| Ecuador
sigue siendo escenario de convulsiones políticas
cada vez más intensas. Ayer no más,
contra viento y marea, se tuvo la consulta
popular, a la que el nuevo presidente Correa
ha dado tanta importancia. Especie de plebiscito
que deja más preguntas que respuestas.
El pasado 18 de enero traté el tema
"¿Para dónde va Ecuador?".
Concluía diciendo: "no olvide
que Ecuador no es Venezuela". La advertencia
cobra hoy más actualidad por los
nuevos elementos en juego.
El
proyecto del nuevo líder
Para
nadie es un secreto que Ecuador viene arrastrando
desde atrás un deterioro y fragmentación
de sus partidos políticos, un sube
y baja de presidentes -algunos muy mediocres
o anodinos (8 en 9 años)- y una corrupción
pervasiva de las instituciones. Los ecuatorianos
están cansados de vivir en la inestabilidad
y la corrupción. Es explicable su
desconfianza frente a una democracia representativa
que poca efectividad ha mostrado para la
solución de sus problemas. No se
discute que Ecuador requiere un cambio y
profundo. Pero los acontecimientos de estas
pasadas semanas más que solucionar
la crisis nos parece van a agravarla. El
presidente Correa ha querido ir más
de prisa de lo que se podía y debía.
Está presionando la sociedad ecuatoriana
más allá de sus límites
tolerables, llevando a colapsar la estructura
política de la democracia liberal
que había. |
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| Y
no tiene todavía definida la nueva
estructura, o por lo menos el proyecto de
un socialismo estatal (todavía nebuloso
y con elementos foráneos). Además
no cuenta con los ingentes recursos populistas
para sustentarlo, como sí los ha
tenido Chávez en Venezuela. Al no
haber presentado Correa candidatos propios
para el nuevo Parlamento, la elección
popular recayó en una Asamblea de
100 parlamentarios (de los cuales 69 pertenecientes
a cuatro partidos no partidarios del gobierno).
Resulta insólito- por decir lo menos-
que para obtener una mayoría absoluta
en el Congreso que le aprobara la convocatoria
para una Asamblea Constituyente originaria,
con amplios poderes sobre todos los demás
ya constituidos, y que le pudiera "refundar"
el país desde cero, se hubiera optado
por destituir arbitrariamente 57 diputados
y se les haya impedido físicamente
(por la policía adscrita al min-gobierno
y agitadores de oficio) entrar a sesionar
al recinto natural de la Asamblea o en una
sede paralela en un Hotel de la capital.
En cambio, fueron convocados y protegidos
oficialmente los suplentes. Resulta, pues,
que un organismo no competente para ello
(Consejo Electoral) cesantea 57 congresistas
(que tienen la misma legitimidad popular
que tiene el presidente electo) y encima
los priva de sus derechos políticos
para que no puedan participar en una Asamblea
Constituyente. Ni siquiera se acepta el
recurso de amparo que una jueza dictó
a su favor, so pretexto de que el Parlamento
había destituido al Presidente del
CE (Jorge Acosta) por haber él convocado
para el 15 de abril -a solicitud del presidente
Correa- la consulta popular para la Constituyente,
sin pasar por el legislativo como se debía
haber hecho.
Una
Asamblea Constituyente en remojo
La
consulta popular de ayer, con todos los
hierros que le metió el presidente
Correa, a lo sumo puede constituir una especie
de encuesta sobre la voluntad del pueblo
ecuatoriano favorable al cambio que se requiere.
Se discute su legalidad; no constituye un
mandato. Y no expresaría legitimidad
como voluntad mayoritaria del pueblo (a
juicio de Carlos Aguinaga, nuevo presidente
del Tribunal Electoral) si no llegara a
superar la cifra de 3.150.000 votos (tres
millones ciento cincuenta mil) a favor del
"SÍ", descontados los votos
nulos y en blanco. Amanecerá y veremos.
Moraleja
A
"correazos" no se puede hacer
una nueva estructura ósea de todo
el sistema político de un país.
Una Constitución (y más si
se pretende originaria) es empresa de gran
aliento, que debe ser producto de un gran
consenso, o al menos de un trabajo negociado
con participación de los grandes
sectores de la sociedad que van a vivir
por años dentro de dicho marco jurídico.
Una Constitución no puede ser el
vestido que manda hacer con apremio y a
su medida, el nuevo Líder o Conductor,
el Buen Tirano o el César democrático
de turno. Correa ha criticado al presidente
Evo Morales por haber "negociado"
una nueva Constitución para Bolivia.
Pero, "Ecuador es un país cuyas
élites políticas siempre han
privilegiado la negociación. Y el
estilo del actual presidente es totalmente
diferente" (Joaquín Hernández).¿Qué
quiere entonces Correa con la radicalización?
¿Seguir el ejemplo de un golpe de
Estado a lo Fujimori en Perú? La
intolerancia no es buena consejera-venga
de donde venga- y no es buen augurio para
la democracia -vaya para donde vaya.
16
abril 2007 |