Un régimen septuagenario
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El próximo 2 de julio se producirá en el mapa político de México un remezón. Es muy probable que el candidato de oposición (Fox) gane al candidato oficialista del PRI (Labastida). Se dará, al fin, una verdadera alternancia en el poder, tras 70 años de una hábil pero férrea dictadura de partido. Será la culminación de un proceso que viene acelerándose desde hace 6 años y que corresponde bien al desarrollo económico y a la modernización política que son innegables en ese gran país septentrional de nuestra América. Se confirmaría, así, que cuando en un país la economía va bien, la política va mejor. Y cuando la economía va mal, la política va peor. Los buenos resultados del ingreso de México al TLC (Tratado de Libre Comercio) con Estados Unidos y Canadá como socios, logrando un crecimiento anual del 5% desde 1996, van favoreciendo una mayor y mejor democracia política. El caso contrario pudiera ilustrarse con lo que nos viene pasando en Venezuela. Por desatender lo económico y social se viene deteriorando lo político.

 

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La revolución mexicana

La primera movilización de masas para llegar al poder fue anterior a la bolchevique en Rusia. Madero convocó en 1910 un movimiento insurrecional, que echó por tierra la larga dictadura de Porfirio Díaz. Y dicha movilización derivó en una auténtica revolución, de esas que cambian radicalmente la andadura de un país y de una época. Tres revoluciones convergieron en la mexicana, a saber: una democrática postulada por Madero, una agraria requerida por Zapata y una antiimperialista (contra el vecino del Norte) atizada con sobra de motivos por Venustiano Carranza. Todas ellas se incorporaron en la Constitución mexicana de 1917 y han sobrevivido a las 218 modificaciones que se le han hecho. Pero como todas las revoluciones del mundo, la mexicana quedó inconclusa. Le faltaba más pueblo real. Ya en 1916, así lo denunciaba Mariano Azuela en su novela sobre la revolución, titulada "Los de abajo ". Y el golpe de Victoriano Huerta contra Madero y posteriormente el asesinato de Carranza iniciaron intentos de bajar del caballo a la incipiente revolución.

 

El Partido Revolucionario Institucional (PRI)

Fue indudablemente Plutarco Elías Calles, jefe máximo de 1924 a 1928, quien ideó la fundación de un partido hegemónico, que detentara institucionalmente el poder sin recaer en autocracias caudillistas. El muy zamarro se ideó un partido que permitiera a los caudillos emanados de la Revolución Mexicana encontrar una vía distinta a la asonada para acceder al poder. Quizás no pasaba por su cabeza la idea de que dicho partido beneficiara principalmente a los gobernados..Se concibió un camino intermedio entre la Dictadura cesarista, de tan largo raigambre en México, y la Democracia, la cual debería irse consolidando y ampliando. Nace, así, en 1929, el Partido Nacional Revolucionario (PNR), que se convierte en 1946 en el Partido Revolucionario Institucional (PRI), organizado como una “GRAN AMEBA”. Su base eran los campesinos, los obreros y los sectores populares fuertes . Había escasa presencia de las mujeres y de los jóvenes, y como cosa rara, no se apuntalaba en los militares. Desde entonces, por 70 años, el PRI ha sido la pieza clave de todo el engranaje politico mexicano. Y a él se le deben tanto las altas como las bajas, los logros y los fracasos de este gran país del norte. Se puede afirmar que la historia de México en el siglo XX fue, en muy buena parte, la propia historia del PRI. Hay quienes han querido asimilar el PRI con el Partido único de sistemas totalitarios, como los comunistas soviético y chino o el fascista italiano. Sin embargo, bien miradas las cosas, hay profundas diferencias. Los partidos únicos de Rusia e Italia habían conquistado el poder, mientras que el mexicano fue creado desde el poder. El rigor ideológico y el control total de la sociedad han sido más fuertes y policiales en los sistemas de partido único que en el sistema de partido hegemónico mexicano. Este, de hecho y de derecho, ha permitido un juego controlado de otros partidos. No se puede negar que el PRI ha sido el gran canal de movilidad social de México y le ha dado estabilidad al país, todo lo cual ha hecho posible su desarrollo (por más desigual y corrupto y defectuoso que haya sido). Pero, en estos últimos años se ha dado un juicio histórico severo (que el electorado está ya haciendo suyo) acerca del PRI.

 

El "Ogro filantrópico"

Así lo llamó en su momento Octavio Paz, aludiendo tal vez a su monstruosa fealdad y a su discurso popular-, y a que no ha disimulado su brusquedad política ni sus garras, con las cuales ha impuesto autoridad sin contrapeso en sus dominios. Pero este ogro ha sido filantrópico. En su discurso y muchas de sus políticas –tanto internas como internacionales (caso Cuba)– ha buscado favorecer las causas de los desposeídos y de los rebeldes con justificación. No se puede negar que el PRI ha logrado que México transite hasta el siglo XXI, con un creciente desarrollo y sin haber caído en dictaduras militares ni en aventuras revolucionarias de nuevo cuño. Es un caso realmente atípico en América Latina y el Caribe. A juicio de Octavio Paz, en un artículo de 1976 (que incluye en la obra atrás mencionada), el Ogro ha caminado sobre dos potentes patas, dos burocracias separadas, pero en perpetua comunicación. Una pata es la política, conformada esencialmente por los estados mayores de los tres sectores en que se divide el PRI: el obrero, el campesino y el popular. Es la “clase política”, que se extiende a todo el país por una vasta red de organismos. La otra pata es la gubernamental propiamente dicha, que se acerca más al concepto tradicional de burocracia y que se ha hipertrofiado en los últimos 50 años. Ambas gruesas extremidades concentran un inmenso poder político, económico y social. Y están allí los que se oponen, casi instintivamente, a un cambio político que ponga en peligro sus enormes privilegios. El Ogro Filantrópico mexicano venía en deuda con la democracia, –que inicialmente lo inspiró. Ahora parece que se encamina con paso firme hacia ella, renunciando a la implacable hegemonía ejercida por tantos años. El próximo 2 de julio podría ser entonces el final de la "dictadura perfecta", como bien la llamó Vargas Llosa.

5 junio 00