Segundo:
¿Cómo informarse los electores
para votar debidamente?. Existe el problema
práctico de la información
que deberían tener los votantes
para cumplir su deber democrático
en las urnas. Downs, ya en 1957[3],
subrayaba que los costos son muy altos
para que el común de los ciudadanos
puedan llegar a estar plenamente enterados
de los asuntos públicos. Se refería
a los costos para reunir los datos, para
analizarlos, para evaluarlos en función
de las metas específicas. En términos
de costo-beneficio, no es razonable pedirles
a los votantes que estén bien informados,
cuando son para ellos muy relativos los
beneficios que van a recibir. En la práctica,
la gente prefiere agarrar “atajos”
tales como confiar en la información
política que les trasmiten jefes
y personalidades reconocidas del país.
Aquí tendrían un papel muy
importante ciertos programas y canales
responsables de medios de comunicación
en una democracia pluralista.
Tercero: ¿Cómo
actúan los medios de comunicación
en cuanto poderosa fuerza sobre la opinión
pública?, y, por lo mismo, ¿cómo
son ellos una no despreciable arma política?
Nos fijaremos en este último interrogante.
Algunas nociones
Una opinión se puede concebir
como una respuesta verbal, pronunciada
por una persona ante una cuestión
particular, o sostenida por ella acerca
de un suceso, persona, u objeto determinados.
Según Lane y Sears[4],
una opinión es una respuesta que
se da a una pregunta en una determinada
situación. La opinión pública
equivale entonces a un concepto o
juicio emitido, externa o notoriamente,
con miras[5]
a influenciar masivamente una población
en lo que atañe a la cosa pública.
La
define Mckee como el producto final de
un proceso de discusión pública
que desemboca en la formación de
una o más opiniones ampliamente
compartidas en cuanto a la conveniencia
o deseabilidad de una decisión
política o una línea de
acción gubernamental[6].
Su relación con la democracia es
evidente. La democracia es un “gobierno
consentido”, un gobierno fundado
sobre el consenso, es decir, un gobierno
de opinión.
El
término “opinión
pública” comienza a
usarse contemporáneamente con la
Revolución francesa de 1789, por
lo mismo con una connotación política.
Como bien subraya Sartori[7],
la opinión emitida externa y notoriamente
se dirige, en primerísima instancia,
a un público interesado en la <cosa
pública>.
El público en cuestión es
sobre todo un público de ciudadanos,
un público que tiene una opinión
sobre la gestión de los asuntos
públicos, y por lo tanto, sobre
los asuntos de la ciudad política.
En síntesis <público>
no es sólo el sujeto, sino también
el objeto de la expresión. Una
opinión se denomina pública
no sólo porque es del público
(difundida entre muchos o entre los más),
sino también porque afecta a objetos
y materias que son de naturaleza política:
el interés general, el bien común,
y en esencia, la res publica
Conviene distinguir entre publicidad
y propaganda , por la diferente finalidad
que persiguen y, en consecuencia, por
las diferentes técnicas que utilizan[8].
Publicidad
es la simple información. Su finalidad
es poner algo en conocimiento del público:
una noticia, un problema, una opinión,
una propuesta. La publicidad es objetiva
porque muestra, transmite, difunde.
Propaganda
, en cambio, es algo más. No solamente
informa, sino que es una forma de persuasión
que intenta convencer, hacer cambiar de
manera de pensar a la gente, que actúe
en consecuencia. Su finalidad es no solamente
mostrar o demostrar, sino también
influir en los sentimientos, emociones
y actitudes de las masas receptoras. La
propaganda es el lenguaje destinado a
las masas; ella emplea palabras u otros
símbolos que vinculan la radio,
la prensa, la TV. El propósito
del propagandista es influir en la actitud
de las masas sobre puntos que pueden ser
propagados, sobre objetos de opinión
y la conducta de la sociedad, de tal manera
que las personas adopten una opinión
y una conducta determinadas. Los grandes
políticos y estadistas han tenido
siempre el cuidado del manejo de la propaganda
política, con miras a obtener una
opinión pública favorable.
Ya lo decía Napoleón: “No
es suficiente para ser justo, hacer el
bien, sino que es necesario además
que los administrados estén convencidos
de ello. La fuerza está fundada
en la opinión. ¿Qué
es el gobierno? Nada, si no tiene opinión
favorable”.
La
propaganda política
es uno de los fenómenos característicos
de nuestro tiempo.
Grandes
fenómenos políticos como
el nazismo, el fascismo, el comunismo,
el chavismo...están íntimamente
ligados al uso masivo y refinado de la
propaganda política. Decía
Lenin que lo principal es la agitación
y la propaganda en todos los sectores
del pueblo. Y Hitler decía que
la propaganda había permitido a
los nazis conservar el poder, y que la
propaganda les daría la posibilidad
de conquistar el mundo[9]
Información y propaganda
según los regímenes
No
se puede negar la gran incidencia que
tienen hoy en día los medios de
comunicación (internet, prensa,
TV, cine, videocasetes), en la política.
Alguien los ha llamado el cuarto poder
( que influye en los otros tres poderes
públicos clásicos: Ejecutivo,
Legislativo y Judicial). Y un filme norteamericano
titulado en español Poder que mata
(Network es su título inglés)
denunció la manipulación
de criterios y conductas que hacen en
la masa del pueblo los medios de comunicación,
los que a su vez, son manipulados por
grupos ocultos de gran poder económico.
•
En los regímenes
autocráticos, los
medios de información están
de ordinario monopolizados por el Estado[10].
Ellos sirven para difundir su propaganda,
la cual, junto con la policía y
el ejército, apoyan fundamentalmente
el poder. Sirven además como medio
eficaz para ayudar a integrar las categorías
sociales que componen el sistema político.
Tienen un papel cultural decisivo.
Este
monopolio de los medios de comunicación
social en manos del Estado autoritario,
tiene aspectos negativos, si atendemos
a la objetividad y libertad de información
a que tienen derecho natural los ciudadanos.
La mentira y la verdad son dosificadas
eficazmente por el régimen. Pero
tiene aspectos positivos, si atendemos
a la conformación de una verdadera
cultura colectiva que beneficia al sistema.
No se difunden bajezas ni cosas degradantes;
no se hace propaganda del crimen, de la
violencia, del sexo; se colabora unánimemente
en la promoción de aquellos valores
que se juzgan fundamentales para la sociedad:
la familia, el trabajo, el ahorro, la
comunidad, la nacionalidad.
•
En los regímenes democráticos,
los medios de información son un
elemento del pluralismo del régimen,
junto al pluralismo de los partidos políticos.
El pluralismo de los partidos políticos
sería algo ilusorio y puramente
formal, si no estuviera acompañado
del pluralismo de los medios de información.
Sin embargo, son pocos los países
democráticos donde el Estado no
controla ningún medio de información,
como es el caso de los Estados Unidos.
De ordinario, la radio y la TV están
organizadas como un servicio público,
al menos en parte. La prensa sí
suele tener mayor libertad, aunque la
limitan grupos de presión .En nuestras
democracias, los medios de comunicación
son libres frente al Estado. Pero no son
libres frente al dinero y a los grandes
intereses capitalistas. Y esto tiene funestos
resultados[11]:
1.
La concentración del poder
de los medios de comunicación está
en pocas manos, por lo general en manos
del gran capital. Y esto atenta, de hecho,
contra el “pluralismo” democrático.
La diversidad, base de la libertad de
prensa, tiende a desaparecer frente al
monopolio. Monopolio que detentan grandes
empresas capitalistas y no el Estado.
Estas empresas conforman la opinión
pública y tienen en sus manos un
medio de presión formidable sobre
los gobernantes. Ellas pueden arruinar
la popularidad de un líder. Este
poder de las empresas sobre la información
y la opinión pública, las
convierte en poderosos “grupos de
presión” que a veces atentan
contra el pluralismo legítimo de
una verdadera democracia.
2.
El sensacionalismo barato y desmoralizador
es otra lacra. Por halagar comercialmente
al público (bajo el pretexto de
un mejor rating), descuida la calidad
del producto informativo y publicitario.
Esto lleva, por desgracia, a los medios
de comunicación privados a convertirse
en divulgadores de violencia, de sexo,
de escándalos de todo tipo, porque
es lo que más vende, aumentando
la sintonía o el tiraje. El interés
entonces se vuelca en encontrar cada día
un hecho diverso sensacional. Se lanzan
al público noticias sin utilidad,
con tal que tengan su lado pintoresco,
picaresco o sicalíptico. De asuntos
anodinos se hacen grandes titulares en
primera página. Se exagera la importancia
de crímenes pasionales, de amores
célebres, de escándalos
diversos. En política se dramatizan
los problemas para darles mayor interés
o “gancho”. Y así se
excita artificialmente el odio o el entusiasmo
de los pueblos, para aumentar el tiraje
o la sintonía.
3.
La cretinización del gran
público por los medios de comunicación
es el efecto. En un alto porcentaje el
sistema de información termina
encerrando a la gente en un universo infantil,
de nivel intelectual muy bajo. Termina
lanzando al público a una atmósfera
irreal (virtual), artificial, fantasmagórica
y pueril; lo desvía de afrontar
con realismo los verdaderos problemas
de la vida y de la sociedad. Los medios
se convierten en deseducadores, en lugar
de ser auténticos agentes de cultura,
de cambio social, de valores sanos, de
buen gusto y de actitudes positivas para
construir solidariamente una mejor sociedad.
El videopoder
Por etapas, una vez aparecido en nuestro
planeta tierra el hombre, la humanidad
ha venido haciéndose, recubriendo
la esfera de la vida (biosfera) con una
capa superenvolvente de pensamiento, cada
vez más extensa y compleja, es
la llamada noosfera. Todo comenzó
con el hombre prensil, con un animal cuyas
manos no sólo “agarraban”
sino que eran también capaces de
manipular instrumentos y de fabricar (homo
faber). Vino el homo sapiens,
que compara, reflexiona, analiza, piensa,
inventa, y logra una expresión
en la cultura escrita que se maximiza
con la invención de la imprenta.
De allí proviene el hombre de Gutenberg,
el hombre que lee. Y con el gigantesco
avance de los medios electrónicos
de comunicación, el hombre–que–piensa
comienza a transformarse en el hombre–que–ve
(homo videns), el hombre–ocular,
el hombre de McLuhan El poder de la imagen
comienza a afectar fuertemente todo lo
humano. Por consiguiente, también
el mundo de la política. Podemos
hablar de la video–polìtica,
de la política video–plasmada,
como reflejo de ese poder más generalizado,
el video–poder.
Autores recientes, como Sartori[12],
se han ocupado del asunto, impresionados
por los efectos negativos que va generando
dicho fenómeno en los países
de punta como son los Estados Unidos de
Norteamérica. Allí se advierte
un “localismo” exagerado,
en el que los acontecimientos van quedando
“sin sentido del lugar”. Y
lo que es peor, se va perdiendo la objetividad
del mensaje. Si el periodismo escrito
puede mentir, el periodismo en imágenes
lo hace más fácil y frecuentemente.
“En el periodismo de imágenes,
la distorsión es más fácil
que nunca: basta con las tijeras. La “descontextualización”
que acompaña a la imagen que habla
por sí sola es suficiente por sí
misma como para falsearlo todo.
Siempre
se ha dicho: ver para creer. Quizás
el nuevo dicho sea: “no creer en
lo que ve la televisión”.
La omisión que se hace de acontecimientos
(de los que hablarán los historiadores)
es gigantesca, porque el criterio que
se toma para fijar la importancia de un
suceso es su calidad telegénica,
su capacidad de llamar la atención,
de espectacularidad. Pero lo que es todavía
más grave, es la pobreza de análisis
y de comprensión a que está
expuesta la video–política.
La virtual desaparición del encuadramiento
del “problema” hace imposible
su explicación. Un acontecimiento
sin problema, aislado de su problema,
es nada. La televisión es mala
para explicar, porque la imagen es por
sí misma enemiga de la “abstracción”,
mientras que explicar es desarrollar un
discurso abstracto, basado en conceptos,
no en imágenes. Diógenes
buscando la solución de los problemas,
con su linterna, escapa de la TV con todo
y linterna. No hay nada que iluminar ni
que explicar. Sólo queda el espectáculo
visual.
Los problemas, lo que afecta el interés
general, el bien público, el largo
plazo, son precisamente “abstracciones”,
esas abstracciones que la televisión
no permite. Sólo queda la inflación,
la dramatización de lo trivial,
al efectuarse la castración de
la comprensión. En la galaxia de
McLuhan, el hombre se empobrece y reduce
a ser un animal–ocular (homo videns)
y muy difícilmente llegará
a ser un animal–mental (homo sapiens).
Yeheskel
Dross, en La capacidad de gobernar,
afirma que los medios de comunicación
prestan más atención a las
imágenes creadas por los expertos
en relaciones públicas que al desempeño
real del poder. A veces, los fogonazos
de treinta segundos cuentan más
que los argumentos razonados o la conducta
moral. Ello explicaría, en casi
todas partes del mundo, los llamados fenómenos
electoreros, que, a la larga, resultan
ser sólo eso: algo que, según
los griegos antiguos, pertenece al mundo
de los sentidos y se opone al mundo de
la razón. Son simples “flashes”.
Amansar las noticias
Para
cualquier ciudadano culto, pero con mayor
razón, para un eventual analista,
la lectura diaria del mundo de las noticias
impone un sagrado deber de domesticador.
El magazine Time dedicó
un interesante dossier al actual fenómeno
de explosión masiva de información
("Las guerras de noticias. ¿Más
cantidad de noticias son buenas noticias?")[13].
Por esa época ingresaba el bloque
de Rupert Murdoch en la guerra de noticias
todas las 24 horas en USA, con su nuevo
Canal Fox News , que llegaba
inicialmente a 17 millones de hogares.
Más tarde vino el fenómeno
planetario de cobertura día y noche
de CNN. La revista analiza la sobrecarga
de información que se está
dando a través de tantos medios
de comunicación (periodismo, radio,
TV, correo electrónico, internet).
Hay una enorme explosión de información
a la que no responde algún tipo
de ordenación; la información
está altamente fragmentada y obedece
más a intereses individuales que
universales. Según el crítico
del Washington Post, Howard Kurtz,
"toda clase de advenedizos, rufianes
y charlatanes han encontrado cómo
entrar a la tienda de los medios. Hoy
toda clase de rumores, de sugerencias
y conspiraciones logran un puesto en la
pantalla de radar de los medios".
La atención del público
televidente y de revistas está
moviéndose de las noticias sustantivas
hacia la chismografía acerca de
celebridades; se está pasando de
la era de las noticias a la era del entretenimiento.
James Fallows, editor del US News
& World Report, tiene un interesante
libro Amansando las Noticias: Cómo
los Medios socavan la Democracia americana[14],
en donde recoge las críticas que
se hacen a los comunicadores por haberse
vuelto demasiado elitistas, demasiado
volcados hacia lo propio y no hacia lo
que realmente tiene importancia para la
gente ordinaria, demasiado cínicos
y han perdido credibilidad. Según
encuesta de Time/CNN[15]
, para los americanos (algo parecido pudiera
aparecer en una encuesta a los venezolanos),
el 75% piensa que los medios noticieros
son sensacionalistas, el 63% que son muy
negativos, el 73% que no les merecen credibilidad
por su falta de precisión objetiva.
Para Tom Johnson, presidente de CNN, "la
gente está experimentando una enorme
sobrecarga de información. Debemos
encontrar formas de simplificar cómo
la audiencia pueda recibir esta información".
Y para Andrew Heyward, presidente de CBS
News, otro problema de esta explosión
informática es "que hemos
perdido el sentido de proporción:
todo está hecho de modo que parezca
igualmente importante, desde la caída
del muro de Berlín hasta el último
escándalo en Washington".
Todo ello lleva a plantearnos actualmente
"cómo arreglar
el caos en algún tipo de orden
inteligente" [16].