Pasado
A la pregunta ¿de dónde
salió Chávez?, el autor
Petkoff responde en su capítulo
titulado “La crisis del sistema”.
“Chávez ganó las elecciones
presidenciales de diciembre de 1998 [..]
Chávez lucía como la propia
encarnación del cambio, frente
a AD (Acción Democrática)
y COPEI . Eso le dio el triunfo, con 54%
del total de votos válidos [..]
Parecía encarnar lo opuesto a todo
lo que las mayorías ciudadanas
habían llegado a detestar en el
“sistema”. El de Chávez
es el tipo de liderazgo que Weber denomina
“carismático”[..] Y
anota que las élites político-económicas
de entonces, beneficiarias del Estado
hipertrófico y corrupto que administraba
los colosales ingresos petroleros, no
prestaron atención a oir por quién
doblaban las campanas. “Chávez
construyó desde entonces una alegoría,
entre pagana y religiosa, del misterio
de las tres divinas personas. Ël
mismo, Bolívar y el Pueblo son
la Santísima Trinidad del catecismo
‘revolucionario’. Con ese
mensaje ganó Hugo Chávez
las elecciones de diciembre de 1998. Y
concluye limpiamente: “no fue, pues,
Hugo Chávez, un rayo en un cielo
despejado. Todo lo contrario. Fue la respuesta
que creyó encontrar la sociedad
venezolana a la decadencia de sus grandes
partidos dirigentes, al deterioro y descrédito
del sistema político, a la desfalleciente
economía y al desesperante empobrecimiento
del país y del 60% de sus habitantes”.
Afirmación que convalida el análisis
sucinto que yo hice de lo que fueron los
principales factores que prepararon el
advenimiento del Comandante al mando del
Estado y que remata con mi frase: “Chávez
se montó en la ola de descontento
que se generó como efecto de la
incapacidad de las élites de comprender
el tipo de cambio que la sociedad y el
Estado necesitaban, recogió la
frustración por el fracaso de los
cambios emprendidos y reclamó la
realización de las tareas urgentes
que el colapso de la era rentista conllevaba”
(Neira,Venezuela IVª y Vª Repúblicas,
2006, pg. 141).
Presente
¿Sobre qué se sustenta
el poder de Hugo Chávez, más
allá de él mismo? Se
pregunta Petkoff, a lo que responde en
su capítulo III (‘Los soportes
del chavismo’). “El chavismo
se apoya en cuatro grandes pivotes: la
Fuerza Armada Nacional; una todavía
vasta capa popular integrada por los sectores
más pobres de la ciudad y del campo;
la llamada ‘boliburguesía’
o ‘burguesía bolivariana’;
y la alta y frondosa burocracia del Estado.
El régimen es personalista. Chávez
es el alfa y omega del ejercicio del mando
y su comportamiento es típicamente
caudillesco” (pg. 43-44). Además
de las bayonetas (que sirven para todo
menos para sentarse sobre ellas), hay
unos apoyos propiamente sociales. Entre
ellos “hace rato que los venezolanos
han identificado a un sector de grandes
empresarios, al cual el ingenio criollo
denomina ‘boliburguesía’,
supuestamente ‘socialista’
y que no es sino una farsa ‘revolucionaria’.
El autor enumera algunos de los nombres
más emblemáticos (p. 54)
y habla del escándalo de la ‘chavobanca’
(noviembre 2009) que sacó a flote
los nexos de algunos banqueros involucrados
con prominentes funcionarios del gobierno
(como el teniente Jesse Chacón).
Aunque no existe todavía en Venezuela
esa ‘nueva clase’ alta burocrática,
llamada ‘nomenklatura’, que
existió en la Unión Soviética
y existe en Cuba, para Petkoff es evidente
que la supervivencia de esta capa social
dominante está estrechamente asociada
a la del régimen de Chávez
como uno de sus puntos de apoyo. Y reconoce
que, aunque decreciente, existe todavía
una amplia capa popular que acompaña
al presidente y sobre el que tiene control
en cuanto líder carismático.
“Carisma que dura mientras la ‘comunidad
carismática’ continúe
creyendo en la capacidad de hacer milagros
por parte del líder, algo que ha
sido generosamente lubricado durante los
últimos seis años por el
colosal ingreso petrolero” (p. 59).
Pero advierte atinadamente que desde 2007
viene observándose un creciente
desencanto, “un lento y contradictorio
debilitamiento del respaldo popular a
Chávez, que ha sido registrado
para la opinión pública
en los procesos electorales de 2007, 2008
y 2009 y por las encuestadoras serias
del país”. “En el seno
de los sectores populares, aun de los
que permanecen fieles, viene tomando cuerpo
una ostensible disminución del
fervor y la devoción que acompañó
a Chávez, al menos hasta 2006”
(p.63).
Aquí
intercala Petkoff el interesante capítulo
IV (La naturaleza del chavismo),
con el que quiere dar respuesta a la pregunta
¿qué tipo de régimen
político se ha instaurado en Venezuela?¿Qué
es exactamente el chavismo? Su respuesta
es tajante, pero matizada. “No estamos,
ciertamente, ante una democracia convencional,
pero tampoco se puede definir el régimen
chavista como una dictadura convencional.
Se trata de un híbrido extraño,
entre una ‘anatomía’
institucional del Estado, formalmente
democrática y republicana, y una
´fisiología´ del mismo,
y del gobierno, precaria y de muy dudosa
factura democrática” (p.
40). Estamos ante una paradoja difícil
de entender en los términos planteados
por Petkoff. Por un lado, el analista
afirma y comprueba que no se trata de
un verdadero régimen revolucionario
(“a pesar de toda la retórica
de Chávez, en Venezuela no se ha
dado ninguna revolución”).
Así como no se ha dado una verdadera
socialización de la economía,
a pesar de la retórica ‘socialista’.
Seguimos en el tradicional y poderoso
capitalismo de Estado a la soviética
y a la cubana, en el que Venezuela tiene
una dilatada experiencia por su condición
de petro-Estado. Pero por otro lado (ojo!),
el chavismo no es una dictadura militar
más dentro de la extensa gama de
dictaduras latinoamericanas. Y menos todavía
se puede hablar ya de que Venezuela sea
una sociedad totalitaria, aunque exista
la propensión del gobierno a expandir
el control del Estado sobre la sociedad,
“propensión que debe ser
calificada como ‘totalitaria’
(p.74). “No es el venezolano un
Estado policial ni la presencia de la
policía política es comparable
a la del G2 cubano o a la de la KGB soviética;
no hay campos de concentración
y, aunque hay presos políticos,
no son miles y ni siquiera un centenar.
En suma, no existe terror de Estado. Hasta
ahora se trata de un propósito
totalitario que dista de haber cuajado
plenamente” (p. 75).
Petkoff reconoce que “es obvio que
Hugo Chávez considera la afirmación
de su poder absoluto como la piedra angular
del proyecto político que motoriza”
(p. 77). E identifica los mecanismos mediante
los cuales Chávez pretende adelantar
su proyecto ‘revolucionario’
y ‘totalitario’, que son tres
procesos convergentes en los que persiste
obstinada y marrulleramente a pesar de
la derrota que sufrió en las urnas
en diciembre 2 del 2007. Son ellos 1)
la Reforma Constitucional que buscaba
recentralizar completamente el Estado,
eliminar cualquier vestigio de contrapesos
a la Presidencia y la reelección
indefinida del presidente de la República;
2) la Ley Habilitante para legislar sin
cortapisas y sobre cualquier materia por
18 meses; 3) el Partido Unido, buscando
llegar al Partido Único leninista
que controle la sociedad (“el quid
del asunto es que Chávez tiene
en mente una sociedad no democrática,
para la cual el partido leniniano que
concibe sí vendría como
anillo al dedo”).
Petkoff concluye su valioso aporte del
capítulo IV con las siguientes
líneas (p.96).
“El camino hacia tal modelo político
y de sociedad (que reproduce el de los
regímenes totalitarios que se edificaron
bajo la enseña del comunismo soviético)
no luce, para el Máximo Líder,
tan liso y amplio como el de una autopista.
Las contradicciones en el seno del chavismo
[.. ], la fuerte presión social
existente en todo el país [..],
hacen que tengamos un cuadro mucho más
matizado y contradictorio que el de la
imagen corriente de un gobierno macizo,
omnipotente, aparentemente sin fisuras.
El descontento popular comienza a alcanzar
de lleno al Gran Jefe [..] El carisma
es como el jabón, se gasta”.
Futuro
Petkoff introduce un capítulo Vº
(¿Qué pasó después
de 2D?) en el que consigna que tal
fecha “fue un punto de inflexión.
Algo que atañe al modelo de liderazgo
del presidente Chávez [..] En el
caso de Chávez se trata de un líder
carismático que ha lesionado severamente
la urdimbre institucional del Estado venezolano
sin haber construido nuevas instituciones
medianamente operativas y eficientes.
Esto hace, por supuesto, que su liderazgo
sea, a largo plazo, estructuralmente más
vulnerable que el de líderes carismáticos
que se acompañan también
de un Estado poderoso.[..} Para decirlo
con las propias palabras de Weber en Economía
y Sociedad: ‘Si la confirmación
(del poder carismático) tarda en
llegar, si aquel que posee la gracia carismática
parece abandonado de su dios, de su poder
mágico o de su poder heroico, si
el éxito es negado por largo tiempo,
si, sobre todo, su gobierno no aporta
ninguna prosperidad a los que él
domina, entonces su autoridad carismática
se halla en peligro de desaparecer’.
El hecho es, entonces, que el poder de
Hugo Chávez ha entrado en la parte
descendente de la parábola.
Esto hace que el líder, conciente
o advertido de su coyuntura en decadencia,
haya apelado a endurecer su autocracia
personalista con base en un mayor control
del Estado y la sociedad venezolana. “En
su tarea de impedir que continúe
escurriéndosele el respaldo popular,
Chávez ha acentuado la brutalidad
de su conducta”. Problemática
actual que caracteriza y analiza el autor
en su capítulo VI (Profundizando
la revolución, páginas
109-123). El robustecimiento del capitalismo
de Estado lo concibe como una palanca
adicional para el control de la sociedad.
De ahí la furia estatizadora que
ha llegado a extremos casi demenciales
(en industrias, tierras, banca, comercio)
y que ha provocado resistencia entre los
trabajadores y sindicatos. De ahí
también las tentativas fallidas
de imponer un currículo ‘bolivariano’
en la educación primaria y secundaria,
y de quebrar la autonomía de las
universidades. De ahí la expansión
exagerada del gasto público, que
además alimenta una gigantesca
inflación, gracias a los siderales
precios del petróleo y los colosales
ingresos que ellos proporcionan al país.
“Chávez se ufana de que promueve
el desarrollo de una economía ‘endógena’
(que no es otra cosa que la sustitución
de las importaciones), pero no hay economía
‘endógena’ que pueda
resistir el peso aplastante de semejante
volumen de importaciones [..] Esto nos
habla de una política económica
que a mediano y largo plazo se hace insostenible”.
“En definitiva, la ‘revolución,
fuera de reproducir pautas tradicionales
del populismo criollo y del capitalismo
de Estado, no ha propiciado ninguna reforma
de la estructura social, y sus logros
se reducen a programas sociales ya fuertemente
deteriorados por la corrupción,
el despilfarro y la discriminación
política, además de no estar
asociados a políticas públicas
dirigidas a crear empleos productivos
permanentes, único camino hacia
la superación sostenible de la
pobreza” (p. 123).
Otros
tópicos
Teodoro Petkoff, en su libro, redondea
y complementa los temas centrales con
comentarios adicionales que resultan interesantes
y llamativos. Tales los que dedica a la
escena internacional (capítulo
VII), la petrodiplomacia (capítulo
VIII) y la ideología sobre si Chávez
es de izquierda o nó (capítulo
IX).
• En la escena internacional, “Chávez
descubrió el imperialismo más
o menos en 2005[..] El discurso desintegrador,
acompañado de una práctica
desintegradora y sus frecuentes controversias
con numerosos mandatarios de la región,
en las cuales no se ahorra los calificativos
más despectivos e insultantes,
hacen de Chávez algo así
como el Gran Desintegrador de la comarca”(p.129).
“El Chávez de hoy está
muy lejos de aquel que en su delirio se
veía como líder de un gran
bloque latino-caribeño contra los
gringos [..] Hoy, si se mira con atención
el mapa de América Latina y el
Caribe, toda la costa pacífica
del continente tiene gobiernos que no
congenian con Chávez”(p.131).
“La concepción chavista de
la integración a menudo pareciera
brotar no de los mundos de la economía
y la política, sino más
bien de la psiquis profunda del propio
Chávez [..] El factor determinante
de la política exterior de Chávez
es su personalismo absoluto” (p.
118).
• Respecto de la petrodiplomacia,
“con excepción de Rómulo
Betancourt y, en cierta forma de Caldera,
es Chávez el único gobernante
venezolano que ha hecho del petróleo
un instrumento poderoso y eficiente de
la política exterior- o más
exactamente, de sus propios y particulares
objetivos políticos internacionales.
Lo ha hecho con audacia y claro sentido
geopolítico” (p. 147). “Pero
a pesar de todo, el régimen de
Hugo Chávez es visto cada vez más
como una curiosidad internacional que
como la expresión de un proceso
revolucionario que deba ser tomado en
serio” (p. 167).
• Respecto de la ideología,
“para evitar equívocos debe
señalarse que no se puede calificar
a Chávez de plano, como fascista,
pero sí identificar algunos rasgos,
típicamente fascistoides, en su
conducta. Muchos de los rasgos del ‘Ur
Fascismo’ que Eco analiza pueden
percibirse sin mayor dificultad en el
accionar político de Hugo Chávez
[..] a lo que debe añadirse su
adopción de la famosa conceptualización
de Carl Schmitt, el jurista del nazismo,
acerca de la disyuntiva ‘amigo-enemigo’
como eje articulador de la política”
(p. 172). “La conclusión
se cae de madura. Al régimen de
Chávez podría caberle una
definición de izquierda tan solo
desde la perspectiva del modelo totalitario
a la soviética, pero en ningún
caso puede considerarse el suyo como un
verdadero régimen de izquierda
y mucho menos, democrática. Está
más próximo de los regímenes
totalitarios de ‘izquierda’
que de la socialdemocracia. Sus características
configuran un régimen de vocación
totalitaria, que se acerca peligrosamente
a los regímenes que se derrumbaron
a finales del siglo XX y al sobreviviente
régimen cubano” (p. 183).
• Conviene anotar la tesis de estrategia
política que maneja Petkoff en
varios lugares de su libro y que deja
mal parada a la oposición hasta
el 2006, por lo menos. “No se puede
presentar la actual condición autocrática
del régimen solamente como resultado
de la acción de una ‘aplanadora’
[..] Al menos hasta 2005, no siempre las
políticas opositoras fueron acertadas.
De hecho, la línea general fue
completamente equivocada [..] Es indudable
que en ese combate político entre
2000 y 2006 la oposición habría
adquirido una envergadura mucho más
robusta que aquella raquítica a
la que ella misma se condenó con
el mayúsculo desacierto del golpismo
y la abstenciòn“ (p. 36).
“La estrategia democrática
debe mantenerse, mientras ello sea posible,
sin esguinces ni reservas” (p. 204)-
Conclusión
“El saldo del chavismo es ínfimo
y, lo que es más lamentable, destructivo.
Aquí no ha habido lo que ha sido
denominado ‘destrucción creadora’
sino destrucción por afán
simple y llano de destruir, escudándose
siempre tras la coartada mentirosamente
revolucionaria… Si este régimen
lograra prolongarse en el tiempo, Venezuela
terminará siendo un despojo económico,
político, institucional y moral
mucho mayor de lo que ya es” (p.
202-203).
08-05-2011