2)
El lulismo de Lula
No
se trata de un concepto, ni de un mero
movimiento político. El Lulismo
puede ser entendido como un intento de
modelo gerencial del Estado y de la gobernabilidad
política. Algo que se enmarca en
el campo de la ingeniería política
y no constituye por sí solo ni
un proyecto de desarrollo ni un proyecto
estratégico de país. Como
intento de modelo gerencial, posee una
marca inconfundible de sano pragmatismo,
que caracterizó todos los 8 años
de gobierno de Lula da Silva. El Lulismo
comenzó a fraguar en la campaña
presidencial de Lula en 1994; se configuró
con sus principales componentes en junio
2002, cuando se adoptó la Carta
al Pueblo Brasileño, que alteraba
profundamente el inicial proyecto del
PT (Partido de Trabajadores). Había
en el discurso original del PT un sentimiento
solidario, comunitario y moralista que
lo convertía en un discurso de
masas, autónomo y crítico,
que vehiculaba un cierto mesianismo con
lenguaje mágico carismático,
tomado de sectores católicos progresistas
(Teología de la Liberación
de los años 80) con su organización
de comunidades eclesiales de base. Todos
ellos elementos que en buena hora no fueron
dejados de lado sino incorporados coherentemente
al Lulismo y son parte del secreto de
su éxito popular.
3)
¿Un lulismo sin Lula?
Sin
haber desempeñado en su vida cargos
políticos ni burocráticos,
sin la escuela práctica de largos
años de sindicalismo y luchas laborales,
sin tener seguro el control indispensable
del complejo y versátil Partido
de Trabajadores (principal apoyo de su
mandato), no se ve claro cómo pueda
la economista Dilma aglutinar lo que fue
el Lulismo de Lula y llevar adelante con
rumbo definido -sin timonazos bruscos
ni sorpresas- la nave gigantesca de ese
Brasil que con tanto acierto y pragmatismo
condujo Lula da Silva.
El mayor desafío político
de Rousseff será encontrar la combinación
perfecta para conjugar y mantener la continuidad
de los logros de Lula (razón por
la cual ganó las elecciones), con
las exigencias de los nuevos tiempos.
Además de imprimirle a todo el
proceso su sello personal y propio. Como
puntualiza bien un atinado editorial de
El Tiempo de Bogotá, “en
la selección de su gabinete y en
su discurso de posesión, la mandataria
ya empezó a construir los vasos
comunicantes con el gobierno anterior:
16 de sus ministros trabajaron con Da
Silva, su equipo económico refleja
el seguimiento de las exitosas políticas
lulistas y disipó las dudas iniciales
de sectores del empresariado sobre un
eventual viraje drástico hacia
la izquierda en materia económica”.
Como
si fuera poco la magnitud de las tareas
a las que tiene que atender la nueva presidenta,
en la agenda del Lulismo quedan pendientes
de planificar y ejecutar un largo trecho
de ejecutorias a las que Lula no alcanzó
a atender. Tales el incremento de la actividad
económica con políticas
sociales consistentes y creativas; reformas
estructurales pendientes (reforma tributaria
que propicie la producción; reforma
agraria que asegure la paz en el campo;
reforma de la seguridad social; reforma
laboral); políticas estructurales
que combatan el déficit habitacional,
el hambre y la inseguridad pública.
Y no se puede excluir que la nueva gobernante
tenga que lidiar ahora con una oposición
política sobre la cual Lula con
habilidad y carisma sobrevoló.
16/01/2011