México lindo: ¿Final de la dictadura perfecta?
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Una verdadera revolución

El movimiento insurrecional, convocado por Madero, que en 1910 echó por tierra la larga dictadura de Porfirio Díaz, fue no sólo la primera movilización de masas para llegar al poder (anterior a la bolchevique en Rusia), sino que derivó en una auténtica revolución, de esas que cambian radicalmente la andadura de un país y de una época. Tres revoluciones convergieron en la mexicana, a saber: la democrática postulada por Madero, la agraria requerida por Zapata y la antiimperialista atizada con sobra de motivos por Venustiano Carranza. Todas ellas se incorporaron en la Constitución mexicana de 1917 y han sobrevivido a las 218 modificaciones que se le han hecho. Pero como todas las revoluciones del mundo, la mexicana quedó inconclusa y generó también su propia contra-revolución. En 1916, ya Mariano Azuela en su novela sobre la revolución, titulada Los de abajo, la juzgaba inconclusa por falta de más pueblo real. Y el golpe de Victoriano Huerta contra Madero y posteriormente el asesinato de Carranza inician intentos de bajar del caballo a la incipiente revolución.

 

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El partido de la revolución

Fue indudablemente Plutarco Elías Calles, jefe máximo de 1924 a 1928, quien ideó la fundación de un partido hegemónico, que detentara institucionalmente el poder sin recaer en autocracias caudillistas. Era un camino intermedio entre la Dictadura cesarista, de tan largo arraigambre en México, y la Democracia, la cual debería irse consolidando y ampliando. Nace, así, en 1929, el Partido Nacional Revolucionario (PNR), que deviene en 1946 como Partido Revolucionario Institucional (PRI), organizado como una “gran ameba” con base en los campesinos, los obreros y sectores populares fuertes (con escasa presencia de las mujeres y los jóvenes, y no apuntalado en los militares). Desde entonces, por casi 70 años, el PRI ha sido la pieza clave de todo el engranaje politico mexicano. Y a él se le deben tanto las altas como las bajas, los logros y los fracasos de este gran país del norte. Se puede afirmar que la historia de México en este siglo XX es, en muy buena parte, la propia historia del PRI. Hay quienes han querido asimilar el PRI con el Partido único de sistemas totalitarios como el comunista ruso o el fascista italiano. Sin embargo, bien miradas las cosas, hay varias diferencias. Los partidos únicos de Rusia e Italia habían conquistado el poder, mientras que el mexicano fue creado desde el poder. El rigor ideológico y el control total de la sociedad han sido más fuertes en los sistemas de partido único que en el sistema de partido hegemónico mexicano, el cual de hecho y de derecho ha permitido un juego controlado de otros partidos. Dado que en estos últimos años se ha iniciado un juicio histórico severo (que el electorado comienza a hacer suyo) acerca del PRI, conviene balancear los pros y los contras. No se puede negar que el PRI ha sido el gran canal de movilidad social de México y le ha dado estabilidad al país, todo lo cual ha hecho posible su desarrollo (por más desigual y defectuoso que haya sido). El “ogro filantrópico” -como lo llamó en su momento Octavio Paz, aludiendo tal vez a su feura y a su discurso popular-, sin esconder su brusquedad política y sus garras e imponiendo autoridad sin contrapeso en sus dominios, ha logrado que México transite hasta el siglo XXI, con un creciente desarrollo, sin haber caído en dictaduras militares ni en aventuras revolucionarias de nuevo cuño. Es un caso realmente atípico en América Latina y el Caribe. A juicio de Octavio Paz, en un artículo de 1976, que incluye en la obra atrás mencionada, el Ogro ha caminado sobre dos potentes patas, dos burocracias separadas, pero en perpetua comunicación. Una es política, conformada esencialmente por los estados mayores de los tres sectores en que se divide el PRI: el obrero, el campesino y el popular. Es la “clase política”, que se extiende a todo el país por una vasta red de organismos. La otra es la gubernamental propiamente dicha, que se acerca más al concepto tradicional de burocracia y que se ha hipertrofiado en la segunda mitad de este siglo. Ambos cuerpos concentran un inmenso poder político, económico y social. Y son los que se oponen, casi instintivamente, a un cambio político que ponga en peligo sus enormes privilegios. El Ogro Filantrópico mexicano está en deuda con la democracia, que inicialmente lo inspiró; pero no excluye que vaya hacia ella, renunciando al monopolio ejercido hasta ahora. Parece cercano el final de su dictadura perfecta.

21 Julio 1997