Elecciones
sin precedentes
Así las calificó el presidente
Juan Manuel Santos en su alocución
de la noche del 30. Y subrayó el
ambiente de paz sin violencia y de tranquilidad
durante los comicios. Todo el país
votó libre y ordenadamente hasta
en el último rincón de la
geografía. Se pronunció
a su talante y sin intromisiones gubernamentales
sobre un total de más de 100.000
candidatos postulados a gobernaciones,
asambleas legislativas, alcaldías
y ediles. Las Farc no pudieron boicotear
las votaciones en siquiera uno solo de
los 1.103 municipios actuales. La parapolíica
siguió desinflándose. Ni
los exparamilitares (con la mayoría
de los jefes en cárceles o extraditados)
lograron ya intimidar localidades ni imponer
candidatos como lo hicieron en época
pasada. La Registraduría Nacional
(que maneja todo el proceso electoral)
fue previsiva, mostró neutralidad
y eficiencia (dió de baja a más
de 4 millones de cédulas de muertos
que venían ‘resucitando’
para favorecer electoralmente a vivos
corruptos), persiguió la trashumancia
y venta de votos, agilizó el envío
oportuno de materiales, resistió
el ataque cibernético porfiado
de 4 millones de intentos por parte de
‘hackers’ y volvió
a lucirse con la rapidez en el conteo
(como lo había hecho en el doble
proceso electoral de 2010).
Vino
nuevo en odres nuevos
La clase política tradicional -desde
las elecciones de 2002- sigue siendo desalojada
del poder en regiones importantes que
por años fueron sus feudos. Los
'caciques' políticos que dominaron
en clanes o familias con prácticas
clientelistas, son ya una especie en extinción.
Es visible el fenómeno de una nueva
generación política, sin
mucha atadura partidista, que va entrando
en escena. Son jóvenes a los que
consagra el voto popular, aunque inicialmente
no les favorecieran las encuestas ni las
maquinarias.
En parte, debido a las reformas políticas
de 1993 y de 2005 que forzaron a cambiar
los odres viejos, se han propiciado nuevos
movimientos y partidos políticos
llevando a los tradicionales (Liberal
y Conservador) a no ser hegemónicos,
a cuidar mejor su ideología, su
organización, su participación
por bancadas y disciplina partidista.
Pero quizás se debe más
a una nueva cultura política (generacional
y pragmática): el electorado viene
tomando conciencia de su poder real con
participación directa a través
del voto confiable, para apoyar solo los
mejores proyectos y los mejores candidatos.
Sin embargo se denuncia que el país,
aunque aparentemente está bien,
sigue dando muestras de debilidad y fraccionamiento
con una serie de fenómenos anárquicos
y de violencia inveterada, que revelan
que no es capaz de autogestionarse para
llevar adelante los proyectos de solución
a sus problemas. Un analista político
influyente como es Plinio Apuleyo publicó
en estos días en El Tiempo una
columna titulada “Buenos gobiernos
pero mal Estado” en donde reconoce
que junto a excelentes gobiernos nacionales
como los de Alvaro Uribe y ahora Juan
Manuel Santos, el desempeño del
Estado colombiano es malo y con graves
deficiencias. Lo que llevaría a
pensar que ni siquiera un gobierno de
Unidad Nacional, amplio, generoso, con
excelente equipo de colaboradores como
es el actual, pudiera superar los muchos
males que provienen del libre juego de
intereses y contradicciones entre grupos
y personas como el que sigue predominando
en Colombia y fue confirmado por el reciente
proceso electoral. Me parece que no es
defendible esta tesis de achacar al Estado
todos los males. El actual Estado colombiano
tiene un buen diseño y organización
desde la Constitución elaborada
con consenso nacional en 1991. Las instituciones
están bien y asimismo la mayoría
de los gobernantes nacionales y regionales
que va escofiendo el pueblo. Pero se mueven
por debajo del país, sin ser fácilmente
detectables y menos corregibles, amenazantes
placas tectónicas de la sociedad
civil (de la infraestructura) que afectan
el Estado (la supraestructura) y su ideal
desempeño. Las conforman grupos
ilegales, anárquicos, sin Dios
ni Ley, como los que intentaron volver
a apoderarse de ciertas localidades y
tras su derrota en las urnas ordenaron
el pillaje y el terrorismo pretextando
que había habido “fraude”.
El
mapa político anterior
La
reforma política, aprobada por
el Congreso de Colombia (enero 2003) trató
de obtener que los partidos políticos
fueran más disciplinados y consistentes,
que actuaran en las dos cámaras
por bancadas y no anárquicamente
al talante de individualidades escénicas
o compradas por oscuros intereses. Se
trataba de un simple cambio en las reglas
de juego, pero que afectaría en
adelante la forma de acceso al poder.
Las siguientes elecciones parlamentarias
(12 marzo 2006) configuró un mapa
político que redujo los 78 partidos
y movimientos políticos que estaban
inscritos en el Consejo Nacional Electoral
(CNE) a sólo 6 con efectiva representación
del electorado. Esto facilitó la
gobernabilidad de la administración
del presidente Uribe.. Se había
conformado un importante bloque mayoritario,
una coalición de centro-derecha
equivalente al 70% del Senado (100 senadores),
que lo componían: el Partido de
“La U” (uribista, organizado
por Juan Manuel Santos), Partido Conservador,
Cambio Radical (escisión liberal
de Vargas Lleras), Alas-Equipo, Colombia
democrática, País que soñamos
(Peñaloza). Y otro bloque minoritario
de izquierda (30%), conformado por un
sector oficialista del Partido Liberal
(venido a menos) y el nuevo Polo Democrático
Alternativo (PDA), resultado de una difícil
y contradictoria mezcla de izquierda resabiada,
radical marxista (Partido Comunista, Moir...)
con una nueva izquierda moderada y modernizante
(Polo Democrático Independiente),
de tendencia social demócrata,
de la que proviene el ganador actual de
las elecciones para alcalde de Bogotá
(Gustavo Petro).
Resultados
de los recientes comicios
Los resultados consolidados de los recientes
comicios –que no fueron parlamentarios
sino regionales y municipales para gobernaciones
y alcaldías- colorean de nuevo
el mapa político colombiano, observando
que vuelve a cobrar importancia el rojo
(liberales) y a decolorarse el azul (conservadores).
Organizando
los resultados por el número de
Gobernaciones obtenidas de los 32 Departamentos
actuales (Estados regionales) se ubican:
1º) Los movimientos de ciudadanos
(apoyados por firmas y no por partidos),
con 4’629.738 votos que lograron
8 gobernaciones y la importante alcaldía
de Bogotá.
2º) El Partido Liberal, que repuntó
bien conducido bajo la dirección
del expresidente Gaviria para las elecciones
presidenciales del 2010 y recientemente
de Rafael Pardo, que obtuvo 6 gobernaciones
(Atlántico, Bolívar, Guainía,
San Andrés, Sucre, Tolima).
3º) El Partido de “La U”,
uribista, .ganó solo 4 gobernaciones
(Arauca, Cesar, Córdoba, Nariño),
pero quedó de 1º en la elección
de 1.446 concejales y de 260 alcaldes
cuando hace 4 años tenía
apenas 119.
4º) Coaliciones de varios partidos:
3 gobernaciones.
5º) Alianza Social Independiente
(ASI): 3 gobernaciones.
6º) Partido Verde, debutante en estas
elecciones: 2 gobernaciones Antioquia
(con el candidato fuera de serie Sergio
Fajardo que siendo alcalde en Medellín
fue declarado el mejor alcalde del país)
y Amazonas.
7º) El Partido Conservador: 1 gobernación
ahora (cuando había tenido la mitad
de las gobernaciones antes). 1 gobernador
también de Cambio Radical. Y así
de otros partidos menores.
El
fenómeno Petro
Así puede llamarse la suficiente
victoria de Gustavo Petro (su foto acompaña
nuestro artículo). Las cifras fueron:
Petro 32% del electorado capitalino, Peñaloza
25%, Gina Parody 17%. La prestigiosa revista
Semana de Bogotá, en su edición
de 0ctubre 31 le dedica una bien lograda
semblanza personal y política,
titulada “¿Quién le
teme a Petro?” de la cual extractamos
literalmente algunos párrafos o
tips.
*Su paso por la guerrilla del M-19 (que
se organizó en 1972 como una “organización
sombrilla” que cobijaba varios grupos
izquierdistas y apoyó a la desaparecida
ANAPO del ex-dictador Rojas Pinilla) marcó
a Petro como radical y toda su carrera
se ha caracterizado por diferentes experimentos
para crear una fuerza política
de izquierda: Vía Alterna, el Frente
Social y Político, el Polo Democrático
y, ahora, el Movimiento Progresista. Todos
han tenido como denominador común
el empeño insistente de hacerle
contrapeso al establecimiento.
*En un país con escasa tradición
de oposición parlamentaria, Gustavo
Petro se convirtió en el opositor
por excelencia, sobre todo en sus años
de senador. En los debates se destacó
por su inteligencia, su excelente oratoria
y sus exageraciones efectistas.
*Como si lo anterior fuera poco, cuando
Hugo Chávez llegó a la Presidencia
de Venezuela, en 1998, Petro fue su amigo
cercano y de su mano hizo las primeras
visitas al país. Y en los años
de la era Uribe, que fortalecieron las
banderas de la seguridad, del antiterrorismo
y de la intolerancia frente a la guerrilla,
Gustavo Petro se convirtió en el
anticristo del uribismo. Petro llegó
a meterse con la familia del mandatario
en sus debates, con su hermano Santiago
y con los negocios de sus hijos, Tomás
y Jerónimo. Uribe le respondió
abriendo por primera vez en 20 años
un agrio debate sobre el pasado guerrillero
de Petro, sobre el indulto que le permitió
salir de la cárcel -donde había
estado durante dos años- y sobre
su legitimidad para participar en la política.
*El triunfo para el nuevo alcalde de Bogotá
es un triunfo personal enorme. Derrotó
simultáneamente al establecimiento,
al uribismo, al Polo Democrático
(partido del cual se salió para
montar rancho aparte), y en cierta forma
al gobierno de Santos, que hubiera preferido
a cualquiera de los otros cinco candidatos.
Petro logró blindarse con un teflón
que hace apenas unos meses habría
sido inconcebible, para protegerse de
los continuos ataques sobre su pasado,
su radicalismo y su presunta amistad con
Chávez. Y con su elocuencia, y
poniéndose corbata, logró
derrotar el miedo que suscitaba.
*La clave del éxito fue una transformación
genuina de su imagen y de su talante político.
Por una parte, después de salirse
del Polo fundó un movimiento propio,
con el que se inscribió con firmas
como candidato a la Alcaldía. Antes
de dar ese paso había hecho malabares
de pragmatismo político que incluyeron
varios saltos triples mortales: denunció
el cartel de la contratación contra
el gobierno de Samuel Moreno, al que había
ayudado a elegir como alcalde. Igualmente
arremetió contra su propio partido,
del cual había sido candidato presidencial
hace apenas 16 meses; votó por
Alejandro Ordóñez para procurador,
un conservador de marca mayor; le propuso
al presidente Santos, después de
su victoria, un acercamiento para dialogar
sobre tierras, víctimas y aguas;
y en el campo externo dejó la impresión
de que se distanció de Chávez.
*Gustavo Petro es uno de los mejores ejemplos
de las vueltas que puede dar la política
y de su naturaleza dinámica. El
nuevo alcalde de Bogotá es un líder
con un gran olfato político y con
demostradas dotes de buen candidato. Perdió
su primera elección, cuando se
lanzó a la Cámara de Representantes
por primera vez, pero después ha
demostrado una gran habilidad para conseguir
votos: en 2006 obtuvo la segunda votación
más alta para el Senado y en 2010
derrotó a Carlos Gaviria en la
consulta interna del Polo.
*Sin maquinaria ni partido, y con una
candidatura decidida apenas horas antes
del cierre de inscripciones, la hazaña
de Petro en la capital es comparable con
la de Uribe en el país en 2002:
ambos, solitarios, se metieron en un escenario
preparado para un libreto muy diferente
y al final arrasaron en la elección.
En esta ocasión, Petro entendió
que para sintonizarse con los sentimientos
de los bogotanos necesitaba, ante todo,
convencer a los ciudadanos sobre su compromiso
y habilidad en la lucha contra la corrupción.
Si Enrique Peñalosa (su más
fuerte contendor, quien había sido
excelente Alcalde mayor de Bogotá)
consideró que después del
desastre de Samuel Moreno la ciudad necesitaba
otra vez un buen gerente, Petro interpretó
que se requería, más bien,
encontrar un gladiador contra la corrupción:
su discurso se concentró en criticar
a las mafias y al Polo, y en reivindicar
su papel como denunciante del carrusel
de la contratación en obras para
la capital.
*Otra pieza estratégica fundamental
fue contrarrestar el miedo que generaba
su imagen. Asumió una actitud de
tolerancia estoica: no casó peleas,
casi no atacó a sus rivales, adoptó
un discurso de inclusión, casi
religioso, que echó mano de recursos
cursis como el de proponer una "política
del amor". Prometió muchas
cosas y volvió a demostrar que,
en una campaña electoral, el debate
entre el "promeserismo populista"
y el "no se puede" de quienes
apelan a la responsabilidad fiscal suele
darles el triunfo a los primeros. El publicista
Daniel Vinograd aportó diseños
creativos y eslóganes populares,
como "Petro es el man", que
le dieron alegría y espontaneidad
a la campaña.
*Petro asumió un gran riesgo político
al desempeñar el papel de Llanero
Solitario, sobre todo en una competencia
en la que las alianzas eran claves y en
la que sus rivales lograban apoyos de
la talla de Álvaro Uribe, en el
caso de Peñalosa, y Antanas Mockus,
en el de Gina Parody. Petro tuvo claro
que la clave para su victoria estaba en
el sentimiento de rebeldía que
ha caracterizado al electorado bogotano,
que ya había elegido a Lucho Garzón
y a Samuel Moreno (ambos del Polo de izquierda).
Su target fue la clase media. Sabía
que los estratos altos eran de Peñalosa
y de Gina, y ahí alcanzó
a rasguñar apenas un 14 por ciento.
*El triunfo de Gustavo Petro despierta
un gran interés en la comunidad
internacional. El domingo por la noche,
el hecho de que un exguerrillero llegara
a un cargo de semejante importancia fue
la noticia más destacada por las
agencias y medios extranjeros, que lo
llegaron a comparar con lo que significó
para Uruguay el triunfo de José
Mujica, o para Brasil, el de Dilma Rousseff.
En el campo interno, el triunfo petrista
generó incomodidades, a la vez,
en la izquierda y en la derecha. Por un
lado, la dirigencia del Polo Democrático
sufrió el dolor de ser derrotada
nada menos que por su excandidato presidencial,
que se había ido con un portazo.
Y en la otra orilla, buena parte del establecimiento
-y el uribismo en bloque- ve con incomodidad
la trepada del 'coco' (el que asusta a
los niños).
Lo
anterior no significa que Gustavo Petro
sea un hombre de centro. Su lugar es el
de una izquierda moderada que pudo triunfar
porque la derecha moderada se dividió
entre Enrique Peñalosa, Gina Parody
y Carlos Fernando Galán.
El
triunfo de un exguerrillero sin partido
que vence en un cargo de la importancia
de Bogotá tendrá muchas
repercusiones positivas para la democracia.
De alguna manera, reivindica la idea de
que los caminos institucionales son más
eficientes que la lucha armada para que
la izquierda llegue al poder. El mensaje
para la guerrilla es muy claro: desmovilizarse
puede valer la pena. También para
la izquierda dogmática, que se
quedó reducida a un porcentaje
ínfimo en estas elecciones, después
de haber perdido también terreno
en el Congreso el año pasado. Con
su triunfo -y el de Raúl Delgado
en la Gobernación de Nariño,
un fenómeno parecido y cercano
al de Bogotá-, Petro quedó,
por ahora, como dueño del espacio
que hay en Colombia para una izquierda
democrática
Comentarios
al margen
• Encuestadoras. Lo primero
que se le exige a una encuestadora es
trasparencia y honestidad, la manipulación
y la mentira hace daño a los partidos
y a la democracia. Desde varios ángulos,
tanto de derecha como de izquierda, se
tildó a las encuestadoras de no
ceñirse estrictamente a comunicar
a la opinión los datos estadísticos
tal cual sino de haber querido influenciarla
con sus comentarios. Hubo varios casos
(como el de la joven economista Elsa Noguera
como primera alcaldesa mujer para Barranquilla)
en los que desde el comienzo de la campaña
un candidato aventajaba tanto a los demás
que no había dudas. Sobre los errores
y desaciertos en contraste con los resultados
finales de la Registraduría, las
encuestadoras se han defendido diciendo
que estaban dentro de los márgenes
habituales de error. Pero sí quedó
muy claro que las encuestas financiadas
por los candidatos y publicadas por los
medios de comunicación perdieron
toda su credibilidad. En las elecciones
de Bogotá hubo dos casos de sondeos
internos de campañas cuyos resultados
contradecían la realidad política
del momento.
• Abstención y voto en
blanco. Las cifras de participación
electoral ciudadana siguen manteniéndose
en un mediano 45-50%, que ha sido lo habitual
en toda la historia de Colombia, país
donde no es obligatorio el voto y la movilidad
de los votantes tiene problemas. En esta
oportunidad se aplicó la normativa
legal que ordena repetir la elección
cuando los votos en blanco superan la
mitad de los votos depositados. El caso
más comentado fue el de la ciudad
de Bello, localidad vecina a Medellín
y muy populosa, donde hubo un candidato
muy opcionado por las encuestas pero el
voto en blanco lo superó con poca
diferencia.
• Candidatos de alto riesgo.
Se ha comentado positivamente el hecho
de que 215 candidatos independientes se
hayan postulado hasta el final y logrado
obtener la mayoría para alcaldes
en localidades catalogadas de “alto
riesgo”, chantajeadas por grupos
terroristas o con oscuros intereses (capa
tectónica de la sociedad).
• Candidato de la élite
caleña. Viene destacándose
en los medios el caso del médico
Rodrigo Guerrero, con un doctorado estadounidense
en epidemiología, vinculado de
años atrás en programas
de población y desarrollo social
en sectores deprimidos de Cali (la tercera
ciudad de Colombia) que ganó con
ventaja la disputada alcaldía de
Cali contra un frente común de
diferente ‘pelaje’ que –con
recursos legales y maniobras sucias- trató
a toda costa de sacarlo del ring acusándolo
de ‘oligarca’ y alto exponente
de la “élite” caleña.
03-11-11