LA
COHABITACIÓN POLITICA
El
sistema democrático semi-presidencialista
adoptado por Francia en la Constitución
de 1958, que dió origen a la actual
Va. República, consagró
una figura de presidente muy realzada
en sus poderes y en su duración
(período de 7 años, reelegible).
A él toca la alta dirección
del Estado , con mucho papel en la conducción
de las Relaciones exteriores y la Defensa.
Pero junto a él, estableció
la figura de Primer Ministro quien tiene
a su cargo la Administración diaria,
elige su gabinete ministerial y es resultado
de la configuración mayoritaria
del Parlamento ante el cual es responsable.
En dos oportunidades anteriores se había
dado el caso insólito de un Presidente
socialista de izquierda (Mitterrand) y
la elección de una Asamblea mayoritaria
de centro derecha, que aportó el
Primer Ministro ( Chirac en 1986 y Balladur
en 1993). Fue una relación de fuerzas
políticas que los franceses, con
eufemismo, llamaron “cohabitación”,
para no hablar de contubernio, y que nosotros
con desprejuicio podemos llamar matrimonio
de conveniencia o quizás también
unión libre de conveniencia. Es
sencillamente la coexistencia de la derecha
y de la izquierda en el gobierno. Así
funcionó Francia en los últimos
7 años, con el presidente Chirac
(coalición de centro derecha) y
el primer ministro Jospin (coalición
de centro izquierda).
TERMINÓ
UN DOBLE JUEGO
Pareciera
que la ‘cohabitación’
política de los dos polos moderados
no ha sido del agrado de un sector electoral
del pueblo francés, que quisiera
ver ahora que el fisgón envidioso
de alcoba entrara por la ventana y se
convirtiera en el ‘partner’
obligado de una extraña pareja
‘gay’. A más de un
alto abstencionismo del 30% (porque muchos
creyeron que Chirac y Jospin serían
con mucho los ganadores), se evidencia
un desengaño de la izquierda. Parte
del electorado francés está
desencantado de las medias tintas. Prefiere
las definiciones claras y contundentes
de los dos extremos. Por las huellas que
han quedado en la arena electoral, hay
un reflujo de marea alta, de una extrema
derecha en ascenso. Se diría que
un 20% de la sociedad francesa busca,
con cierto desespero, otro horizonte.
•
El desencanto no se puede achacar –con
justicia– al cogobierno de Jospin.
Su perfil austero y digno, su sincera
voluntad europeista, su balance de 7 años
como timonel del diario trajinar de la
vida política francesa es positivo.
Desde el gobierno compartido, con realismo
y sin ideologismos, supo mantener en lo
esencial sus compromisos social–demócratas.
Estableció el euro, la jornada
laboral de 3 horas semanales, redujo el
desempleo, apoyó el crecimiento
económico, instiitucionalizó
nuevos derechos sociales (cobertura por
enfermedad para todos, licencia temporal
por paternidad, subsidio para personas
dependientes…). En suma, supo volver
a una política reformadora (tan
execrada por la izquierda revolucionaria
de años atrás), tratando
de reconciliar progreso económico
y progreso social, neoliberalismo del
frente amplio de Chirac con justicia social
de una izquierda moderada. Pero aquí,
a nuestro juicio, es donde radica el problema
por la dispersión suicida de la
izquierda. Grupos y dirigentes de izquierda
(desde Jean–Pierre Chévenement
hasta Christiane Taubira), añorando
una extrema izquierda ya no viable para
la actual Europa, quisieran ofrecer una
izquierda empalagosa (como un panal) para
la clase trabajadora, una izquierda populista
y demagógica, y si fuere el caso
una izquierda sectaria para enfrentar
a la extrema derecha de Le Pen. Esta izquierda
se desmarcó de la izquierda moderada
y civilizada de Jospin. Llevó a
que la izquierda francesa fuera víctima
de sí misma, al producir la dispersión
suicida de los votos.Y perdió el
liderazgo de la izquierda europea. La
herida infligida a la izquierda es casi
irreparable. Y se ha convertido en una
herida humillante para la misma Francia.
Así lo están haciendo sentir
miles de manifestantes callejeros. Y su
eco ha sido el abucheo propinado a Le
Pen en sus dos minutos de presencia en
el Parlamento Europeo.
•
Por esas paradojas de frecuente ocurrencia
en la política, toda la izquierda
francesa (incluidos los disidentes de
Jospin) tienen que dar ahora la orden
disciplinada de votar el próximo
5 de mayo por el candidato de derecha,
actual presidente Chirac, para evitar
que la gran Francia caiga en las fauces
del neofascista y ultraderechista Le Pen
como eventual Presidente de la Quinta.
República.
¿QUIÉN
ES LE PEN?
73
años de edad, exparacaidista en
Argelia (1957) y veterano de la guerra
de Indochina (futuro Vietnam), llega a
ser el diputado más joven de la
Asamblea Nacional a sus 27 años.
En 1972 funda el Front National, cuya
presidencia ha retenido desde entonces.
El despegue electoral del partido tiene
lugar en las elecciones municipales de
1983. En las elecciones presidenciales
de 1995, obtiene un 15% de los votos en
la primera vuelta, ubicándose tras
Chirac, Jospin y Balladur; pero logra
un 36% en la segunda vuelta contra Chirac.
Su oferta política han sido la
xenofobia y el ultranacionalismo. Sus
ideas motoras, convertidas en lemas electorales
son: “la preferencia francesa”
y “los franceses primero”.
Su receta mágica contra el desempleo,
como tantas otras de evidente simplismo,
es: expulsar a los inmigrantes para dar
a los franceses sus puestos de trabajo.
La
izquierda en Francia es hoy una izquierda
que se esfuma y que va a ser aplastada.
En realidad nada es hoy fácil para
la izquierda. Ni en Europa ni en Latinoamérica.
Pero una izquierda porfiada, si es diferente
a lo que ha sido y no camina en dirección
contraria a la de la mayoría, en
democracia sigue siendo viable.
29
abril 2002