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Los
ecuatorianos venían atemorizados desde el
año pasado por una lluvia de ceniza que
presagiaba erupción de los volcanes el Guagua
Pichincha o el Tungurahua. Pero llegó antes,
el pasado 21 de este mes, la erupción de
una retenida crisis socioeconómica que alcanzó
a vomitar la lava de un alzamiento cívico–militar
y ha dejado cenizas confusas en el panorama
político del país. Ecuador, con 12 millones
de habitantes (la tercera parte conformada
por 10 etnias de alta pureza indígena) y
una legendaria contraposición entre la Sierra
y la Costa, ha sido desde su nacimiento
como República independiente en 1822 escenario
de sacudimientos telúricos y frecuentes
golpes militares o autoritarios. El cuadro
lo acaba de describir J.J. Aznárez, enviado
especial de El País, como “una economía
en crisis, unos cuarteles agitados, un Congreso
de discurso patriotero –más ducho en el
trueque de favores que en las políticas
del Estado–, y un indigenismo levantisco
en las provincias y nada satisfecho por
la continuidad del Gobierno, indigenismo
empeñado todavía en la disolución de los
tres poderes del Estado”.
Ecuador
no es sino una muestra más de esa “Indoamérica
enferma”, que en varios sitios está siendo
llevada a emergencias por su agudo cuadro
clínico con tres elementos simultáneos de:
quiebra económica, grave disfunción social
y crónica debilidad institucional. Cuando
15.000 indígenas fueron llegando por varias
vías a Quito, con una mochila de comida
para dos días, un garrote y la ilusión de
barrer con el Estado ecuatoriano (representado
en su Congreso y en su Presidente), se estaba
expresando con alta fiebre la realidad del
paciente. Y cuando a los tres días ese mismo
pueblo “contestatario”, birlado por la cúpula
militar, se retiraba con amargura a sus
lares en la sierra, en espera de otra mejor
oportunidad, no hacía sino repetir la recurrente
curva en bajada de la misma enfermedad.
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| El
desencadenamiento económico
Los
indicadores económicos que venía
mostrando Ecuador eran graves, pero no más
que en otros países de nuestro subcontinente.
Una inflación del 60.7% del año
1999; un decrecimiento de la economía
del 7.3%, un déficit fiscal del 4.9%
del Producto Interno Bruto; una quiebra
del sistema financiero y depósitos
bancarios congelados; una acelerada devaluación
del sucre respecto del dólar sin
tocar todavía fondo (que puede ser
el de 25.000 sucres por un dólar).
La manía de nuestros gobiernos de
recurrir a las “fórmulas mágicas”
de solución a los problemas, llevó
al presidente Mahuad (economista de Harvard),
después de otros intentos que no
funcionaron, a plantear la medida extrema
de dolarizar la economía.
Esta política económica, que
inicialmente mete un frenazo a la inflación,
tuvo cierto éxito tanto en Argentina
como en Brasil. Pero tiene un inmediato
efecto de disparar los precios hasta las
nubes, generar quiebra de industrias nacionales
y estimular un creciente desempleo. Pero
el despecho exacerbado del pueblo ecuatoriano
por el empobrecimiento creciente desde años
atrás venía ya cuestionando
impacientemente el sistema político
y forzaba a una salida. En 1992, cuando
el gobierno de Rodrigo Borja, propició
una parálisis del país. En
1997 defenestró al “loco”
Bucaram. En 1998 consagró el gobierno
interino de Fabián Alarcón,
tras un gobierno de 48 horas de la vicepresidenta
Rosalía Arteaga. Y no aguantó
la tentación de cortar tres años
antes el período legítimo
presidencial de Jamil Mahuad para ensayar
otro gobierno.
Una
revolución de tres horas
La
primera versión de la Junta Revolucionaria
o triunvirato, que en la noche del 21 de
enero, parecía haberse adueñado
del poder, estaba configurada por el Cnel.
Lucio Gutiérrez (41 años)
como presidente, el líder indígena
quechua Antonio Vargas y el abogado expresidente
de la Corte Suprema, Carlos Solórzano.
Después entró en escena el
Gral. Carlos Mendoza, ministro de Defensa
encargado (quien relevó a Gutiérrez)
y parecía asegurar un mayor apoyo
de los mandos militares del Ejército.
En la práctica, abortó el
golpe. Para los indígenas fue el
que sirvió de topo o caballo de Troya
dentro del movimiento de sublevación
y resultó el “gran traidor”.
Para quienes no querían derramamiento
de sangre fue el “gran héroe”.
Para la posteridad quedará quizás
como el “gran oportunista” o
guabinoso, que al no contar con el apoyo
del grueso de los militares ni de los elementos
demócratas del país y verse
expuesto a las presiones internacionales,
se dió de baja y se lavó las
manos. Resulta evidente que detrás
del movimiento cívico–militar
que irrumpió en la capital y en el
Parlamento, con ínfulas de “revolucionario”,
no había un cerebro ni una férrea
organización, sino una masiva anarquía
bastante cantiflesca.
La
alianza cívico-militar
En
esta oportunidad, el pueblo ecuatoriano
estuvo representado por una conjunción
de fuerzas indígenas y militares,
que podría llegar a profundizarse
con el tiempo (hasta tener éxito
de golpe), bajo el liderazgo del Gral.(r)
Paco Moncayo, exjefe del Comando Conjunto
de las tres fuerzas hasta 1998, quien en
su discurso (véase entrevista “El
País” 22 enero) muestra que
es buen discípulo del actual Presidente
Cnel. Chávez. Podría ser el
cauce para dar respuesta –a mediano
plazo– al problema álgido de
Ecuador: el problema étnico amalgamado
con la pobreza extrema de las comunidades
raizales.
• INDIGENAS.– Los actuales tres
y medio millones de indígenas ecuatorianos
en la Sierra, 100.000 en la Amazonia y 7.000
en la Costa, luchan por reivindicaciones
ancestrales y por un Estado plurinacional,
pluriétnico y pluricultural. Reclamo
que dió origen al partido “Pachacutik”,
el Nuevo Amanecer. Actualmente están
organizados en la poderosa Confederación
de Nacionalidades Indígenas (CONAIE),
con alta capacidad de movilización,
de sacrificio y de presión. Hay analistas
que previenen contra un exagerado fundamentalismo
(en la defensa de su cultura, de sus raíces
y de su futuro) del movimiento, así
como en contra de una penetración
marxista subversiva que exgerrilleros de
“Alfaro Vive Carajo” y miembros
de partidos extremistas como el MPD (Movimiento
Popular Democrático) han logrado
infiltrar en él.
• MILITARES DE MANDOS MEDIOS.–
Hay una confluencia de estos con el sector
indígena por la misma extracción
socioeconómica de que provienen,
así como por muchos años de
programas comunes en la construcción
de escuelas y carreteras en las comunidades
rurales. Los maestros de esas escuelas son
oficiales que comienzan su carrera y los
constructores de las vías son oficiales
medios. Un reciente estudio observa que
los militares ecuatorianos tienen una particularidad.
Son los únicos soldados laltinoamericanos
que no son represivos, y no lo pueden ser,
puesto que en su mayoría los reclutas
vienen de las comunidades indìgenas.
Lava
y piedras
¿Qué
factores influyeron para que en Ecuador
no se hubiera consumado un rompimiento institucional
(hablamos de instituciones democráticas),
sino un esguince, susceptible de ser tratado
adecuadamente ? En pocas palabras:
1) Mahuad resultó ser un presidente
o demasiado demócrata o pusilánime.
No renunció, pero abandonó
el cargo. Lo que permitió a Gustavo
Noboa asumir constitucionalmente la Presidencia.
2) El alto mando militar mantuvo el control.
Los coroneles golpistas no tenían
mando de tropas. Los 120 cadetes de la Escuela
de Guerra no eran base suficiente para un
golpe.
3) Las etnias indígenas tienen ya
bastante capacidad de movilización
y protesta, pero están todavía
aisladas, son anárquicas y no pretenden
conformar una guerrilla armada, por la negativa
experiencia en Chiapas (México) y
en Cauca (Colombia).
4) Las instituciones hemisféricas
(OEA, Grupo del Rio, Casa Blanca) se están
convirtiendo en obstáculos claves
contra los atentados antidemocráticos.
31 enero 00 |