo a Suu Kyi el reconocimiento
de la comunidad internacional con el Premio
Nobel de Paz.
Aspecto suave y temple de acero
Su figura frágil, de sonrisa amplia
y siempre con flores en el pelo -una costumbre
milenaria y muy coqueta entre las mujeres
birmanas- esconde una voluntad de acero,
que uno de los regímenes más
represivos del mundo no ha logrado doblegar.
Suu Kyi, hoy de 66 años, es el
símbolo de las ansias de libertad
y democracia del pueblo birmano y actual
ícono mundial de la resistencia
civil. El “Consejo de la Paz y del
Desarrollo del Estado”, eufemismo
bajo el que se oculta un fuerte Gobierno
militar, mantiene a Myanmar -como la Junta
rebautizó a Birmania en 1989- aislada
del resto del planeta. Suu Kyi nunca volvió
a salir de su patria y durante casi 11
años su casa fue su cárcel,
hasta noviembre de 2010, una vez realizadas
las últimas elecciones en Myanmar.
Moraleja
Dice Suu Kyi que su "inspiración
y su fuerza" proceden de las
gentes que sufren en silencio sin los
altavoces de los medios de comunicación:
"No hay nada que pueda compararse
con el valor de las gentes normales cuyos
nombres son desconocidos y cuyos sacrificios
pasan inadvertidos". Salida
recientemente de sus últimos 8
años de detención, sigue
decidida a luchar por las libertades civiles
de 50 millones de birmanos.
"Continuaremos con nuestros esfuerzos
para traer la democracia a Birmania bajo
todas las circunstancias. No hay que olvidar
que en Sudáfrica, el Congreso Nacional
Africano fue declarado una organización
ilegal durante décadas. Nelson
Mandela permaneció 27 años
en la cárcel pero logró
acabar con el apartheid”. Suu
Kyi sigue convencida de que Myanmar será
algún día libre y democrática:
"Continuaremos con nuestros esfuerzos
para traer la democracia a Birmania. Lo
que estamos buscando es un cambio revolucionario
a través de medios pacíficos.
No me da miedo decirlo, y no me da miedo
pedirle a todo el mundo me ayude a obtenerlo”.
17-02-2012