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término deriva de la capacidad con que un
antiguo lobo de mar y su tripulación o un
moderno comandante de nave aérea con su
instrumental y equipo humano, van conduciendo
exitosamente la nave y los pasajeros hasta
su puerto (aeropuerto) de arribo. Referido
a la conducción del Estado, significa la
capacidad y la calidad del desempeño gubernamental,
habida cuenta de los requerimientos y voluntad
de los gobernados. La gobernabilidad
hace referencia no sólo a la institucionalidad
estatal, sino a las relaciones entre el
Estado y la sociedad civil. Se refiere al
manejo de las instancias de gobierno, pero
también a las demandas sociales, a los mecanismos
de legitimación política y a la estabilidad
del sistema.
Hay
quien define gobernabilidad como "la capacidad
que tienen los gobernantes de tomar decisiones
que atiendan demandas efectivas de los gobernados
y de viabilizar la reproducción de las condiciones
de preservación del poder" (Nogueira). Ungar
define la gobernabilidad como "la capacidad
del sistema político y de la sociedad en
su conjunto de introducir ajustes e innovaciones
para darle viabilidad estratégica a un proyecto
nacional y de procesar y responder adecuadamente
a las demandas de gobernabilidad". El mismo
autor afirma que “La gobernabilidad no se
relaciona solamente con la estabilidad política
del sistema. También aborda procesos de
cambio social y de control de la economía,
que deben estar enmarcados por un propósito
democratizador que le permita a la mayoría
de la población participar de los beneficios
resultantes de esos procesos. Si bien las
transformaciones políticas y los cambios
económicos y sociales no siempre responden
a la misma lógica y al mismo ritmo en el
tiempo, sí deben estar orientados por un
proyecto político común. En efecto, la gobernabilidad
supone una forma de convivencia y consenso,
en la que los diferentes actores económicos,
sociales y políticos, públicos y privados,
desempeñan un papel particular”. |
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La
gobernabilidad debe, pues, entenderse como
la necesidad que tienen los gobiernos de
lograr una adecuada combinación de eficiencia
administrativo-económica y de elementos
democráticos. Ella permite a la acción gubernamental
ofrecer un mínimo de estabilidad y legitimidad.
Esta capacidad de gobernar, como atributo
específico de un primer polo de la relación
gobierno-sociedad tiene el peligro de entenderse
sólo como "gobierno que gobierna", como
resultado de operaciones "racionales" administrativas
que dan a las conductas gubernamentales
agilidad en términos de "respuestas" y resultados,
de acuerdo a los preceptos de la ciencia
administrativa. Pero la gobernabilidad hoy,
en sociedades democráticas, tiene que atender
también al otro polo de la ecuación: la
sociedad, capaz de ser más o menos gobernable.
"Si la gobernabilidad se redujera a una
cuestión de ajustar la máquina del Estado,
es de suponerse que bastaría con adoptar,
para ecuacionarla, la perspectiva técnica,
propia de la administración como disciplina
especial. Todo se resumiría en cosas como
encontrar el tamaño adecuado del Estado,
agilizar sus mecanismos operacionales en
las funciones reconocidas como propias de
él El desafío crucial reside en la obtención
de aquella forma específica de articulación
del Estado con la sociedad en la cual se
reconozca que el problema de la administración
eficiente no puede disociarse del problema
político, o sea, del problema de garantizar
también la operación democrática del Estado"
(Fabio W. Reis).
Entre
los tres "efectos perversos" que
Bobbio observa se dan en nuestras actuales
democracias representativas de Occidente,
la ingobernabilidad es el primero. Ante
mayores demandas de la sociedad actual en
nuestros países, se da una menor capacidad
de respuesta del sistema político.
La
ingobernabilidad es una "situación disfuncional
que dificulta la actividad y la capacidad
gubernamental" (Alcántara 1994: 11). Es
"el desfase entre las demandas dirigidas
a la autoridad y los recursos a su disposición"
(Pedro Santana, citado por Ungar 1993: 104).
Surge, de ordinario, por la incapacidad
de la lógica jurídico-formal de la organización
gubernamental para responder en forma eficaz,
con mecanismos tradicionales, a las expectativas
reales de los gobernados. Pero también puede
ocurrir que la sociedad imponga nuevas y
exigentes actividades para las que el poder
público, aun modernizado, no cuenta en su
momento con una organización capaz de dar
respuesta suficiente. La ingobernabilidad
o crisis de gobernabilidad tiene elementos
entremezclados: unos que se refieren a la
esfera de lo objetivo como son la eficacia,
la efectividad, la eficiencia del sistema
político y otros elementos de más cariz
subjetivo como son la legitimidad, la credibilidad
y el apoyo de los gobernados al sistema
político. La ingobernabilidad genera crisis
de legitimidad. Puede darse fisura entre
democracia y gobernabilidad, como sugiere
M. Coppedge en su libro Gobernabilidad
democrática en Latinoamérica. La
ingobernabilidad , pues, se concibe
como la suma de dos factores simultáneos:
1) el debilitamiento de la eficacia del
gobierno y 2) el debilitamiento del consenso
de los ciudadanos. Sin output de eficiencia
en las políticas públicas y un input de
legitimidad a la hora de los ajustes económicos,
la situación desborda a los actores políticos
en una arena que se ha denominado "democracia
embotellada " (expresión de Giovanni
Sartori), en la que "la demanda es fácil
y la respuesta es difícil" (Norberto Bobbio)
Si esto es verdad en cualquier país democrático,
a fortiori lo es en un país como Colombia,
en vías de desarrollo o de desarrollo limitado.
Tomado
de Enrique Neira F., Reingeniería política.
Análisis del caso colombiano, Mérida,
Universidad de Los Andes 1999, p. 31–37.
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