Mujeres en el conflicto armado
Logo Enrique Neira

 

 

     

La relación mujer-violencia constituye hoy en todos los países del mundo un privilegiado objeto de análisis como problema social. Pero casi siempre se aborda el tema desde el ángulo de la violencia doméstica, o desde una perspectiva más general, de la violencia sexual contra las mujeres. Pero hay contextos -como el de Colombia- en los que ha surgido también un tipo de violencia política, mezclada con la búsqueda del poder por la vía armada.

Un prolongado conflicto armado

En la Colombia de los últimos 40 años, se ha dado una multiplicidad de formas de violencia que se recubren y se retroalimentan mutuamente, siendo muy diversos los actores de ellas:

* Está la delincuencia común, especialmente de las grandes ciudades.
* Está la violencia subversiva de varios grupos guerrilleros y terroristas.
* Está la violencia ejercida a través de sicarios por los narcotraficantes.
* Está la guerra de intereses entre los carteles que negocian la coca y las vendettas entre los esmeralderos en las ricas minas de Boyacá. * Está la violencia de bandas armadas, fuera de la ley ("paramilitares"), que hacen justicia por sus propias manos y han defendido ricas regiones agrícolas y ganaderas contra la extorsión y el chantaje ("vacuna") impuestos por los guerrilleros.
* Está la acción armada de los organismos de seguridad y defensa del Estado colombiano. La violencia en Colombia, de formas múltiples y algunas de ellas muy organizadas, sigue siendo sin embargo de participación limitada y carece del amplio apoyo popular que caracteriza todo fenómeno de "guerra interna", aun de aquella que el Departamento de Estado Norteamericano llama "guerra de baja intensidad", como fue el caso en El Salvador.

 

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Víctimas más que victimarias

El conflicto armado de Colombia, tan prolongado e inútil, viene produciendo gigantescos estragos económicos, sociales, ecológicos y en vidas humanas de difícil cuantificación (véase nuestra columna "Una paz costosa" 01-02-99). Pero es todavía más difícil de materializar el dolor humano y moral -tanto indiividual como familiar y comunal- del que toda una población ha sido víctima, especialmente las mujeres. Los hombres, y no las mujeres, han sido los grandes generadores y agentes de la violencia armada, llámeselos terroristas o narcoguerrilleros o paramilitares. Pero son las mujeres las que más han sufrido los efectos indirectos de tal violencia. Porque son ellas las encargadas de la supervivencia de la familia, bajo cualquier circunstancia: como viudas, jefes de hogar, madres o esposas, familiares de retenidos políticos o desaparecidos, y sobre todo, como desplazadas.
Las mujeres han sido incorporadas en los grupos armados, pero siempre en posiciones subordinadas: suelen desempeñar cargos de tipo logístico, de apoyo y de servicios. Son valiosas en acciones de espionaje y de avanzada, principalmente por razones tácticas, ya que se presume que la mujer despierta menos sospecha y desata menos represión. Pero sigue siendo una constante el condicionamiento del machismo. Para que una mujer participe en la vida militar y política de las guerrillas o de las autodefensas debe tener un marido o compañero líder y combatiente. Y aun así, queda atrás o abandonada al tener su primer hijo. "Mujeres con hijos son como mulas muertas", le decían descarnadamente a la compañera del comandante "Richard" de las FARC en el Sumapaz (1954-57). Y cuando ocurre alguna desmovilización, quedan ellas en precaria situación. Laura, la mujer de "Richard" y Rosa Mora, la esposa del gran líder agrario comunista, Juan de la Cruz Varela, se quejan de que ellas quedaron reducidas a la crianza y al cuidado de la finca, mientras el compañero andaba "suelto" y "enfiestado", dedicado a la política y a la parranda.
Son pocas las mujeres que empuñan armas para el combate; aunque con frecuencia, para efectos de publicidad (en prensa y TV), se presenta a lindas guerrilleras, con sus encantos femeninos y un fusil al hombro y granadas en la cintura. Hubo una cuadrilla, la de "Desquite" en el Tolima colombiano (comienzos de los años 60), en la que realmente hubo cuatro mujeres con papel militar importante. Una de ellas fue Rosalba Velásquez (alias "la Aviadora"), compañera de "Desquite", quien había ingresado al grupo armado para vengar la muerte de su primer marido. Su vida de leyenda, "con un bebé a la espalda y fusil en mano enfrentada al ejército" ha quedado bien descrita en la novela de Alirio Vélez Machado, titulada "Sargento Matacho" (1962).

Premio Planeta de periodismo 2000

Uno de los mejores métodos para avanzar en un análisis sobre la cuota femenina en un conflicto armado es el de la entrevista. Esta permite expresar con realidad el fenómeno, cargado de valor testimonial. Es lo que ha logrado Patricia Lara, una de los periodistas más destacadas en los últimos años en Colombia, que tiene postgrados en Periodismo y Ciencias de la Información en París y New York, fundadora y directora por 5 años de la revista "Cambio" de Colombia, ganó en 1994 el Premio Nacional de Periodismo con su informe sobre Las Drogas. En su volumen titulado "Mujeres en la guerra" (Planeta, Bogotá 2000), recopila 9 entrevistas a mujeres: tres de ellas agentes activos de violencia (ELN, FARC, AUC), 2 viudas (una de un dirigente de izquierda y otra de un teniente), 1 madre de soldado secuestrado, 1 madre de secuestrada, 1 madre desplazada, y 1 síntesis de casi todas, mujer a quien le ha tocado ser a la vez hija de Coronel, esposa de Almirante de la Armada, madre de dos famosos guerrilleros del M-19 y de intelectuales de izquierda.. Los 9 testimonios demuestran que las mujeres no están hechas para la guerra. Ellas no se sienten cómodas en el conflicto armado. Ni siquiera las tres protagonistas activas. Las otras todavía menos aguantan el conflicto armado. Y expresan su rechazo con una explosión patética de dolores.

• El desencanto de Dora Margarita (quien se inició en el ELN, trabajó en las FARC e hizo pasantía en la cárcel de mujeres El Buen Pastor) es total a sus 50 años de edad, "cuando sólo espera la muerte": "En la cárcel descubrí algo que me sorprendió: que los que no son revolucionarios también sienten, también son personas valiosas y también quieren construir un mejor país. Es que cuando uno se forma en la izquierda cree que los demás no piensan en su barrio, en su pueblo, en su país. Y no es así. Ellos también desean construir un futuro"(pg. 60). "Nunca me han gustado las armas. Si pudiera volver a vivir, no escogería ese camino. Las armas no son la salida. Lo digo con la información y la experiencia que tengo hoy" (pg. 77).

• Liliana López (alias "Olga Lucía Marín", compañera de "Raúl", miembro del Secretariado de las FARC) reconoce que "a mí me mantiene en esta lucha la convicción de que es justa. Pero la lucha armada no puede ser nuestro fin. Tenemos que llegar a conquistar la paz con justicia social" (pg. 112).

• Isabel Bolaños ("La Chave") después de varios estudios en universidades y actividades en el área social, termina en las AUC, como colaboradora y asesora de Carlos Castaño, justificando así su elección : "El Estado no protege a la gente ! Y al ver que la guerrilla estaba otra vez ahí, secuestrando, extorsionando, sin que el Ejército apareciera ni hiciera nada, acabé metida en las Autodefensas" (pg. 179). "Las Autodefensas no luchan por el poder ni por ser un ejército permanente. Luchan por la paz"(pg. 182).

• María Eugenia de Antequera, viuda del líder de la izquierda Unión Patriótica ("Pepín"), abre su corazón ante el dolor que es igual para todos: "Yo no veía que a esas señoras [madres de policías muertos en cumplimiento del deber], la muerte de quienes amaban les doliera más ni menos que a mí. Hasta ese momento, yo pensaba que en la guerra solamente habíamos sufrido los civiles y los de izquierda. Pero ese día sentí el dolor de los otros, ese dolor que no había visto o que no había querido ver. Entonces me di cuenta de que el dolor es igual para todos" (pg. 207).

23-07-01