Corrupción . Caso Venezuela (Editorial 77)
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La corrupción, hidra multiforme

La corrupción es un fenómeno opuesto al interés público y al bienestar común. La corrupción deslegitima las instituciones públicas y alimenta la lucha violenta de los grupos que buscan su derrocamiento. Acentúa las desigualdades sociales y debilita los esfuerzos gubernamentales dirigidos a corregirlas. Cuando la corrupción alcanza altos niveles de penetración social, trae inestabilidad y pérdida de confianza, de credibilidad y de respeto por el sistema político. A su sombra se esconde el abuso de la función pública, la arbitrariedad y el desconocimiento de los derechos y garantías sociales, dando paso al aprovechamiento ilegítimo por parte de algunos individuos o grupos específicos. La corrupción se traduce en desperdicio de capitales que no se invierten en actividades productivas que incidan en el desarrollo. Como resultado de ella, los recursos estatales no se asignan para responder a las necesidades reales de la comunidad, sino para atender intereses particulares. La corrupción reduce la eficiencia de la Administración, que se ve afectada por un notable desestímulo al trabajo honesto, y obstaculiza la prestación de los servicios públicos, a la vez que eleva sus costos. Los actos corruptos aumentan el gasto público y reducen los ingresos del Estado nacional y de los estados regionales o municipales, con efectos colaterales como la inflación y otras distorsiones económicas.

 

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Costos de la corrupción

El costo social de la corrupción en cualquier país y bajo cualquier régimen es muy alto. Los expertos norteamericanos William Andrev Johnston y Jack Blum, el uno Director del Departamento de Ciencia Política de la Universidad de Colgate en New York y el otro ex-investigador de la Comisión del Senado de los Estados Unidos, señalan algunos de los costos sociales y políticos que conlleva la corrupción:

• Además de costos económicos, la corrupción también trae costos intangibles pero no menos importantes, que afectan las estructuras sociales y políticas.
• La gente espera que su gobierno trabaje por el bien de la comunidad. Cuando trabaja en beneficio de unos pocos privilegiados, se reduce su credibilidad y alienta su desprestigio.
• Es inútil tener una policía que reprima la corrupción cuando la sociedad no cree en las leyes y hace lo que le parece.
• Si el único objetivo de una sociedad es acumular riqueza, cualquier programa contra la corrupción esta condenado a fracasar.

Sigue teniendo actualidad en Venezuela la denuncia en su tiempo del que fue conciencia moral del país: «Nadie duda de que existe la corrupción, pero no tenemos el valor de sancionarla. Y no tenemos el valor porque todos tenemos parte en esa tolerancia. A la hora en que se va a sancionar a alguien, se mueven todos los amigos, todos los compadres, somos una sociedad de compadres. Todo el mundo se mueve para ver cómo se salva al amigo que está en aprieto, sin darse cuenta que está creando una situación de impunidad generalizada en el país, en que solamente algún pobre diablo que no tiene doliente sufre la pena de la ley, pero fuera de eso más nadie» (Arturo Uslar Pietri) .

 

El caso Venezuela

Una fuerte sensación de pesimismo sacude con vientos desalentadores las conciencias más lúcidas de Venezuela. Los gobiernos han defraudado a la gran mayoría nacional. El futuro no es halagüeño a pesar de los muchos años de ingresos petroleros fabulosos. La única participación política del pueblo es el voto quinquenal mediatizado. La gobernanza del país no ha superado el populismo y se ha manifestado incompetente para solucionar las necesidades de salud, educación, transporte y vivienda. El país siente fuerte desengaño porque los grandes problemas persisten e incluso se agravan. El desempleo, la margínalidad, los desajustes financieros, el alcohol, las drogas, el consumismo exagerado. La corrupción social, la mala distribución de la riqueza conforman el cuadro inquietante del recrudecimiento del delito. Formamos parte de una sociedad permisiva y casi indiferente ante cualquier comportamiento corrupto, salvo que afecte directamente nuestro inmediato entorno. “La corrupción es el cáncer de la democracia y el aventurismo de los dictadores. Alerta Venezuela!" (Abelardo Raidi ).

Un análisis ordenado y metódico ayuda a concretar los principales agentes de la situación nacional que exigen una nueva revolución ética del país. El análisis detecta unos vacíos que se han venido produciendo en la sociedad venezolana, vacíos que hay que llenar y superar con las instituciones sanas y fuerzas vivas con que todavía cuenta el país.

 

Vacío de Estado

A pesar del gigantismo y elefantiasis del actual Estado venezolano -que viene de mucho atrás y sigue alimentado por los ingentes ingresos petroleros-, el Estado acusa debilidad estructural y desgreño funcional en áreas neurálgicas que le competen y que no pueden ser traspasadas a manos privadas para un mejor desempeño (en una sana concepción socialista). El vacío de Estado se manifiesta en que, a pesar de sus muchos recursos, éste no aparece para asegurar los bienes básicos mínimos a toda la población, ni para dar seguridad social, ni para garantizar la salud o la legislación laboral, ni para ejercer la justicia de las leyes. Véase el reciente libro de Teodoro Petkoff “El chavismo al banquillo” (Bogotá. Editorial Planeta 2011) del que presenté un resumen-comentario en mi habitual Observatorio de Política Internacional (nº 448 del 08-05-2011).

 

Vacío de sociedad civil

En Venezuela, por la macrocefalia del Estado rentista y empresario con enorme ingreso petrolero que lo hace aparecer como omnipotente, se ha ido conformando en la población -desde años atrás- una mentalidad pasiva y conformista, que elude sus propias responsabilidades para ponerlas en manos del Estado "providente" y benefactor. Esta cultura falsamente «providencialista» ha encontrado al pueblo sin conciencia de autogestión y poco organizado cuando el Estado –a pesar de lo prometido- ha entrado en crisis y no puede dispensar todos los bienes que antes dispensaba a manos llenas.

El vacío de sociedad civil se deja sentir profundamente en la ausencia de comunidad y en la ausencia de alternativas populares frente a la inacción e incuria de las oficinas gubernamentales.

 

Vacío de dirigencia

Tener líderes o conductores ha sido siempre una necesidad de toda sociedad. «Desde hace mucho tiempo viene oyéndose a través del planeta un formidable grito, como el ulular de innumerables perros hacia las estrellas, pidiendo que haya alguien o algo que conduzca», escribió en su tiempo Ortega y Gasset. Y cuando los problemas son graves y urgentes, una nación requiere imperiosamente una diligencia lúcida y voluntariosa, dotada de gran visión y gran coraje, que sea capaz de asumir la tarea de llevar al pueblo de donde está a donde no ha estado y debe estar.

Lamentablemente Venezuela, en las últimas décadas, teniendo ingentes recursos materiales y humanos, o no los ha aprovechado o los ha administrado mal, debido en gran parte a una falta de dirigencia. El país con su envidiable ingreso fiscal y su modernización, que parecía caminar seguro hacia el porvenir, comenzó a trastabillar, a deteriorarse, a descuadernarse, hasta llegar a los niveles de crisis que hoy experimentamos. Las élites de un país como Venezuela son ese conjunto de minorías o categorías dirigentes que de hecho influyen más en la conducción de la sociedad, ya sea por sus cualidades exclusivas ya sea por los puestos que ocupan. Unos tienen ciertas calidades de tipo intelectual, científico o cultural; otros las tienen de tipo religioso, educativo o moral; otros las tienen en el campo económico tanto empresarial como sindical; otros configuran una cierta alianza como «élites de poder” en la que sobresalen los políticos del régimen, los militares y ciertos niveles empresariales.

El ascenso tan grande y rápido de una sociedad emergente, como la que venía teniendo Venezuela, pedía una orientación rigurosa del gasto publico que favoreciera la formación de una infraestructura sólida de bienes básicos para todos (salud, vivienda, transporte, educación) y el establecimiento de unas verdaderas condiciones materiales de la circulación económica y de instituciones democráticas. Las buenas intenciones y los planes fallaron en un lapso de 53 años. No es fácil un juicio de responsabilidades. Pero el sentido común del pueblo y el análisis de estudiosos serios señalan como mas implicados en el proceso de desgobierno y deterioro social a categorías dirigentes como las que han venido conformando la nueva clase política y algún sector de la llamada boliburguesía empresarial. Véase mi análisis “Venezuela, se perfila crisis” (25-09-2011). La incapacidad para percibir la urgencia de ciertas reformas y medidas que debían haberse tomado oportunamente, o quizás peor, la resistencia de una mediocre dirigencia política a las mismas, mientras crecían las expectativas de las gentes, profundizó los otros vacíos del Estado (lo político y lo económico) y de la. sociedad civil (lo socíetal).

 

Vacío de ética

A juicio de muchos, la crisis generalizada que afecta a Venezuela (y en concreto a la administración de su riqueza y a su sistema político) es consecuencia de una cadena de causas, la primera de las cuales es una relativa incapacidad de los actores para actuar debidamente. Esa incapacidad deriva del Ethos social, es decir, del conjunto de valores y normas integrados en la cultural social del venezolano. Se trata de un compadrazgo amoral criollo, que denota un notable vacío normativo e institucional (familia, escuela, empresa, partido oficial). Dicho compadrazgo amoral fue bien analizado y objetado hace algunos años por el sociólogo Mikel de Viana, en su ponencia Líderazgo, eticidad y caos: el caso venezolano, presentada en el Seminario Nacional sobre Liderazgo en Venezuela, Mérida, 11 mayo 1995. Siguen vigentes hoy comportamientos muy generalizados que él ya denunciaba entonces como son:

• Nadie colabora en tareas colectivas a menos que perciba las ventajas materiales y de prestigio que en forma inmediata le puedan reportar.
• Se piensa que sólo los burócratas son los que deben ocuparse de los asuntos colectivos, porque solo ellos son pagados para atender los negocios colectivos.
• Los tales funcionarios tratan de buscar y aceptar ventajas para desempeñar bien sus funciones.
• Faltan mecanismos de control de los burócratas públicos, a los que se supone que solo las autoridades competentes deben controlar.
• Se sospecha de fraude cualquier actuación que diga que se hace por el bien común.
• El sistema de lealtades es particularista y personalista y no fundado en solidaridad colectiva.
• De aquí que los miembros de las instituciones no se identifican con ellas a menos que reciban ventajas materiales o de prestigio.
• Se cae, así, en unas relaciones de tipo clientelar que lleva a que difícilmente se dé un liderazgo que no esté montado sobre factores clientelares .
• Se secundan acciones que tengan ventajas colectivas sólo si traen también aparejadas ventajas particulares.
• Los electores alimentan poca confianza en promesas de dirigentes cuando ofrecen ventajas para el futuro.

 

Rearme moral

El problema real de Venezuela sigue siendo no tanto problema de estructuras ni de ingresos, sino en gran proporción de valores. La crisis actual es, en gran medida, crisis de ética y de moral. Así lo vienen subrayando los Obispos de Venezuela, cuando denuncian la descomposición moral que se observa en los diversos sectores de nuestra sociedad, y la creciente pérdida del sentido y aprecio de los grandes valores superiores que se van apoderando de nuestra sociedad de manera impresionante. La situación es tremendamente compleja y no hay soluciones fáciles ni inmediatas. No hay en el horizonte modelos sociales, sino sujetos sociales que podemos conspirar juntos hacia caminos de solución. Muchas veces nuestra contribución se limita a ayudar a plantear bien los problemas. Pero hay que saberlos plantear; tratar de explicarlos; hacer juicios sobre las distintas alternativas posibles. Y finalmente hay que tomar decisiones.

Pero una cosa está clara y va haciendo camino en la opinión nacional. Cualquier alternativa seria de solución tiene que pasar por lo que podría llamarse rearme moral o revolución de la honestidad o gran misión ética. Hay que superar la valoración fácil del dinero, del compadrazgo insolidario, de la sociedad cuantitativa. Venezuela tiene derecho a otra alternativa para que la calidad de la gente y de las cosas sea más respetable. Así lo expresan personas que han venido siguiendo con atención la evolución de nuestra sociedad y además de experiencia tienen autoridad moral para decirlo : "No es temeraria la afirmación de que el exceso de dinero le ha hecho daño a Venezuela [..] nuestro país no tiene la fuerza orgánica para crear una disciplina de la riqueza y sostener la conducta razonable dentro de la abundancia [..] Es la psicología de un país petrolero resuelto a expresarse y a resolverse en términos de dinero y de abundancia [..] Nos hemos dejado arrastrar por las cantidades [..] Es el culto a lo cuantitativo y el desprecio por lo cualitativo [..] La distribución del dinero en Venezuela es además paternalista [..] La sociedad del dinero es cuantitativa. Y Venezuela tiene derecho a otra alternativa para que la calidad de la gente y de las cosas sea más respetable" (R. Escovar Salom).

Se trata en definitiva de lo que Arturo Uslar Pietri, quien fue conciencia moral del país por muchos años, definió como la necesidad de un Cambio de piel : "Ha habido circunstancias históricas que han hecho que determinados países se vean obligados a emprender grandes transformaciones en su conducta, en sus objetivos, y hasta en su mentalidad colectiva [..] Es casi como el efecto de un cambio de clima, cambio de conducta y de mentalidad, que llega a conformar una personalidad colectiva, nueva y distinta [..] La primera obligación del Estado consistiría en revelarle al país la verdadera magnitud de la crisis, con todas sus implicaciones, para invitarlo a participar concientemente en un plan certero y válido de recuperación nacional. Es una magna crisis que implica un magno desafío para la sociedad entera, que no puede ser afrontado sino como una magna empresa nacional comprendida, aceptada y realizada por la nación entera" ( El Nacional. Caracas, 4 junio 1995).

 

22-10-2011