Haití, República en desolación (Editorial 47)
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Haiti, Republica en desolacion
 

Algo de historia
Haití fue el segundo país, después de Estados Unidos, en haber logrado su independencia republicana. Su historia, sin embargo, está marcada por una muy generalizada e insufrible pobreza que ha sido caldo de cultivo para una recurrente anarquía social e inestabilidad política. Estados Unidos ocuparon Haití desde 1915 hasta 1934. Vino la Constitución de 1957, que estableció un gobierno central fuerte. “La Constitución es de papel, las bayonetas son de acero”, dice un aforismo haitiano. Sobrevino una dictadura brutal de infeliz recordación por 29 años, de Francois Duvalier, Papá Doc (quien muere en 1971) y Jean-Claude, su hijo (Baby Doc), quien en 1986 se exilia opulentamente con su esposa en Francia. Hubo intentos de restaurar una cierta democracia, interrumpidos por golpes militares. En 1990 gana las elecciones, en forma limpia y apabullante, el ex sacerdote católico Aristide, por entonces de 37 años, bien formado por la Congregación Salesiana, quien trató de llevar adelante un programa con motivación cristiana a favor de los pobres, en alianza con fuerzas de izquierda, propugnando una Justicia social desde el Estado. Representó un nacionalismo progresista con elementos de un populismo abiertamente antinorteamericano. A los 8 meses es sacado del poder por un cuartelazo y después en el 2001 volvió a ganar las lecciones y fue de nuevo defenestrado. Está todavía exiliado en Sudáfrica.

 
 

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Factores de desolación
No hay palabras apropiadas para definir la cruel situación de inhumanidad que por más de 200 años se ha adueñado de Haití. André Corten, en su libro “Miseria, religión y política” (París 2001), propone para designar el subproducto de tantos factores negativos, la palabra DESOLACIÓN. En esa condición han estado y siguen estando millones de isleños que viven muy por debajo de la pobreza absoluta, en la promiscuidad, la violencia, la falta de todo nexo o sostén social, que vegetan en la imposibilidad de ser personas con derechos inalienables que cubran sus necesidades primarias. Es un conglomerado humano condenado a la necesidad y al control social, impuesto desde un semi-Estado débil y des-institucionalizado (un Estado fallido), manejado por poderes paralelos de mafias, grupos armados, cofradías pentecostales o vudús. “Después de Dios, el Estado”, es otro proverbio haitiano. Pero, ¿cuál Estado? ¿Y a qué Dios se refieren?

Y para completar la lista de plagas de años atrás, le ha sobrevenido a Haití (en enero del 2010) uno de los peores terremotos, que mató a 230.000 personas y dejó a más de un millón y medio sin hogar. Con ello, lo poco de Estado que había antes quedó sin poder funcionar y sin capacidad para organizar una reconstrucción. Sobrevino una epidemia de cólera que se propagó por toda la población desprotegida. Una renovación deseada de la clase política se ha mostrado inviable: las elecciones presidenciales en curso no son distintas, en cuanto a sospechas de fraude y manipulación, de las que se celebraban antes de la tragedia. Y para completar el cuadro, una de las peores langostas que asoló el país durante 15 años (la dictadura de Baby Doc Duvalier) cayó de improviso con su regreso al país, confiado en la mala memoria del pueblo explotado y calculando que la poca eficiencia de un Estado fallido podría ahora facilitar la readquisición de propiedades y bienes que no pudo llevarse cuando se exilió en Francia.

¿Un país sonámbulo?
Bien ha comentado El País de Madrid (12 enero 2011) que “un año después del terremoto, Haití no ha logrado sobreponerse a sus efectos. Haití se ha convertido en un país sonámbulo que no termina de recuperar la conciencia”. En palabras del filósofo y analista francés Regis Debray: “Haití fue, hasta los Duvalier incluidos, un Estado sin nación. Lo que emerge hoy es una sociedad sin Estado”. El dato duro es que las pesadillas son recurrentes. Es evidente la necesidad de pasar de la asistencia social al “State building (“construcción del Estado nacional”). La ayuda internacional es imprescindible, pero también lo es la existencia de un Gobierno honesto y comprometido con la reconstrucción. El reto para Haití y la comunidad internacional es descomunal: cómo construir un Estado y una sociedad eficientes que respondan a la voluntad de su pueblo.

Conclusión
Hay quienes estiman que los únicos que pueden resolver sus problemas son los propios haitianos y que lo mejor es dejarlos solos para que lo hagan. Otra línea de opinión aboga por un apoyo sostenido hasta que este territorio salga de su condición de “Estado fallido”. Los que así piensan creen que dejar a los haitianos a su suerte tarde o temprano redundará en una mayor e inmanejable crisis con alcances internacionales.

 

13/03/2011