Ha resultado un yunque de acero sobre
el cual han golpeado poderosos martillos
durante 20 siglos. La sorpresiva renuncia
del Papa Benedicto XVI, voluntaria y sin
apremios de enfermedad grave, constituye
un hecho digno de analizar.
Algo que no ocurría desde el siglo
XV, cuando abdicó el Papa Gregorio
XII (1406-1415) -ese sí por presiones
externas para facilitar una salida al
llamado Cisma de Occidente- cuando dos
antipapas -el de Avignon y el
que se autoproclamó Juan XXIII-
pretendían simultáneamente
ser el vicario de Cristo sobre
la Tierra. El Concilio de Constanza finalmente
eligió a Martín V.
La misma Iglesia tiene conciencia de su
propio ser y de su misión en el
mundo, expresada por su máximo
organismo de inteligencia de la fe, el
Concilio Ecuménico Vaticano II
(1962-1965) sobre todo en sus pronunciamientos
Lumen Gentium (dogmático
sobre la Iglesia) y Gaudium et Spes
(pastoral sobre la Iglesia y el mundo
contemporáneo): "La Iglesia
ha sido constituida y organizada por Cristo
como sociedad en este mundo [..] Esta
compenetración de la ciudad terrena
y de la ciudad eterna es un misterio permanente
de la historia humana" (LG. n. 8
y 38).
Juan
Pablo II Superstar
Todos los Papas de los últimos
100 años fueron figuras grandes
e influyentes a nivel mundial: León
XIII, Pio X, Benedicto XV, Pio XI, Pio
XII, Pablo VI, Juan XXIII. Pero Juan Pablo
II fue — en el buen sentido de la
palabra — un Papa Super Estrella,
super–expuesto mediáticamente.
Bill Cosby -uno de los presentadores más
cotizados de la televisión norteamericana-
precisó lo que él entiende
por el riesgo de una exposición
pública exagerada (over-exposure):
"La medida de la sobre–exposición
no es cuántas veces la gente lo
vea a uno en TV, en películas o
en las librerías. El asunto es
si usted puede mantener la calidad de
su presentación. Si usted la puede
mantener, entonces la gente estará
siempre contenta de verlo".
Aplicando este criterio, podemos afirmar
que así fue con Juan Pablo II a
lo largo de su pontificado de 26 años
de sobre-exposición. Supo mantener
la calidad de su presentación,
sin defraudar un solo momento a sus correligionarios,
a sus amigos y admiradores de todas las
culturas y lenguas. Utilizando el lenguaje
del béisbol, puede decirse que
en cada ciudad que visitó, el Papa
hizo un jonrón con todas las bases
llenas.
Juan Pablo II encarnó entre 1979
y 2005 un formidable poder moral con sentido
de servicio, no sólo para los católicos,
sino para creyentes de otras religiones
y en general para todo el mundo.
“El Umbral de la Esperanza”
es el título del bello libro que
recogió entrevistas suyas concedidas
al italiano Vittorio Messori, hablando
en forma muy personal sobre temas divinos
y humanos. El Papa Wojtyla supo ofrecer
a propios y extraños una verdad
sólida, íntegra y fiel al
Evangelio de Cristo, siempre austera y
exigente.
Y la supo comunicar mediante una personalidad
muy propia: entre juvenil, amable, cordial
e impactante, dotada de extraordinarias
cualidades humanas y cristianas. Su veloz
elevación a los altares lo introdujo
a una dimensión extraterrestre
de seres superiores. “La esperanza
es la llama que Juan Pablo II nos ha dejado
en herencia”, dijo de él
Benedicto XVI.
Benedicto
XVI: ¿un Papa de transición?
Tras la muerte de Juan Pablo II, en abril
de 2005, el Cónclave eligió
al eminente teólogo y cardenal
Joseph Ratzinger para sucederlo, a conciencia
de que iba a ser un Papa de transición.
Por su edad ya avanzada, porque no era
posible encontrar un candidato con las
cualidades eximias y el carisma de comunicador
y evangelizador que caracterizó
a su antecesor, porque había que
bajarle el tono al estrellato insuperable
del Papa Wojtyla imposible de mantener.
Se puso el tesoro de la Iglesia Católica
- su doctrina y su funcionamiento normal-
en manos de alguien confiable, cercano
a la Curia pontificia, con experiencia
en sus laberintos y habiendo dado claras
pruebas de fidelidad por servicios ya
prestados. No se le pedía más.
Y así lo cumplió a cabalidad
Benedicto XVI en sus siete años
de servicio dedicado y humilde en puesto
tan relevante. Quedaron atrás los
muchos y riesgosos viajes por todo el
mundo, el contacto contagioso con auditorios
de todo tipo: jóvenes, creyentes
de otras confesiones, incrédulos
modernos.
Dejó
para todos tres encíclicas valiosas,
que ahora sí serán leídas
y tenidas en cuenta:
• Sobre el amor humano (Eros y agapé),
de 2005.
• Sobre la esperanza (Spes), de
2007
• Sobre el progreso, la empresa,
la economía actual del mundo (Caritas),
de 2009.
Se le deben reconocer tres hits, que fueron
viajes en los que asumió riesgos
políticos agotadores:
• Su visita a Brasil en mayo de
2007, donde inauguró la V Conferencia
General del Episcopado Latinoamericano
y del Caribe en Aparecida, trazando el
derrotero para una mayor y mejor evangelización
del continente.
• La visita a México y seguidamente
a la Cuba comunista de los Castro.
• La primera visita pastoral de
un Papa a Inglaterra, cuna del anglicanismo
desde el cisma de 1533. Benedicto XVI
llegó a este país, hoy líder
del secularismo antirreligioso en Europa,
algo que le atormentaba desde tiempo atrás.
Sin embargo, el Papa Benedicto dejó
Inglaterra con un saldo positivo, enfrentando
con humildad y sin autosuficiencia a los
escépticos e incrédulos
que esperaban lo peor.
Los
puntos claves del éxito de esta
visita fueron dos:
a. el primero, sin duda, las palabras
claras y sin tergiversación con
las cuales se dirigió a las víctimas
de la pedofilia. Cariñosamente
rezó con las víctimas, pidió
perdón, prometió seguir
con la tolerancia cero para con los pedófilos.
Rememoró asimismo al gran cardenal
Newman, por quien siente admiración
y afecto desde hace tiempo.
b. Lo segundo, fue la postura ecuménica,
clara e incontestable. Los ingleses tuvieron
enfrente la figura de un peregrino humilde
y con real intención de diálogo.
No se puede afirmar, como lo hicieron
algunos comentaristas británicos,
que haya habido "una refundación
católica" en Inglaterra. Es
una exageración.
Pero,
tal como lo afirmó en excelente
comentario la teóloga brasileña
Maria Clara Bingemer, "el hecho de
que el Papa entrara en la Abadía
de Westminster, sede de la monarquía
y de la Iglesia de Inglaterra, como protagonista
de la ceremonia, y llegara hasta alabar
en público la figura de Thomas
More, santo católico que murió
por no aceptar la separación de
Inglaterra de la comunión católica
-y todo eso mientras imploraba textualmente
la unión entre los cristianos-
es algo casi increíble que desborda
las hipérboles de los medios".
Pero
la gran enseñanza que deja la renuncia
humilde y sorpresiva de Benedicto XVI
y su desprendimiento del poder que conlleva
uno de los más altos cargos que
puedan darse en el planeta, es valedera
para hombres de Estado y creyentes de
la Iglesia y otras confesiones: no hay
que casarse con un cargo alto ni aferrarse
al poder.
Hay que saber ceder el cargo a quien la
Iglesia haya venido preparando para que
en su momento se encargue de acelerar
la historia "arrancando y derribando"
si es preciso o "edificando y plantando"
como dice el profeta Jeremías (Jeremías
cap. 1, versos 4-10).
Un
Papa incógnito, una sede vacante
Queda pendiente en estos días la
celebración del Cónclave,
que lanzará humo blanco cuando
culmine la elección del nuevo pontifex
maximus. Acontecimiento que da siempre
lugar para toda clase de elucubraciones,
de cálculos políticos, de
fantasías novelescas a través
de los medios.
La
película reciente "Entre
ángeles y demonios"
(producción de Sony 2009 dirigida
por Ron Howard y protagonizada por Tom
Hanks y Ayelet Zurer), basada en la segunda
novela de ficción de Dan Brown
-con oportunas correcciones que evitan
los excesos de espectacularidad, de mentiras
y de cierto fanatismo anticatólico
en que incurrió su primera novela
"El código Da Vinci"
de 2003- constituye un escenario verosímil
y reproduce el ambiente que durante este
marzo se va a prestar para contrastar
diversas opiniones.
Nada es seguro. Todo se puede esperar.
Lo inverosímil puede ocurrir en
los designios de la Iglesia.
En 1969 la novela "Las
sandalias del pescador"
del escritor australiano Morris West -
llevada al celuloide bajo la dirección
de Michael Anderson y protagonizada por
Anthony Quin- fue un éxito mundial.
Un obispo ucraniano (Kiril Lakota) proveniente
de la comunista Unión Soviética
es elegido en Roma sucesor de Pedro y
como Cirilo I resulta un Papa innovador
rompiendo moldes tradicionales.
Pero la realidad superó la ficción
con el advenimiento en 1985 del cardenal
Wojtyla, polaco, quien como Juan Pablo
II superó a cualquier pontífice
proveniente del Primer mundo, como solía
ser.
Ahora podría pensarse si no ya
el Segundo, sino el Tercer Mundo (América
Latina, África, Oriente) pudiera
ser la cantera de donde extraer un nuevo
Papa a la medida de los inescrutables
intereses de la Iglesia Católica.
"El Espíritu sopla donde quiere
y tú oyes su silbido; pero no sabes
de dónde viene ni a dónde
va " (Jesús a Nicodemo, evangelio
de Juan, capítulo 3, verso 8).
18-02-13