Renuncia el Papa pero la Iglesia sigue su camino (Editorial 122)
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Una vez digerida la sorpresa, se abre el debate sobre el balance del pontificado que termina, sobre las múltiples grietas que según algunos carcomen la Iglesia desde adentro y sobre su innegable capacidad de renovación en medio de la tradición.

Ciudad terrena, ciudad eterna
La Iglesia Católica constituye un fenómeno único entre las religiones del mundo por su doble característica: la historicidad y la trascendencia. Ambas conforman una tensión dialéctica entre la unidad - de autoridad, de doctrina, de rito - y la diversidad - razas, pueblos, lenguas, naciones, ideologías, épocas, expresiones culturales y rituales -.
Todo ello hace que nos preguntemos: ¿cuál es el secreto de su juventud longeva, que la lleva a superar los cambios a veces escandalosos de su existencia y cuál el misterio de su esencia, que la hace perdurable?

 

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Ha resultado un yunque de acero sobre el cual han golpeado poderosos martillos durante 20 siglos. La sorpresiva renuncia del Papa Benedicto XVI, voluntaria y sin apremios de enfermedad grave, constituye un hecho digno de analizar.
Algo que no ocurría desde el siglo XV, cuando abdicó el Papa Gregorio XII (1406-1415) -ese sí por presiones externas para facilitar una salida al llamado Cisma de Occidente- cuando dos antipapas -el de Avignon y el que se autoproclamó Juan XXIII- pretendían simultáneamente ser el vicario de Cristo sobre la Tierra. El Concilio de Constanza finalmente eligió a Martín V.
La misma Iglesia tiene conciencia de su propio ser y de su misión en el mundo, expresada por su máximo organismo de inteligencia de la fe, el Concilio Ecuménico Vaticano II (1962-1965) sobre todo en sus pronunciamientos Lumen Gentium (dogmático sobre la Iglesia) y Gaudium et Spes (pastoral sobre la Iglesia y el mundo contemporáneo): "La Iglesia ha sido constituida y organizada por Cristo como sociedad en este mundo [..] Esta compenetración de la ciudad terrena y de la ciudad eterna es un misterio permanente de la historia humana" (LG. n. 8 y 38).

Juan Pablo II Superstar
Todos los Papas de los últimos 100 años fueron figuras grandes e influyentes a nivel mundial: León XIII, Pio X, Benedicto XV, Pio XI, Pio XII, Pablo VI, Juan XXIII. Pero Juan Pablo II fue — en el buen sentido de la palabra — un Papa Super Estrella, super–expuesto mediáticamente.
Bill Cosby -uno de los presentadores más cotizados de la televisión norteamericana- precisó lo que él entiende por el riesgo de una exposición pública exagerada (over-exposure): "La medida de la sobre–exposición no es cuántas veces la gente lo vea a uno en TV, en películas o en las librerías. El asunto es si usted puede mantener la calidad de su presentación. Si usted la puede mantener, entonces la gente estará siempre contenta de verlo".
Aplicando este criterio, podemos afirmar que así fue con Juan Pablo II a lo largo de su pontificado de 26 años de sobre-exposición. Supo mantener la calidad de su presentación, sin defraudar un solo momento a sus correligionarios, a sus amigos y admiradores de todas las culturas y lenguas. Utilizando el lenguaje del béisbol, puede decirse que en cada ciudad que visitó, el Papa hizo un jonrón con todas las bases llenas.
Juan Pablo II encarnó entre 1979 y 2005 un formidable poder moral con sentido de servicio, no sólo para los católicos, sino para creyentes de otras religiones y en general para todo el mundo.
“El Umbral de la Esperanza” es el título del bello libro que recogió entrevistas suyas concedidas al italiano Vittorio Messori, hablando en forma muy personal sobre temas divinos y humanos. El Papa Wojtyla supo ofrecer a propios y extraños una verdad sólida, íntegra y fiel al Evangelio de Cristo, siempre austera y exigente.
Y la supo comunicar mediante una personalidad muy propia: entre juvenil, amable, cordial e impactante, dotada de extraordinarias cualidades humanas y cristianas. Su veloz elevación a los altares lo introdujo a una dimensión extraterrestre de seres superiores. “La esperanza es la llama que Juan Pablo II nos ha dejado en herencia”, dijo de él Benedicto XVI.

Benedicto XVI: ¿un Papa de transición?
Tras la muerte de Juan Pablo II, en abril de 2005, el Cónclave eligió al eminente teólogo y cardenal Joseph Ratzinger para sucederlo, a conciencia de que iba a ser un Papa de transición.
Por su edad ya avanzada, porque no era posible encontrar un candidato con las cualidades eximias y el carisma de comunicador y evangelizador que caracterizó a su antecesor, porque había que bajarle el tono al estrellato insuperable del Papa Wojtyla imposible de mantener.
Se puso el tesoro de la Iglesia Católica - su doctrina y su funcionamiento normal- en manos de alguien confiable, cercano a la Curia pontificia, con experiencia en sus laberintos y habiendo dado claras pruebas de fidelidad por servicios ya prestados. No se le pedía más.
Y así lo cumplió a cabalidad Benedicto XVI en sus siete años de servicio dedicado y humilde en puesto tan relevante. Quedaron atrás los muchos y riesgosos viajes por todo el mundo, el contacto contagioso con auditorios de todo tipo: jóvenes, creyentes de otras confesiones, incrédulos modernos.

Dejó para todos tres encíclicas valiosas, que ahora sí serán leídas y tenidas en cuenta:
• Sobre el amor humano (Eros y agapé), de 2005.
• Sobre la esperanza (Spes), de 2007
• Sobre el progreso, la empresa, la economía actual del mundo (Caritas), de 2009.
Se le deben reconocer tres hits, que fueron viajes en los que asumió riesgos políticos agotadores:
• Su visita a Brasil en mayo de 2007, donde inauguró la V Conferencia General del Episcopado Latinoamericano y del Caribe en Aparecida, trazando el derrotero para una mayor y mejor evangelización del continente.
• La visita a México y seguidamente a la Cuba comunista de los Castro.
• La primera visita pastoral de un Papa a Inglaterra, cuna del anglicanismo desde el cisma de 1533. Benedicto XVI llegó a este país, hoy líder del secularismo antirreligioso en Europa, algo que le atormentaba desde tiempo atrás. Sin embargo, el Papa Benedicto dejó Inglaterra con un saldo positivo, enfrentando con humildad y sin autosuficiencia a los escépticos e incrédulos que esperaban lo peor.

Los puntos claves del éxito de esta visita fueron dos:

a. el primero, sin duda, las palabras claras y sin tergiversación con las cuales se dirigió a las víctimas de la pedofilia. Cariñosamente rezó con las víctimas, pidió perdón, prometió seguir con la tolerancia cero para con los pedófilos. Rememoró asimismo al gran cardenal Newman, por quien siente admiración y afecto desde hace tiempo.

b. Lo segundo, fue la postura ecuménica, clara e incontestable. Los ingleses tuvieron enfrente la figura de un peregrino humilde y con real intención de diálogo. No se puede afirmar, como lo hicieron algunos comentaristas británicos, que haya habido "una refundación católica" en Inglaterra. Es una exageración.

Pero, tal como lo afirmó en excelente comentario la teóloga brasileña Maria Clara Bingemer, "el hecho de que el Papa entrara en la Abadía de Westminster, sede de la monarquía y de la Iglesia de Inglaterra, como protagonista de la ceremonia, y llegara hasta alabar en público la figura de Thomas More, santo católico que murió por no aceptar la separación de Inglaterra de la comunión católica -y todo eso mientras imploraba textualmente la unión entre los cristianos- es algo casi increíble que desborda las hipérboles de los medios".

Pero la gran enseñanza que deja la renuncia humilde y sorpresiva de Benedicto XVI y su desprendimiento del poder que conlleva uno de los más altos cargos que puedan darse en el planeta, es valedera para hombres de Estado y creyentes de la Iglesia y otras confesiones: no hay que casarse con un cargo alto ni aferrarse al poder.
Hay que saber ceder el cargo a quien la Iglesia haya venido preparando para que en su momento se encargue de acelerar la historia "arrancando y derribando" si es preciso o "edificando y plantando" como dice el profeta Jeremías (Jeremías cap. 1, versos 4-10).

Un Papa incógnito, una sede vacante
Queda pendiente en estos días la celebración del Cónclave, que lanzará humo blanco cuando culmine la elección del nuevo pontifex maximus. Acontecimiento que da siempre lugar para toda clase de elucubraciones, de cálculos políticos, de fantasías novelescas a través de los medios.

La película reciente "Entre ángeles y demonios" (producción de Sony 2009 dirigida por Ron Howard y protagonizada por Tom Hanks y Ayelet Zurer), basada en la segunda novela de ficción de Dan Brown -con oportunas correcciones que evitan los excesos de espectacularidad, de mentiras y de cierto fanatismo anticatólico en que incurrió su primera novela "El código Da Vinci" de 2003- constituye un escenario verosímil y reproduce el ambiente que durante este marzo se va a prestar para contrastar diversas opiniones.
Nada es seguro. Todo se puede esperar. Lo inverosímil puede ocurrir en los designios de la Iglesia.
En 1969 la novela "Las sandalias del pescador" del escritor australiano Morris West - llevada al celuloide bajo la dirección de Michael Anderson y protagonizada por Anthony Quin- fue un éxito mundial. Un obispo ucraniano (Kiril Lakota) proveniente de la comunista Unión Soviética es elegido en Roma sucesor de Pedro y como Cirilo I resulta un Papa innovador rompiendo moldes tradicionales.
Pero la realidad superó la ficción con el advenimiento en 1985 del cardenal Wojtyla, polaco, quien como Juan Pablo II superó a cualquier pontífice proveniente del Primer mundo, como solía ser.
Ahora podría pensarse si no ya el Segundo, sino el Tercer Mundo (América Latina, África, Oriente) pudiera ser la cantera de donde extraer un nuevo Papa a la medida de los inescrutables intereses de la Iglesia Católica.
"El Espíritu sopla donde quiere y tú oyes su silbido; pero no sabes de dónde viene ni a dónde va " (Jesús a Nicodemo, evangelio de Juan, capítulo 3, verso 8).


18-02-13