Vivimos
en nuestro siglo XXI una especie de paradoja
indescriptible de un mundo que sigue debatiéndose
entre el espiritualismo y el materialismo
-que toca a todo ser humano y toda sociedad-
pero que se vuelve espectacular a través
de los medios en ciertos momentos históricos
y lugares centrales del planeta. En un breve
lapso de pocas semanas asistimos en sucesión
a la sorpresiva renuncia del Papa Benedicto
XVI, a la convocatoria y breve celebración
(de dos días) del Cónclave
que eligió al nuevo Papa Francisco,
todo lo cual puede iniciar una nueva era
eclesial. A pesar de la descristianización
y aparente paganismo -que no puede negarse
afectan más a la sociedad occidental
que al tercer mundo- la figura del Jefe
de la Iglesia Católica con sede en
el Vaticano sigue siendo punto de anclaje
o pivote fundamental de las esperanzas que
alimentan la opinión mundial. La
compenetración tan sutil que sigue
existiendo entre lo temporal y lo espiritual
de la humanidad ha tenido un carácter
y un significado que supera con mucho el
simple relevo de un Líder del pequeño
Estado Vaticano.
Sístole
y diástole de una Iglesia para
el mundo
Todas las instituciones humanas, religiosas
y civiles, sociales, económicas,
políticas e internacionales enfrentan
hoy el dilema crucial que se plantea entre
conservatismo y modernidad. Entre lo que
hay que mantener de atrás y lo
nuevo que hay que experimentar para adelante.
La Iglesia de Cristo no escapa a este
desafío de toda sociedad humana,
pero además pesa sobre ella -desde
su Fundador- la conciencia que tiene de
ser, a la vez, ciudad terrena y ciudad
eterna. Constituye un fenómeno
único entre las religiones del
mundo por su doble característica
que es una dialéctica entre la
historicidad y la trascendencia. Ambas
conforman una tensión permanente
entre la unidad (de autoridad, de doctrina,
de rito) y la diversidad (de razas, pueblos,
lenguas, naciones, ideologías,
épocas, expresiones culturales
y rituales provenientes de todo el mundo).
Se puede decir que por su naturaleza singular
y para atender a su misión propia
-tanto terrena como trascendente- la Iglesia
Católica o universal con sede en
el Vaticano, actúa con un doble
ritmo vital e incansable (hablando en
términos biológicos). A
saber, de sístole y de diástole.
Por la primera, la Iglesia debe atender
a su propio ser, a su integridad de autoridad,
de doctrina, de rito; concentrarse en
su legado original y beber de él,
el Evangelio de Jesús que es su
razón de ser. Y la segunda, se
refiere a su acción iluminadora,
evangélica y de promoción
social-humana que debe llegar a todos
los grupos de la sociedad, razas y culturas,
hasta los confines de la tierra.
Bien ha dicho Jean-Marie Rouart, ilustre
miembro de la actual Academia Francesa
(Paris Match, No 330, 20 mars 2013, page
53): "Desde los filósofos
de la Ilustración hasta Nietzche,
desde el marxismo hasta el psicoanálisis,
desde el darwinismo hasta las últimas
exploraciones astronómicas y manipulaciones
sobre los seres vivos, el cristianismo
se ve confrontado a un mundo moderno que
le grita que no tiene necesidad de él.
Pero al mismo tiempo - y es ésta
una nueva paradoja- el desencanto del
mundo que el mismo ha ayudado a crear,
hace más que nunca necesaria la
aspiración a la creencia, a la
esperanza y a lo espiritual. ¿Cómo,
pues, conciliar lo maravilloso cristiano,
su aureola de misterio, con el materialismo,
el prosaísmo y el relativismo reinante?
". Y el mismo pensador católico
apunta a que la Iglesia debe actualmente
atender equilibradamente a los requerimientos
tanto de la tradición como de la
modernización: "El riesgo
que amenaza a la Iglesia es doble: cerrarse
al mundo protegiéndose excesivamente,
o adaptarse demasiado a las aspiraciones
contradictorias de nuestro tiempo y ver
que se le impone una religión 'a
la carta' como menú. Lo que ha
sido en parte factor de éxito en
la religión reformada (protestante)[..]
La Iglesia se parece, a veces, a ciertas
naves amenazadas por el óxido cuyo
nivel de flotación es superado
por olas fuertes del mar que inmovilizan.
Ni lo espiritual ni la reflexión
sobre el Más Allá son las
interrogantee dominantes de una época
que se preocupa sobre todo del acá
y del ahora".
El rol que desempeñó
Benedicto XVI
Joseph Ratzinger, nacido en Baviera (Alemania)
el 16 de abril de 1927 -y como él
recuerda- bautizado el mismo día
de la Pascua de Resurreción con
el agua recién bendecida de dicha
celebración, jamás pensó
que a sus 78 años de edad (abril
2005) fuera a ser elegido por el Cónclave
de cardenales colegas como el Papa 264
para suceder nada menos que al carismático
y gigantesco antecesor suyo Juan Pablo
II, su amigo con quien colaboró
fiel y estrechamente por 25 años
como Prefecto de la Congregación
para la Doctrina de la fe. Habiendo sido
sorpresiva su nominación, fue más
sorpresiva su renuncia voluntaria que
anunció el 11 de febrero de 2013
para hacerla efectiva el 28 del mismo
mes y que dio lugar a tantos comentarios
y cábalas por todo el mundo católico
y no-católico.
Su vida, su perfil, su destacada formación
y desempeño teológico, su
discreto servicio por la integridad doctrinal
de la Iglesia como Prefecto y ya de Papa
su preocupación por una evangelización
moderna y pedagógica, sus asomos
de diálogo ecuménico y manejo
efectivo de delicados problemas internos
de la misma Iglesia y otros aspectos más
se han venido revelando en estos días
a todo nivel haciendo que se valore muchísimo
más lo que fue la estatura gigante
de este aparente "pequeño"
y "transitorio" Papa "tan
humilde pero tan grande" -como ha
titulado en su carátula la magnifica
publicación francesa "Pelerin"
en su último número ('Hors
serie") de mayo 2013, con 98 páginas
de contenido con textos e imágenes
que recomiendo y me permito espigar para
mis lectores de lengua española.
En su presentación del dossier
Anne Ponde recuerda que Benedicto XVI
en su primer mensaje había declarado
con modestia: "Después del
gran Papa Juan Pablo II, los señores
cardenales me han elegido, sencillo y
humilde trabajador en la viña del
Señor", confidencia que años
más tarde comentará diciendo:
"No me quedaba sino decirme que al
lado de grandes Papas, había también
pequeños, que dan lo que pueden".
Y termina afirmando la escritora: "
Papa humilde, ciertamente. Pero ¿pequeño?
Ciertamente no".
Un intelectual fiel a Dios
Ordenado sacerdote a sus 24 años
junto con su hermano mayor Georg, en la
catedral de Freising, la vida universitaria
con sus estudiantes y profesores de todas
las facultades le inspiraba en su ministerio
sacerdotal y le apasionaba como intelectual
católico. En Freising desde 1952
es profesor asociado de dogmática
y de teología fundamental; enseña
después en Bonn (1959-1963), en
Munster (1963-1966),en Tubingen (1966-1969)
y desde 1969 (a la edad de 42 años)
hasta 1977 como profesor de dogmática
e historia de los dogmas en la célebre
universidad de Ratisbona en la que mantiene
una intensa actividad intelectual produciendo
escritos como un ensayo titulado "Por
qué estoy todavía en la
Iglesia'(1971), la obra "Dogma y
revelación"(1973) y redondea
el volumen novedoso "La fe cristiana,
ayer y hoy"(Munich 1968). Ya reputado
teólogo con apenas 35 años
de edad es llamado a colaborar intensamente
en el Concilio Vaticano II (entre 1962-1965)
al lado de eminencias y especialistas
como el dominico Yves de Congar y el jesuíta
Henri de Lubac. Y después del Concilio,
junto con el célebre Hans Urs von
Balthasar, lanza la revista teológica
internacional Communio para ayudar a los
católicos a encontrar su "centro"
sobre el sentido profundo del Vaticano
II y prevenirlos contra una lectura a
veces marxistante del acontecimiento.
Bajo su dirección personal se elaboró
la útil síntesis titulada
"Catecismo de la Iglesia Católica".
El total de sus obras redactadas antes
de ser elegido Papa es de 41 producciones
de mucho valor. En mi modesta apreciación
me atrevo a resaltar "Foi et avenir
"(Mame 1971), Vivre avec l'Eglise"(Freibourg
1977), "Vivre sa foi. Meditations"
(Mame 1981) "Jean-Paul II. Vingt
ans dans l'histoire"(Bayard 1999)
y la que para mí constituye la
más original y desenvuelta expresión
de todo su pensamiento: "Voici quel
est notre Dieu"( Mame 2001), Conversaciones
con Peter Seewald, publicada ya en varias
lenguas siendo Pontífice, con el
título "Luz del mundo"
(2010).
Al aceptar la sucesión de san Pedro
a sus 78 años, Ratzinger tenía
conciencia de que su pontificado sería
relativamente breve y que por lo mismo
debía concentrarlo en lo que él
estimaba esencial y "fundamental"
en la Iglesia. Y mucho menos pretendió
emular a su gigantesco predecesor en viajes,
en electrizante presencia ante multitudes
de todo género, edad y lenguas,
en el riesgoso y delicado pero influyente
manejo de la geopolítica internacional.
Se concentró en lo que estaba preparado
y sabía hacer bien como teólogo
y pedagogo de la fe. Lo resume él
mismo en un excelente texto que tomo de
su discurso a la Comisión Teológica
Internacional , el 5 de diciembre de 2008:
"La primera prioridad de la teología,
como lo indica ya su nombre, es hablar
de Dios, pensar en Dios. Y la teología
no habla de Dios como de una hipótesis
de nuestro pensamiento. Ella habla de
Dios porque Dios mismo ha hablado con
nosotros. El verdadero trabajo de la teología
consiste en entrar en la palabra de Dios,
en buscar comprenderla en la medida de
lo posible y en hscerla comprender a nuestro
mundo, y en encontrar así las respuestas
a nuestras grandes cuestiones. En este
trabajo, aparece igualmente que la fe
no solamente no es contraria a la razón,
sino que ella abre los ojos de la razón,
amplía nuestro horizonte y nos
permite encontrar las respuestas necesarias
para los desafíos de las diversas
épocas".
Benedicto XVI atendió con fidelidad
a extraer con 'recta interpretación'
los ricos contenidos de fe y de moral
del Vaticano II e impulsó a desarrollarlos
al máximo en un próximo
futuro. Atendió los asuntos de
rutina del pontificado, mostrando firmeza
en el tratamiento de tres problemas internos
puntuales. 1) Conciliación con
la actual Fraternité Sacerdotale
San Pio X (la del cismático Lefebvre)
al levantar la excomunión a cuatro
de sus obispos, facilitando su reinserción
en la Iglesia. 2) Rechazo sin doblez del
escandaloso problema de pedofilia de sacerdotes
en ciertas regiones y comunidades del
mundo. 3) Intervenciones de cargos al
interior del Vaticano ('Vatilinks') para
cortar de raíz manejos dudosos
del Banco del Vaticano, existencia de
'mafias' y de una llamada 'jauría
de lobos' en la misma Curia romana. Fue
un Papa inteligente, grande, magnífico
pero muy humilde como lo confirmó
su inesperada renuncia.
Perspectivas
No se pueden diseñar todavía
los rasgos que podrá tener la Iglesia
al entrar en una nueva fase de su tercer
milenio. Pero llevada ella misma por ese
indetenible aluvión (maelstrom)
de nuestro siglo desbordado dentro del
cual se encuentra, muchos se preguntan
si será todavía lo suficientemente
fuerte para afrontar con éxito
los desafíos que le esperan, que
son muchos. El nuevo papa Francisco -con
su sencillez, nada de boato, autenticidad
y cordialidad- tiene por delante una tarea
inmensa. De entrada tenemos que aceptar
la sabia observación del Cardenal
George Cottier: "Nunca encontraremos
al Papa perfecto". Mientras se esperaba
que saliera el humo blanco desde la Capilla
Sixtina en el breve Cónclave que
lo eligió, Monsieur Rouart ya citado
comentaba: "la gente quisiera que
apareciera un Papa Noel universal que,
en su mochila trajera como por encantamiento,
una solución a todas las cuestiones
esenciales". Fuera de las grandes
y complejas cuestiones mundiales, a lo
interno hay todavía cuestiones
que los diferentes pontificados no han
querido o no han podido resolver. Tales
el celibato impositivo de los sacerdotes,
la ordenación de las mujeres, la
autorización de medios de control
de natalidad y de preservativos, así
como el que las víctimas de los
divorcios puedan tener acceso al sacramento
de la Eucaristía.
"Dios no nos ha dado un espíritu
cobarde, sino un espíritu de fortaleza,
de amor y de buen juicio" (Benedicto
XVI en Spe salvi 2007, no 9 citando a
2a Timoteo, 1, 7).
23-05-13