A
los analistas políticos nos resulta
difícil explicar el reciente fenómeno
político ocurrido en las elecciones
del 18 de junio en Bulgaria. Ese pequeño
país, recostado entre el Danubio
y el Mar Negro, en la ebullente región
balcánica, durante siglos ha pasado
por innumerables avatares; pero ahora
es el escenario de una cabriola política
que sorprende al mundo. El politólogo
Iván Kratev ha dicho que “la
irrupción de Simeón en la
política búlgara equivale
a un terremoto de 9 grados en la escala
de Richter”.
Los pueblos tienen sus leyendas populares
de pordioseros que se convierten en reyes
por unos días, así como
la Cenicienta en Princesa. Y al revés,
se dan episodios moralizantes de reyes
que se disfrazan de mendigos, y por unos
días y noches conviven con el pueblo
marginado y participan de sus miserias.
Así como el Papa venido del Este,
que deambula por las sórdidas callejuelas
romanas, encarnado por el recién
fallecido actor Anthony Quinn en el filme
“Las sandalias del pescador”(novela
de Morris West). En ajedrez, a veces resulta
oportuna una jugada de enrroque. El Rey
cambia su posición amenazada, por
otra mejor guarnecida de Torre. Pero sigue
siendo insólito que un Rey se trasmute
en Alfil, y como tal se adueñe
de todo el tablero. No es corriente que
un Rey, que a sus 9 años de edad
era heredero de la Sacra Corona búlgara
y fue destronado por la avalancha comunista
en 1946, regrese ahora con 65 años
de edad como un ciudadano comùn
y corriente; se presente a unos comicios
republicanos y se alce –sin partido,
sin ideología politica, sin programa
de gobierno– con el 50% del electorado.
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Bulgaria
Con
sus 111.000 km2 y apenas 9 millones de habitantes,
Bulgaria ha sido llamada “La Prusia
de los Balcanes”, el “Japón
del Este”, destacando la laboriosidad
de su gente y su elevado nivel cultural.
En los siglos 6º y 7º de nuestra
era cristiana, la Península Balcánica
fue habitada por tribus Eslavas. Los Búlgaros,
un pueblo turco, emigraron a los Balcanes
desde el Asia Central en la segunda mitad
del siglo 7º. Fundaron el Primer Reino
Búlgaro en el año 681. Adoptaron
el Cristianismo Ortodoxo en el siglo 9º,
bajo el rey Boris Iº. Su hijo, el Zar
SIMEON Iº (entre 893 y 927) llevó
el Primer Reino Búlgaro a su apogeo.
Posteriormente Bulgaria quedó sometida
y gobernada por el Imperio Bizantino hasta
el año 1185. Y después quedó
sometida casi 500 años por el Imperio
Otomano. Tras la guerra entre Rusia y Turquía
(1877–78), Bulgaria restauró
su independencia. En 1887, un príncipe
alemán, Fernando de Sajonia–Coburgo–Gotha,
llegó a ser Zar de Bulgaria. Murió
en 1943. Bulgaria salió perjudicada
de las dos Guerras de los Balcanes (1912
y 1913), y tras la Primera Guerra Mundial,
tuvo que ceder territorio a Serbia y Grecia.
En la Segunda Guerra Mundial estuvo firmemente
aliada con Alemania. En 1944 la Unión
Soviética declaró la guerra
a Bulgaria, la ocupó e impuso su
implacable régimen con Georgi Dimitrov,
hasta la caída del Comunismo en 1989.
Estas cuatro generaciones, desde el derrumbe
del ‘socialismo real‘, fueron
también en Bulgaria (como en otros
países excomunistas) años
de intoxicación democrática,
de simbiosis entre capitalismo y mafia,
de corrupción e imperio de los criminales
de cuello rojo, azul o blanco muy sucio.
Algo que explica el fenómeno Simeón
IIº.
Simeón
IIº y su victoria
El
ciudadano Simeón Borisov Sajonia–Koburgo
(como les gusta a sus adversarios designarlo)
llegó a España de 9 años,
en 1951, con su madre la Reina Juana. Se
educó en el Liceo francés
de Madrid y se licenció en Derecho.
Estuvo dos años en la Academia Militar
de Waley Forge, en la Escuela de Oficiales
Reservistas de Estados Unidos. Se casó
en Madrid, en 1962, con Margarita Gómez–Acebo
y Cejuela . Tienen 5 hijos, cuyos nombres
comienzan por la misma inicial K (Kardam,
Kyril, Kubrat, Konstantin y Kalina). Todos
varones y casados, menos la menor, Kalina.
Han tenido excelentes relaciones con la
actual familia real española, así
como con Hassan de Marruecos y otras casas
reales reinantes.
El corresponsal Andrew Purvis, desde Sofía,
caracteriza a Simeón IIº como
“un polìtico nada ordinario,
soberbiamente dotado de exquisitas maneras,
con nariz aguileña y penetrantes
ojos azules, habla 8 lenguas y tiene amigos
y primos en las familias reales de Europa
y el Medio Oriente. Habiéndosele
devuelto sus propiedades por el Estado,
es uno de los hombres más ricos de
Bulgaria. Y en un país que trata
todavía de emerger de los harapos
del comunismo, él representa un ‘link’
con un próspero pasado, cuando bajo
el gobierno de Boris, padre de Simeón,
Bulgaria era conocida como la Suiza de los
Balcanes”.
La victoria electoral de Simeón con
su Alianza o Movimiento Nacional (MNSII)
resultó sorprendente e impecable.
Con una abstención de apenas 33.2%,
el pueblo búlgaro le dió el
43.05% de los votos y 120 escaños
de la Asamblea Nacional de 240 curules.
La coalición de derecha, “Fuerzas
Democráticas Unidas” (FDU),
que gobierna Bulgaria con Iván Kostov
como primer ministro, sólo obtuvo
18,24% de votos (había tenido 52.3%
en 1997) y 51 escaños del Parlamento
unicameral. La Coalición por Bulgaria,
formada por los ex comunistas del Partido
Socialista Búlgaro (PSB), consiguió
sólo un 17.35% de los votos y 48
escaños. Y el “Movimiento de
Derechos y Libertades” (MDL), que
agrupa a las minorias turca y gitana, logró
apenas el 6.75% y 21 escaños.
¿Símbolo
de qué?
Con
Simeón IIº estamos ante el fenómeno
de un rey o zar, que reciclado por el alambique
de la historia, emerge como símbolo
neto. Estamos ante un caso no de racionalidad
sino de pulsiones colectivas; no ante un
movimiento político organizado, ideológico
y programático, sino ante el ascenso
popular del sueño apolítico
por sobre la política real. Pudiera
antojarse como un voto castigo (de la mitad
del pueblo) contra los rojos (anterior régimen
comunista) y contra los azules (actual régimen
socialdemócrata). Es la respuesta
popular a la propuesta general de un retorno
a la ética. Es refugiarse un país
en la esperanza que no tenía, y que
ahora se encarna en la figura impoluta,
algo alejada en tiempo y espacio, de un
líder con sangre azul, reminiscencia
de zares añorados. Su figura heráldica
podría antojarse como la de un nuevo
san Miguel, arcángel, defensor de
las causas buenas, desfacedor de entuertos,
justiciero vengador contra todo tipo de
corrupción, sobre todo la premunida
en el poder político. San Miguel,
ora pro nobis !
02 julio 01 |