El Tea Party de los gringos (Editorial 39)
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El Tea Party de los Gringos
 

El electorado norteamericano es un maestro en recortar las alas de sus presidentes. Y así lo acaba de hacer en las recientes elecciones del Congreso, llamadas de ‘mid-term’ por ocurrir a la mitad del periodo presidencial de 4 años. Los republicanos quedaron con holgada mayoría en la Cámara de Representantes y redujeron en 7 la ventaja que los demócratas tenían en el Senado. Pero en este caso hay un factor de nuevo cuño que hace que la derrota esté especialmente cargada de significado. Ha entrado en escena un aparente pequeño Partido, el TEA PARTY.

El Partido del Te
El llamado Tea Party de Boston fue la acción de protesta que los colonos de Boston, ciudad de Massachusetts, emprendieron en 1773 contra el gobierno británico y el monopolio con el que la East India Company controlaba todo el te que llegaba a las colonias. Prefirieron echar al mar toneladas de te antes que someterse a impuestos de la metrópoli que no habían sido ordenados por sus legítimos representantes. Así comenzaba a gestarse, junto con otros elementos, la revolución independentista de 1776. Hoy a estos varios y disímiles grupos norteamericanos -a los que genéricamente se los cubre con el apelativo de “Te Party”- los une anárquicamente la protesta por el desaforado crecimiento del Estado que se advierte en varios fenómenos. No es un partido político: le falta una columna vertebral ideológica que lo unifique, no tiene organización electoral ni postelectoral, no tiene dirigentes ni partidistas afiliados. Con cierto sensacionalismo barato se podría calificar a este populismo de opinión como “un movimiento popular, primitivo, nativista y xenófobo, que solo sabe decir menos Estado, menos impuestos y abajo el socialismo”. Por todos los medios, está insuflando una aparente ‘revolución’ que intentaría tomar al partido republicano desde dentro, forzando a la larga una inquietante inestabilidad de fondo en el bipartidismo nacional norteamericano. Es un naciente fenómeno político que por su radicalismo y fundamentalismo, debe preocupar más al Partido Republicano que al Partido Demócrata.

 

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Un fenómeno preocupante pero explicable.
Hoy se percibe más claramente que lo profundo del alma de Estados Unidos no estaba preparada para un presidente tan distinto como Obama. Pero hay que reconocer que su presidencia ha sido lo bastante prudente como para no satisfacer al radicalismo que por él votó en masa y, menos aún, complacer a la derecha extrema e iletrada, que le tacha nada menos que de comunista. En la tradición norteamericana más acendrada no es el Estado sino el ciudadano el responsable primero de su fracaso o de su éxito. El Estado no debe interferir en la vida de los ciudadanos sino garantizarles igualdad de oportunidades. El sentido responsable de los individuos es el que garantiza sus libertades y los logros masivos de la colectividad. Ello explica los temores que se expresan respecto del crecimiento desenfrenado del Estado y de la burocracia con sus asfixiantes tentáculos. En el fondo hay en el movimiento una sana raíz de realismo democrático y libertario que se entremezcla con mucho follaje y vainas de apariencia escandalosa.

Conclusión. Obama con su esfuerzo y su anhelo por fabricar un país mejor - y quizás un mundo mejor y más solidario- no ha dicho todavía la última palabra. El tiempo que media hasta las elecciones presidenciales de 2012 será por ello políticamente duro y decisivo. Aparecen ya dos concepciones de país que pueden llegar a enfrentarse gravemente. Hay tela cortada para rato.

 

05-12-2010