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La información en política

Los problemas de información están presentes en cualquier proceso socio-político. El tema, en su incidencia política, puede tratarse desde un triple punto de vista.

Primero: ¿Qué atención debería prestarle una autoridad política a la opinión pública forjada por los medios de comunicación ? Porque es evidente que todos los gobiernos, independientemente de su ideología, deben tener una opinión pública favorable o correr el riesgo de ser derribados. Sobretodo los miembros de organismos legislativos (a todo nivel) deben tratar de acortar distancias entre las políticas que adoptan y los efectos que producen. No se requiere que todos ellos sean expertos o especialistas. Pero deben recabar oportuna y útil información sobre los temas y problemas. Una buena información configura los nervios de un buen gobierno![1]. Los estudios al respecto se refieren a legislaturas norteamericanas; pero se aplican, con mayor razón, a nuestros países de desarrollo limitado[2].

 

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Segundo: ¿Cómo informarse los electores para votar debidamente?. Existe el problema práctico de la información que deberían tener los votantes para cumplir su deber democrático en las urnas. Downs, ya en 1957[3], subrayaba que los costos son muy altos para que el común de los ciudadanos puedan llegar a estar plenamente enterados de los asuntos públicos. Se refería a los costos para reunir los datos, para analizarlos, para evaluarlos en función de las metas específicas. En términos de costo-beneficio, no es razonable pedirles a los votantes que estén bien informados, cuando son para ellos muy relativos los beneficios que van a recibir. En la práctica, la gente prefiere agarrar “atajos” tales como confiar en la información política que les trasmiten jefes y personalidades reconocidas del país. Aquí tendrían un papel muy importante ciertos programas y canales responsables de medios de comunicación en una democracia pluralista.

Tercero: ¿Cómo actúan los medios de comunicación en cuanto poderosa fuerza sobre la opinión pública?, y, por lo mismo, ¿cómo son ellos una no despreciable arma política? Nos fijaremos en este último interrogante.

 

Algunas nociones

Una opinión se puede concebir como una respuesta verbal, pronunciada por una persona ante una cuestión particular, o sostenida por ella acerca de un suceso, persona, u objeto determinados. Según Lane y Sears[4], una opinión es una respuesta que se da a una pregunta en una determinada situación. La opinión pública equivale entonces a un concepto o juicio emitido, externa o notoriamente, con miras[5] a influenciar masivamente una población en lo que atañe a la cosa pública.

La define Mckee como el producto final de un proceso de discusión pública que desemboca en la formación de una o más opiniones ampliamente compartidas en cuanto a la conveniencia o deseabilidad de una decisión política o una línea de acción gubernamental[6]. Su relación con la democracia es evidente. La democracia es un “gobierno consentido”, un gobierno fundado sobre el consenso, es decir, un gobierno de opinión.

El término “opinión pública” comienza a usarse contemporáneamente con la Revolución francesa de 1789, por lo mismo con una connotación política. Como bien subraya Sartori[7], la opinión emitida externa y notoriamente se dirige, en primerísima instancia, a un público interesado en la <cosa pública>.

El público en cuestión es sobre todo un público de ciudadanos, un público que tiene una opinión sobre la gestión de los asuntos públicos, y por lo tanto, sobre los asuntos de la ciudad política. En síntesis <público> no es sólo el sujeto, sino también el objeto de la expresión. Una opinión se denomina pública no sólo porque es del público (difundida entre muchos o entre los más), sino también porque afecta a objetos y materias que son de naturaleza política: el interés general, el bien común, y en esencia, la res publica


Conviene distinguir entre publicidad y propaganda , por la diferente finalidad que persiguen y, en consecuencia, por las diferentes técnicas que utilizan
[8].

Publicidad es la simple información. Su finalidad es poner algo en conocimiento del público: una noticia, un problema, una opinión, una propuesta. La publicidad es objetiva porque muestra, transmite, difunde.

Propaganda , en cambio, es algo más. No solamente informa, sino que es una forma de persuasión que intenta convencer, hacer cambiar de manera de pensar a la gente, que actúe en consecuencia. Su finalidad es no solamente mostrar o demostrar, sino también influir en los sentimientos, emociones y actitudes de las masas receptoras. La propaganda es el lenguaje destinado a las masas; ella emplea palabras u otros símbolos que vinculan la radio, la prensa, la TV. El propósito del propagandista es influir en la actitud de las masas sobre puntos que pueden ser propagados, sobre objetos de opinión y la conducta de la sociedad, de tal manera que las personas adopten una opinión y una conducta determinadas. Los grandes políticos y estadistas han tenido siempre el cuidado del manejo de la propaganda política, con miras a obtener una opinión pública favorable. Ya lo decía Napoleón: “No es suficiente para ser justo, hacer el bien, sino que es necesario además que los administrados estén convencidos de ello. La fuerza está fundada en la opinión. ¿Qué es el gobierno? Nada, si no tiene opinión favorable”.

La propaganda política es uno de los fenómenos característicos de nuestro tiempo.

Grandes fenómenos políticos como el nazismo, el fascismo, el comunismo, el chavismo...están íntimamente ligados al uso masivo y refinado de la propaganda política. Decía Lenin que lo principal es la agitación y la propaganda en todos los sectores del pueblo. Y Hitler decía que la propaganda había permitido a los nazis conservar el poder, y que la propaganda les daría la posibilidad de conquistar el mundo[9]


Información y propaganda según los regímenes

No se puede negar la gran incidencia que tienen hoy en día los medios de comunicación (internet, prensa, TV, cine, videocasetes), en la política. Alguien los ha llamado el cuarto poder ( que influye en los otros tres poderes públicos clásicos: Ejecutivo, Legislativo y Judicial). Y un filme norteamericano titulado en español Poder que mata (Network es su título inglés) denunció la manipulación de criterios y conductas que hacen en la masa del pueblo los medios de comunicación, los que a su vez, son manipulados por grupos ocultos de gran poder económico.

• En los regímenes autocráticos, los medios de información están de ordinario monopolizados por el Estado[10]. Ellos sirven para difundir su propaganda, la cual, junto con la policía y el ejército, apoyan fundamentalmente el poder. Sirven además como medio eficaz para ayudar a integrar las categorías sociales que componen el sistema político. Tienen un papel cultural decisivo.

Este monopolio de los medios de comunicación social en manos del Estado autoritario, tiene aspectos negativos, si atendemos a la objetividad y libertad de información a que tienen derecho natural los ciudadanos. La mentira y la verdad son dosificadas eficazmente por el régimen. Pero tiene aspectos positivos, si atendemos a la conformación de una verdadera cultura colectiva que beneficia al sistema. No se difunden bajezas ni cosas degradantes; no se hace propaganda del crimen, de la violencia, del sexo; se colabora unánimemente en la promoción de aquellos valores que se juzgan fundamentales para la sociedad: la familia, el trabajo, el ahorro, la comunidad, la nacionalidad.

• En los regímenes democráticos, los medios de información son un elemento del pluralismo del régimen, junto al pluralismo de los partidos políticos. El pluralismo de los partidos políticos sería algo ilusorio y puramente formal, si no estuviera acompañado del pluralismo de los medios de información. Sin embargo, son pocos los países democráticos donde el Estado no controla ningún medio de información, como es el caso de los Estados Unidos. De ordinario, la radio y la TV están organizadas como un servicio público, al menos en parte. La prensa sí suele tener mayor libertad, aunque la limitan grupos de presión .En nuestras democracias, los medios de comunicación son libres frente al Estado. Pero no son libres frente al dinero y a los grandes intereses capitalistas. Y esto tiene funestos resultados[11]:

1. La concentración del poder de los medios de comunicación está en pocas manos, por lo general en manos del gran capital. Y esto atenta, de hecho, contra el “pluralismo” democrático. La diversidad, base de la libertad de prensa, tiende a desaparecer frente al monopolio. Monopolio que detentan grandes empresas capitalistas y no el Estado. Estas empresas conforman la opinión pública y tienen en sus manos un medio de presión formidable sobre los gobernantes. Ellas pueden arruinar la popularidad de un líder. Este poder de las empresas sobre la información y la opinión pública, las convierte en poderosos “grupos de presión” que a veces atentan contra el pluralismo legítimo de una verdadera democracia.

2. El sensacionalismo barato y desmoralizador es otra lacra. Por halagar comercialmente al público (bajo el pretexto de un mejor rating), descuida la calidad del producto informativo y publicitario. Esto lleva, por desgracia, a los medios de comunicación privados a convertirse en divulgadores de violencia, de sexo, de escándalos de todo tipo, porque es lo que más vende, aumentando la sintonía o el tiraje. El interés entonces se vuelca en encontrar cada día un hecho diverso sensacional. Se lanzan al público noticias sin utilidad, con tal que tengan su lado pintoresco, picaresco o sicalíptico. De asuntos anodinos se hacen grandes titulares en primera página. Se exagera la importancia de crímenes pasionales, de amores célebres, de escándalos diversos. En política se dramatizan los problemas para darles mayor interés o “gancho”. Y así se excita artificialmente el odio o el entusiasmo de los pueblos, para aumentar el tiraje o la sintonía.

3. La cretinización del gran público por los medios de comunicación es el efecto. En un alto porcentaje el sistema de información termina encerrando a la gente en un universo infantil, de nivel intelectual muy bajo. Termina lanzando al público a una atmósfera irreal (virtual), artificial, fantasmagórica y pueril; lo desvía de afrontar con realismo los verdaderos problemas de la vida y de la sociedad. Los medios se convierten en deseducadores, en lugar de ser auténticos agentes de cultura, de cambio social, de valores sanos, de buen gusto y de actitudes positivas para construir solidariamente una mejor sociedad.


El videopoder


Por etapas, una vez aparecido en nuestro planeta tierra el hombre, la humanidad ha venido haciéndose, recubriendo la esfera de la vida (biosfera) con una capa superenvolvente de pensamiento, cada vez más extensa y compleja, es la llamada noosfera. Todo comenzó con el hombre prensil, con un animal cuyas manos no sólo “agarraban” sino que eran también capaces de manipular instrumentos y de fabricar (homo faber). Vino el homo sapiens, que compara, reflexiona, analiza, piensa, inventa, y logra una expresión en la cultura escrita que se maximiza con la invención de la imprenta. De allí proviene el hombre de Gutenberg, el hombre que lee. Y con el gigantesco avance de los medios electrónicos de comunicación, el hombre–que–piensa comienza a transformarse en el hombre–que–ve (homo videns), el hombre–ocular, el hombre de McLuhan El poder de la imagen comienza a afectar fuertemente todo lo humano. Por consiguiente, también el mundo de la política. Podemos hablar de la video–polìtica, de la política video–plasmada, como reflejo de ese poder más generalizado, el video–poder.

Autores recientes, como Sartori[12], se han ocupado del asunto, impresionados por los efectos negativos que va generando dicho fenómeno en los países de punta como son los Estados Unidos de Norteamérica. Allí se advierte un “localismo” exagerado, en el que los acontecimientos van quedando “sin sentido del lugar”. Y lo que es peor, se va perdiendo la objetividad del mensaje. Si el periodismo escrito puede mentir, el periodismo en imágenes lo hace más fácil y frecuentemente. “En el periodismo de imágenes, la distorsión es más fácil que nunca: basta con las tijeras. La “descontextualización” que acompaña a la imagen que habla por sí sola es suficiente por sí misma como para falsearlo todo.

Siempre se ha dicho: ver para creer. Quizás el nuevo dicho sea: “no creer en lo que ve la televisión”. La omisión que se hace de acontecimientos (de los que hablarán los historiadores) es gigantesca, porque el criterio que se toma para fijar la importancia de un suceso es su calidad telegénica, su capacidad de llamar la atención, de espectacularidad. Pero lo que es todavía más grave, es la pobreza de análisis y de comprensión a que está expuesta la video–política. La virtual desaparición del encuadramiento del “problema” hace imposible su explicación. Un acontecimiento sin problema, aislado de su problema, es nada. La televisión es mala para explicar, porque la imagen es por sí misma enemiga de la “abstracción”, mientras que explicar es desarrollar un discurso abstracto, basado en conceptos, no en imágenes. Diógenes buscando la solución de los problemas, con su linterna, escapa de la TV con todo y linterna. No hay nada que iluminar ni que explicar. Sólo queda el espectáculo visual.

Los problemas, lo que afecta el interés general, el bien público, el largo plazo, son precisamente “abstracciones”, esas abstracciones que la televisión no permite. Sólo queda la inflación, la dramatización de lo trivial, al efectuarse la castración de la comprensión. En la galaxia de McLuhan, el hombre se empobrece y reduce a ser un animal–ocular (homo videns) y muy difícilmente llegará a ser un animal–mental (homo sapiens).

Yeheskel Dross, en La capacidad de gobernar, afirma que los medios de comunicación prestan más atención a las imágenes creadas por los expertos en relaciones públicas que al desempeño real del poder. A veces, los fogonazos de treinta segundos cuentan más que los argumentos razonados o la conducta moral. Ello explicaría, en casi todas partes del mundo, los llamados fenómenos electoreros, que, a la larga, resultan ser sólo eso: algo que, según los griegos antiguos, pertenece al mundo de los sentidos y se opone al mundo de la razón. Son simples “flashes”.

 

Amansar las noticias

Para cualquier ciudadano culto, pero con mayor razón, para un eventual analista, la lectura diaria del mundo de las noticias impone un sagrado deber de domesticador. El magazine Time dedicó un interesante dossier al actual fenómeno de explosión masiva de información ("Las guerras de noticias. ¿Más cantidad de noticias son buenas noticias?")[13]. Por esa época ingresaba el bloque de Rupert Murdoch en la guerra de noticias todas las 24 horas en USA, con su nuevo Canal Fox News , que llegaba inicialmente a 17 millones de hogares. Más tarde vino el fenómeno planetario de cobertura día y noche de CNN. La revista analiza la sobrecarga de información que se está dando a través de tantos medios de comunicación (periodismo, radio, TV, correo electrónico, internet). Hay una enorme explosión de información a la que no responde algún tipo de ordenación; la información está altamente fragmentada y obedece más a intereses individuales que universales. Según el crítico del Washington Post, Howard Kurtz, "toda clase de advenedizos, rufianes y charlatanes han encontrado cómo entrar a la tienda de los medios. Hoy toda clase de rumores, de sugerencias y conspiraciones logran un puesto en la pantalla de radar de los medios".

La atención del público televidente y de revistas está moviéndose de las noticias sustantivas hacia la chismografía acerca de celebridades; se está pasando de la era de las noticias a la era del entretenimiento. James Fallows, editor del US News & World Report, tiene un interesante libro Amansando las Noticias: Cómo los Medios socavan la Democracia americana[14], en donde recoge las críticas que se hacen a los comunicadores por haberse vuelto demasiado elitistas, demasiado volcados hacia lo propio y no hacia lo que realmente tiene importancia para la gente ordinaria, demasiado cínicos y han perdido credibilidad. Según encuesta de Time/CNN[15] , para los americanos (algo parecido pudiera aparecer en una encuesta a los venezolanos), el 75% piensa que los medios noticieros son sensacionalistas, el 63% que son muy negativos, el 73% que no les merecen credibilidad por su falta de precisión objetiva.

Para Tom Johnson, presidente de CNN, "la gente está experimentando una enorme sobrecarga de información. Debemos encontrar formas de simplificar cómo la audiencia pueda recibir esta información". Y para Andrew Heyward, presidente de CBS News, otro problema de esta explosión informática es "que hemos perdido el sentido de proporción: todo está hecho de modo que parezca igualmente importante, desde la caída del muro de Berlín hasta el último escándalo en Washington". Todo ello lleva a plantearnos actualmente "cómo arreglar el caos en algún tipo de orden inteligente" [16].

 

[1] T.W Gilligan y K. Krehbiel (1990): “Organization of informative committees by a national llegislature”, American Journal of Political Science 34, pp. 531-564.

[2]
Austen y Riker (1987): “Asymetric information and the coherence of legislation”, American Political Science Review 81, pp. 897-918.

[3]
Anthony Downs (1957): An Economic Theory of Democracy, New York Ha & Row.

[4]
R.E. Lane y D.O. sears (1964): Public Opinión, Englewood Cliffs, Prentice Hall, p. 13.

[5]
La “opinión pública” es definida por Sartori como “un público o una multiplicidad de públicos. cuyos estados mentales difusos (opiniones) interactúan con los flujos de información sobre el estado de la cosa pública”.

[6]
J. Mckee (1969): Introduction to Sociology, Rnw York, Rinehart and Wiston, p. 568. Citado por R.E. Dowse y J.A. Hughes (1975): Sociología política, Madrid Alianza, p. 337.

[7]
Giovanni Sartori (1992): La opinión pública”, Elementos de Teoría Política, Madrid Alianza, pp. 149-175.

[8]
Utilizamos páginas del especialista venezoloano en comunicación, Antonio Pasquali (1978): Comprender la comunicación, Caracas Monte Avila, pp. 200-203.

[9]
J.M. Domenach (1965): La propagande politique, Paris, Presses Universitaires de Francde, pp. 5-9
Trad. Española (1980): La propaganda política, Buenos Aires Eudeba

[10]
Resumimos acá páginas de Maurice Duverger (1967): Sociologie politique, Paris, Presses Universitaires de France, pp. 260-273.

[11] Gráfico y elementos tomados del folleto de Bertha Brito (1998): Los medios de comunicación, Curso de formación socio-política, Caracas Centro Gumilla, n° 8.

[12] G. Sartori (1992): Elementos de Teoría Política, Madrid Alianza, cap. 15, pp. 305-316. Recomendamos el buen artículo de Elys Mora (1998): “Los límites de la video política”, Revista Venezolana de Ciencia Política, Mérida, ULA Cepsal, n° 13, pp. 89-106.

[13] "The news wars. Is more news good news?" Time, october 21, 1996, p. 44-50.

[14] Fallows, James (1996): Breaking the News: How the Media Undermine American Democracy.

[15] Time, october 21, 1996, p. 49.

[16] "Put the chaos in some kind of intelligent order" (Time, 21 october, p.50).