Unión Europea ¿Camino al precipicio? (Editorial 108)
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Bandera Union Europea
 

La Unión Europea ha sido un excelente proyecto político desde 1945. Supuestos los 67 años consecutivos de paz, en 55 años los 27 países que hoy constituyen la UE venían logrando un exitoso proceso de integración y desde octubre de 2007 habían adoptado un Estatuto común -parecido a la Constitución Política de una nación moderna- que deberá entrar en vigor para todos los miembros al comienzo de 2014. El Estatuto llamado de Lisboa (donde fue aprobado por lo jefes de Estado) configura una especie de Estado Federal flexible y de ninguna manera un super-Estado central, de ingrata recordación para los europeos. Hoy ellos tienen conciencia de que son algo más que un mercado libre. Que son también una comunidad de valores y de anhelos. En el nuevo tablero geopolítico del planeta y frente a grandes bloques que se han configurando y las nuevas potencias que están emergiendo, el nuevo Estatuto va a garantizar por años a Europa una audiencia más respetuosa, una acción colectiva más eficaz, un mayor peso en las decisiones del mundo. Su secreto para mantener la unidad, propiciar un buen desarrollo económico y favorecer un fantástico alto nivel de vida de sus habitantes (no comparable con el de nuestros países de desarrollo limitado) era su capacidad de generar acuerdos que permitieran que sus líderes se sintieran todos ganadores y ninguno perdedor. Lamentablemente hoy las cosas han cambiado. Se abre la boca de una fuerte crisis económica, social, y política que configura un precipicio que amenaza con engullirse a varios países de la UE. Caso patéticos recientes los de Grecia y ahora España, que ponen en duda la misma supervivencia de la UE, al cuestionarse la unidad monetaria con base en el euro y políticas de obligatorio cumplimiento como la “austeridad” para todos.

 
 

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¿Hacia un suicidio económico?
Paul Krugman, premio Nobel de Economía 2008, profesor en Princeton, en clarividente artículo (El País 22 abril 2012) sostiene como tesis que “la austeridad fiscal que promueve Alemania está ahogando a sus socios europeos”. Hubo intentos previos que atenuaron el pánico que ya se insinuaba meses atrás. Tal el rescate al que acudió el Banco Central Europeo –homólogo de la Reserva Federal de Estados Unidos- que ofreció a los bancos europeos unas líneas de crédito indefinidas con tal que presentaran bonos de los Gobiernos europeos como garantía. Esto ayudó directamente a los bancos e indirectamente a los Gobiernos. Y calmó un tanto los ánimos. Pero la crisis fiscal sigue apretando a varios gobiernos que -puestos contra la pared para atender a solucionarla- van alimentando con sus medidas una crisis económica y social más profunda que se convierte en depresión y llega a ser recesión de múltiples e imponderables efectos, como es el caso de España, “actualmente el epicentro de la crisis”.

¿Austeridad para España?
La crisis actual de España y la faena de su manejo por el nuevo gobierno de Rajoy resultan inauditas y poco entendibles para quienes vemos los toros desde la lejana barrera latinoamericana. España no era derrochadora desde un punto de vista fiscal. En los albores de la crisis tenía una deuda baja y superávit presupuestario. Desde la era franquista – y aprovechando la infraestructura industrial, social y educativa que ella dejó- España venía con índices positivos de crecimiento y organización social-política que le permitieron acumular riqueza y un alto nivel de vida, modelo para nuestros países hispano-parlantes. Situación general muy diferente a la de otros países miembros de la UE. Pero sí tenía una enorme burbuja inmobiliaria que en gran medida fue posible gracias a los grandes préstamos de los bancos alemanes a sus homólogos españoles. Y lamentablemente, “cuando la burbuja estalló, la economía española fue abandonada a su suerte. Los problemas fiscales españoles son una consecuencia de su depresión, no su causa” (Krugman).
Le receta que procede de Alemania recomendando una austeridad fiscal aún mayor, por lo menos en el caso concreto de España es un remedio que puede resultar más contraproducente que la enfermedad. Los presidentes de gobierno Rajoy (de España) y Monti (de Italia) lo previeron y aliados trataron de torcerle el brazo a Berlín. Pero solo en parte lo lograron. Y la línea de “austeridad” se les sigue imponiendo como política de la UE aunque insista Hollande (Francia) en que debe complementarse con cierto “crecimiento”.
Con inusitada rapidez, el gobierno de Mariano Rajoy anunció el pasado 11 de julio un paquete de medidas de austeridad (el más fuerte en la historia de España) que van a convertirse en dentelladas sangrientas y acarrear peores males para el país entero. Utilizo un excelente artículo de la corresponsal del Time en España, Lisa Abend (“Spain austerity bites”, july 12, 2012). El solo anuncio (que incluía el alza del IVA del 18 al 21%) cayó como un baldado de agua fría precisamente el día cuando comenzaba la estación de las compra-ventas alegres y masivas de los ciudadanos y el comercio. Se suprime un bono navideño de las ayudas de que gozan los empleados civiles, reduce en un 10% los beneficios para los desempleados y recorta en un 30% los presupuestos de los ministerios públicos, medidas que había antes desaprobado Rajoy. El conjunto de reducción en los gastos del gobierno puede ser de 25 billones de euros (lo que no es una pamplinada si se tiene en cuenta que el déficit total es cerca de 90 billones”, observa Eduardo Martínez-Abascal, economista del IESE de Barcelona. “España no tenía opción de escoger, expresó Rajoy. No hay otro camino, Tenemos que salir de este hoyo y tenemos que hacerlo lo más pronto posible, y no hay espacio para fantasías o improvisación”.
Pero los resultados -así como pueden ayudar a sanear algunos aspectos de la economía (sobre todo financieros) y aliviar el problema inmediato de la deuda- pueden golpear severamente una recuperación a futuro, pues lo que realmente se necesita es reactivar la economía! En efecto, la reducción de salarios y beneficios, el aumento del desempleo (‘paro’) que ya pasa del 40%, la disminución de los subsidios, el alza en medicinas y educación, llevará a una disminución del consumo y del gasto de la gente. Todo ello se traducirá en menores ingresos para el fisco -y en un círculo vicioso- en desestímulo para la producción de bienes y consumo, ahondando así la espiral de recesión. Configurando una situación precaria para mucha gente. Que va generando un creciente desencanto social y aun fuertes protestas de ciudadanos que ya comienzan a darse en las ciudades y por parte de gremios que se ven afectados como los mineros del Norte. Todo lo cual puede derivar en cuestionamiento político contra el gobierno de turno y su partido.
Cuando “en realidad lo que necesitamos estar haciendo es impulsar el crecimiento”, afirma con autoridad Fernando Luengo, profesor de economía aplicada de la célebre Universidad Complutense de Madrid (antigua Alcalá de Henares).
¿Cuál sería la alternativa? Kruger recuerda que “en la década de 1930 -una época cuyos detalles la Europa moderna está empezando a reproducir de forma cada vez más fiel- el requisito fundamental para la recuperación fue una salida del patrón oro. La medida equivalente ahora sería una salida del euro, y el restablecimiento de las monedas nacionales. Pueden decir que esto es inconcebible, y que sin duda alguna sería enormemente perjudicial tanto económica como políticamente. Pero lo que es realmente inconcebible es mantener el rumbo actual e imponer una austeridad cada vez más rigurosa a países que ya están sufriendo un desempleo como el de la época de la Depresión norteamericana”.

¿Reducción de soberanías?
Lluis Bassets, co-director de El País, buen conocedor de todo lo español y especialmente de Cataluña, con su estilo brillante y sin rodeos, tiene dos artículos que invitan a la reflexión. El uno titulado “Europa convulsa” (08-12-2012) y el otro “?Qué dosis de Europa necesitamos? “ (11-12-2011). En el primero (diciembre de 2011) ya advertía que “el soberanismo está de luto en Europa. Se está preparando para los próximos días la mayor cesión de soberanía que hayan protagonizado las viejas naciones europeas desde los tratados de Roma y de Maastricht. Con el primero de los tratados, en 1957, se cedió la política arancelaria, sentando así las bases del mercado único. Con el segundo, en 1992, desaparecieron las monedas, símbolos nacionales hasta entonces al mismo título al menos que las banderas, y las políticas monetarias (que permiten la fijación de los tipos de interés y de cambio), sentando a su vez las bases de la actual crisis de las deudas soberanas. Con esta cumbre se quiere demandar a los viejos Estados que cedan entera su política presupuestaria, que es como decir el alma política del Estado nacional”.

 

Conclusiones

1ª. La propuesta de salirse del euro suena bien, con tinte nacionalista. España al salirse de dicha camisa de fuerza para hacer por su cuenta una economía expansionista de agresivas exportaciones y competencia de precios, en poco tiempo estaría pagando deudas y alimentando crecimiento y recuperando mejores niveles de vida. Pero la propuesta resulta muy atrevida porque atenta económica y políticamente contra la unidad tan largamente lograda por la UE. Y ni siquiera Grecia -que ya tocó fondo en su crisis- se atreve a dar dicho paso saliéndose de la UE. “No hay salvación en el mundo global para los socios de la vieja Europa si cada uno va por su cuenta. No la hay ni siquiera para los países que juegan en la liga superior y se llevan todos los campeonatos, que son Alemania y Francia. No se trata tan solo de existir en el mundo, sino de sobrevivir en condiciones aceptables, que no empeoren sustancialmente el fantástico tren de vida que hemos tenido los europeos en los últimos 30 años. No están en juego tan solo los orgullos nacionales, las sillas en el G20 o en el Consejo de Seguridad, es decir, el peso, la influencia y visibilidad de los europeos en el mundo; sino cuestiones más próximas y tangibles como son lisa y llanamente nuestro bienestar y nuestras formas de vida, que solo se pueden preservar en el marco de una Unión Europea que funcione” (Kruger)

2ª Respecto de la cesión de soberanías (nacionales) en favor de la comunidad transnacional europea, con sus exigencias fuertes y aun dolorosas para los miembros débiles, “el problema es conocer la dosis exacta de Europa, es decir, la cantidad de soberanía que hay que transferir hacia arriba, cuestión de la que se ocuparon -a finales de 2011- los jefes de Estado y de Gobierno de los 27. Pero no basta con saber cuánta Europa hay que echar en la retorta para dar con la fórmula que corte por lo sano esta crisis de la deuda, sino que además debemos tener en cuenta cuánta nación propia somos capaces de ceder” Bassets).

3ª Aunque no nos toquen tan de cerca, las lecciones de las crisis en países europeos nos son muy útiles para prevenir a tiempo ciertos fenómenos parecidos de subdesarrollo económico, efectos de injusticia social y errores políticos en su manejo.

20-07-12