El experimento de Guayaquil
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Logo Enrique Neira

 

 

     

"Guayaquil es una joya que los ecuatorianos tienen demasiado escondida. Lo que hasta hace menos de dos décadas era un puerto maloliente, paupérrimo, en el cual había que tener buena imaginación para apreciar siquiera el ancho y tranquilo río Guayas que la bordea, es hoy una ciudad boyante, con toques vanguardistas al estilo Barcelona, y está realizando su mejor esfuerzo para incluir a todos en la fiesta"
(Reportaje de la revista colombiana Semana que utilizamos ampliamente).

Los líderes de este cambio extremo han sido el longevo y todopoderoso León Febres Cordero y su sucesor del mismo partido y actual alcalde, Jaime Nebot.
Febres Cordero, símbolo de la política tradicional clientelista, no es santo de la devoción de muchos ecuatorianos, pero nadie niega que luego de una regular Presidencia, demostró un compromiso enorme con su tierra y se puso a trabajar por ella. Febres Cordero y Nebot pusieron a Guayaquil a mirar al río con un malecón diseñado en la forma de un gran buque. Los techos de los negocios del malecón son como velas hinchadas por el viento, y en un extremo hay un museo de espectacular diseño arquitectónico que mezcla el arte contemporáneo y el patrimonio arqueológico de la región. A unos pasos está el cerro Santa Ana, donde nació Guayaquil. Las casas de la gente han sido remozadas, se construyó una amplia escalera de acceso, y el arte y la música han reemplazado el temor y el desaliento.

 

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De la mano del entusiasmo de los alcaldes, las buenas ideas cundieron por todas partes. A los artistas se les ocurrió hacer obras de arte en mosaico sobre las vigas de los puentes, resolviendo así el viejo problema de la oscuridad que suele reinar bajo las horribles columnas de concreto de las autopistas urbanas elevadas. El Banco Central del Ecuador emprendió otro proyecto de rescate de la tradición local y del medio ambiente original con el Parque Histórico. Allí exhiben los viejos edificios de madera típicos de la arquitectura del puerto de fines del siglo XIX restauradas en forma impecable. Y desde un paseo sombreado, se pueden apreciar los manglares gigantes del Pacífico, las orquídeas, los caimanes, tigrillos y demás fauna autóctona.

En los barrios más deprimidos se está ayudando a la gente a que renueve sus casas y mejore su entorno. Ya se ven pequeños malecones con bancas y coloridos parques infantiles, sobre los esteros de agua salada, aun en las zonas más pobres. También allí desapareció la basura que antes abundaba en la calle. Y hay muchas otras iniciativas en salud, educación, deportes, cultura, que no se ven pero que están beneficiando a la gente. Quizás el único problema -al que aún no le han buscado alternativas con mente amplia- es el de la inseguridad.

Un buen manejo administrativo, nuevas y creativas fuentes de recursos (como la posibilidad de que sus habitantes le destinen el 25 por ciento del impuesto de renta a la ciudad o la donación que hicieron algunos guayaquileños del 1 por ciento de los cheques que giraban) y mucho diálogo con las comunidades, han contribuido a este giro radical. Sin embargo, lo clave ha sido que los alcaldes han conducido los esfuerzos de todos tras un sueño común. Tienen un norte, un ideal para mejorar la calidad de vida de su ciudad y enorgullecerse de ella. Como lo tuvieron Mockus y Peñalosa en Bogotá, Fajardo en Medellín, como ejemplo de lo que pueden las buenas alcaldías en cualquier parte del mundo.

22 sept 2009