| "Guayaquil
es una joya que los ecuatorianos tienen
demasiado escondida. Lo que hasta hace menos
de dos décadas era un puerto maloliente,
paupérrimo, en el cual había
que tener buena imaginación para
apreciar siquiera el ancho y tranquilo río
Guayas que la bordea, es hoy una ciudad
boyante, con toques vanguardistas al estilo
Barcelona, y está realizando su mejor
esfuerzo para incluir a todos en la fiesta"
(Reportaje
de la revista colombiana Semana que utilizamos
ampliamente).
Los líderes de este cambio extremo
han sido el longevo y todopoderoso León
Febres Cordero y su sucesor del mismo partido
y actual alcalde, Jaime Nebot.
Febres Cordero, símbolo de la política
tradicional clientelista, no es santo de
la devoción de muchos ecuatorianos,
pero nadie niega que luego de una regular
Presidencia, demostró un compromiso
enorme con su tierra y se puso a trabajar
por ella. Febres Cordero y Nebot pusieron
a Guayaquil a mirar al río con un
malecón diseñado en la forma
de un gran buque. Los techos de los negocios
del malecón son como velas hinchadas
por el viento, y en un extremo hay un museo
de espectacular diseño arquitectónico
que mezcla el arte contemporáneo
y el patrimonio arqueológico de la
región. A unos pasos está
el cerro Santa Ana, donde nació Guayaquil.
Las casas de la gente han sido remozadas,
se construyó una amplia escalera
de acceso, y el arte y la música
han reemplazado el temor y el desaliento.
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De
la mano del entusiasmo de los alcaldes,
las buenas ideas cundieron por todas partes.
A los artistas se les ocurrió hacer
obras de arte en mosaico sobre las vigas
de los puentes, resolviendo así el
viejo problema de la oscuridad que suele
reinar bajo las horribles columnas de concreto
de las autopistas urbanas elevadas. El Banco
Central del Ecuador emprendió otro
proyecto de rescate de la tradición
local y del medio ambiente original con
el Parque Histórico. Allí
exhiben los viejos edificios de madera típicos
de la arquitectura del puerto de fines del
siglo XIX restauradas en forma impecable.
Y desde un paseo sombreado, se pueden apreciar
los manglares gigantes del Pacífico,
las orquídeas, los caimanes, tigrillos
y demás fauna autóctona.
En los barrios más deprimidos se
está ayudando a la gente a que renueve
sus casas y mejore su entorno. Ya se ven
pequeños malecones con bancas y coloridos
parques infantiles, sobre los esteros de
agua salada, aun en las zonas más
pobres. También allí desapareció
la basura que antes abundaba en la calle.
Y hay muchas otras iniciativas en salud,
educación, deportes, cultura, que
no se ven pero que están beneficiando
a la gente. Quizás el único
problema -al que aún no le han buscado
alternativas con mente amplia- es el de
la inseguridad.
Un buen manejo administrativo, nuevas y
creativas fuentes de recursos (como la posibilidad
de que sus habitantes le destinen el 25
por ciento del impuesto de renta a la ciudad
o la donación que hicieron algunos
guayaquileños del 1 por ciento de
los cheques que giraban) y mucho diálogo
con las comunidades, han contribuido a este
giro radical. Sin embargo, lo clave ha sido
que los alcaldes han conducido los esfuerzos
de todos tras un sueño común.
Tienen un norte, un ideal para mejorar la
calidad de vida de su ciudad y enorgullecerse
de ella. Como lo tuvieron Mockus y Peñalosa
en Bogotá, Fajardo en Medellín,
como ejemplo de lo que pueden las buenas
alcaldías en cualquier parte del
mundo.
22
sept 2009 |