Sigue teniendo actualidad en Venezuela
la denuncia en su tiempo del que fue conciencia
moral del país: «Nadie duda
de que existe la corrupción, pero
no tenemos el valor de sancionarla. Y
no tenemos el valor porque todos tenemos
parte en esa tolerancia. A la hora en
que se va a sancionar a alguien, se mueven
todos los amigos, todos los compadres,
somos una sociedad de compadres. Todo
el mundo se mueve para ver cómo
se salva al amigo que está en aprieto,
sin darse cuenta que está creando
una situación de impunidad generalizada
en el país, en que solamente algún
pobre diablo que no tiene doliente sufre
la pena de la ley, pero fuera de eso más
nadie» (Arturo Uslar Pietri) .
El caso Venezuela
Una
fuerte sensación de pesimismo sacude
con vientos desalentadores las conciencias
más lúcidas de Venezuela.
Los gobiernos han defraudado a la gran
mayoría nacional. El futuro no
es halagüeño a pesar de los
muchos años de ingresos petroleros
fabulosos. La única participación
política del pueblo es el voto
quinquenal mediatizado. La gobernanza
del país no ha superado el populismo
y se ha manifestado incompetente para
solucionar las necesidades de salud, educación,
transporte y vivienda. El país
siente fuerte desengaño porque
los grandes problemas persisten e incluso
se agravan. El desempleo, la margínalidad,
los desajustes financieros, el alcohol,
las drogas, el consumismo exagerado. La
corrupción social, la mala distribución
de la riqueza conforman el cuadro inquietante
del recrudecimiento del delito. Formamos
parte de una sociedad permisiva y casi
indiferente ante cualquier comportamiento
corrupto, salvo que afecte directamente
nuestro inmediato entorno. “La corrupción
es el cáncer de la democracia y
el aventurismo de los dictadores. Alerta
Venezuela!" (Abelardo Raidi ).
Un análisis ordenado y metódico
ayuda a concretar los principales agentes
de la situación nacional que exigen
una nueva revolución ética
del país. El análisis detecta
unos vacíos que se han venido produciendo
en la sociedad venezolana, vacíos
que hay que llenar y superar con las instituciones
sanas y fuerzas vivas con que todavía
cuenta el país.
Vacío de Estado
A pesar del gigantismo y elefantiasis
del actual Estado venezolano -que viene
de mucho atrás y sigue alimentado
por los ingentes ingresos petroleros-,
el Estado acusa debilidad estructural
y desgreño funcional en áreas
neurálgicas que le competen y que
no pueden ser traspasadas a manos privadas
para un mejor desempeño (en una
sana concepción socialista). El
vacío de Estado se manifiesta
en que, a pesar de sus muchos recursos,
éste no aparece para asegurar los
bienes básicos mínimos a
toda la población, ni para dar
seguridad social, ni para garantizar la
salud o la legislación laboral,
ni para ejercer la justicia de las leyes.
Véase el reciente libro de Teodoro
Petkoff “El chavismo al banquillo”
(Bogotá. Editorial Planeta 2011)
del que presenté un resumen-comentario
en mi habitual Observatorio de Política
Internacional (nº 448 del 08-05-2011).
Vacío de sociedad civil
En Venezuela, por la macrocefalia del
Estado rentista y empresario con enorme
ingreso petrolero que lo hace aparecer
como omnipotente, se ha ido conformando
en la población -desde años
atrás- una mentalidad pasiva y
conformista, que elude sus propias responsabilidades
para ponerlas en manos del Estado "providente"
y benefactor. Esta cultura falsamente
«providencialista» ha encontrado
al pueblo sin conciencia de autogestión
y poco organizado cuando el Estado –a
pesar de lo prometido- ha entrado en crisis
y no puede dispensar todos los bienes
que antes dispensaba a manos llenas.
El vacío de sociedad civil se
deja sentir profundamente en la ausencia
de comunidad y en la ausencia de alternativas
populares frente a la inacción
e incuria de las oficinas gubernamentales.
Vacío de dirigencia
Tener líderes o conductores ha
sido siempre una necesidad de toda sociedad.
«Desde hace mucho tiempo viene oyéndose
a través del planeta un formidable
grito, como el ulular de innumerables
perros hacia las estrellas, pidiendo que
haya alguien o algo que conduzca»,
escribió en su tiempo Ortega y
Gasset. Y cuando los problemas son graves
y urgentes, una nación requiere
imperiosamente una diligencia lúcida
y voluntariosa, dotada de gran visión
y gran coraje, que sea capaz de asumir
la tarea de llevar al pueblo de donde
está a donde no ha estado y debe
estar.
Lamentablemente Venezuela, en las últimas
décadas, teniendo ingentes recursos
materiales y humanos, o no los ha aprovechado
o los ha administrado mal, debido en gran
parte a una falta de dirigencia. El país
con su envidiable ingreso fiscal y su
modernización, que parecía
caminar seguro hacia el porvenir, comenzó
a trastabillar, a deteriorarse, a descuadernarse,
hasta llegar a los niveles de crisis que
hoy experimentamos. Las élites
de un país como Venezuela son ese
conjunto de minorías o categorías
dirigentes que de hecho influyen más
en la conducción de la sociedad,
ya sea por sus cualidades exclusivas ya
sea por los puestos que ocupan. Unos tienen
ciertas calidades de tipo intelectual,
científico o cultural; otros las
tienen de tipo religioso, educativo o
moral; otros las tienen en el campo económico
tanto empresarial como sindical; otros
configuran una cierta alianza como «élites
de poder” en la que sobresalen los
políticos del régimen, los
militares y ciertos niveles empresariales.
El ascenso tan grande y rápido
de una sociedad emergente, como la que
venía teniendo Venezuela, pedía
una orientación rigurosa del gasto
publico que favoreciera la formación
de una infraestructura sólida de
bienes básicos para todos (salud,
vivienda, transporte, educación)
y el establecimiento de unas verdaderas
condiciones materiales de la circulación
económica y de instituciones democráticas.
Las buenas intenciones y los planes fallaron
en un lapso de 53 años. No es fácil
un juicio de responsabilidades. Pero el
sentido común del pueblo y el análisis
de estudiosos serios señalan como
mas implicados en el proceso de desgobierno
y deterioro social a categorías
dirigentes como las que han venido conformando
la nueva clase política y algún
sector de la llamada boliburguesía
empresarial. Véase mi análisis
“Venezuela, se perfila crisis”
(25-09-2011). La incapacidad para percibir
la urgencia de ciertas reformas y medidas
que debían haberse tomado oportunamente,
o quizás peor, la resistencia de
una mediocre dirigencia política
a las mismas, mientras crecían
las expectativas de las gentes, profundizó
los otros vacíos del Estado (lo
político y lo económico)
y de la. sociedad civil (lo socíetal).
Vacío de ética
A juicio de muchos, la crisis generalizada
que afecta a Venezuela (y en concreto
a la administración de su riqueza
y a su sistema político) es consecuencia
de una cadena de causas, la primera de
las cuales es una relativa incapacidad
de los actores para actuar debidamente.
Esa incapacidad deriva del Ethos social,
es decir, del conjunto de valores y normas
integrados en la cultural social del venezolano.
Se trata de un compadrazgo amoral
criollo, que denota un notable vacío
normativo e institucional (familia, escuela,
empresa, partido oficial). Dicho compadrazgo
amoral fue bien analizado y objetado hace
algunos años por el sociólogo
Mikel de Viana, en su ponencia Líderazgo,
eticidad y caos: el caso venezolano,
presentada en el Seminario Nacional sobre
Liderazgo en Venezuela, Mérida,
11 mayo 1995. Siguen vigentes hoy comportamientos
muy generalizados que él ya denunciaba
entonces como son:
Rearme moral
El problema real de Venezuela sigue siendo
no tanto problema de estructuras ni de
ingresos, sino en gran proporción
de valores. La crisis actual es, en gran
medida, crisis de ética y de moral.
Así lo vienen subrayando los Obispos
de Venezuela, cuando denuncian la descomposición
moral que se observa en los diversos sectores
de nuestra sociedad, y la creciente pérdida
del sentido y aprecio de los grandes valores
superiores que se van apoderando de nuestra
sociedad de manera impresionante. La situación
es tremendamente compleja y no hay soluciones
fáciles ni inmediatas. No hay en
el horizonte modelos sociales, sino sujetos
sociales que podemos conspirar juntos
hacia caminos de solución. Muchas
veces nuestra contribución se limita
a ayudar a plantear bien los problemas.
Pero hay que saberlos plantear; tratar
de explicarlos; hacer juicios sobre las
distintas alternativas posibles. Y finalmente
hay que tomar decisiones.
Pero una cosa está clara y
va haciendo camino en la opinión
nacional. Cualquier alternativa seria
de solución tiene que pasar por
lo que podría llamarse rearme moral
o revolución de la honestidad o
gran misión ética. Hay que
superar la valoración fácil
del dinero, del compadrazgo insolidario,
de la sociedad cuantitativa. Venezuela
tiene derecho a otra alternativa para
que la calidad de la gente y de las cosas
sea más respetable. Así
lo expresan personas que han venido siguiendo
con atención la evolución
de nuestra sociedad y además de
experiencia tienen autoridad moral para
decirlo : "No es temeraria la afirmación
de que el exceso de dinero le ha hecho
daño a Venezuela [..] nuestro país
no tiene la fuerza orgánica para
crear una disciplina de la riqueza y sostener
la conducta razonable dentro de la abundancia
[..] Es la psicología de un país
petrolero resuelto a expresarse y a resolverse
en términos de dinero y de abundancia
[..] Nos hemos dejado arrastrar por las
cantidades [..] Es el culto a lo cuantitativo
y el desprecio por lo cualitativo [..]
La distribución del dinero en Venezuela
es además paternalista [..] La
sociedad del dinero es cuantitativa. Y
Venezuela tiene derecho a otra alternativa
para que la calidad de la gente y de las
cosas sea más respetable"
(R. Escovar Salom).
Se trata en definitiva de lo que Arturo
Uslar Pietri, quien fue conciencia moral
del país por muchos años,
definió como la necesidad de un
Cambio de piel : "Ha habido circunstancias
históricas que han hecho que determinados
países se vean obligados a emprender
grandes transformaciones en su conducta,
en sus objetivos, y hasta en su mentalidad
colectiva [..] Es casi como el efecto
de un cambio de clima, cambio de conducta
y de mentalidad, que llega a conformar
una personalidad colectiva, nueva y distinta
[..] La primera obligación del
Estado consistiría en revelarle
al país la verdadera magnitud de
la crisis, con todas sus implicaciones,
para invitarlo a participar concientemente
en un plan certero y válido de
recuperación nacional. Es una magna
crisis que implica un magno desafío
para la sociedad entera, que no puede
ser afrontado sino como una magna empresa
nacional comprendida, aceptada y realizada
por la nación entera"
( El Nacional. Caracas, 4 junio 1995).