Un
paraiso perdido
‘‘Colombia es un país culpable y culposo.
Tenemos montones de trapos sucios que lavar‘‘,
así se expresó el director de cine colombiano
Nicolás Buenaventura, al hacer la presentación
de su filme La deuda, en el reciente festival
de Biarritz, filme que obtuvo una calurosa
ovación. La película es una fábula amarga
y cómica, a la vez, acerca de la culpa colectiva
de un pueblo de leyenda, llamado El Paraiso,
cuyos habitantes dan muerte a un usurero
con el que todos estaban endeudados. Es
como uno de esos autorretratos de Van Gogh
en los que se pintaba para mostrarse como
él se veía y no como lo veían los demás.
Los colombianos tienen la lucidez y el humor
suficiente para denunciar sus propios males
y reconocer que un país que podía ser Un
Paraiso (por sus recursos naturales, por
su potencial humano preparado y trabajador,
por su crecimiento económico sostenido por
más de 50 años y por su larga tradición
democrática) es hoy Un Paraiso Perdido.
Colombia comienza a ser un país invivible
para sus propios hijos por la violencia
de todos los días, un país problema para
sus vecinos por las estúpidas incursiones
guerrilleras y un país casi paria para la
comunidad internacional por la exportación
de drogas procesadas en el país.
Un caso insólito
Colombia es un caso aparentemente insólito.
En la presentación de mi libro Colombia
al vuelo, hace unos meses afirmaba yo como
resultado de dicho estudio que ‘‘todos los
años, la guerrilla o la droga ponen al país
al borde del abismo. Y todos los años, también,
Colombia renace, cada vez con más energía.
Pese a la sensación cotidiana de vértigo
y de estar bordeando un nuevo abismo, el
rasgo para mí característico de la nueva
sociedad colombiana pareciera ser el de
una enorme movilidad de la coyuntura y una
sorprendente estabilidad de su estructura‘‘. |
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| No
hace mucho, una brillante intelectual y
ejecutiva venezolana, Beatriz de Majo -quien
no disimula su aprecio por Colombia- titulaba
uno de sus comentarios La maldición de la
colombianidad (El Nacional, 30 mayo 1997),
subrayando esa violencia casi congénita
del país vecino. Pero difícilmente puede
aceptarse como tesis que Colombia sea un
país por naturaleza o por temperamento violento.
Y no se puede hablar científicamente -si
damos valor a las teorías de Ferracutti
o de Bandura- de una
en Colombia. Colombia no tiene el privilegio
de la violencia ni entre los países tribales
ni entre los países civilizados. Todos los
países del mundo -aun los actualmente catalogados
como del primer mundo o desarrollados- han
pasado en diferentes épocas de su historia,
por periodos altamente violentos. Se han
visto envueltos en guerras de liberación;
o en conflictos sociales, racistas o religiosos;
o en confrontaciones bélicas internacionales.
En 1989 por todo el mundo se celebraron
los 200 años de la Revolución francesa,
revolución que ha inspirado todas nuestras
democracias modernas con sus principios
de . Pero
sus glorias ciertas no logran exorcisar
la violenta y tenebrosa época de Terror
que dicha revolución instauró y los crímenes
que sus revolucionarios cometieron. Hubo
ejecuciones masivas en 1792 y luego a los
tres años en la reacción termidoriana. Fueron
más de 24.000 los enviados a guillotina
por Robespierre, quien a su turno sucumbió
a su propio invento un 28 de julio de 1794.
El genocidio que se cometió entonces de
campesinos de la Vendée sólo es comparable
con el genocidio de cambodianos por el Kmer-Rouge
en nuestra época.
El pasado 4 de octubre seguimos por TV la
espléndida boda de la Princesa Cristina,
Infante de España, en los escenarios de
esa rica, ordenada, bella ciudad que es
Barcelona. Ella es hoy una de las varias
vitrinas que puede mostrar con orgullo la
actual España, que en pie de igualdad y
con un buen nivel de vida, está justamente
catalogada entre los países desarrollados
de la Unión Europea. No podía uno entonces
dejar de recordar lo que esta misma España
era hace apenas 60 años. Vivía una de las
guerras fratricidas más violentas y asoladoras
de nuestro siglo, con el exterminio de un
millón de personas, bien descrito por el
autor de Los cipreses muertos. Parece ser,
a través de la historia, que el nacimiento
de un con saltos cualitativos
viene acompañado -en todas las épocas y
latitudes- por un proceso violento y sangriento.
El círculo vicioso de violencia abierta
y riqueza ilícita parece imparable en casi
todos los Estados del mundo.
Tu voto = la victoria de la paz
Evidentemente Colombia se merece mejor suerte.
En esta coyuntura, el agente principal que
se lo impide es la subversión armada. Ella
es un cáncer que por 50 años no ha dejado
de atentar contra todos los órganos vitales
de Colombia. Es un lastre que pesa exageradamente
y retarda su desarrollo. Hace años que la
guerrilla colombiana dejó de tener alguna
pretendida justificación (o aparente legitimidad),
como la que fantasiosamente se le pudo conceder
en los románticos años revolucionarios 60-70
del Che Guevara, Fidel Castro o el cura
Torres. Pero hoy, tras el colapso del comunismo,
la guerrilla marxista en Colombia no es
sino una gigantesca empresa delictiva y
delictuosa, que se financia con 1.000 secuestros
al año (10% de ellos niños); con el chantaje
permanente a trabajadores del agro, del
transporte, del comercio; con el
y cohabitación con los procesadores de coca.
Están especializados en volar oleoductos,
torres trasmisoras de fluido eléctrico,
dragas mineras, transportes pesados, es
decir, todo lo que afecta la economía general
del país y el nivel de vida de todo el pueblo.
Un estudio reciente del Departamento de
Planeación de Colombia señala que el país
está perdiendo al año 2% del crecimiento
del PIB (Producto Interno Bruto), $ 1.200
millones de dólares, sólo por cuenta de
esta violencia; que con lo que se gasta
en mantener las operaciones de contención
de la guerrilla en un sólo año, se podría
dar educación básica a todos los niños de
Colombia.
Pues bien, el país nacional está ya harto
y cansado de este costoso juego a los ladrones
y policías. Y no se quiere dejar intimidar
en su vocación democrática cuando las guerrillas
(tanto las FARC como el ELN) han declarado
una guerra abierta para impedir las elecciones
populares de gobernadores y diputados de
provincia, de alcaldes y concejales municipales,
el próximo domingo 26 de este mes. Tu voto=
la victoria de la paz! Es el slogan del
mandato ciudadano por la Paz, la Vida y
la Libertad que promueven 7 instituciones,
entre ellas la Unicef, la Red de Iniciativas
por la Paz y el Movimiento nacional País
Libre. Estas organizaciones de la sociedad
civil buscan desafiar los dos grandes enemigos
de las próximas elecciones: el crónico abstencionismo
electoral de los colombianos y el salvaje
intento de la guerrilla por imponer sus
cosas en algunos municipios a bala y no
por votos. El próximo 26 los electores tendrán
un tarjetón inusual: el candidato no tendrá
cara ni nombre y tampoco aspirará al consejo,
a la asamblea, a la alcaldía o a la gobernación.
Sencillamente busca que el ciudadano exprese
su voluntad de: ‘‘No más guerra. No
más atrocidades. No vinculen menores de
18 años a la guerra. No asesinen. No secuestren
personas. No desaparezcan personas. No ataquen
a la población ni la desplacen a la fuerza.
No vinculen civiles al conflicto armado‘‘.
Los organizadores de este plebiscito esperan
que éste no sea un saludo más a la bandera,
es decir, un sí queremos la paz, sino una
exigencia de los ciudadanos desarmados frente
a conductas concretas de los actores armados:
las guerrillas y la contra-réplica paramilitar
de las autodefensas. A este plebiscito nos
podemos unir todos, aun los no colombianos,
firmando una planilla dirigida al Consulado
de Colombia en Mérida. Gracias por este
oportuno gesto de solidaridad!
20 de octubre 1997
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