Triangulación
política
Hollande jugó bien la carta electoral
de la ‘triangulación’
al meter temor en el electorado francés
a la extrema derecha, cultivada de muy
atrás (década de los 80)
por el Frente Nacional (FN), adulada por
Sarkozy y representada esta vez por su
líder Marina Le Pen con un amenazante
y estridente 19% de derecha extrema, logrado
en las elecciones primarias del 22 de
abril. Simultáneamente el candidato
socialista supo apaciguar las prevenciones
de muchos sectores franceses frente al
retorno de una Izquierda, con errores
y excesos -difíciles de olvidar
en la conciencia colectiva- cometidos
durante el gobierno de F. Mitterrand (1981-1994).
Logró, así, completar una
mayoría de votación con
los apoyos de Jean Luc Melenchon (izquierdista
11,5% votos), de Francois Bayrou (9.1%
votos) y disidentes de la derecha extrema
del FN. Me parece oportuno recordar cómo
en 1994, en Estados Unidos, se dio el
nombre de 'triangulación' a la
aplicación rigurosa que hizo Bill
Clinton de una nueva estrategia política
inspirada en la tercera vía inglesa
(ni socialismo de izquierda ni social
democracia de derecha), Fue la formulación
de una tercera posición, que por
métodos diferentes a los que tradicionalmente
proponían en EUA el propio partido
demócrata y la oposición
republicana, buscaba obtener los objetivos
que perseguía el electorado. Utilizó
propuestas republicanas para alcanzar
objetivos demócratas, y obligó
a su partido a dar un paso adelante para
sintonizarse con la opinión pública,
sin renunciar a sus principios. Clinton
no tomó ninguno de los caminos
disponibles en el momento. Intentó
uno nuevo. Su pirueta, antes de lanzarse
por segundo periodo a elección
presidencial se la llamó "triangulación"
y fue inventada por su asesor Dick Morris.
La triangulación consiste en situar
al presidente en un vértice equidistante
de los dos polos enfrentados (derecha
e izquierda, demócratas y republicanos),
convenientemente protegido del fragor
político diario. Que la triangulación
respondía a convicciones propias
de Clinton y no a simples apariencias
u oportunismo electoral, se puede deducir
de un libro que publicó antes de
su reelección, en el que criticaba
tanto el modelo estatista defendido por
algunos (izquierda) como el modelo ultraliberal
propuesto por otros (derecha). Él
proponía quedarse en el medio entre
la izquierda y la derecha, entre socialistas
y conservadores. Clinton había
aprendido que es así como se ganan
elecciones (en las que la mayoría
ciudadana suele tender al centro!) y es
así como se puede hacer un buen
gobierno. Clinton optó por el nuevo
camino, y con ello, en las elecciones
presidenciales, los demócratas
retuvieron la Casa Blanca. Y lo aplicó
con éxito durante toda su administración
de dos períodos (1993-2001) habiendo
dejado el legado de un excelente gobierno
con 8 años de paz, con respetabilidad
mundial, buen desempeño económico
(con una aprobación de su gestión
del 66%). Sin mencionarla, no es extraño
que Clinton en su último libro
haya recurrido a la ‘triangulación’
-que le funcionó- para sugerirle
al presidente Obama que busque una fórmula
más inteligente para acabar con
la actual crisis económica. Hoy,
dada la grave coyuntura por la que atraviesan
varios Estados europeos (que implica también
a Francia), una buena solución
parece ser la triangulación política.
Coalición centro-izquierda
Por lo acertadas y bien expuestas (como
acostumbra hacerlo con su peculiar estilo),
asumo opiniones de Lluis Bassets, consignadas
en recientes columnas de El País.
Ha dicho que “ la derecha extrema
no es la extrema derecha. Al menos todavía.
La primera es la radicalización,
desacomplejada y populista, y esperemos
que circunstancial, de la derecha de siempre;
mientras que la segunda anida y vive en
el extremo del mundo ideológico”,
aunque en algunos casos intenta salir
de su soledad y apoderarse del espacio
conservador entero.
Como quiera que sea, de esta elección
presidencial sale para Francia un nuevo
paisaje político. Se ha conformado
una gran coalición demócrata
de centro izquierda y de centro derecha
que funcionó para estos comicios
presidenciales, que puede robustecerse
con las próxima elecciones para
la Asamblea Nacional del 5 de junio y
que está dispuesta a llegar lejos
para bien de Francia y de toda Europa.
Ella podrá enfrentar con éxito
el populismo suicida invocado por una
derecha extrema y favorecido por una izquierda
desueta y anacrónica. Varias tendencias
políticas han logrado agruparse
alrededor de esta nueva familia política
-humanista y progresista- que favorece
el cambio con decisión pero con
prudencia.
La ‘triangulación’
que en buena hora facilitó el acceso
al poder del candidato Hollande, permitirá
al nuevo presidente atender desde el vértice
del poder central (Ejecutivo), a las buenas
propuestas de una izquierda socialista
moderada de su PS y a los reclamos nacionalistas
provenientes de una extrema derecha (Le
Pen), combinando las mejores energías
de los principales Partidos existentes
y futura Asamblea (Legislativo), -por
la que se votará el próximo
5 de junio- para acertar en la toma de
decisiones que consulten mejor los intereses
de las mayorías de la población
francesa (Pueblo). Sigue siendo verdad
–como de los ciudadanos en otras
naciones- que “los franceses tienen
el corazón en la izquierda y el
bolsillo en la derecha”. El electorado
francés ha demostrado así,
de nuevo, su singular madurez, equilibrio
y elasticidad (“souplesse”).
El crecimiento de Europa
“Los
franceses han votado por una Europa de
otro tipo”, afirmó hace unos
días François Hollande siendo
candidato y anunció que una vez
elegido su primer viaje sería a
Berlín para confirmar a la canciller
alemana Angela Merkel que las cosas han
cambiado en la Unión. “Yo
voy a renegociar el pacto [sobre disciplina
fiscal]. Merkel lo sabe”. Hollande
quiere institucionalizar en Europa el
compromiso con el crecimiento y el empleo-
afirman Martínez de Rituerto y
Juan Gómez en El País de
Madrid. “El líder socialista
se ve como la punta de lanza de un nuevo
modo de construir Europa, menos tecnocrático
y más humanista, entendiendo por
tal el tener más en cuenta a los
europeos. Como él dice, muchos
otros dirigentes europeos estaban “esperando
a conocer el resultado de las elecciones
francesas para abrir una nueva discusión”.
Muchos otros y, sobre todo, los socialistas,
una especie en vías de extinción
en los Gobiernos de la UE esperan que
el triunfo en Francia suponga un punto
de inflexión. Por ejemplo, Alfredo
Pérez Rubalcaba, líder del
PSOE, afirma que el voto francés
“abre un tiempo nuevo” y supone
“una gran esperanza para Europa”.
Hollande no repudia el pacto presupuestario
que introduce disciplina en las cuentas
públicas. Lo que se propone es
introducir la componente del crecimiento,
empeño que los expertos en Bruselas
consideran factible mediante la simple
inclusión de un anexo al documento
que enfatice la palabra mágica.
“¿Disciplina presupuestaria?
Sí. ¿Austeridad de por vida?
No”, es la consigna del socialista
francés.
Vidal-Folch (“Este Francois no es
Mitterrand”, El País
5 mayo) recuerda cómo el presidente
liberal Valèry Giscard -quien sucedió
al izquierdista Mitterrand en 1994 y gracias
a su ministro Jacques Delors- logró
después una sensata combinación
de ortodoxia presupuestaria y reformas
sociales. Su balance histórico
resultó exitoso al reconciliar
a la izquierda con la economía
de mercado, dotando a esta de más
sensibilidad social. Fue una buena ‘triangulación’
centrista, comento yo. Algo que con buen
olfato político busca ahora Hollande.
“Su receta es gastar algo menos
e ingresar mucho más para poder
crecer en casa y en Europa. Sus medidas
buscarán un reparto de la factura
de la crisis más equitativo. Hollande
no va pregonando por la cuatro esquinas
que refundará el capitalismo mundial
-como lo hizo con gancho en 2008 su rival
Sarkozy, sin llegar a resultados-. Pero
retocará a fondo el factor más
sangrante de los capitalismos: la extrema
y creciente disparidad de ingresos. El
abordaje del objetivo de la equidad (aumento
y mejor reparto de los ingresos) es más
factible a nivel doméstico en la
actual Francia, pero el del crecimiento
debe apoyarse en la UE. No hay perspectiva
de crecimiento (notable) en un solo país,
como no la hubo para el socialismo (durable)
en un solo país, aunque Francia
fuera la de Mitterrand.
07-05-12