El sistema democrático
semi-presidencialista adoptado por Francia
en la Constitución de 1958, que
dió origen a la actual Va. República,
consagró una figura de presidente
muy realzada en sus poderes y en su duración
(período de 7 años, reelegible).
A él toca la alta dirección
del Estado, con mucho papel en la conducción
de las Relaciones exteriores y la Defensa.
Pero junto a él, estableció
la figura de Primer Ministro quien tiene
a su cargo la Administración diaria,
elige su gabinete ministerial y es resultado
de la configuración mayoritaria
del Parlamento ante el cual es responsable.
En dos oportunidades anteriores se había
dado el caso insólito de un Presidente
socialista de izquierda (Mitterrand) y
la elección de una Asamblea mayoritaria
de centro derecha, que aportó el
Primer Ministro ( Chirac en 1986 y Balladur
en 1993). Fue una relación de fuerzas
políticas que los franceses, con
eufemismo, llamaron cohabitación,
para no hablar de contubernio, y que nosotros
con desprejuicio podemos llamar matrimonio
de conveniencia o quizás también
unión libre de convivencia.
Es sencillamente la coexistencia de la
derecha y de la izquierda en el gobierno.
Esta es la nueva situación a que
ha quedado abocada ahora Francia, y muy
posiblemente por 5 años, hasta
las próximas elecciones presidenciales.
Las partes en escarceos de alcoba y juegos
de poder son:
A) por un lado, la coalición de
centro-derecha del presidente Chirac (252
diputados) con la UDF
del ex-presidente Giscard (Union Démocratique
Francaise= Unión Democrática
Francesa) y el RPR (Rassemblement
pour la République= Reunión
para la República);
B) por otro lado, la coalición
de centro-izquierda del nuevo Primer Ministro
Lionel Jospin (324 diputados) con el Partido
Socialista mayoritario, el Partido Comunista
minoritario y los ecologistas;
C) y un mirón por fuera, con deseos
de entrar a la alcoba o por lo menos de
perturbar la felicidad, representado por
el FN (Frente Nacional)
de extrema derecha del ultra Jean-Marie
Le Pen . Este personaje de 68 años,
paracaidista en Algeria en 1957, racista,
neo-fascista y furibundo antieuropeo,
es la carta salvaje del poker francés
y anda buscando de años atrás
lograr un 20% del electorado, que le permita
ser un socio obligado (partner) de la
política francesa. Por ahora tiene
apenas 1 diputado.
Lecciones del
caso francés
Son varias y muy útiles
para nuestro. Con acierto el comentarista
de Le Monde, Ignacio Ramonet,
señala en primer lugar que lo ocurrido
en Francia es claro indicio de que no
se puede gobernar despreciando a los ciudadanos,
creyendo que se los puede engañar
en lo esencial. Chirac se equivocó
en la jugada efectista que intentó,
al anticipar las elecciones legislativas,
que normalmente estaban previstas para
Marzo de 1998. Los electores no olvidaron
que Chirac se había hecho elegir
en mayo de 1995 con base en un discurso
antiliberal y un proyecto de fuerte color
populista que prometía reparar
la "fractura social". Apenas
5 meses después, Chirac había
renegado espectacularmente de sus promesas
y adoptado un programa ultraliberal, atropellando
fiscalmente a los débiles y permitiendo
que el desempleo y la pobreza se extendieran.
Las reacciones populares en noviembre-diciembre
del 95 hicieron recordar las graves barricadas
del 68. ¿Podía razonablemente
esperarse que este electorado burlado
diera carta blanca por otros 5 años
al gobierno derechista de la línea
Chirac? En Francia, como en nuestros países
tropicales, un electorado maduro no acepta
el engaño de un doble programa
político: por un lado un programa
público de anzuelo para hacerse
elegir, y por otro lado un programa secreto,
antipopular y devastador de gobierno.
El caso Bucharam de Ecuador, aunque con
otros agravantes, está fresco todavía.
Segunda lección.
Los socialistas ganadores no pueden confiarse
mucho en su victoria. Los resultados de
las elecciones fueron más un deseo
de castigar a la derecha que una adhesión
firme a un programa casi inexistente de
la izquierda. Y no puede olvidarse que
parte de la victoria se debió al
mordizco que el Frente Nacional de Le
Pen le metió al electorado. El
gobierno de Jospin tiene que fajarse muy
duro para cumplir las promesas de aumentar
el empleo y reducir los niveles de pobreza.
La arrogancia y los errores de los anteriores
gobiernos socialistas (1983-1986 y 1988-1993)
serían imperdonables en la actual
atmósfera política.
Como bien lo expresó
el laborista Blair al ganar en Inglaterra,
"debemos modernizarnos o morir…Los
electores modernos no tienen paciencia
ni perdonan. Si fracasamos en el cambio,
seremos expulsados, y con razón".
Las nuevas izquierdas que lleguen al poder
tienen que ser mucho más humildes
y realistas, menos ideológicas
y más pragmáticas, tienen
que ser izquierdas viables con gran diferencia
de las anteriores.
23 Junio
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