La espada toledana
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Toledo

La ciudad sobre el río Tajo, en el centro de España, rica por su historia, su arte, sus armerías, tiene resonancias de nobleza, de valor, de acero. Bien la canta Agustín Lara: “Toledo, la Tizona tus letras grabó fundiendo en una hoja nobleza y valor. Acero de unos ojos que saben mirar y matan como mata un puñal”. Valor y acero se conjugan en este hombre, con pronunciados rasgos incas, que está poniendo sorpresivamente punto final a la era Fujimori en Perú.

Un cholo exitoso

Con su nombre afilado y sonoro, Alejandro Toledo tiene un rostro que parece sacado de la paleta de Guasayamín y encarna todos los logros que pueden conformar un modelo de identificación para los sufridos habitantes de los Andes peruanos. Nacido hace 54 años en una aldea campesina ( Cabana, provincia de Ancash), sabe de una niñez pobre y laboriosa; es listo y aplicado como para merecer una beca del Rotary Club en Estados Unidos y allí graduarse como economista en la Universidad de San Francisco y obtener un Doctorado en Standord (California), uno de los centros académicos más prestigiosos del mundo. Se casa con una “gringuita” antropóloga (en realidad una encantadora belga–polaca de ascendencia judía), Eliane Karp, la cual habla ocho lenguas, entre ellas el quechua, electriza a las masas con su oratoria y ha trabajado en programas de desarrollo del Banco Mundial y de USAID en comunidades indígenas. Toledo ha sido funcionario de la ONU, del Banco Mundial, de la OIT en Ginebra y de la OCDE en París. Ha enseñado en diversas universidades y fue investigador asociado en Harvard. Es todo un fenómeno.

 

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Los secratos de su campaña

1º) Su origen humilde, sus rasgos étnicos, su trayectoria le permiten identificarse inmediatamente con el pueblo llano. Tiene conciencia de esta fortaleza cuando dice: “Hemos logrado penetrar en la mente y en los corazones de la gente, con un único mensaje: la T de trabajo [pero también de Toledo]; hemos logrado descubrir una química a flor de piel con la gente del carajo. Es un amor a primera vista. No se puede negar que hay un factor étnico, una identificación brutal”. El pueblo peruano se identifica más naturalmente con el “cholo” que con el “chino”. 2º) Su esposa constituye una de las credenciales que más simpatías le está haciendo ganar entre el pueblo peruano. “Ella –reconoce Toledo– le da un gran valor agregado a mi campaña”. 3º) El descrédito de Fujimori –a pesar de sus innegables logros en 10 años de gobierno– que se ha encargado de apuntalar con sus escuadrones de terroristas (autores de felonías y arbitrariedades) su “eminencia gris”, Vladimiro Montesinos, asesor presidencial que controla el temido y poderoso Servicio de Inteligencia Nacional (SIN), algo que en Perú equivale a la Seguridad Nacional de Pedro Estrada, de ingrata recordación en Venezuela. 4º) La guerra sucia que el régimen de Fujimori–Montesinos desencadenó contra los dos principales candidatos presidenciales (Alberto Andrade, alcalde de Lima, movimiento “Somos Perú”) y Luis Castañeda (“Solidaridad Nacional”.). La metódica descalificación que se hizo de ellos, dejó el terreno abierto para Toledo. Y cuando Fujimori advirtió la fuerza del naciente fenómeno Toledo, ya éste se había descolgado electoralmente como un “huayco” (avalancha, alud) de su tierra natal, que iba creciendo a un vertiginoso ritmo de un punto percentual cada dos días, en las encuestas de medición de favoritismo electoral. 5º) La estrategia de Toledo ha sido la del puma americano. Supo esperar callado desde las elecciones de 1995 hasta que llegara su momento, agazapado y silencioso, sin entrar en la guerra sucia verbal, para caer de sorpresa en un brinco sobre su presa. No cabe duda que la “malicia indígena” de Toledo ha resultado más efectiva que los millones de dólares que se hubiera podido gastar en asesores extranjeros de “marketing” político. El factor sorpresa ha sido definitivo.

Luces y sombras de Fujimori

• El Perú que encontró Fujimori en 1990, en su primer período (herencia del gobierno aprista de Alan García) era rayano del Apocalipsis. El país estaba aislado de la comunidad financiera internacional al negarse a honrar la deuda externa que debía. El PIB había caído en los dos años anteriores un 20%; y la tasa de inflación llegaba al 2.776% anual. Dos organizaciones armadas (más radicales y terroristas que las actuales colombianas), “Sendero Luminoso” y el “Movimiento Revolucionario Tupac Amaru” (MRTA) tenían acorralado al Estado, el cual había declarado como zonas de emergencia el 45% de la población y territorio nacional. El país, descuadernado, parecía que iba a quedar en manos de los insurgentes. El plan de estabilización económica que aplicó Fujimori con mano fuerte (el “fujischock”), con profundas reformas y ulteriores medidas neo–liberales, dieron buen resultado. Y al asumir la guerra contra la subversión como prioridad y simple cuestión de supervivencia del Estado, logrando en octubre 92 la captura de Abimael Guzmán, el venerado y mítico “presidente Gonzalo” (quien se pudre en el penal de máxima seguridad de la base naval de Callao), confirmaron su capacidad de pacificar el país. Acabó con el terrorismo. Algo que no ha podido hacer todavía Colombia. Su victoria clara en 1995, con 65% de los votos y logrando mayoría en la Cámara, fue el reconocimiento del pueblo peruano a su triple éxito: de orden, de disciplina, de progreso.

• Lamentablemente, todo el que tiene poder quiere más poder o perpetuarse en él. Ha habido suficientes hechos de autoritarismo; Fujimori ha eludido el equilibrio de poderes favoreciendo la hegemonía del Ejecutivo; ha mostrado una ambición desmedida, buscando una tercera elección por sobre la disposición constitucional que la vetaba. La historia contemporánea, cada día más, señala que el autoritarismo, la demagogia y las mentiras de un régimen terminan por cansar a nuestros pueblos. Antes se aguantaban 15–30 años (Juan Vicente Gómez– Franco– Stalin– Oliveira Salazar– Somoza– Pinochet– Stroessner..). Hoy no se calan más de 10 años. Con mayor cultura política, y aun reconociendo los logros positivos de un régimen autoritario, la actual sociedad civil puede cambiar de opinión, si se le permite. Y no le teme a las alternativas no traumáticas. Buen ejemplo de ello es Toledo y su Perú posible.