Venezuela : Sigue la farsa de la revolución bonita (Editorial 112)
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El proceso electoral presidencial que culminó el pasado 7 de octubre en Venezuela marca un hito democrático en su historia política. El 'bravo' pueblo se manifestó masivamente en las urnas con paz, disciplina y apenas un 16% de abstención (algo modelo para cualquier país que se llame democrático). El CNE (Consejo Nacional Electoral) quedó bien parado por su organización, seriedad, transparencia y confiabilidad que supo imprimir al proceso y a su rápido conteo. El resultado final del 55% a favor del presidente Chávez (8 millones de votos) y del 45% a favor del joven candidato Capriles (6 millones y medio) resultó contundente aunque sorpresivo para el sector opositor por las proyecciones que abrigaba, bien fundamentadas por la unidad lograda alrededor de la MUD (Mesa de Unidad Democrática), su organización, sus programas y excelente desempeño de su candidato. Quedaron varias lecciones útiles para los vencedores y para los vencidos "por ahora".

 

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El personaje controvertido

¿Quién es Hugo Chávez Frías?, se pregunta todo el mundo (Manuel CABALLERO: La gestación de Hugo Chávez, Caracas 2000):

¿Es Chávez un líder popular adorado por las masas? ¿Es un demócrata? ¿Es un fascista? ¿Es un demagogo populista? ¿Es un caudillo de esos que han plagado la historia de América Latina? ¿Es un gobernante con autoridad, o un gobernante autoritario? ¿Es un iluminado mesiánico? ¿Es un militar típico? ¿Es un venezolano del montón, en quien el país se reconoce?

Mucho se ha escrito y se seguirá escribiendo sobre el perfil personal de Chávez y las características bizarras de lo que ha sido hasta ahora su estilo de gobierno. Ellas darían para que Gabriel García Márquez enriqueciera novedosamente el prototipo de dictador caribeño y latinoamericano que delineó con maestría en El otoño del patriarca, recogiendo allí, en un solo personaje, los rasgos de singulares gobernantes de muchas de nuestras repúblicas.
Uno de los mejores retratos de Chávez es el elaborado por quien fuera tenaz oponente político (Jorge OLAVARRIA, El Nacional, 21 enero 2002) : "Hay que reconocer que es un hombre de una astucia y una temeridad excepcional, de un gran carisma personal. Es un encantador de serpientes. Yo creo que es el demagogo más poderoso, más convincente de la Venezuela del siglo XX. Por eso no hay que subestimarlo. Los que piensan que Chávez está caído están equivocados, porque sería un salto atrás".

Algunos acuciosos críticos (que los hay) hablan de una especie de desdoblamiento de personalidad (de dos Chávez en un mismo sujeto) que recordaría al personaje del escritor Shakespeare (Hamlet), que se debate trágicamente entre el “ser o no-ser” de la democracia (to be or not to be, that’s the question).”Tenemos hoy un Hamlet que se pasea por Miraflores”, afirma Tulio Hernández en entrevista concedida a Aníbal Romero (El Nacional 13 octubre 1999):"Allá en el exterior, es el conciliador, el apaciguador, el paladín de la concordia y la armonía. Aquí dentro, en Venezuela, es el guerrero implacable, el atizador de conflictos, el acusador amenazante. ¿Dónde está la verdad? ¿A dónde vamos? ¿Se trata de un drama o de una comedia? ¿Cómo es el personaje ‘real’ o qué se propone más allá de las cambiantes máscaras? El espectáculo trae a la memoria la admirable estrofa de Pessoa: ‘Tengo más almas que una/ Hay más yos que yo mismo/ No obstante, existo/ Indiferente a todos/ Los hago callar: yo hablo".

Hay tres rasgos suyos que subrayan algunos sectores de la opinión pública así como sus críticos de oficio.

1) Uno, su carácter de matón buscapleitos e intimidador, rencoroso, vengativo, soez e insultante, cazando peleas con todos los sectores influyentes del país ya sean sindicatos, empresarios, medios de comunicación, Iglesia Católica, intelectuales, artistas (“Un presidente ‘pelietas”, Semana, Bogotá, 9 agosto 1999, Cartas).

2) Dos, la adopción de la mentira, la hipocresía, el cinismo como sistema de relación en cosas del gobierno y aun de las relaciones internacionales. Según el célebre caricaturista Pedro León Zapata: “Hay también una cosa que caracteriza al Presidente y es la mentira; el Presidente miente de la manera más descarada” (El Nacional, 17 enero 2002).

3) Tres, el abandono de sus amigos y el que se va quedando sólo porque “termina destruyendo todo lo que ama” (en expresión de Manuel Quijada). Es muy significativo el comentario general que hizo sobre Chávez un autorizado militante de la izquierda venezolana, alguien quien fue amigo suyo y lo acompañó en un largo tramo inicial de su proceso revolucionario (Luis Miquilena, El Nacional, Caracas, 9 octubre 2002): "Bueno, yo te digo con toda sinceridad que al Chávez que hoy ejerce el poder yo no lo conozco… yo lo creía un hombre humilde…Pero el Chávez de ahora, ese Chávez lleno de soberbia, ese Chávez lleno de vanidad, ese Chávez lleno de prepotencia, no lo conozco. Ese Chávez intolerante que humilla a sus colaboradores, a la corte de sigüises que lo rodea, que le ríe hasta los chistes malos, se los ríe y les hace gracia".

Varios estudios serios, incluido alguno desde el extranjero (Reiner LUYKEN, Die Zeit, Hamburgo), están acordes en clasificar los rasgos bizarros de conducta del presidente Chávez como un caso de histrionismo narcisista. A juicio de su amigo, el psiquiatra Edmundo Chirinos, “el primer mandatario, aunque es un hombre normal, tiende a ser vanidoso y tiene rasgos de narcisismo, que son acompañados por fuertes dosis de impulsividad y autoritarismo” (El Nacional, 9 diciembre 2001).

Como cualidades significativas se suelen destacar en nuestro personaje dos principalmente:

1) la de consumado estratega (con suficiente flexibilidad en el pensar y accionar),

y 2) la de innegable comunicador político (Italo PIZZOLANTE NEGRON, profesor del IESA: El Nacional, 28 junio 1999).

Chávez ha resultado ser un presidente mediático, un comunicador efectivo. Muy temprano asumió el terreno comunicacional como su espacio de lugar privilegiado para la lucha política. Como presidente no sólo ha sido portador de noticias, sino que él es la permanente noticia. Su gobierno se ha convertido en una voz, en un discurso perpetuo, el suyo. El uso y abuso de sus frecuentes “cadenas” de radio y televisión y un abundante “centimetraje” en la prensa escrita, le han ayudado a la alta concentración de poder y a su elevada popularidad en sectores de una mitad del país, pero tiene aburrida a la otra mitad. Para un periodista norteamericano, se ha convertido en un showman, “que increpa a sus adversarios, canta (con gusto, pero mal), recita poesía, cuenta chistes y por lo general hace el papel de actor aficionado” (El Nacional, 9 diciembre 2001). Tiene el perfil perfecto del entertainer, del entretenedor -admite Antonio Sánchez García (en su libro Venezuela en la encrucijada, p. 183)

Entre los observadores internacionales hay comentarios de escritores consagrados que recogen aspectos interesantes del personaje entrevistado, sin esconder su entusiasmo por él, pero a la vez sembrando una duda escéptica sobre su desempeño y su futuro.

El mexicano Carlos Fuentes dejó unas páginas sobre “el inquietante coronel Chávez”. El premio Nobel de literatura, Gabriel García Márquez, amigo personal de Castro, entrevistó a Chávez mientras viajaban juntos de La Habana a Caracas (Entrevista publicada simultáneamente, con el mismo título “El enigma de los dos Chávez” en El País de Madrid y El Universal de Caracas, el 31 enero 1999). Concluye diciendo: “Mientras se alejaba entre sus escoltas militares, me estremeció la inspiración de que había viajado y conversado a gusto con dos hombres opuestos. Uno a quien la suerte empedernida le ofrecía la oportunidad de salvar a su país. Y el otro, un ilusionista, que podía pasar a la historia como un déspota más”. El mexicano Jorge Castañeda, quien fuera ministro de relaciones exteriores de Fox tiene interesantes observaciones sobre “Chávez como fenómeno” (El Nacional, 13 junio y 26 septiembre 1999). El argentino Mempo Gardinelli, aunque lo diferencia muy bien de los gorilas militares de su país, termina calificándolo de “fascinante y sospechable” (El Nacional, 24 octubre 1999). “Me gustan muchas de las cosas que Chávez sostiene y hace, pero no me gusta nada el aura de providencialidad que lo rodea”. Su compatriota, el escritor Tomás Eloy Martínez, es más radical en sus apreciaciones (“Entrevista”, El Nacional, 26 septiembre 1999). Su primera impresión del personaje: “Un muchachote franco, seductor, obsesionado por llevar adelante su proyecto político sin medir demasiado sus consecuencias”. Pero tras haberlo oído en las grabaciones, dice haberse dado cuenta de que “es un fanático, un obsesivo o un utopista, dispuesto a llevar adelante el proyecto bolivariano sea cual fuere el precio”. Y se pregunta si será el último de una estirpe o “el primero de una especie nueva, desconocida y tal vez más temible que las anteriores”.

La farsa de la revolución

- Antes que nada, quiero precisar el significado de la palabra "farsa" según el Diccionario Esencial de la Lengua Española. Equivale a enredo, trama para aparentar o engañar, engañifa, engaño artificioso con apariencia de utilidad-.

El término ´revolución´ no es nuevo en la historia política de Venezuela. Si hay país donde se haya abusado de ese concepto, ese es Venezuela. Aquí ha habido varias supuestas revoluciones: la Revolución Azul, la Federal, la Liberal Restauradora, la de Octubre. Pero nunca como ahora, con una retórica gubernamental repetitiva, el término ha estado más presente que en coyunturas pretéritas.
El término en su verdadero significado implica algo serio, empeñativo, radical. No es un juego de rebeldes con causa o sin causa; no es una aventura más sin saber a dónde se va; no es un simple relevo de quienes mandan en el país; no es la amenaza de reformas contra los que tienen a favor de los que no tienen. Una revolución es un cambio sustancial de las estructuras de una sociedad. Es un remezón de lo que existe para construir el diseño exigente de lo que viene. Se la suele definir con criterios económicos, políticos y sociales. En este caso, la chavista es la única revolución que se define con un criterio estético: la ‘revolución bonita’. Y a catorce años de su propuesta -y ganada otra elección presidencial- todavía no sabemos hacia dónde quiere conducir y cuál la sociedad modelo o utópica hacia la que fuerza a ir al colectivo.

La “revolución bolivariana” ha animado desde el comienzo todo el proceso de cambio liderado por el Comandante Chávez Frías. Ha sido el eterno 'ritornello' de sus discursos, la consigna para todos su seguidores a cualquier nivel; el justificativo moral para las acciones de toma de poder y retención de él. Se la convirtió en la gran bandera que flotando desde la patria de Bolívar quisiera movilizar y arropar a las causas nobles de nuestro subcontinente.

A la luz de los conductores que han hecho realmente revoluciones en la historia y de sus grandes ideólogos y sistematizadores, una revolución es cosa seria y de gran aliento. No es un juego de improvisación ni una aventura de aficionados. Requiere como mínimo tres ingredientes para ser, hacerse y mantenerse: 1) Un nuevo orden que implica una ruptura radical con el anterior. 2) Un tipo de organización popular. 3) Un largo camino de formación ideológica y política.

1) Aunque se lo llame ‘revolución’, el proceso de cambio liderado por Hugo Chávez no ha representado en 14 años -ni parece vaya a representar en otros 6- un cambio radical. No ha acometido el gran objetivo de alterar la estructura económica que se mantiene en Venezuela desde 1917 -inicio de la era petrolera- con miras a revertir el proceso de creación y distribución de la riqueza social, contra la cual ha hablado tanto. Los rasgos de la peculiar patología de la economía venezolana se han acentuado, a lo que ha contribuido el alto nivel de precios del petróleo que ha venido creciendo paulatinamente desde 1999 hasta nuestros días -pasando de los 100 $ dol. barril. Y no se ve cómo una incierta reforma del Estado, de la que poco habla Chávez, vaya a modificar radicalmente el ‘Estado rentista petrolero’ de Venezuela, en el que estamos sumergidos (y hasta contentos), y del que salen abundantemente todos los recursos para la ‘revolución bonita’, sus agentes y su maquinaria.

2) Las revoluciones son el resultado de una gestión social y de una organización popular muy compleja, de la que carece la ‘revolución’ chavista. El MVR (Movimiento Vª República) y ahora el PSUV (Partido Socialista Unido de Venezuela) que eran los indicados para motorizar la ‘revolución’ hasta lograr el control de los resortes del poder y luégo, los mejor posicionados para recubrir los cargos importantes del aparato estatal, han sido el gran fracaso reconocido por sus propios dirigentes, y casi dejados a un lado por el Jefe que es el único que toma las decisiones y designa los ejecutores. No existe una organización social que sea sólida y garantía de triunfo de esta ‘revolución’ que debería entrar ya en una nueva etapa, la de realizaciones y de promesas cumplidas para un electorado necesitado y que ha mostrado su cansancio y desaliento en más de 6 millones de votantes (un 45% de ciudadanos). Guillermo García Ponce, uno de los principales asesores ideológicos del Comandante Hugo Chávez -y personaje libre de cualquier sospecha para el régimen-, desde 2002 (El Nacional, 20 enero ) había venido insistiendo en la necesidad de organización para defender la revolución. Y advertía que la revolución requería de un alicate propio fuerte y no de mercenarios trepadores: "Una de las fallas fundamentales de este proceso es que se ha mantenido el fraccionamiento y la dispersión en el seno de las fuerzas de avanzada, lo que ha permitido una brecha por la cual se han colado trepadores, oportunistas, no identificados políticamente con el proceso"

3) Y esta ‘revolución’ no ha recorrido el camino ideológico de formación, que suele ser largo antes de la toma del poder e imprescindible para la misma organización de los militantes y seguidores. Toda revolución socio-política implica una ‘revolución cultural’. La revolución bolchevique -y de ahí para adelante las comunistas- se hicieron siguiendo el manual de formación y organización “¡Qué hacer?”, escrito por el gran estratega Lenin en 1902. La “Larga Marcha” por el inmenso territorio chino fue el instrumento ideado por Mao-Sedung para ir convocando, formando ideológicamente y organizando en milicias armadas las huestes de campesinos con que impondría en China la República Popular. Cuando intentó corregir supuestas desviaciones en su revolución, desató la “Revolución Cultural”, mostrando el valor condicionante que la conciencia y la cultura tienen sobre las reformas económicas. Sólo así puede evitarse que una revolución resulte colonizada por los oportunistas que la emplean como medio para trepar en estatus y alcanzar una riqueza repentina fácil. Otros estrategas han ideado formas alternativas de formación de conciencia revolucionaria y organización de lucha, como el Che Guevara y Castro, con la aplicación que hicieron de los “focos guerrilleros”. Bien ha dicho un gran filósofo político venezolano, Massimo Desiato (14 noviembre 2004, El Nacional) que “las transformaciones sociales profundas y radicales sólo acontecen porque en el escenario aparece una nueva ‘formación social’. ¡Así que no hay transformación sin formación!”'.

La ‘revolución’ tal vez existe en la mente y en el discurso del caudillo, pero es inviable así. El pueblo revolucionario no existe. Existen los ciudadanos que sólo siguen quedando como multitud desorganizada y dispersa. El poder del pueblo (en quien se supone reside la soberanía) ha sido utilizado para los ritos aclamatorios electorales y ha venido siendo succionado en realidad por un único y extremadamente denso centro de dominio: el del comandante Chávez, quien se ha convertido en el “agujero negro” de la política venezolana. Esto no es una verdadera revolución popular (es decir del pueblo) en ninguna época de la historia y en ningún país del mundo. Según el analista Carlos Blanco (cuyo libro citaré más adelante, p. 372), "la promesa de Chávez del gran salto desde el subdesarrollo petrolero al socialismo siglo XXI ha sido un simple chapotear entre dos aguas, sin proyecto real a no ser el de destruir lo anterior, sin poder construir nada alternativo. Ni ha sido socialismo, ni bolivarianismo, ni democracia avanzada, ni tercera vía, sino un intento de derribar a los viejos agentes del sistema político y lograr revivir algunos".

De la proclamada ‘revolución’ no va quedando sino una amarga ‘desilusión’ o quizás menos, una ‘involución’, es decir una marcha atrás de muchos años, una caída impulsada por la ley de la ‘entropía’ que afecta todos los fenómenos de nuestro universo y va llevando a Venezuela hacia la disgregación, a niveles de menor desarrollo y complejidad. Así los presagiaba ya en magnífico libro, el analista Carlos Blanco ( Revolución y desilusión, Caracas, Catarata 2002, p. 78-79) : "El líder, que ha dicho que no es nada, sino apenas un pálpito del pueblo, una brizna llevada y traída por fuerzas que no maneja, termina concibiéndose como el todo, el eje, el líder insustituible, porque al fin y al cabo, es el pueblo transubstanciado. Al final, lo que quedó de la revolución del juego de espejos es Chávez. Él es el pueblo".

"La gran farsa -Balance de gobierno de Hugo Chávez Frías 1998-2012)" se titula el volumen lanzado al público el jueves 27 de septiembre en la sede de El Nacional, Caracas. Es la recopilación de 22 ensayos muy recientes sobre los aspectos más importantes del país, cuyos autores son todos ilustres intelectuales, analistas y escritores. El libro es el resultado de un proyecto de la Mesa de Reflexión Democrática y fue presentado por su compilador el Dr. Quirós Corradi en los términos que transcribo a continuación.

"Las caracterizaciones de la farsa son indispensables para la comprensión de la actual tragedia nacional. En sus narraciones encontraremos un balance difícil, entre el rigor académico de la investigación y la soltura de un comentario no exento de humor.

El hilo conductor que le da coherencia a los diferentes capítulos es la noción de farsa presente en las ofertas, las definiciones y hasta la ideología -que no lo es- utilizada por Chávez para crear un país artificial de proyectos inconclusos. Una imaginería que actúa como el opio de los pueblos, que pretende hacer ver lo que no existe, disfrutar con lo que no se tiene y soñar con lo que no vendrá.

El antídoto contra lo anterior es un estímulo lo suficientemente fuerte para despertar la conciencia colectiva y sacudir el letargo que produce la espera constante.

Este libro pretende ser ese estímulo. Contiene en sus diversos enfoques y estilos información abundante y necesaria para que quienes lo lean, ciudadanos todos, sufran el discurso de Chávez como lo que es: un conjunto de mentiras y vaguedades que suman una gran farsa que tiene como único propósito adormecer a la población para someterla al capricho de un tirano".

Conclusión

Con Massimo Desiato, podemos hoy suscribir lo que él ya afirmaba hace 10 años (“¿Utopismo o pragmatismo?”, El Nacional, 16 diciembre 2001): “la revolución bolivariana, denominada por Manuel Caballero, ‘revolución de saliva’, activa una mala utopía, aquella que no promueve ni incentiva la acción”. No es propiamente ‘revolución’ ni ‘bolivariana’, aunque se haya querido ‘rescatar’ a Bolívar aduciéndolo frecuentemente, pero mutilándolo con frecuencia, al citarlo fuera de contexto, sin que el héroe pueda quejarse.
Lamentablemente "hasta ahora", esta ´revolución´ chavista no hace sino corroborar -en la actual coyuntura- el severo juicio de Level de Goda sobre la historia política de Venezuela (Historia Contemporánea de Venezuela 1893, citado por Antonio Sánchez García, Dictadura o democracia. Venezuela en la encrucijada, Caracas 2003, p.9) :

"Las revoluciones no han producido en Venezuela sino el caudillaje más vulgar, gobiernos personales y de caciques, grandes desórdenes y desafueros, corrupción y una larga y horrenda tiranía, la ruina moral del país y la degradación de un gran número de venezolanos".

11-10-12