Por
su parte, bien observa María Paulina
Ortiz, de la redacción de El Tiempo
en Bogotá: “No hay un solo
Estados Unidos. Como no hay una Colombia.
La definición depende de dónde
se pone el foco. Lo que aparece en ‘Sam
no es mi tío’ son múltiples
miradas. Crónicas que narran casos
particulares, historias que describen
a miles de personas. Según el país
de América Latina de donde se provenga,
puede variar la idea de Estados Unidos.
"Creo que los argentinos tenemos
la relación más antiamericana
de América Latina -opina Fonseca-.
Colombia, me da la impresión, tiene
un vínculo más amistoso.
Los mexicanos tienen el suyo. Cada uno
vive su relación de resistencia,
dependiendo de dónde esté
parado ideológicamente".
Dos grandes símbolos
Los Estados Unidos se representan de ordinario
por dos tipos de imágenes o íconos
muy populares. Uno EL TIO SAM, un viejo
delgado y alto, de barba cuidada y vestido
formal, creación de Betsy Cross.
El Tio Sam simboliza el gobierno, que
requiere, negocia, pide sacrificios a
sus ciudadanos. El otro, COLUMBIA, o la
Diosa de la Libertad, mujer corpulenta
y maternal, con vestido de amplios pliegues,
coronada con una diadema y una antorcha
flameando en una de sus manos. Representa
la tierra de libertad y oportunidades,
la América fértil y generosa.
Erik Erikson, psicoanalista, en su libro
“Niñez y Sociedad”,
señala que a la mayoría
de los norteamericanos se les plantean
dos alternativas polarizadas: caminos
abiertos de innovación o envidiosas
islas de tradición; generoso internacionalismo
o desafiante aislacionismo; ruidosa competición
o modesta cooperación.
Pueblo de paradoja
Por un conjunto de factores, el pueblo
de Estados Unidos de Norteamérica
es singularmente biforme, paradógico,
ambivalente. Romoli-Venturi ha podido
afirmar que “pareciera que todas
las tensiones del mundo han sido importadas
por EUA”. Ya en 1831 ese gran analista
francés que fue Alexis de Tocqueville
se sorprendía de encontrar dos
caras tan diferentes de Norteamérica:
“la variabilidad de la mayor parte
de las acciones humanas y la fija estabilidad
de ciertos principios”. Los hombres
le parecían en constante movimiento,
pero sus mentes como fijadas con clavos.
Con razón, hace más de un
siglo, en 1898, el inglés James
Fullarton, después de vivir 4 años
en EUA tituló su libro “La
tierra de contrastes”.
Como
lo advirtió, en su tiempo, George
Santayana, el norteamericano “es
un idealista que trabaja sobre lo material”.
En él se dan cita la corriente
trascendental -propiciada por Jonathan
Edwards y refinada por Ralph Waldo Emerson-;
y la corriente práctica convertida
por Benjamin Franklin en una filosofía
del sentido común. Bien ha recogido
Michael Kammen todos estos aspectos de
la cultura norteamericana en un magnífico
libro que obtuvo el Premio Pulitzer, titulado
en inglés “People of
Paradox” y que puedo traducir
libremente “Pueblo aparentemente
contradictorio “, publicado por
Oxford University Press. Libro en mi poder
que he vuelto a repasar para este comentario.
Kammen recoge sus hallazgos en la página
116, cuando define la amalgama norteamericana
como “un individualismo colectivo,
que se expresa como liberalismo conservador
en la vida política, como idealismo
pragmático en la vida cerebral
de los norteamericanos, como racionalismo
emocional en su vida espiritual y como
divino materialismo en su vida consumista”.
Dimensiones contrapuestas y complementarias
del pueblo norteamericano, que afloran
claramente en las campañas políticas
cuando se enfrentan partidos y posiciones
ciudadanas de todo género.
Conclusión
En América Latina tenemos que reconocer
que seguimos siendo tocados directa o
indirectamente por los Estados Unidos.
Desde dentro o desde afuera. No hay modo
de escapar a su imaginario. Es un país
complejo y poderoso, pero extrañamente
imposible de ser explicado o descrito
con propiedad. El caleidoscopio sigue
siendo fascinante y atractivo para muchos,
pero nuestra relación de admiración
e imitación o de rechazo y resistencia
sigue dependiendo, en gran proporción,
de dónde estemos parados ideológicamente
15-06-12