El
remedio heróico de los paramilitares
contra el desangre y el carcoma de las guerrillas
resultó peor que la enfermedad. El
gigante creado se convirtió en un
monstruo cuyas fauces dentadas amenazaban
devorar la sociedad y la democracia que
decían defender.
El
poder de los paramilitares
Los grupos paramilitares aprendieron del
cartel de Escobar el uso del terror, y de
los hermanos Rodríguez Orejuela,
la capacidad de comprar conciencias. Combinaron
con macabra eficiencia las masacres y los
asesinatos selectivos, con una ambiciosa
estrategia para consolidar su hegemonía.
Unas elites regionales, con una tradición
mafiosa de clientelismo y un 'ethos' caribe
proclive a saquear los dineros públicos
a favor de sus intereses personales, de
su familias o clanes, se acomodaron muy
bien y aun colaboraron con el proyecto político
de los paramilitares. La segmentación
de los votos y las candidaturas únicas
en Cesár y Magdalena; el asalto a
la salud en la Guajira y Atlántico;
el desangre de las regalías en Sucre;
la apropiación de los juegos de azar
en Bolívar; la legalización
irregular de tierras robadas en Córdoba,
y la extorsión a la contratación
pública en varios Departamentos:
son la expresión más clara
de esa alianza mafiosa que se dio entre
narcotráfico, paramilitarismo y cierta
clase política. |
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| El
destape del 2006
Todos estos ingredientes se habían
incubado desde 1990, pero hicieron explosión
el año 2006. El pasado año
fue el año del destape. La verdad
sobre el paramilitarismo empezó a
salir a flote El país comenzó
a entender que -para acabar con el paramilitarismo-
no era suficiente que el gobierno recibiera
las armas de 30.000 hombres vestidos de
camuflado y pusiera en la cárcel
de Itaguí a 58 de sus principales
jefes, mientras la Fiscalía va aplicando
la ley de Justicia y Paz. El gigantesco
monstruo había emergido y mostrado
que su poder estaba construido sobre redes
políticas, económicas y sociales
mucho más difíciles de desmontar,
a pesar de las fabulosas y comprometedoras
revelaciones del computador de Jorge 40
y otros que han seguido apareciendo. La
tarea está siendo difícil.
Y de ahí han derivado los escandalosos
episodios de la PARA-POLÍTICA como
su silueta más nítida. Han
quedado salpicados sectores de la sociedad
-en varias regiones y localidades- que contribuyeron
a alimentar al monstruo. Unos acudieron
a grupos armados privados para defenderse
de la guerrilla ante la debilidad del Estado;
otros financiaron grupos paramilitares;
hay quienes se aliaron con ellos en empresas
lucrativas, y quienes se beneficiaron electoralmente
de su influjo y dineros.
Fin de una pesadilla
¿Cómo
debe enfrentar el país un fenómeno
que nació por la falta de Estado
y terminó siendo una amenaza para
la democracia? ¿Qué hacer
frente a un fenómeno militar contrainsurgente
que degeneró en un ejército
anarquizado al servicio del narcotráfico?
¿Dónde se debe trazar la línea
divisoria histórica y jurídica
entre quienes participaron activamente en
la expansión paramilitar y quienes
lo aceptaron pasivamente por conveniencia
o forzados por las circunstancias?
Estamos, sin duda, frente al fin de una
era inicial de las autodefensas y luégo
de los paramilitares tal como los conocimos.
Y el escándalo de la para-política
en búsqueda de la verdad -tormentosa
pero necesaria- es algo que requiere el
país nacional para cerrar definitivamente
un largo y cruento capítulo de su
historia. El liderazgo clarividente, firme
y hasta ahora confiable del presidente Uribe
está conduciendo -con habilidad e
imaginación- la gigantesca balsa
que le ha tocado dirigir por entre rápidos,
cataratas y peligrosas aguas contaminadas.
El año 2008 debe ser el de la suficiente
verdad y los dos siguientes el de punto
final al largo conflicto armado interno
que ha vivido Colombia.
Moraleja
Para dejar atrás esta historia no
basta con la verdad histórica y una
justicia sabia, equitativa. La sociedad
colombiana necesita trazar unos límites
morales infranqueables, y el Estado cortar
de raíz la cultura mafiosa del dinero
fácil, que anegó varias regiones
y épocas. Colombia se debate hoy
entre un centro modernizador que mira hacia
delante con bien fundamentada esperanza
y basado en instituciones fuertes y confiables,
flanqueado por unos extremos fundamentalistas
(de peinilla y fusil) que quisieran mantenerla
todavía anclada en un pasado medieval
y tribal. "La lucha contra el fenómeno
de la 'parapolítica' se debe convertir
en una oportunidad histórica para
fortalecer la democracia en Colombia a partir,
sobre todo, de la renovación de las
élites" (Eduardo Pizarro Leongómez).
18-06-07 |