Viraje en el proceso de paz
Logo Enrique Neira

 

 

     

Un encuentro crucial

Durante dos días (jueves 8 y viernes 9) tuvo lugar en “Los Pozos” (Caguán) la tercera reunión entre el Presidente Pastrana y Manuel Marulanda (“Tiro Fijo”, el legendario jefe de las FARC–EP). La fecha puede ser un hito si logra mover hacia adelante un proceso de paz más que estancado y empantanado, que no ha dado resultados efectivos para la recuperación del país.

Como observadores permanentes y acuciosos de la realidad colombiana desde hace 25 años, no podemos menos que consignar una amarga verificación. La guerrilla ha perdido el tiempo y le ha hecho perder el tiempo a Colombia. La subversión armada, varias veces, ha estado por armar el rompecabezas y lo ha vuelto a desarmar. Lleva casi 50 años esperando un avión en un terminal de buses. Alguna vez estuvo en el aeropuerto correcto y vio despegar aviones –inclusive uno de la victoria en 1990, que no lo tomó por ir en el mismo vuelo el movimiento rebelde M–19. La guerrilla nació en medio de la pelea y sabe pelear; pero no sabe todavía por qué pelea. Como lo han denunciado con claridad intelectuales colombianos de izquierda: “La guerrilla ha demostrado en 40 años de accionar bélico su inutilidad para el país. No ha sido protagonista del cambio: no ha tomado el poder, y no ha hecho la revolución. Ni siquiera ha servido de catalizador de la reforma del sistema”. No se puede negar que la guerrilla en Colombia ha hecho camino al andar. Pero se ha demorado tanto, que después de cuatro décadas ni ella ni el país saben a dónde los lleva ese largo caminar. Ojalá después de la reciente reunión lo pudiéramos saber.

 

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Balance de desaciertos

El mal llamado “proceso de paz” de Pastrana con las FARC fue más una corazonada del candidato presidencial, que le dió buenos dividendos políticos para superar a Horacio Serpa en la segunda vuelta electoral. Pero no correspondía a una política de Estado bien planeada, con una estrategia metódicamente diseñada, con sus pasos, alternativas, verificaciones, mecanismos de control aun internacional. Dicho proceso en el que el país puso tantas ilusiones y esperanzas, ha resultado a 2 años y medio un fiasco nacional. La comprobación descarnada la constituye la gigantesca Zona de despeje del Cagúan (con sus 42.000 km2 y 5 poblaciones dentro), que ingenua y generosamente desmilitarizó la administración Pastrana, en su afán de facilitar unos diálogos o negociaciones conducentes a la paz. Dicha zona la convirtió la guerrilla en zona para ejecuciones, reclutamiento de menores, mercado de secuestrados, campo de concentración de soldados y policías, refugio de aeropiratas, depósito de carros robados, ampliación de cultivos de coca, asentamiento de nuevos laboratorios de cocaína y pistas de aterrizaje para su exportación a cambio de armas. Lo que podía haber sido un laboratorio de un “modus vivendi” revolucionario pero civilizado, como un camino hacia algún tipo de convivencia, se convirtió en tierra fuera de las leyes colombianas, donde ni siquiera se aplica el Derecho Internacional Humanitario. Con motivos de sobra, la opinión nacional (en un 84%) venía rechazando la idea de una prórroga indefinida de dicho tipo de despeje inoperante.

Sonó la campana

A 2 años de la largada, con pitos y festejos, de la exigente maratón por la paz, los dos contrincantes se encontraron fatigados y exhaustos. Y se acabó el tiempo. A Pastrana se le termina su corto período presidencial (4 años). El programa bandera de su administración (la paz) se le deshizo en sus manos, sin llegar a ningún resultado tangible. Pareciera que hasta final de su gobierno iba a quedar rehén de su propio invento. Ha dicho que dejaría abierto el camino para su sucesor. Pero dicho camino iba a quedar sembrado de minas explosivas y de retenes guerrilleros. Por el otro lado, las FARC, a pesar de algunos pocos logros militares (“Las Delicias”, “Patascoy”) y de un innegable éxito financiero (gracias a los delictivos negocios del secuestro, el chantaje, el narcotráfico), perdió el aire del apoyo popular. Sencillamente asfixió al país con sus prácticas criminales. Y el país nacional le dió la espalda y no quiere saber nada de este “revolucionarismo armado”. La guerrilla dilapidó un capital político, que –en forma civilizada y democrática– le hubiera permitido influir en los destinos de Colombia.

Una palabra de aliento

Es nuestro deseo –como el de 42 millones de colombianos y de países amigos como Venezuela– que la reunión crucial en “Los Pozos” del Caguán haya servido para deponer con realismo la arrogancia armada de una parte y la tosudez ingenua de la otra, para dar un viraje al proceso, de modo que sea efectivo y gradualmente conducente hacia algo parecido a la paz. Para ello se requiere que la Guerrilla tome conciencia de que estará ante un futuro difícil si opta por seguir con el enfrentamiento armado en contra de las instituciones democráticas y de la sociedad colombiana. Y se requiere que el Gobierno, a su vez, en acción concertada con todos los agentes de paz y echando mano de todos sus recursos, quiebre la dinámica de crecimiento de la guerrilla. Debe enfrentar a la guerrilla mediante acciones y políticas claramente definidas como único camino para llevar a que dicha guerrilla opte por la solución política negociada. Toda otra estrategia es la perpetuación del conflicto. Es seguir con más de lo mismo. Confiamos en que el viraje, esta vez, haya sido acertado y conducente a los propósitos de paz.

12-02-01