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| Venezuela,
se perfila crisis (Editorial 73) |
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Entendemos por “coyuntura”
la intersección en un momento
histórico de procesos sociales
que tienen la capacidad de alterar
elementos estructurales de la sociedad
en que se dan. Y entendemos por
“crisis”
una coyuntura agravada, un proceso
de cambio estructural. Si abarcamos
la historia de Venezuela de los
últimos 53 años podemos
afirmar con fundamento que debido
a un proceso agravado de ‘coyunturas’
(económica, social, ética
y política) se produjo una
primera verdadera ‘crisis’
del sistema con la caída
de la llamada IVª República
(1958-1999). Y hoy se han acumulado
´coyunturas’ (que repiten
las antiguas y añaden otras
nuevas atípicas) que -según
el entender de serios analistas
nacionales y extranjeros- no pueden
menos que verse como presagio de
una nueva ‘crisis’ que
arrastrará consigo la caída
del régimen chavista, aunque
todavía no se le pueda poner
fecha. |
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Análisis
& Opinión
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Transiciones
Venezuela ha venido enfrentando una serie
de transiciones, de modo que su coyuntura
reciente conjuga varios procesos simultáneos,
difíciles de superar exitosamente,
que hay que tener en cuenta.
1.
Ha pasado de ser un país pobre,
de limitada riqueza agrícola, a
ser un país de gigantesca riqueza
petrolera.
2. En sólo 53 años, se ha
movido, con una rapidez inusitada, entre
un país agrario y muy tradicional
a otro urbano y moderno tanto en ciudades
como en grandes sectores de la población,
que gozan de ciencia avanzada y tecnología
de punta.
3. Ha intentado lograr (sin éxito)
la convergencia entre un proceso democratizador
y una transformación en el modelo
de desarrollo económico, proceso
común a más de 30 países
en el mundo a finales del siglo XX, según
Huntington en su libro La tercera Ola.
4. Ha quedado enredada, en economía,
en un modelo rentista de Estado que la
‘revolución bolivariana’
no ha logrado modificar.
5. En política, de un modelo que
fue exageradamente partidocrático
y corrupto, viene transitando por otro
no menos hegemónico y estatizante
que recorta alas para un intento modernizador.
6. En estos 53 años, se calcula
que Venezuela ha tenido un ingreso que
supera los US $ 400.000 millones de dólares,
cinco veces más que los US $ 80.000
(al valor actual), con los que se hizo
la reconstrucción de Europa, tras
la guerra mundial, con la aplicación
del Plan Marshall.
7. Tres generaciones de venezolanos, al
menos, se han acostumbrado al dinero fácil,
logrado sin mucho esfuerzo ni trabajo.
Y la población se ha adaptado fácilmente
a un Estado opulento y superprotector,
de talante providente, que ha sido el
encargado de proveer a todas las necesidades
y problemas que se presentan.
I Crisis de la IVª República
(=una mirada atrás)
Tanto la opinión pública
internacional como la nacional y los analistas
sociales del caso Venezuela aceptamos
la hipótesis de que el actual “fenómeno”
huracanado llamado Chávez hunde
sus raíces y tiene sus orígenes
en los 40 años del período
llamado “puntofijismo” o
mal catalogado “IVª República”,
que lo antecedieron. Su misma bonanza
petrolera y el modelo de desarrollo económico,
social y político que sustentó,
así como la crisis de gobernabilidad
y de legitimidad a que dió lugar
son antecedentes inevitables
de lo que viene sucediendo desde 1998
en Venezuela. “De aquellos polvos,
estos lodos”, podría decirse
al repasar hoy los indicadores económicos
y sociales, ponderando cómo se
manejó tanta riqueza. Si se sembró
el petróleo –como habían
recomendado con clarividencia ya en la
década de los años 30 Alfonzo
y Uslar Pietri - no lo fue en la forma
debida, algo que le asegurara al país
un desarrollo autosostenido, y que le
permitiera ser como la Suiza de Latinoamérica.
Bien
definió Juan Carlos Rey, en su
momento (1989), esta particular manera
como se concretó por años
el ordenamiento democrático de
Venezuela, como “sistema populista
de conciliación de élites”,
sistema basado en el reconocimiento de
la existencia de una pluralidad de intereses
sociales, económicos y políticos.
Tres elementos fundamentales lo conformaron:
1) la abundancia relativa de recursos
económicos, con los que el Estado
pudo satisfacer demandas de grupos y sectores
heterogéneos; 2) un nivel relativamente
bajo y
no muy sofisticado de tales demandas,
que permitía satisfacerlas con
tales recursos; y 3) la supuesta capacidad
de las organizaciones políticas
y de su liderazgo para agregar, canalizar
y representar esas demandas, asegurando
la confianza de los representados, algo
que no se cumplió. Los dos principales
marcos de acción de dicho modelo
fueron el Pacto de Punto Fijo en 1958
(de ahí la denominación
de puntofijista a dicho período)
y la Constitución de 1961.
Al
intentar ahora señalar algunos
indicadores principales de la crisis del
modelo democrático que rigió
en Venezuela desde 1958 hasta 1998, de
ninguna manera queremos desconocer los
muchos y positivos resultados obtenidos
de él. Apreciación que el
pueblo soberano también tenía,
expresada a través de encuestas
durante el proceso eleccionario de 1998
y 1999. El colectivo expresó que
se querían cambios rápidos
y drásticos para mejorar el sistema
democrático de intereses y hacerlo
más eficiente y moderno, pero nunca
expresó que se lo quisiera abandonar.
Se quería más y mejor
democracia. Se quería democracia
más participativa. Pero no por
ello abandonar la democracia representativa,
que está en los cimientos de toda
la historia republicana de Venezuela.
Bien resume M. Kornblith (Venezuela
en los noventa)) los principales
logros de dicho modelo democrático
y pluralista en tres puntos claves: 1)
la estabilidad política, 2) el
consenso interélites y 3) la confianza
de la población. Las variables
básicas del modelo fueron: –
la renta petrolera (en lo económico),
– las grandes expectativas societales
(en lo social), – la representatividad
democrática por los partidos y
las organizaciones (en lo político),
– los valores nacionales de igualdad
y libertad (en lo ético).
Pero las deficiencias del modelo fueron
significativas y explican la fuerte voluntad
de cambio que se impuso. Fueron ellas:
el excesivo centralismo, la desigualdad
socioeconómica, la partidización
de instituciones y decisiones, la corrupción
administrativa. Fueron <miserias>
de entonces: las del populismo, el rentismo,
el estatismo, el partidismo, el clientelismo.
Ellas y las reglas de juego que las sostenían
fueron duramente criticadas. Se previó
que cuando se llegaran a dar modificaciones
negativas simultáneas en dichos
factores, el sistema sociopolítico
llegaría a una situación
límite, entraría en crisis.
Y fue lo que ocurrió en el último
decenio del siglo. En el modelo que Venezuela
había adoptado desde el pacto de
Punto Fijo, se había establecido
una correspondencia estrecha entre democracia
política y desarrollo socioeconómico.
Los abundantes recursos fiscales, que
se pensaba se mantendrían tal cual
o irían en aumento, ofrecían
una base objetiva para asegurar que el
régimen democrático garantizaría
mayores niveles de bienestar a la población
(=EFICIENCIA); y, por lo mismo,
asegurarían su apoyo y confianza
en el orden democrático (=LEGITIMIDAD).
Ocurrió que con el deterioro acentuado
del modelo de economía rentista
y el menor desempeño del modelo
social al que un Estado de bienestar ya
no podía atender suficientemente,
se fueron dando todos los elementos de
una severa crisis política. Sus
principales indicadores (no todos) fueron:
– el quiebre de la partidocracia,
– el quiebre del liderazgo, y –el
quiebre de la gobernabilidad.
En una interesante reflexión que
hace Carrera Damas sobre “ la larga
marcha de la sociedad venezolana hacia
la democracia” (publicación
1999 de Contraloría de la República),
señala que son tres las manifestaciones
básicas de la situación
crítica por la que atravesaba Venezuela.
Dichas manifestaciones fueron: 1) la inhabilidad,
hasta entonces demostrada por la clase
política; 2) la falta de una generación
de líderes de relevo; 3) la falla
de institucionalización, que dejaba
a la sociedad sin marcos firmes y claramente
definidos para encauzar su desarrollo.
Los factores anteriores acumulados son
suficientes para explicar por qué
el noble y bravo pueblo venezolano comenzó
a mirar, desde 1994, hacia un “gendarme
necesario” para salir de los
males económicos, sociales, políticos
y éticos. Carlos Blanco recoge
en forma sucinta lo que fueron los principales
factores que prepararon el advenimiento
del Comandante Chávez al mando
del Estado (2002 Revolución
y desilusión, páginas
41 y 48):
“
La idea de que el país tenía
que cambiar se extendió hacia muchos
sectores de la sociedad. [..] la convicción
del crecimiento desmedido de la pobreza
y del empobrecimiento dramático
de la clase media, la noción de
que el centralismo del Estado había
llegado a un límite insoportable
[..] la evidencia de que el modelo de
funcionamiento rentista de la economía
y de la sociedad estaba llegando a un
agotamiento insuperable, junto a campañas
comunicativas del llamado ‘periodismo
de denuncia’, fueron factores que
plantearon la necesidad del cambio como
una demanda inaplazable de la sociedad
venezolana, especialmente de sus élites
y de sectores influyentes de la sociedad
en los ámbitos empresarial, comunicacional,
político, intelectual y gremial
[…] Chávez se montó
en la ola de descontento que se generó
como efecto de la incapacidad de las élites
de comprender el tipo de cambio que la
sociedad y el Estado necesitaban, recogió
la frustración por el fracaso de
los cambios emprendidos y reclamó
la realización de las tareas urgentes
que el colapso de la era rentista conllevaba”.
En
síntesis, se generaron demasiadas
expectativas y esperanzas que, de no ser
satisfechas debidamente en los siguientes
años de la Revolución Bolivariana,
se podrían revertir –con
el paso del tiempo– en una segunda
gran crisis contra el régimen de
quien se convirtió en “el
caudillo providencial” de Venezuela
para el siglo XXI.
II
Se perfila crisis del régimen chavista
(= una mirada adelante)
Los países de América Latina
y del Caribe, asumidos globalmente, y
cada uno en particular como es el caso
de Venezuela, enfrentan dos grandes retos.
Por un lado, avanzar en modernización,
con una acción gubernamental eficaz
y eficiente en la solución de problemas.
Y por el otro, consolidar el orden político
democrático, con instituciones
cada vez más representativas y
participativas. Diríase que existe
el reclamo general de conciliar la modernización
con la democracia, es
decir la eficiencia con
la legitimidad, de modo
tal que haya una mayor capacidad y calidad
del régimen al servicio del colectivo.
Se plantea la necesidad de lograr una
combinación óptima de elementos
democráticos y de eficiencia económico-administrativa
en la acción gubernamental, lo
que debe redundar en una mayor estabilidad,
legitimidad y gobernabilidad del régimen
político adoptado.
El
avezado político y escritor Teodoro
Petkoff en su muy reciente libro “El
chavismo al banquillo” (editorial
Planeta, Bogotá 2011), se pregunta
¿qué tipo de régimen
político se ha instaurado en Venezuela?
Su respuesta es tajante, pero desconcertante
en sus términos. “No estamos,
ciertamente, ante una democracia convencional
–dice- pero tampoco se puede definir
el régimen chavista como una dictadura
convencional. Se trata de un híbrido
extraño, entre una ‘anatomía’
institucional del Estado, formalmente
democrática y republicana, y una
´fisiología´ del mismo,
y del gobierno, precaria y de muy dudosa
factura democrática”(p. 40).
Estamos, pues, ante una paradoja difícil
de entender en los términos planteados
por el autor. Por un lado, el analista
afirma y comprueba que no se trata de
un verdadero régimen revolucionario
(“a pesar de toda la retórica
de Chávez, en Venezuela no se ha
dado ninguna revolución”).
Así como no se ha dado una verdadera
socialización de la economía,
a pesar de la retórica ‘socialista’.
Seguimos en el tradicional y poderoso
capitalismo de Estado a la soviética
y a la cubana, en el que Venezuela tiene
una dilatada experiencia por su condición
de Estado petrolero. Pero por otro lado,
el chavismo no es una dictadura militar
más dentro de la extensa gama de
dictaduras latinoamericanas que han salpicado
el continente. Y menos todavía
se puede hablar de que Venezuela sea una
sociedad comunista totalitaria, aunque
exista la propensión del gobierno
a expandir el control del Estado sobre
toda la sociedad e imitar el modelo cubano.
Sea como fuere, independientemente de
que se ubique a Venezuela hoy o como una
democracia no clásica o como una
tiranía no clásica o como
un intento de nuevo comunismo totalitario,
podemos preguntarnos si en cualquiera
de las hipótesis no se están
presentando ya factores serios, coyunturas
desestabilizadoras, síndromes de
una próxima, inevitable segunda
CRISIS en la que se conjuguen varias crisis
parciales que no pueden menos que afectar
todo el modelo de régimen que se
ha adoptado. De él se espera todavía
una modernización eficaz
y una consolidación democrática
de manera que el país sea gobernable.
Es clave –ya se lo llame “semi
democracia” o “república
socialista”- , el que pueda darse
una combinación óptima de
eficiencia administrativa y de elementos
democráticos. 1. Debe existir una
acción gubernamental eficaz y eficiente,
que impulse un desarrollo autosostenido
para beneficio común. 2. Y debe
haber un orden político democrático,
que garantice para todos la representación
y la participación. El Estado 1º)
debe mantener (en la mejor línea
de pensamiento de Weber y Skopol) el MONOPOLIO
modernizador y 2°) dicho monopolio
debe ser LEGÍTIMO, es decir consentido.
El avance en ambas realidades políticas
es lo que aseguraría la llamada
gobernabilidad. Su retroceso generaría
ingobernabilidad, en coyunturas difíciles,
con “síndromes de modernización”,
que pueden llegar a convertirse en grave
crisis, con riesgo de colapso del régimen
y aun del mismo sistema, como ocurrió
en la anterior IVª República.
Crisis
de eficacia
El cuadro de ineficiencia de la administración
pública de Chávez, cumplidos
13 años de gobierno, es desolador.
La improvisación, falta de organización,
relevo frecuente de ministros incompetentes,
anarquía en los servicios, corrupción
en la burocracia, inseguridad creciente
en la población y otros, son temas
diarios de desencanto y crítica
en los pocos medios no oficiales. Una
editorial del diario opositor Tal
cual titulada “el gobierno anda
mal” (Caracas 14 septiembre)
recoge en síntesis algunos de ellos.
“El Gobierno vive un inocultable
proceso de decadencia. La ineficiencia
de lo más elemental de la administración
pública, sumada a una corrupción
de proporciones apocalípticas han
creado una sensación de un país
que va al garete, de crisis en crisis,
frente a ninguna de las cuales el Gobierno
atina a producir soluciones viables y
creíbles. La inseguridad ciudadana,
el costo de la vida, el desempleo, problemas
cuya apreciación como los peores
que el país padece, se mantiene
inconmovible en las encuestas; pero a
estas calamidades ya “estructurales”
en la mente de los venezolanos, se añaden
temas como la crisis eléctrica;
el colapso de las empresas básicas
de Guayana; la caída de la producción
petrolera y el visible deterioro de Pdvsa;
el derrumbe de la agricultura, que tiene
como contrapartida una fatal agricultura
de puertos y, para finalizar una lista
que es más larga, el anunciado
fracaso de una política de viviendas
a la cual se quiso dar un empujón
con la pomposa Gran Misión Vivienda
Venezuela, que no termina de arrancar”.
Crisis de legitimidad
En una acertada concepción de Estado,
como es la de Max Weber y T. Skopol, la
gobernabilidad de un sistema político
depende de la legitimidad de dicho sistema.
La legitimidad es esencial a todo ejercicio
del poder. Como bien ha dicho Sánchez-Agesta:
"No manda quien quiere, sino quien
puede, a saber, quien encuentra obediencia".
"La legitimidad de un orden político
democrático ha de basarse en el
principio de que sólo puede
ejercerse el poder y el gobierno con el
consentimiento de los gobernados"
(M. Pastor). Según Weber, los tres
tipos ideales o puros de poder legítimo
son: el poder tradicional, el poder legal-racional
y el poder carismático.
A ellos corresponden las diferentes razones
por las que en determinadas sociedades
se forma esa relación estable y
continuada de orden-obediencia, característica
del poder político. Y representan
tres tipos diferentes de motivaciones.
En el poder racional y legal, el motivo
de la obediencia proviene de la creencia
en la racionalidad del comportamiento
conforme a la Constitución política
que como suprema Ley ha emanado del pueblo
gobernado. En el poder carismático,
el motivo de la obediencia proviene de
la creencia en las dotes extraordinarias
del jefe que manda, del gendarme necesario
con ribetes de salvador mesiánico.
En el caso de Chávez se trata evidentemente
de un líder carismático,
cuyo régimen descansa sobre sus
cualidades personales, su verbo encendido
y permanente, su magnetismo de caudillo
sobre el pueblo. Todo se le debe consultar;
ninguna decisión se toma sin su
aprobación. El es la Constitución
viva y el Estado.
Chávez
ha lesionado severamente la urdimbre institucional
del Estado venezolano sin haber construido
nuevas instituciones medianamente operativas
y eficientes. Esto hace, por supuesto,
que su liderazgo sea, a largo plazo, estructuralmente
más vulnerable que el de líderes
carismáticos que se acompañan
también de un Estado poderoso.
Para decirlo con las propias palabras
de Weber en Economía y Sociedad:
“Si la confirmación (del
poder carismático) tarda en llegar,
si aquel que posee la gracia carismática
parece abandonado de su dios, de su poder
mágico o de su poder heroico, si
el éxito es negado por largo tiempo,
si, sobre todo, su gobierno no aporta
ninguna prosperidad a los que él
domina, entonces su autoridad carismática
se halla en peligro de desaparecer”.
El hecho es, entonces, que el poder de
Hugo Chávez ha entrado ya en la
parte descendente de la parábola.
“El descontento popular comienza
a alcanzar de lleno al Gran Jefe [..]
El carisma es como el jabón, se
gasta”.
Crisis
de gobernabilidad
El término ‘gobernabilidad’
deriva de la capacidad con que un antiguo
lobo de mar y su tripulación o
un moderno comandante de nave aérea
con su instrumental y equipo humano, van
conduciendo exitosamente la nave y los
pasajeros hasta su puerto de arribo. Referido
a la conducción del Estado, significa
la capacidad y la calidad del desempeño
gubernamental habida cuenta de los requerimientos
y voluntad de los gobernados. La gobernabilidad
hace referencia no sólo a la institucionalidad
estatal, sino a las relaciones entre el
Estado y la sociedad civil. Se refiere
al manejo de las instancias de gobierno,
pero también a las demandas sociales,
a los mecanismos de legitimación
política y a la estabilidad del
sistema. La gobernabilidad debe, pues,
entenderse como la necesidad que tienen
los gobiernos de lograr una adecuada combinación
de eficiencia administrativo-económica
y de elementos democráticos. Ella
permite a la acción gubernamental
ofrecer un mínimo de estabilidad
y legitimidad.
La
ingobernabilidad o crisis de gobernabilidad
tiene elementos entremezclados: unos que
se refieren a la esfera de lo objetivo
como son la eficacia, la efectividad,
la eficiencia del sistema político
y otros elementos de cariz más
subjetivo como son la legitimidad, la
credibilidad y el apoyo de los gobernados
al sistema político. La ingobernabilidad,
pues, se concibe como la suma de dos factores
simultáneos: 1) el debilitamiento
de la eficacia del gobierno y 2) el debilitamiento
de la legitimidad, es decir del consenso
de los ciudadanos. Lo cierto es que la
limitación estatal para resolver
los problemas determina una pérdida
de confianza pública en la capacidad
del Estado; una eventual y consecuente
crisis de legitimidad del mismo, que en
situaciones extremas puede derivar en
una crisis política manifestada
en el desencanto, la apatía y la
indignación ciudadanas (Estado
de malestar). Sin ‘output’
de eficiencia en las políticas
públicas y sin ‘input’
de legitimidad a la hora de los
ajustes económicos y sociales,
la situación desborda a los actores
políticos en una arena que se ha
denominado "democracia embotellada"(Sartori),
en la que "la demanda es fácil
y la respuesta es difícil"(Bobbio)
Si esto es verdad en cualquier país
claramente democrático, con mayor
fuerza lo es en un país híbrido
como Venezuela, un país apenas
emergente en un proceso de desarrollo
limitado y en un entrecruce complicado
de modelos económico-políticos
opuestos (comunismo y democracia pluralista)
difícil de conciliar en la práctica.
Conclusión
De un gobierno se valora no sólo
su legitimidad, sino también su
eficacia frente a los problemas económicos
y sociales: que ofrezca resultados. Cuando
estos resultados no aparecen o, no son
fácilmente advertibles, los ciudadanos
castigan a los gobiernos, y la crisis
puede golpear todo el sistema. Los recientes
casos de dura quiebra de las expectativas
generadas por los longevos gobiernos,
aparentemente inamovibles, en Túnez,
Egipto y Libia son muy ilustrativos y
elocuentes.
25-09-2011
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