China : la hora del gigante
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La hora del gigante
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China –el “Reino del centro”, como quien dice el “Ombligo del mundo”- construye su historia no por años sino por milenios. Con sus altos y sus bajos. Durante la dinastía T’ang (años 618-906 después de Cristo) tuvo un nivel de vida superior al de Europa. Y lo mismo, vivió una admirable civilización bajo la dinastía Ming (siglos XIV a XVIII). Pero China se cerró como un crustáceo y entró en una larga decadencia, en la que fue víctima de las potencias colonizadoras de occidente. Cuando en 1978 muere Mao Sedung (quien desde 1949 había proclamado y organizado la República Popular China), Deng Xiaoping asume el liderazgo e inicia una nueva era muy pujante de este gigantesco país.

 

1. Un pueblo civilizado

Desde cuando Marco Polo visitó China, sus pobladores no han dejado de sorprender a los occidentales. Ellos fueron los inventores del papel, la porcelana, la brújula, la ceremonia del té y muchos otros inventos. De ellos salió el taoísmo, que permea todas sus manifestaciones artísticas, su poesía y su pintura. Es una filosofía que nos enseña a vivir integrados en el fluir de la naturaleza. Y nos han legado también el confucionismo. Confucio (551-479 antes de Cristo) convirtió la ética en una religión, que ha influido mucho en toda la cultura china, enseñando a vivir en armonía con el prójimo: con orden, con respeto, con compasión. Lo que está proyectando China es una resultante de capitalismo agresivo occidental y cultura milenaria oriental.

 

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2. El pragmatismo de Deng Xiaoping


Durante sus 20 años de mando, este pequeño Gran Timonel de China comunista mostró ser no tanto un ideólogo duro (como había sido Mao) cuanto un estadista pragmático; no tanto un conductor autoritario (como había sido Mao) cuanto un conductor eficiente. Su famosa frase “no importa que un gato sea blanco o negro, con tal de que cace ratones”, lo sintetiza bien. Eludió siempre el “culto de la personalidad” (tan frecuente en los regímenes autoritarios) y prefirió más bien ser un viejo eficiente, “un viejo en prisa por hacer a China grande”. Abrió en China comunista puertas y ventanas al capitalismo occidental. Permitió la introducción, para el campo y la industria, de modelos económicos de producción capitalista dentro del régimen político comunista. Toda una herejía para los ideólogos ortodoxos. Pero la herejía ha funcionado. China es hoy un milagro económico; se perfila como la protagonista del siglo XXI y se está posicionando firmemente como una potencia mundial. Deng (muerto a los 92 años en febrero 1997) logró poner a funcionar una serie de reformas económicas y sociales, audaces y modernizadoras, dentro de un fuerte régimen político de Partido único. Todo ello fue consagrado por el Congreso del Partido Comunista Chino (septiembre 1997) y explica el actual éxito proseguido por sus sucesores, Jiang Zemin y más recientemente Hu Jintao. Con lo logrado en estos últimos 27 años, se podría afirmar que el siglo XXI podría ser chino, así como el XIX fue inglés y el XX norteamericano.

 

3. La fórmula

Mucho pragmatismo y poca ideología. “Camaradas, compatriotas, ¡creen riquezas!”, fue la consigna del ‘Pequeño Timonel’ desde 1980. “Un país, dos sistemas”. El sistema comunista para el pueblo, el sistema capitalista para los negocios y creación de riqueza. La receta que aplicó Deng tiene tres ingredientes básicos: 1) una é t i c a d e l t r a b a j o, innovadora y audaz, alimentada en ancestrales raíces filosóficas; 2) una v o l u n t a d p o l í t i c a, aplicada por todas las instituciones del Estado, 3) un notable p r a g m a t i s m o, que se quitó el corset ideológico que le querían imponer los ideólogos y fundamentalistas del Partido. “El desarrollo requiere deshacerse de todas las nociones que lo obstaculizan, cambiar todas las prácticas y regulaciones que lo impiden y liberarse de lastres sistémicos” (Zemin 2002).
No importa, por ahora, que se esté creando una sociedad de pocos grandes ricos y millonarios (los ancestrales mandarines), mientras la masa gigantesca de la población experimenta cada día más llevadera su pobreza y espera superarla. Cuando Deng traspasó el poder a Zemin, había logrado sacar a 400 millones de chinos de la pobreza. El ingreso nacional per cápita había crecido a $ 890 dólares; las exportaciones se habían multiplicado de $ 121.000 millones de dólares a $ 365.000 millones. Entre 1994 y 2003, la economía creció a una tasa promedio entre 8-9% anual.

 

Conclusión

China tiene todavía grandes retos por delante. Detener los desastres ecológicos que han acompañado su crecimiento explosivo. Aterrizar suavemente su economía y sistema bancario. Resolver el creciente problema del desempleo. Pero su mayor desafío es democratizar el país de acuerdo con los requerimientos de la modernidad y las legítimas aspiraciones de la población. Pero eso lleva su tiempo. Como buenos orientales, ellos no se impacientan ni precipitan. “Paciencia. Eso lleva tiempo (Xuyao shijian)”.