Cohabitación forzada
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Nuevo triunfo de la izquierda

Tras 4 años de gobierno conservador, Francia volvió a afirmarse en las pasadas elecciones parlamentarias como un país de izquierda. Agrupando a socialistas, comunistas y ecologistas, la Izquierda logró obtener 324 de los 577 sillones en la Asamblea Nacional, es decir un control cómodo del 56%. De este modo Francia se convierte en el país nº 13 de la Unión Europea de 15 países, gobernado por el centro-izquierda, siguiendo el camino recorrido hace mes y medio por el laborista británico Tony Blair.

Los dos países gobernados por formaciones de derecha son actualmente Alemania (Helmut Kohl) y España (José Ma. Aznar). Por lo menos a escala europea, el ciclo ultraliberal, iniciado en 1979 con la victoria en Gran Bretaña de Margaret Thacter, toca a su fin. En 1985 el acerbo escritor de derechas Alan Peyrefitte escribió el libro Cuando la rosa se marchite, con ínfulas de profecía. A los 12 años esa rosa encarnada ha retoñado y vuelto a florecer. Y engalanó la fiesta roja del Partido Socialista el 1º de junio cuando escogió la Casa de América Latina de París como cuartel general para celebrar la victoria.

 

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La cohabitación

El sistema democrático semi-presidencialista adoptado por Francia en la Constitución de 1958, que dió origen a la actual Va. República, consagró una figura de presidente muy realzada en sus poderes y en su duración (período de 7 años, reelegible). A él toca la alta dirección del Estado, con mucho papel en la conducción de las Relaciones exteriores y la Defensa. Pero junto a él, estableció la figura de Primer Ministro quien tiene a su cargo la Administración diaria, elige su gabinete ministerial y es resultado de la configuración mayoritaria del Parlamento ante el cual es responsable. En dos oportunidades anteriores se había dado el caso insólito de un Presidente socialista de izquierda (Mitterrand) y la elección de una Asamblea mayoritaria de centro derecha, que aportó el Primer Ministro ( Chirac en 1986 y Balladur en 1993). Fue una relación de fuerzas políticas que los franceses, con eufemismo, llamaron cohabitación, para no hablar de contubernio, y que nosotros con desprejuicio podemos llamar matrimonio de conveniencia o quizás también unión libre de convivencia. Es sencillamente la coexistencia de la derecha y de la izquierda en el gobierno. Esta es la nueva situación a que ha quedado abocada ahora Francia, y muy posiblemente por 5 años, hasta las próximas elecciones presidenciales. Las partes en escarceos de alcoba y juegos de poder son:
A) por un lado, la coalición de centro-derecha del presidente Chirac (252 diputados) con la UDF del ex-presidente Giscard (Union Démocratique Francaise= Unión Democrática Francesa) y el RPR (Rassemblement pour la République= Reunión para la República);
B) por otro lado, la coalición de centro-izquierda del nuevo Primer Ministro Lionel Jospin (324 diputados) con el Partido Socialista mayoritario, el Partido Comunista minoritario y los ecologistas;
C) y un mirón por fuera, con deseos de entrar a la alcoba o por lo menos de perturbar la felicidad, representado por el FN (Frente Nacional) de extrema derecha del ultra Jean-Marie Le Pen . Este personaje de 68 años, paracaidista en Algeria en 1957, racista, neo-fascista y furibundo antieuropeo, es la carta salvaje del poker francés y anda buscando de años atrás lograr un 20% del electorado, que le permita ser un socio obligado (partner) de la política francesa. Por ahora tiene apenas 1 diputado.

 

Lecciones del caso francés

Son varias y muy útiles para nuestro. Con acierto el comentarista de Le Monde, Ignacio Ramonet, señala en primer lugar que lo ocurrido en Francia es claro indicio de que no se puede gobernar despreciando a los ciudadanos, creyendo que se los puede engañar en lo esencial. Chirac se equivocó en la jugada efectista que intentó, al anticipar las elecciones legislativas, que normalmente estaban previstas para Marzo de 1998. Los electores no olvidaron que Chirac se había hecho elegir en mayo de 1995 con base en un discurso antiliberal y un proyecto de fuerte color populista que prometía reparar la "fractura social". Apenas 5 meses después, Chirac había renegado espectacularmente de sus promesas y adoptado un programa ultraliberal, atropellando fiscalmente a los débiles y permitiendo que el desempleo y la pobreza se extendieran. Las reacciones populares en noviembre-diciembre del 95 hicieron recordar las graves barricadas del 68. ¿Podía razonablemente esperarse que este electorado burlado diera carta blanca por otros 5 años al gobierno derechista de la línea Chirac? En Francia, como en nuestros países tropicales, un electorado maduro no acepta el engaño de un doble programa político: por un lado un programa público de anzuelo para hacerse elegir, y por otro lado un programa secreto, antipopular y devastador de gobierno. El caso Bucharam de Ecuador, aunque con otros agravantes, está fresco todavía.

Segunda lección. Los socialistas ganadores no pueden confiarse mucho en su victoria. Los resultados de las elecciones fueron más un deseo de castigar a la derecha que una adhesión firme a un programa casi inexistente de la izquierda. Y no puede olvidarse que parte de la victoria se debió al mordizco que el Frente Nacional de Le Pen le metió al electorado. El gobierno de Jospin tiene que fajarse muy duro para cumplir las promesas de aumentar el empleo y reducir los niveles de pobreza. La arrogancia y los errores de los anteriores gobiernos socialistas (1983-1986 y 1988-1993) serían imperdonables en la actual atmósfera política.

Como bien lo expresó el laborista Blair al ganar en Inglaterra, "debemos modernizarnos o morir…Los electores modernos no tienen paciencia ni perdonan. Si fracasamos en el cambio, seremos expulsados, y con razón". Las nuevas izquierdas que lleguen al poder tienen que ser mucho más humildes y realistas, menos ideológicas y más pragmáticas, tienen que ser izquierdas viables con gran diferencia de las anteriores.

23 Junio 97