| El
sorprendente desempeño que viene mostrando
Alan García Pérez, ex–presidente del Perú,
con miras a derrotar a Alejandro Toledo
en una “photo finish” en la segunda vuelta
dentro de un mes, pone sobre el tapete varias
interesantes cuestiones de análisis político.
La primera de todas, si un gran partido
político –como lo fue el APRA– puede ser
hoy el factor movilizador y organizador
de masas que decida una reñida elección
entre dos candidatos —ambos populares y
carismáticos– y entre dos programas —ambos
populistas y nacionalistas.
El
aprismo de Haya de la Torre (1924-1979)
El Aprismo es todavía hoy un obligado punto
de referencia como Movimiento tercermundista
y como Partido popular peruano. Estando
exiliado en México ( cuando el segundo período
presidencial de Augusto Leguía), Raúl Haya
de la Torre funda en 1924 el APRA (Alianza
Popular Revolucionaria Americana). Fue un
intento de organización política de masas,
con claros elementos tomados de tres exitosas
revoluciones entre los años 1910 y 1920:
de la revolución mexicana, de la revolución
rusa (Haya se inclinaba por la posición
de los mencheviques para quienes la revolución
debía hacerse por etapas: primero la social
y después la definitiva, la socialista),
y de la revolución autonomista universitaria
de Córdoba en Argentina. El APRA asumió
también elementos del Kuo–min–tang chino,
en cuanto se lo concebía como una organización
política pluriclasista y no de sólo la clase
obrera. Sus afinidades con el pensamiento
de Manuel González Prada y sus hondas raíces
en el pensamiento político de Bolívar han
sido bien subrayadas por comentaristas.
Haya coincidió con José Mariátegui en buscar
aclimatar el Marxismo a nuestro medio latinoamericano.
Pero Haya de la Torre fue más contundente
que él en relativizar los contenidos dogmáticos
de Marx–Engels, aplicando su famoso principio
hermeneútico de “espacio–tiempo histórico”.
Haya se preció de afirmar que “así como
Marx superó a Hegel, así el aprismo superó
al marxismo”. Tanto que un gran conocedor
del aprismo, como es Castro Arenas, llega
a decir: “El APRA es al Marxismo lo que
el Protestantismo al Catolicismo”. El anti–imperialismo
económico y cultural fue siempre una fuerza
visceral en Haya de la Torre. Para él, en
América Latina (a diferencia de Europa y
los Estados Unidos), el Imperialismo fue
primero que el Capitalismo. Progresivamente
Haya de la Torre, tras su ‘shock’ en Bruselas
en 1928 y sobre todo a partir de 1939, criticó
y se opuso tenazmente al avasallante imperialismo
soviético. |
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| El
APRA como Movimiento se nucleó alrededor
de un Programa Máximo de 5 principios
teóricos:
1) acción contra el imperialismo,
2) unidad política y económica
de América Laltina,
3) nacionalización de tierras e industrias,
4) internacionalización del Canal
de Panamá,
y 5) solidaridad con el Tercer Mundo.
En
1930 se funda el Partido Aprista en el Perú
como una fuerza organizada de izquierda
democrática, con base en dos de dichos
principios: acción anti–imperialista
a favor de los que trabajan y aportan (clase
media y proletaria) y un programa de nacionalización
de tierras e industrias.
¿Sigue
vigente el aprismo?
A
22 años de la muerte de su fundador
(1979), ¿podrá el APRA decidir,
el próximo mayo, el balotaje para
presidente de la República?
• Teniendo en su haber excelentes
elementos ideológicos, la praxis
política del APRA no le permitió
llegar a ser partido de gobierno. Fueron
sucesivos sus fracasos políticos.
Apenas en el gobierno de Bustamante (años
40), logró ser mayoría parlamentaria.
Pero se le achaca que desperdició
entonces su poder, pues no presentó
proyectos de Reforma Agraria y Nacionalización
del Petróleo (que estaban en sus
programas). Y en cambio, apoyó la
ampliación de concesiones a la “International
Petroleum Company”.
• Velasco Alvarado, en sus siete años
de gobierno, quitó al APRA sus mejores
banderas, como las reformas agraria, empresarial,
educacional. Hizo nacionalizaciones bruscas
y socializó la prensa. Le erosionó
al APRA sus bases populares de apoyo y los
militares se encargaron de proscribirlo.
• En 1980 (ciudad de Trujillo), el
APRA se escinde en dos alas enfrentadas
radicalmente: una de izquierda (Armando
Villanueva) y otra de derecha (Towsend Escurra,
quien es expulsado), lo que inevitablemente
debilitó aun más al partido.
• El gobierno de Alan García,
apoyado en los votos del APRA (julio 1985–1990),
arrancó animoso y con grandes expectativas,
anunciando una nueva era como la de John
F. Kennedy. En su estrategia asumió
grandes y temerarios riesgos. Se enfrentó
al FMI y declaró al país insolvente
frente a la deuda externa. Redujo el presupuesto
militar, cuando la guerrilla “Sendero
Luminoso” amenazaba las tres cuartas
partes del país. El manejo de la
economia fue un desastre. Tomó el
tigre de la inflación por la cola,
pero lo dejó ir. Sus reformas no
funcionaron y no hicieron sino acelerar
la espiral de caída de la miseria
en Perú.
Gran parte del éxito posterior de
Fujimori se debió a que aplicó,
con pragmatismo y eficacia, correctivos
a los dos grandes flagelos del país:
la inflación y la guerrilla. Y se
las ingenió con Montesinos para mantener
en el “freezer” los restos del
Partido Aprista.
El
carisma de Alan García
Es
el principal factor de su éxito electoral.
Ya no es el Caballo Loco de los 80. Ha madurado.
Es un hombre todavía arrogante y
joven. Arrojado y franco, hasta el punto
de reconocer sus errores pasados y atreverse
a ser de nuevo temerario. Confía
en que él puede guiar a la nación
desde el borde del colapso social, económico
y ético, hacia una era de régimen
democrático próspero. No le
teme a los reflectores de la opinión
pública sino los busca (“ser
líder es estar en el centro del escenario”).
Con gran habilidad escénica y un
discurso seductor (que emula el de un encantador
de serpientes), halaga los oídos
prometiendo un nuevo convenio entre los
ricos y los pobres, entre Perú y
el mundo exterior. García tiene indudable
atractivo, inspira confianza, “cae
bien”. Podrá quizás
ganar a Alejandro Toledo, pero con la condición
de que el APRA, como partido popular de
honda raigambre en el Perú, pueda
en estas semanas reorganizarse y movilizarse.
El Aprismo (“el pensamiento revolucionario
sin revolución”, como lo definió
Abelardo Villegas), guarda todavía
en sus arcones banderas intactas de cambio
social, cultural y político que enarboladas
por manos todavía juveniles y ya
expertas, pudieran conducir a un electorado
voluble e indeciso a una segunda victoria
inesperada.
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abril 01 |