La
relación mujer-violencia constituye hoy
en todos los países del mundo un privilegiado
objeto de análisis como problema social.
Pero casi siempre se aborda el tema desde
el ángulo de la violencia doméstica, o desde
una perspectiva más general, de la violencia
sexual contra las mujeres. Pero hay contextos
-como el de Colombia- en los que ha surgido
también un tipo de violencia política, mezclada
con la búsqueda del poder por la vía armada.
Un prolongado conflicto armado
En la Colombia de los últimos 40 años, se
ha dado una multiplicidad de formas de violencia
que se recubren y se retroalimentan mutuamente,
siendo muy diversos los actores de ellas:
* Está la delincuencia común, especialmente
de las grandes ciudades.
* Está la violencia subversiva de varios
grupos guerrilleros y terroristas.
* Está la violencia ejercida a través de
sicarios por los narcotraficantes.
* Está la guerra de intereses entre los
carteles que negocian la coca y las vendettas
entre los esmeralderos en las ricas minas
de Boyacá. * Está la violencia de bandas
armadas, fuera de la ley ("paramilitares"),
que hacen justicia por sus propias manos
y han defendido ricas regiones agrícolas
y ganaderas contra la extorsión y el chantaje
("vacuna") impuestos por los guerrilleros.
* Está la acción armada de los organismos
de seguridad y defensa del Estado colombiano.
La violencia en Colombia, de formas múltiples
y algunas de ellas muy organizadas, sigue
siendo sin embargo de participación limitada
y carece del amplio apoyo popular que caracteriza
todo fenómeno de "guerra interna", aun de
aquella que el Departamento de Estado Norteamericano
llama "guerra de baja intensidad", como
fue el caso en El Salvador. |
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| Víctimas
más que victimarias
El conflicto armado de Colombia, tan prolongado
e inútil, viene produciendo gigantescos
estragos económicos, sociales, ecológicos
y en vidas humanas de difícil cuantificación
(véase nuestra columna "Una paz costosa"
01-02-99). Pero es todavía más difícil de
materializar el dolor humano y moral -tanto
indiividual como familiar y comunal- del
que toda una población ha sido víctima,
especialmente las mujeres. Los hombres,
y no las mujeres, han sido los grandes generadores
y agentes de la violencia armada, llámeselos
terroristas o narcoguerrilleros o paramilitares.
Pero son las mujeres las que más han sufrido
los efectos indirectos de tal violencia.
Porque son ellas las encargadas de la supervivencia
de la familia, bajo cualquier circunstancia:
como viudas, jefes de hogar, madres o esposas,
familiares de retenidos políticos o desaparecidos,
y sobre todo, como desplazadas.
Las
mujeres han sido incorporadas en los grupos
armados, pero siempre en posiciones subordinadas:
suelen desempeñar cargos de tipo logístico,
de apoyo y de servicios. Son valiosas en
acciones de espionaje y de avanzada, principalmente
por razones tácticas, ya que se presume
que la mujer despierta menos sospecha y
desata menos represión. Pero sigue siendo
una constante el condicionamiento del machismo.
Para que una mujer participe en la vida
militar y política de las guerrillas o de
las autodefensas debe tener un marido o
compañero líder y combatiente. Y aun así,
queda atrás o abandonada al tener su primer
hijo. "Mujeres con hijos son como mulas
muertas", le decían descarnadamente a la
compañera del comandante "Richard" de las
FARC en el Sumapaz (1954-57). Y cuando ocurre
alguna desmovilización, quedan ellas en
precaria situación. Laura, la mujer de "Richard"
y Rosa Mora, la esposa del gran líder agrario
comunista, Juan de la Cruz Varela, se quejan
de que ellas quedaron reducidas a la crianza
y al cuidado de la finca, mientras el compañero
andaba "suelto" y "enfiestado", dedicado
a la política y a la parranda.
Son pocas las mujeres que empuñan armas
para el combate; aunque con frecuencia,
para efectos de publicidad (en prensa y
TV), se presenta a lindas guerrilleras,
con sus encantos femeninos y un fusil al
hombro y granadas en la cintura. Hubo una
cuadrilla, la de "Desquite" en el Tolima
colombiano (comienzos de los años 60), en
la que realmente hubo cuatro mujeres con
papel militar importante. Una de ellas fue
Rosalba Velásquez (alias "la Aviadora"),
compañera de "Desquite", quien había ingresado
al grupo armado para vengar la muerte de
su primer marido. Su vida de leyenda, "con
un bebé a la espalda y fusil en mano enfrentada
al ejército" ha quedado bien descrita en
la novela de Alirio Vélez Machado, titulada
"Sargento Matacho" (1962).
Premio Planeta de periodismo 2000
Uno de los mejores métodos para avanzar
en un análisis sobre la cuota femenina en
un conflicto armado es el de la entrevista.
Esta permite expresar con realidad el fenómeno,
cargado de valor testimonial. Es lo que
ha logrado Patricia Lara, una de los periodistas
más destacadas en los últimos años en Colombia,
que tiene postgrados en Periodismo y Ciencias
de la Información en París y New York, fundadora
y directora por 5 años de la revista "Cambio"
de Colombia, ganó en 1994 el Premio Nacional
de Periodismo con su informe sobre Las Drogas.
En su volumen titulado "Mujeres en la guerra"
(Planeta, Bogotá 2000), recopila 9 entrevistas
a mujeres: tres de ellas agentes activos
de violencia (ELN, FARC, AUC), 2 viudas
(una de un dirigente de izquierda y otra
de un teniente), 1 madre de soldado secuestrado,
1 madre de secuestrada, 1 madre desplazada,
y 1 síntesis de casi todas, mujer a quien
le ha tocado ser a la vez hija de Coronel,
esposa de Almirante de la Armada, madre
de dos famosos guerrilleros del M-19 y de
intelectuales de izquierda.. Los 9 testimonios
demuestran que las mujeres no están hechas
para la guerra. Ellas no se sienten cómodas
en el conflicto armado. Ni siquiera las
tres protagonistas activas. Las otras todavía
menos aguantan el conflicto armado. Y expresan
su rechazo con una explosión patética de
dolores.
• El desencanto de Dora Margarita (quien
se inició en el ELN, trabajó en las FARC
e hizo pasantía en la cárcel de mujeres
El Buen Pastor) es total a sus 50 años de
edad, "cuando sólo espera la muerte": "En
la cárcel descubrí algo que me sorprendió:
que los que no son revolucionarios también
sienten, también son personas valiosas y
también quieren construir un mejor país.
Es que cuando uno se forma en la izquierda
cree que los demás no piensan en su barrio,
en su pueblo, en su país. Y no es así. Ellos
también desean construir un futuro"(pg.
60). "Nunca me han gustado las armas. Si
pudiera volver a vivir, no escogería ese
camino. Las armas no son la salida. Lo digo
con la información y la experiencia que
tengo hoy" (pg. 77).
• Liliana López (alias "Olga Lucía Marín",
compañera de "Raúl", miembro del Secretariado
de las FARC) reconoce que "a mí me mantiene
en esta lucha la convicción de que es justa.
Pero la lucha armada no puede ser nuestro
fin. Tenemos que llegar a conquistar la
paz con justicia social" (pg. 112).
• Isabel Bolaños ("La Chave") después de
varios estudios en universidades y actividades
en el área social, termina en las AUC, como
colaboradora y asesora de Carlos Castaño,
justificando así su elección : "El Estado
no protege a la gente ! Y al ver que la
guerrilla estaba otra vez ahí, secuestrando,
extorsionando, sin que el Ejército apareciera
ni hiciera nada, acabé metida en las Autodefensas"
(pg. 179). "Las Autodefensas no luchan por
el poder ni por ser un ejército permanente.
Luchan por la paz"(pg. 182).
• María Eugenia de Antequera, viuda del
líder de la izquierda Unión Patriótica ("Pepín"),
abre su corazón ante el dolor que es igual
para todos: "Yo no veía que a esas señoras
[madres de policías muertos en cumplimiento
del deber], la muerte de quienes amaban
les doliera más ni menos que a mí. Hasta
ese momento, yo pensaba que en la guerra
solamente habíamos sufrido los civiles y
los de izquierda. Pero ese día sentí el
dolor de los otros, ese dolor que no había
visto o que no había querido ver. Entonces
me di cuenta de que el dolor es igual para
todos" (pg. 207).
23-07-01 |