Colombia : elecciones de octubre 30 (Editorial 78)
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Colombia definitivamente está respaldando sus instituciones democráticas y enfrentando exitosamente las balas con votos. Tiene hoy una democracia más madura que hace dos décadas. Las pasadas elecciones del 30 de Octubre anularon las repetitivas amenazas guerrilleras, desmintieron presagios agoreros sobre violencia y eventuales desórdenes, rompieron esquemas partidistas y abrieron nuevas pistas para una mejor democracia liderada por generaciones de relevo.

Un país que no se cansa de votar

Con cierta exageración, Rómulo Betancourt afirmó que "Colombia es la universidad electoral de América Latina". En realidad, uno de los rasgos de Colombia ha sido la continuidad de las elecciones como único medio legítimo para acceder al poder. Desde sus comienzos como República (1810), siempre se ha votado. No hay país, en todo el mundo occidental y oriental que, en 100 años del siglo XX y lo que llevamos del XXI haya tenido mayor número de comicios o elecciones generales que Colombia. La cifra en estos años es de 66 comicios a nivel nacional, lo que da un promedio de más de uno y medio cada dos años. Si una democracia se midiera sólo por el número de elecciones a las que es convocado el pueblo soberano, Colombia ocuparía el primer puesto. Sabemos que no es así. El apego a las urnas electorales es una buena señal de democracia política, pero no la garantiza. Sin embargo, Colombia sigue fiel a esta tradición electoral que es vital para garantizar su estabilidad institucional y su desarrollo.

 

 

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Elecciones sin precedentes

Así las calificó el presidente Juan Manuel Santos en su alocución de la noche del 30. Y subrayó el ambiente de paz sin violencia y de tranquilidad durante los comicios. Todo el país votó libre y ordenadamente hasta en el último rincón de la geografía. Se pronunció a su talante y sin intromisiones gubernamentales sobre un total de más de 100.000 candidatos postulados a gobernaciones, asambleas legislativas, alcaldías y ediles. Las Farc no pudieron boicotear las votaciones en siquiera uno solo de los 1.103 municipios actuales. La parapolíica siguió desinflándose. Ni los exparamilitares (con la mayoría de los jefes en cárceles o extraditados) lograron ya intimidar localidades ni imponer candidatos como lo hicieron en época pasada. La Registraduría Nacional (que maneja todo el proceso electoral) fue previsiva, mostró neutralidad y eficiencia (dió de baja a más de 4 millones de cédulas de muertos que venían ‘resucitando’ para favorecer electoralmente a vivos corruptos), persiguió la trashumancia y venta de votos, agilizó el envío oportuno de materiales, resistió el ataque cibernético porfiado de 4 millones de intentos por parte de ‘hackers’ y volvió a lucirse con la rapidez en el conteo (como lo había hecho en el doble proceso electoral de 2010).

Vino nuevo en odres nuevos

La clase política tradicional -desde las elecciones de 2002- sigue siendo desalojada del poder en regiones importantes que por años fueron sus feudos. Los 'caciques' políticos que dominaron en clanes o familias con prácticas clientelistas, son ya una especie en extinción. Es visible el fenómeno de una nueva generación política, sin mucha atadura partidista, que va entrando en escena. Son jóvenes a los que consagra el voto popular, aunque inicialmente no les favorecieran las encuestas ni las maquinarias.

En parte, debido a las reformas políticas de 1993 y de 2005 que forzaron a cambiar los odres viejos, se han propiciado nuevos movimientos y partidos políticos llevando a los tradicionales (Liberal y Conservador) a no ser hegemónicos, a cuidar mejor su ideología, su organización, su participación por bancadas y disciplina partidista. Pero quizás se debe más a una nueva cultura política (generacional y pragmática): el electorado viene tomando conciencia de su poder real con participación directa a través del voto confiable, para apoyar solo los mejores proyectos y los mejores candidatos. Sin embargo se denuncia que el país, aunque aparentemente está bien, sigue dando muestras de debilidad y fraccionamiento con una serie de fenómenos anárquicos y de violencia inveterada, que revelan que no es capaz de autogestionarse para llevar adelante los proyectos de solución a sus problemas. Un analista político influyente como es Plinio Apuleyo publicó en estos días en El Tiempo una columna titulada “Buenos gobiernos pero mal Estado” en donde reconoce que junto a excelentes gobiernos nacionales como los de Alvaro Uribe y ahora Juan Manuel Santos, el desempeño del Estado colombiano es malo y con graves deficiencias. Lo que llevaría a pensar que ni siquiera un gobierno de Unidad Nacional, amplio, generoso, con excelente equipo de colaboradores como es el actual, pudiera superar los muchos males que provienen del libre juego de intereses y contradicciones entre grupos y personas como el que sigue predominando en Colombia y fue confirmado por el reciente proceso electoral. Me parece que no es defendible esta tesis de achacar al Estado todos los males. El actual Estado colombiano tiene un buen diseño y organización desde la Constitución elaborada con consenso nacional en 1991. Las instituciones están bien y asimismo la mayoría de los gobernantes nacionales y regionales que va escofiendo el pueblo. Pero se mueven por debajo del país, sin ser fácilmente detectables y menos corregibles, amenazantes placas tectónicas de la sociedad civil (de la infraestructura) que afectan el Estado (la supraestructura) y su ideal desempeño. Las conforman grupos ilegales, anárquicos, sin Dios ni Ley, como los que intentaron volver a apoderarse de ciertas localidades y tras su derrota en las urnas ordenaron el pillaje y el terrorismo pretextando que había habido “fraude”.

El mapa político anterior

La reforma política, aprobada por el Congreso de Colombia (enero 2003) trató de obtener que los partidos políticos fueran más disciplinados y consistentes, que actuaran en las dos cámaras por bancadas y no anárquicamente al talante de individualidades escénicas o compradas por oscuros intereses. Se trataba de un simple cambio en las reglas de juego, pero que afectaría en adelante la forma de acceso al poder. Las siguientes elecciones parlamentarias (12 marzo 2006) configuró un mapa político que redujo los 78 partidos y movimientos políticos que estaban inscritos en el Consejo Nacional Electoral (CNE) a sólo 6 con efectiva representación del electorado. Esto facilitó la gobernabilidad de la administración del presidente Uribe.. Se había conformado un importante bloque mayoritario, una coalición de centro-derecha equivalente al 70% del Senado (100 senadores), que lo componían: el Partido de “La U” (uribista, organizado por Juan Manuel Santos), Partido Conservador, Cambio Radical (escisión liberal de Vargas Lleras), Alas-Equipo, Colombia democrática, País que soñamos (Peñaloza). Y otro bloque minoritario de izquierda (30%), conformado por un sector oficialista del Partido Liberal (venido a menos) y el nuevo Polo Democrático Alternativo (PDA), resultado de una difícil y contradictoria mezcla de izquierda resabiada, radical marxista (Partido Comunista, Moir...) con una nueva izquierda moderada y modernizante (Polo Democrático Independiente), de tendencia social demócrata, de la que proviene el ganador actual de las elecciones para alcalde de Bogotá (Gustavo Petro).

Resultados de los recientes comicios

Los resultados consolidados de los recientes comicios –que no fueron parlamentarios sino regionales y municipales para gobernaciones y alcaldías- colorean de nuevo el mapa político colombiano, observando que vuelve a cobrar importancia el rojo (liberales) y a decolorarse el azul (conservadores).

Organizando los resultados por el número de Gobernaciones obtenidas de los 32 Departamentos actuales (Estados regionales) se ubican:
1º) Los movimientos de ciudadanos (apoyados por firmas y no por partidos), con 4’629.738 votos que lograron 8 gobernaciones y la importante alcaldía de Bogotá.
2º) El Partido Liberal, que repuntó bien conducido bajo la dirección del expresidente Gaviria para las elecciones presidenciales del 2010 y recientemente de Rafael Pardo, que obtuvo 6 gobernaciones (Atlántico, Bolívar, Guainía, San Andrés, Sucre, Tolima).
3º) El Partido de “La U”, uribista, .ganó solo 4 gobernaciones (Arauca, Cesar, Córdoba, Nariño), pero quedó de 1º en la elección de 1.446 concejales y de 260 alcaldes cuando hace 4 años tenía apenas 119.
4º) Coaliciones de varios partidos: 3 gobernaciones.
5º) Alianza Social Independiente (ASI): 3 gobernaciones.
6º) Partido Verde, debutante en estas elecciones: 2 gobernaciones Antioquia (con el candidato fuera de serie Sergio Fajardo que siendo alcalde en Medellín fue declarado el mejor alcalde del país) y Amazonas.
7º) El Partido Conservador: 1 gobernación ahora (cuando había tenido la mitad de las gobernaciones antes). 1 gobernador también de Cambio Radical. Y así de otros partidos menores.

El fenómeno Petro

Así puede llamarse la suficiente victoria de Gustavo Petro (su foto acompaña nuestro artículo). Las cifras fueron: Petro 32% del electorado capitalino, Peñaloza 25%, Gina Parody 17%. La prestigiosa revista Semana de Bogotá, en su edición de 0ctubre 31 le dedica una bien lograda semblanza personal y política, titulada “¿Quién le teme a Petro?” de la cual extractamos literalmente algunos párrafos o tips.

*Su paso por la guerrilla del M-19 (que se organizó en 1972 como una “organización sombrilla” que cobijaba varios grupos izquierdistas y apoyó a la desaparecida ANAPO del ex-dictador Rojas Pinilla) marcó a Petro como radical y toda su carrera se ha caracterizado por diferentes experimentos para crear una fuerza política de izquierda: Vía Alterna, el Frente Social y Político, el Polo Democrático y, ahora, el Movimiento Progresista. Todos han tenido como denominador común el empeño insistente de hacerle contrapeso al establecimiento.

*En un país con escasa tradición de oposición parlamentaria, Gustavo Petro se convirtió en el opositor por excelencia, sobre todo en sus años de senador. En los debates se destacó por su inteligencia, su excelente oratoria y sus exageraciones efectistas.

*Como si lo anterior fuera poco, cuando Hugo Chávez llegó a la Presidencia de Venezuela, en 1998, Petro fue su amigo cercano y de su mano hizo las primeras visitas al país. Y en los años de la era Uribe, que fortalecieron las banderas de la seguridad, del antiterrorismo y de la intolerancia frente a la guerrilla, Gustavo Petro se convirtió en el anticristo del uribismo. Petro llegó a meterse con la familia del mandatario en sus debates, con su hermano Santiago y con los negocios de sus hijos, Tomás y Jerónimo. Uribe le respondió abriendo por primera vez en 20 años un agrio debate sobre el pasado guerrillero de Petro, sobre el indulto que le permitió salir de la cárcel -donde había estado durante dos años- y sobre su legitimidad para participar en la política.

*El triunfo para el nuevo alcalde de Bogotá es un triunfo personal enorme. Derrotó simultáneamente al establecimiento, al uribismo, al Polo Democrático (partido del cual se salió para montar rancho aparte), y en cierta forma al gobierno de Santos, que hubiera preferido a cualquiera de los otros cinco candidatos. Petro logró blindarse con un teflón que hace apenas unos meses habría sido inconcebible, para protegerse de los continuos ataques sobre su pasado, su radicalismo y su presunta amistad con Chávez. Y con su elocuencia, y poniéndose corbata, logró derrotar el miedo que suscitaba.

*La clave del éxito fue una transformación genuina de su imagen y de su talante político. Por una parte, después de salirse del Polo fundó un movimiento propio, con el que se inscribió con firmas como candidato a la Alcaldía. Antes de dar ese paso había hecho malabares de pragmatismo político que incluyeron varios saltos triples mortales: denunció el cartel de la contratación contra el gobierno de Samuel Moreno, al que había ayudado a elegir como alcalde. Igualmente arremetió contra su propio partido, del cual había sido candidato presidencial hace apenas 16 meses; votó por Alejandro Ordóñez para procurador, un conservador de marca mayor; le propuso al presidente Santos, después de su victoria, un acercamiento para dialogar sobre tierras, víctimas y aguas; y en el campo externo dejó la impresión de que se distanció de Chávez.

*Gustavo Petro es uno de los mejores ejemplos de las vueltas que puede dar la política y de su naturaleza dinámica. El nuevo alcalde de Bogotá es un líder con un gran olfato político y con demostradas dotes de buen candidato. Perdió su primera elección, cuando se lanzó a la Cámara de Representantes por primera vez, pero después ha demostrado una gran habilidad para conseguir votos: en 2006 obtuvo la segunda votación más alta para el Senado y en 2010 derrotó a Carlos Gaviria en la consulta interna del Polo.

*Sin maquinaria ni partido, y con una candidatura decidida apenas horas antes del cierre de inscripciones, la hazaña de Petro en la capital es comparable con la de Uribe en el país en 2002: ambos, solitarios, se metieron en un escenario preparado para un libreto muy diferente y al final arrasaron en la elección. En esta ocasión, Petro entendió que para sintonizarse con los sentimientos de los bogotanos necesitaba, ante todo, convencer a los ciudadanos sobre su compromiso y habilidad en la lucha contra la corrupción. Si Enrique Peñalosa (su más fuerte contendor, quien había sido excelente Alcalde mayor de Bogotá) consideró que después del desastre de Samuel Moreno la ciudad necesitaba otra vez un buen gerente, Petro interpretó que se requería, más bien, encontrar un gladiador contra la corrupción: su discurso se concentró en criticar a las mafias y al Polo, y en reivindicar su papel como denunciante del carrusel de la contratación en obras para la capital.

*Otra pieza estratégica fundamental fue contrarrestar el miedo que generaba su imagen. Asumió una actitud de tolerancia estoica: no casó peleas, casi no atacó a sus rivales, adoptó un discurso de inclusión, casi religioso, que echó mano de recursos cursis como el de proponer una "política del amor". Prometió muchas cosas y volvió a demostrar que, en una campaña electoral, el debate entre el "promeserismo populista" y el "no se puede" de quienes apelan a la responsabilidad fiscal suele darles el triunfo a los primeros. El publicista Daniel Vinograd aportó diseños creativos y eslóganes populares, como "Petro es el man", que le dieron alegría y espontaneidad a la campaña.

*Petro asumió un gran riesgo político al desempeñar el papel de Llanero Solitario, sobre todo en una competencia en la que las alianzas eran claves y en la que sus rivales lograban apoyos de la talla de Álvaro Uribe, en el caso de Peñalosa, y Antanas Mockus, en el de Gina Parody. Petro tuvo claro que la clave para su victoria estaba en el sentimiento de rebeldía que ha caracterizado al electorado bogotano, que ya había elegido a Lucho Garzón y a Samuel Moreno (ambos del Polo de izquierda). Su target fue la clase media. Sabía que los estratos altos eran de Peñalosa y de Gina, y ahí alcanzó a rasguñar apenas un 14 por ciento.

*El triunfo de Gustavo Petro despierta un gran interés en la comunidad internacional. El domingo por la noche, el hecho de que un exguerrillero llegara a un cargo de semejante importancia fue la noticia más destacada por las agencias y medios extranjeros, que lo llegaron a comparar con lo que significó para Uruguay el triunfo de José Mujica, o para Brasil, el de Dilma Rousseff. En el campo interno, el triunfo petrista generó incomodidades, a la vez, en la izquierda y en la derecha. Por un lado, la dirigencia del Polo Democrático sufrió el dolor de ser derrotada nada menos que por su excandidato presidencial, que se había ido con un portazo. Y en la otra orilla, buena parte del establecimiento -y el uribismo en bloque- ve con incomodidad la trepada del 'coco' (el que asusta a los niños).

Lo anterior no significa que Gustavo Petro sea un hombre de centro. Su lugar es el de una izquierda moderada que pudo triunfar porque la derecha moderada se dividió entre Enrique Peñalosa, Gina Parody y Carlos Fernando Galán.

El triunfo de un exguerrillero sin partido que vence en un cargo de la importancia de Bogotá tendrá muchas repercusiones positivas para la democracia. De alguna manera, reivindica la idea de que los caminos institucionales son más eficientes que la lucha armada para que la izquierda llegue al poder. El mensaje para la guerrilla es muy claro: desmovilizarse puede valer la pena. También para la izquierda dogmática, que se quedó reducida a un porcentaje ínfimo en estas elecciones, después de haber perdido también terreno en el Congreso el año pasado. Con su triunfo -y el de Raúl Delgado en la Gobernación de Nariño, un fenómeno parecido y cercano al de Bogotá-, Petro quedó, por ahora, como dueño del espacio que hay en Colombia para una izquierda democrática

Comentarios al margen

Encuestadoras. Lo primero que se le exige a una encuestadora es trasparencia y honestidad, la manipulación y la mentira hace daño a los partidos y a la democracia. Desde varios ángulos, tanto de derecha como de izquierda, se tildó a las encuestadoras de no ceñirse estrictamente a comunicar a la opinión los datos estadísticos tal cual sino de haber querido influenciarla con sus comentarios. Hubo varios casos (como el de la joven economista Elsa Noguera como primera alcaldesa mujer para Barranquilla) en los que desde el comienzo de la campaña un candidato aventajaba tanto a los demás que no había dudas. Sobre los errores y desaciertos en contraste con los resultados finales de la Registraduría, las encuestadoras se han defendido diciendo que estaban dentro de los márgenes habituales de error. Pero sí quedó muy claro que las encuestas financiadas por los candidatos y publicadas por los medios de comunicación perdieron toda su credibilidad. En las elecciones de Bogotá hubo dos casos de sondeos internos de campañas cuyos resultados contradecían la realidad política del momento.

Abstención y voto en blanco. Las cifras de participación electoral ciudadana siguen manteniéndose en un mediano 45-50%, que ha sido lo habitual en toda la historia de Colombia, país donde no es obligatorio el voto y la movilidad de los votantes tiene problemas. En esta oportunidad se aplicó la normativa legal que ordena repetir la elección cuando los votos en blanco superan la mitad de los votos depositados. El caso más comentado fue el de la ciudad de Bello, localidad vecina a Medellín y muy populosa, donde hubo un candidato muy opcionado por las encuestas pero el voto en blanco lo superó con poca diferencia.

Candidatos de alto riesgo. Se ha comentado positivamente el hecho de que 215 candidatos independientes se hayan postulado hasta el final y logrado obtener la mayoría para alcaldes en localidades catalogadas de “alto riesgo”, chantajeadas por grupos terroristas o con oscuros intereses (capa tectónica de la sociedad).

Candidato de la élite caleña. Viene destacándose en los medios el caso del médico Rodrigo Guerrero, con un doctorado estadounidense en epidemiología, vinculado de años atrás en programas de población y desarrollo social en sectores deprimidos de Cali (la tercera ciudad de Colombia) que ganó con ventaja la disputada alcaldía de Cali contra un frente común de diferente ‘pelaje’ que –con recursos legales y maniobras sucias- trató a toda costa de sacarlo del ring acusándolo de ‘oligarca’ y alto exponente de la “élite” caleña.

03-11-11