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Irán
es tierra de terremotos fuertes.
También lo es en política
nacional e internacional. La
contumaz voluntad de su presidente,
el fundamentalista islámico,
Mahmud Ahmadinejad, de tener
pronto armamento atómico
a como de lugar y su amenaza
de borrar del mapa a Israel,
es el epicentro de un sismo
político de enorme magnitud.
Ha prendido justificadamente
las alarmas en su entorno del
Medio Oriente, también
en la Unión Europea y
Estados Unidos, así como
en Rusia, China, la ONU. Y las
olas de este tsunami tocan también
nuestras costas caribeñas
por el irrestricto respaldo
diplomático que viene
dando el Gobierno venezolano
a esta aventura del Gobierno
iraní, de incalculables
efectos apocalípticos.
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El
discurso de la ira
El
notable filósofo francés,
André Glucksmann -especialista
en Descartes, Clausewitz y Dostoievski-
tiene un libro de sesudas reflexiones
sobre el odio y la ira (Plon 2004). Los
considera, no sólo a nivel individual
sino especialmente a nivel social e internacional,
como uno de los desencadenantes más
efectivos para desatar el discurso violento
con extrema intolerancia, planear la estrategia
de los conflictos y hacer estallar las
guerras. "La ira existe contra sí,
contra los demás, contra el mundo,
y navegan juntas". "La sociedad
y el mundo están amenazados por
un odio incansable, a veces ardiente y
brutal, a veces insidioso y glacial".
Hay Estados en los que la siempre complicada
ecuación de derecho-poder se resuelve
en una especie de "Estado de excepción"
permanente. "Todo se vale en el Estado
de odio". Y hay países que
consideran que para ser respetados, temidos,
descollantes en el escenario internacional,
deben estar dotados de las armas más
sofisticadas y ser capaces de dar dentelladas
arbitrarias. Todo ello bajo el sofisma
de una soberanía amenazante (en
el fondo un complejo de inferioridad):
"¡Odio, luego existo!".
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Análisis
& Opinión
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La
estrategia de la ira
Ahmadinejad,
como ya lo advertíamos en nuestro
comentario cuando fue elegido presidente
de Irán ("De regreso al fundamentalismo",
4 julio 2005), significa un retorno o
reversa hacia la corriente islámica,
de interpretación fundamentalista
y casi talibana del Corán, con
pleno maridaje de Política y Religión.
De 1997 a 2005, Mohamed Jatami y su sucesor
Rafsanyani, -presidentes elegidos en las
urnas- intentaron una 'revolución
en la revolución', una reforma
paulatina, liberal, progresista y de buenas
relaciones con Occidente que prometía
una República Islámica shiita,
pero menos hirsuta y ortodoxa. Todo ello
se derrumbó estrepitosamente desde
el 2005, con el nuevo régimen.
Se ha vuelto al legado original que dejó
Jomeini, fundador de la República
Islámica, que institucionaliza
el maridaje entre la Mezquita y el Estado,
entre la Teología y la Política.
Allí el Islam es copado por una
minoría clerical conservadora,
a cuya cabeza está el Guía
Supremo, el Velayat Faquih o Sumo Jurista,
actualmente Alí Jameini, quien
sucedió con autoridad vitalicia
al Ayatola Jomeini. Esta estructura clerical
controla el poder judicial, los medios
de comunicación de masas, las policías
y fuerzas armadas, y tiene también
a su servicio fuerzas paramilitares para
ciertas tareas. Toma las grandes decisiones
de política económica, energética
e internacional. De modo que el actual
presidente de turno de la República
Islámica, aunque laico y elegido
democráticamente en las urnas,
está muy supeditado a dicho poder
religioso y moral, para el que funciona
como su acólito laico y secretario
ejecutivo. “Es justo la punta del
iceberg –afirma un analista de la
Universidad de Teherán. Detrás
de él están las más
poderosas instituciones políticas
y militares del régimen”.
Esto nos debe preocupar mucho más.
Pues sus bravatas y amenazas destempladas
("Israel es un árbol podrido
y seco que caerá con una tormenta"),
no son simplemente las de un inexperto
político joven, doblado de demagogo
internacional, sino que responden a una
política del Estado Islámico,
que manifiesta que tiene una bien calculada
estrategia de ira y que está deliberadamente
provocando a una guerra.
El
caballo apocalíptico
En
el Libro del Apocalipsis (capítulo
6), el vidente de Patmos va rompiendo
los sellos que guardan ocultos los secretos
del final de los tiempos. Al abrir los
sellos 2, 3 y 4, salen disparados -como
cohetes o misiles- tres caballos que personifican
la Guerra, el Hambre y la Peste, que asolarán
gran parte de la Tierra. El caballo de
la Guerra es color fuego, incandescente
(como la energía atómica).
Y el que lo montaba recibió una
gran espada, que desterraría la
Paz de la Tierra (verso 4). La perspectiva
de un Estado islámico, fanático
y dotado de armamento atómico y
con miles de hombres-bomba suicidas bien
entrenados, y todo ello en el vecindario
más explosivo del planeta, es algo
que nos pone los pelos de punta, si todavía
nos quedan. Y no se puede olvidar que
el odiado vecino, Israel -a pesar de que
lo niega y lo disimula- está bien
pertrechado de arsenal nuclear. Y como
lo ha confirmado anteriormente, con reflejos
impredecibles (recuérdese la 'blitzkrieg'
o ´guerra de los seis días'
de 1967) no está dispuesto a permitir
que una potencia islámica, con
una tormenta de polvo atómico,
lo borre del mapa como árbol podrido
y seco. No se puede jugar ni chantajear
con fuego. Y menos en nuestro tiempo con
energía atómica.
05-12-09
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