Viene
ocurriendo por el mundo algo insólito, que
contraría el sabio adagio de que “el que
a hierro mata, a hierro muere”. En Cambodia
murió recientemente, minado por una enfermedad,
Pol-Pot del Kmer-Rojo, sanguinario exterminador
de casi 2 millones de compatriotas. Hace
unos años en Colombia, el ideólogo duro
marxista-leninista de las FARC, Jacobo Arenas,
murió del corazón en un claro de la selva.
Y acaba de conocerse la noticia de que el
jefe del ELN (Ejército de Liberación Nacional),
el “cura Pérez “, había fallecido el pasado
14 de febrero de hepatitis y no fulminado
por las balas del ejército colombiano. No
falta sino que también “Tiro Fijo”, Manuel
Marulanda Vélez, el legendario jefe de las
FARC desde 1964, termine de muerte natural
en su hamaca, mecida al socaire del viento
entre los sembrados de coca del Caquetá.
Un cura de armas tomar
El deceso de José Manuel Pérez Martínez
fue lamentado con palabras elogiosas por
su hermano y pobladores de Alfamen, Provincia
de Zaragoza (España), donde había nacido
y comenzado a ejercer su sacerdocio, dejando
allí una imagen de joven idealista, generoso,
sensible a la causa de los pobres. Con otros
dos sacerdotes, Domingo Laín y Carmelo Gracia,
imbuidos como él en una ideología político-religiosa
“liberacionista” (Teología de la Liberación
de corte marxista), el P. Pérez hizo unas
pasantías entre inmigrantes en Francia y
Bélgica, en una comunidad pobre de haitianos
en Santo Domingo y luego en una barriada
de negros en Cartagena de Indias. |
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| Los
tres adhirieron al grupo “Golconda”, que
40 clérigos contestatarios habían organizado
a la sombra del Obispo Valencia, de Buenaventura
en Colombia. Eran los años 60, cuando ya
Castro irradiaba desde Cuba para toda Latinoamérica
el señuelo del foquismo revolucionario.
Los tres sacerdotes aragoneses fueron expulsados
del país por el gobierno de Lleras Restrepo,
pero pronto regresaron clandestinamente
y entraron a la guerrilla campesina del
ELN (comandada entonces por Fabio Vásquez
Castaño, alias “Capitán Parmenio”). A dicha
guerrilla habían ido a dar líderes universitarios
y profesionales como Ricardo Lara Parada,
Jaime Arenas, Víctor Medina Morón, Juan
de Dios Aguilera, Julio Portocarrero (todos
ajusticiados por la misma guerrilla por
disidentes), y se había enrolado en ella
el brillante cura Camilo Torres Restrepo
(caído en combate la primera vez que empuñó
un arma). El cura Carmelo Gracia sucumbe
en una manigua selvática, y su compañero
Domingo Laín, entrenado en Cuba, es dado
de baja en un combate con el ejército en
la quebrada de La Llama, departamento de
Antioquia. Después de librarse de un juicio
marcial por parte de la guerrilla, gracias
a los buenos oficios de Manuel Vásquez Castaño,
hermano del jefe del ELN, el “cura Pérez”
va escalando posiciones, hasta llegar a
la jefatura del ELN.
La locura del cura
¿Por qué la cura de almas -para la que había
sido consagrado Manuel Pérez nada menos
que por el Papa Pablo VI- se convirtió en
locura de las armas? ¿Qué le pasó al bien
intencionado cura liberacionista que abandona
su patria, y poco después depone sus hábitos
eclesiásticos, empuña el fusil y se pone
al frente de una guerrilla armada, que sólo
deja un reguero de pólvora y sangre, en
30 años de accionar violento, con un balance
de más de 500 voladuras del principal oleoducto
colombiano y consiguiente derrame contaminante
de petróleo, más de 5.000 secuestros por
dinero, cientos de niños y campesinos mutilados
por explosivos sembrados (quiebrapatas),
asesinatos a mansalva de policías y bombas
destructoras de todo lo que produce riqueza
en un país que no es el suyo? Sencillamente
es el efecto extremo de una equivocada ideología
políticoreligiosa que lo llevó a ver en
Jesús de Nazareth no al “siervo de Yahvé”,
redentor sufrido y con un mensaje revolucionario,
sí, pero no de odio sino de amor y fraternidad.
Ideología revolucionarista que lo llevó
a adorar sólo al subversivo de Nazareth,
al “zelote” que se alza contra el establecimiento
romano de turno.
Como bien se lo recordaron los obispos de
Colombia (en el documento “Identidad cristiana
en la acción por la justicia”, l976), “una
cosa es aceptar que el mensaje de Jesús
de amor universal tiene repercusiones sociales
y políticas, de extraordinario alcance;
y otra cosa muy distinta es convertirlo
en un mesianismo terrenal, de tipo revolucionario
armado y político... ¡ No es el puño endurecido
el que agita Jesús desde el madero !”. Pero
es que ese tipo de ideologías duras, con
extraña mezcla de motivación cristiana y
metodología marxista-leninista, como fue
la del “cura Pérez”, suministra a sus seguidores
una dispensa intelectual y una dispensa
moral. Simplemente los revolucionaristas
deben ser voluntaristas, no pensar mucho.
Ir tras los objetivos con pasión y furor
destructivo (dispensa intelectual). Y luégo
deben tratar de alcanzar los fines por cualquier
medio, lícito o ilícito, con o sin respeto
a las leyes, a derechos humanos, a tabúes
religiosos. Hay que satanizarlo todo, aunque
sea la riqueza que alimenta al pueblo, la
libertad personal a que tiene derecho la
gente honesta, la vida de los inocentes.
Todo es válido y legítimo con tal de que
sirva a la “justa causa” que se presume
revolucionaria (dispensa moral).
Moraleja
Lamentablemente en el “cura Pérez”
pudo más el sofisma distorsionador de su
mentor el cura italiano Giulio Girardi (“Cristianos
por el Socialismo”) de: “hay que amar a
todos, pero no a todos del mismo modo: a
los oprimidos se los ama liberándolos, a
los opresores se los ama combatiéndolos
violentamente. El amor tiene que ser clasista”.
Y no tuvo oídos para la voz autorizada y
persistente del magisterio social de la
Iglesia, que por boca de Pablo VI y Juan
Pablo II sostiene, con 20 siglos de experiencia,
que “LA VIOLENCIA NO ES CRISTIANA NI ES
EVANGELICA”.
04-05-98
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