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un año de las elecciones presidenciales,
las escuderías políticas ya han encendido
motores y comienzan a posicionarse buscando
una ‘pole position’ ventajosa para cuando
se de la largada electoral. Tres factores
han coincidido para que en esta coyuntura
el ruido de los motores sea ensordecedor
y sea difícil prever el inminente proceso
electoral y sus resultados.
El
Liberalismo
Con
su emblemático rojo y sus potentes motores
(estilo Ferrari), el Partido Liberal (PL)
ha sido el gran protagonista de 157 años
de historia democrática colombiana. Hace
15 días acaba de realizar su segunda gran
asamblea nacional en Bogotá, posicionándose
para la dura prueba que deberá enfrentar
–con unidad de mando, de organización y
de programa de gobierno- de cara al descomunal
desafío que representa Uribe Vélez, si va
a la reelección. Por lo pronto logró coincidir
en una jefatura única de César Gaviria –quien
fuera presidente modernizador de Colombia
de 1990 a 1994 y luégo buen Secretario General
de la OEA por 10 años. |
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| Moderado
por convicción y pragmático negociador por
estilo, sorprendió a todos en su discurso
para la nominación de Jefe del PL, por la
vehemencia de sus críticas al presidente
Uribe, que arrancó más aplausos de la asamblea
partidista que los recibidos por su antagonista
Horacio Serpa, quien busca ser escogido
en marzo como el candidato oficial del PL.
Fuera de él, otros posibles candidatos liberales,
y con buenos méritos, son Enrique Peñalosa
(exitoso ex alcalde Bogotá), Alfonso Gómez
Méndez (ex fiscal general de la nación),
Rafael Pardo (ex ministro de defensa), Cecilia
López (ex ministra de agricultura y de medio
ambiente, ex directora de planeación nacional)
y Rodrigo Rivera (ex presidente del Congreso).
Por fuera del Liberalismo, por el Polo Democrático
de izquierda está ya seleccionado como candidato
a la presidencia Antonio Navarro (ex guerrillero
del M-19 y copresidente de la Asamblea Nacional
Constituyente de 1991) y Carlos Gaviria
Díaz candidato de la coalición de izquierda
Alternativa Democrática (senador y ex magistrado
de la Corte Constitucional). Por su lado
como “jinete solitario” aspira Antanas Mockus
(prestigioso ex rector de la Universidad
Nacional de Colombia, y ex Alcalde de Bogotá
por dos períodos no consecutivos).
La
Presidencia de Uribe
La
narcoguerrilla de los años 90 enredó a Colombia
con Estados Unidos, la industria violenta
del secuestro volvió al país invivible y
las atrocidades de las Farc-Eln aclimataron
en la población colombiana un complejo de
enjaulamiento en su propio territorio. Tras
los años perdidos de Samper (1994-1998)
y el desfase entreguista de Pastrana (1998-2002),
Uribe recibió el mandato contundente de
acabar con la guerrilla y demás agentes
de la violencia armada. Y Uribe le viene
cumpliendo al país. Su objetivo ha sido
llevar el Estado a todo el territorio nacional
para que la gente pueda vivir en democracia
con desarrollo. Gracias a un liderazgo personal
sin desfallecimiento, a un esfuerzo fiscal
sin precedentes reconocido por el FMI, a
la modernización de las instituciones, a
la asistencia de Washington, al endurecimiento
de las leyes y a la invaluable colaboración
de la ciudadanía, Colombia ha vuelto a recuperar
la esperanza. La gente se siente más segura
y toma conciencia de que hay mejores condiciones
para un crecimiento económico sostenible.
Aunque no se ha desterrado el clientelismo
político del todo, hay una meritocracia
en marcha, y un inicio de reforma del sistema
político que va a robustecer los partidos
y hacerlos más coherentes en el Congreso,
funcionando por bancadas y no por individualidades.
Ha habido reestructuraciones en empresas
estatales que ningún gobierno había encarado,
como Telecom (comunicaciones), Ecopetrol
(petróleo y gas) y el sistema pensional,
con una nueva ley que acabó con los costosos
regímenes especiales y se espera solucione
la megadeuda que el país había acumulado
en las últimas cuatro décadas. Según el
reciente estudio del Banco Mundial, que
analiza (con base en seis dimensiones) la
gobernabilidad de los países, Colombia mejoró
sus indicadores de gobernabilidad en los
últimos dos años. En la calidad de los controles
a la corrupción supera al 52.2% de los países
y en la efectividad del gobierno supera
el 51% de los países estudiados. Comentando
dicho informe, el vicepresidente Francisco
Santos expresó el pasado 18 de mayo: “Le
torcimos el pescuezo a la curva descendente
que traía el país. Nos miraban como un Estado
fallido”.
La
inserción de los paramilitares
Ha
sido un proceso difícil, riesgoso, complicado
y en un escenario público tanto nacional
como internacional, con exigencias y recomendaciones
de todo tipo (a veces excluyentes entre
sí). ¿Cómo conciliar en una ley pragmática,
funcional y válida para todos, la entrega
efectiva de hombres y armas de unos 20.000
sediciosos de las AUC (Autodefensas Unidas
de Colombia) en aras de la Paz y que, a
la vez, impere la Justicia por sus crímenes?
Ellos, por fuera del Estado legítimo, venían
defendiendo (desde el 3 diciembre 1981 cuando
se creó M.A.S, Muerte a los Secuestradores)
a terratenientes y regiones acosadas y afectadas
brutalmente por las guerrillas. La oposición
dentro del país y los organismos internacionales
aspiraban a que la ley dentro de la cual
se va a hacer el proceso tuviera más de
sometimiento a la justicia que de favorabilidad
política para quienes se entreguen. El gobierno
de Uribe privilegia la búsqueda de la paz
y sacrifica un poco la búsqueda de la justicia.
Ha dicho que “tanta verdad [de confesión]
como sea posible y tanta justicia [en aplicación
de penas] como sea necesaria”. Tras 18 meses
de diálogos, discusiones y negociaciones,
el pasado 21 de junio el Congreso, en plenaria
de las dos Cámaras, aprobó la nueva Ley
de Justicia y Paz. Muchos no quedarán satisfechos,
pero dentro de la coyuntura atípica colombiana
y de los requerimientos de dar una solución
soberana a su grave problema interno de
violencia es lo más a lo que se podía aspirar.
Comienza ahora a manejarse la hipótesis,
por parte de la oposición radical, de que
los nuevos insertados a la vida civil, sin
delitos atroces -debido a su influjo, dinero
y organización en muchas regiones del país-
podrán inclinar favorablemente la balanza
del poder político a favor de la reelección
del presidente Uribe.
La
gran encuesta de opinión
El
pasado domingo 19 de junio, el país conoció
– a través de El Tiempo y otros medios-
la especial encuesta, realizada por tres
firmas diferentes, que abarcó 2.500 encuestados
–con entrevista personal y no telefónica-
en 60 municipios de todas las regiones y
las cinco principales ciudades capitales.
La encuesta muestra una media mayor del
60% a favor del Presidente y un 30% que
se le opone. Es decir, el mandatario mantiene
una relación de más de dos a uno frente
a quienes no están de acuerdo con él. Y
esto en todos los estratos: más del 70%
en los estratos 4, 5 y 6; y entre 65% y
60% en los estratos 1, 2 y 3. El respaldo
a Uribe es nacional, tanto en regiones geográficas
como en estratos sociales. No hay pues fundamento
para afirmar que el país está polarizado.
Todos son uribistas, aunque el 23,6% de
los encuestados no votó por él: están los
uribistas a ultranza; están los uribistas
razonables, moderados y pragmáticos; y están
los antiuribistas furibundos.
En
conclusión, no es la gran ilusión del Mundo
feliz de Huxley (María Jimena Duzán) pero
tampoco es el Apocalipsis prometido por
las Farc y un sector extremo de la izquierda.
Es el “camino correcto” por el que viene
recorriendo Colombia, en frase de Bill Clinton,
en su reciente visita a Bogotá.
27
junio 2005 |