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Un
clamor general
"Desde
hace mucho tiempo viene oyéndose
a través del planeta un formidable
grito, como el ulular de innumerables
perros hacia las estrellas, pidiendo que
haya alguien o algo que conduzca".
Esta expresión de Ortega y Gasset,
valedera en su tiempo, lo es también
en el nuestro. Tener líderes o
conductores ha sido siempre una necesidad
de toda sociedad. "La idea de que
un pueblo pueda manejarse a sí
mismo y dirigir sus asuntos de una manera
anónima es el más tonto
de los absurdos. La humanidad no hace
nada sino siguiendo a los inventores y
a los conductores" (William James).
Y esto sigue siendo verdad, dados los
graves y urgentes problemas que tiene
nuestra aldea global contemporánea.
"Los
tiempos de encrucijadas, tribulaciones,
contradicciones insalvables, o como quiera
que se califiquen esos momentos vertiginosos
en la historia de las sociedades, suelen
moverse en los inicios o más adelante
por la voluntad decidida de un sólo
hombre. Este último será
un caudillo improvisado como Cromwell,
un rey menor, acaso un dictador y con
frecuencia un militar exitoso, cuyo ejemplo
paradigmático es Napoleón"[1].
Pero
si hay consenso sobre el hecho universal
del liderazgo en las más diferentes
épocas y latitudes, no lo hay sobre
sus posibles interpretaciones.
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Análisis
& Opinión
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Explicaciones
1)
Es clásico el enfoque individualista
. Ya en el siglo IV antes de Cristo, mientras
se paseaba enseñando por el Liceo
(de ahí su apodo de 'peripatético'),
Aristóteles sostenía que
la naturaleza dota a ciertas personas
con capacidad de mando, con cualidades
para conducir, para gobernar, para ser
líderes. Y todavía en el
pasado siglo, el italiano Pareto acepta
que unos nacen para mandar y la mayoría
para ser mandados. El florentino Maquiavelo
en su manual para gobernantes ("El
Príncipe"), da gran
importancia a las cualidades individuales
de los que desean tener y retener el poder,
tales como el coraje, la fuerza, la convicción,
el orgullo. A ellas se deberían
añadir hoy la madurez emocional,
el tacto, el poder de introspección,
el dominio de la palabra y de la imagen
para subyugar masas de oyentes y televidentes.
Dentro de este enfoque, podemos definir
el líder como "aquel que tiene
por tarea llevar a su pueblo de donde
está a donde no ha estado"
(Henry Kissinger). Queda, así,
destacado el papel personal y sobresaliente
del lider sobre sus coterráneos.
Así lo hace Richard Nixon (de la
misma escuela de pensamiento de su Secretario
de Estado) en su agradable e interesante
libro "Líderes[2]
" . Por él desfilan perfiles
y recuerdos de hombres que han forjado
el mundo reciente como: Churchill, De
Gaulle, Mao, Sadat, Mac Arthur, Adenauer,
Kruschev, Chou–en–Lai, Sukarno,
Nehru, Ben Gurion, Meir.
2)
Las ciencias sociales actuales cuestionan
y completan el enfoque anterior. Han descubierto
que muchas personas pueden, con sus mismas
cualidades, ser líderes en una
clase o grupo mientras no pueden serlo
dentro de otra clase o grupo. Y advierten
que dentro de un mismo grupo, se han sucedido
diferentes tipos de líderes con
cualidades, a veces, diametralmente opuestas.
Es ilustrativo a este respecto, el estudio
de R.L. Mann sobre 125 casos de liderazgo.
En él compara 750 rasgos de personalidad
de los líderes. Encuentra que en
algunos grupos, los líderes son
agresivos, mientras que en otros son pacientes
y autocontrolados. En algunos grupos,
los líderes son cortantes en sus
decisiones, mientras en otros son diplomáticos.
Se ha llegado entonces a pensar que el
liderazgo no resulta ni puede resultar
solamente de los rasgos individuales o
personalidad de los líderes, sino
que entran en juego las transacciones
con las personas dirigidas. Robinson Crusoe,
individualmente hablando podría
ser muy valiente, brillante de inteligencia,
innovativo, intrépido, adaptativo
y otras cosas. Pero es claro que no pudo
ejercer su papel de liderazgo hasta tanto
no entró en su vida y escenario
el personaje Viernes.
Con
frecuencia el líder inicia ideas
para el grupo. Y estas ideas aparecen
aceptables a los asociados. Otras veces,
el grupo encuentra que la realización
de los planes que alimenta se facilita
con lo que el líder dice y hace.
Y entonces el grupo tiende a ser muy deferente
con el líder. La explicación
del liderazgo hay que buscarla entonces
en una especie de transacción social
que se establece entre el grupo humano
y aquella persona a la que el grupo le
concede un papel de dirigencia.
Con
razón, observa Piñango,
que "pocos parecen percatarse de
que, en realidad, a diferencia de las
obras de teatro, cuyo director o productor
selecciona a los actores que han de representar
a los personajes, en la vida real los
procesos sociales en marcha hacen inseparables
a actores y personajes. Al igual que en
el teatro, en la vida real, los personajes
no podrán hacer lo que quieran,
aunque el guión no esté
escrito"[3].
Dentro de este enfoque, puede definirse
el líder como "aquel que
influye sobre las actividades de un grupo
organizado, con miras al fijamiento de
metas y a la realización de éstas"
(Stogdill). El líder, por efectivo
y decisivo que sea, aparece acompañado
de un equipo y rodeado de otros líderes
que también influyen en las acciones
y decisiones. Es la impresión que
queda del libro de B–D. Wolfe: "Tres
que hicieron una revolución".
Varios influyeron en la revolución
bolchevique, tales como Lenin, Trotsky,
Stalin, Kerensky y Krasin. A este respecto,
es interesante el parangón que
hace Isaiah Berlin, premio Nobel de literatura,
entre dos grandes estadistas, Roosevelt
y Churchill. Ambos son tipos imaginativos,
optimistas, intrépidos, impulsores
de progreso social. Pero hay una gran
diferencia en su relación con el
pueblo. Mientras Roosevelt llevaba su
política sin consultar a nadie,
convertido en una figura pública
casi como un semidios, Churchill era un
ser político por naturaleza, con
antenas sobre su entorno real y virtió
sus recursos internos sobre la nación
y creó conjuntamente con ella un
estado de ánimo heróico[4].
3)Complementando
los dos enfoques anteriores, podemos decir
con Francisco Herrera Luque que el líder,
por un lado, tiene un papel individual
innegable ("es la enzima que acelera,
congela o degrada los procesos sociales");
pero, a la vez, surge del pueblo y no
puede actuar sin él ("solamente
es el comadrón que vigila el parto
de un pueblo en camino")[5]:
Los
individuos egregios, llámense líderes,
profetas o gobernantes pueden al igual
que enzimas acelerar,
congelar o degradar los procesos sociales.
Páez estancó la evolución.
Guzmán la fustigó para que
avanzara. Juan Vicente Gómez la
hizo retroceder. Los gobernantes, como
parecen señalarlo los hechos no
son, pues, puros efectores inertes del
medio social que los contiene. Así
como pueden frenarlo, desvirtuarlo y retrogradarlo;
pueden señalarle otros derroteros
e iluminarlo con su acción y con
su prestancia, poniendo en marcha fórmulas
nuevas en el quehacer social...
Los
caudillos no surgen por su libre decisión,
sino por el asentimiento de todos para
dejarse conducir. Si Boves resultó
el caudillo de las masas desvalidas de
Venezuela, fue porque esas masas le otorgaron
sus favores. Tenía maná
–como decía Jung– o
prestigio, aura personal o carisma...
Todo
conductor de almas da a los hombres que
conduce, lo que ya tienen contenido. El
conductor, el líder, el caudillo,
no es más que el comadrón
que vigila el parto de un pueblo en camino.
Tipos de liderazgo
Hay
varios tipos de liderazgo dependiendo
de las épocas –por las que
atraviesa el pueblo– si son heróicas
o relativamente normales. El historiador
Burns ha trazado una distinción
entre liderazgo de transformación
(transforming leadership) y liderazgo
de transacción (transactional
leadership)[6].
Los líderes transformadores, de
cualidades individuales más subrayadas,
son capaces de conducir al pueblo a través
de cambios fundamentales de sus instituciones
y sociedades. "Hay épocas
en las que los Presidentes tienen que
planear hacia adelante y pedir sacrificios
al pueblo, en vez de hacerle promesas.
Entonces es imperativo el liderazgo de
transformación". El otro,
el tipo negociador de liderazgo, viene
a identificarse con competencia gerencial
(managerial), que es muy apropiada para
tiempos de calma. La dirigencia aquí
es menos individualista y más de
equipo, de compromiso dialógico.
Utilizando
elementos de una obra clásica de
Paolo Freire [7],
podríamos concebir el liderazgo
como el "estímulo concientizante"
que despierta las conciencias para asumir
posturas que el grupo social, en una u
otra forma, se plantea. El líder
representa, en sus ideales y conducta,
un anticipo de la sociedad por hacerse.
En este sentido, es una promesa, un anticipo.
Es como una ventana abierta de cara al
futuro. Es una persona capaz de dialogar
con el grupo, con mira a una esperanza.
Antes que nada es un pedagogo, porque
"enseña" a crear la palabra,
a desarrollar los valores, a transformar
la sociedad en que se vive. Convencido
de la necesidad de luchar –como
resultado de su propia reflexión
y acción–, el líder
trata de impulsar a otros a la misma lucha
mediante los mismos recursos que no son
otros que la reflexión y la acción,
la visión y el coraje. De aquí
se deduce que uno de los principales atributos
del verdadero líder es su capacidad
de diálogo con el grupo social
y la masa. Esto implica respeto total
a las personas que lideriza. Respeto que
debe anular, de raíz, toda clase
de imposiciones autoritarias, de sectarismos
unilaterales.
Un
liderazgo revolucionario que no sea dialógico
con las masas incurre en uno de los dos
despropósitos, que se reducen al
mismo, el de no ser auténticamente
revolucionario. En efecto, si mantiene
la 'sombra' del dominador dentro de sí;
no es ya liberador ni revolucionario.
Y si equivocadamente es presa de una sectarización,
indiscutiblemente mòrbida, tampoco
es revolucionario.
Cualidades
del líder
Las
cualidades que se requieren para un auténtico
liderazgo son dos primordiales. Pero además
se recomiendan otras complementarias.
1)
Visión.
El conductor –cuya tarea es llevar
al pueblo de donde está a donde
no ha estado– debe ante todo saber
a dónde conduce. El pueblo, por
lo general, no lo sabe. El líder
debe poder manejar la alquimia de una
gran visión. Debe poder mostrar
el camino. Y por supuesto, él debe
ir siquiera un paso adelante. Porque dice
"SI" a la visión grande
que lo embarga, el líder puede
decir "NO" a la sociedad que
lo rodea o al sistema injusto o corrupto
que está mandado a recoger. El
tener una visión y una fe hacen
posible una afirmación de vida
del conductor. Y esa fe y esa visión
son contagiosas para el pueblo. La afirmación
del líder es movilizadora de masas.
Tras noches de insomnios llenas de interrogantes
y de espera, el líder tiene que
llegar a una cima de clara visión
para él y para sus seguidores.
"Debe fatalmente alcanzar ese punto
sin retorno, esa maravillosa cresta de
la colina desde donde se sigue viendo
lo que quedó atrás, mientras
se abre a los ojos lavados y nuevos el
panorama de una realidad otra, de una
meta por fin perceptible y alcanzable"
(Julio Cortázar).
2)
Coraje. La tarea
de conducir no es sólo asunto de
inteligencia, sino también de voluntad,
de habilidad, de carácter, de persistencia.
La visión apunta a la meta y señala
el camino por recorrer. Pero el camino
de una existencia nueva, de una sociedad
mejor, no es una escalera automática,
ni una pasarela flanqueada por tranquilidad
y seguridad. Hay que transitar a lo largo
de una penosa maraña de vacilaciones,
de puntos muertos, de obstáculos
de todo género. El camino es difícil
y hay que recorrerlo. Y no lo recorre
el conductor y sus huestes sino con un
gran valor, con una convicción
profunda, con paciencia y voluntarismo.
Así llegó Alejandro Magno,
el hijo del sueño, a través
de la arenas de Amón, hasta los
confines del mundo antiguo[8].
Así superó Aníbal
los Alpes para caer sobre las apacibles
llanuras de Italia. Así trasmontó
Bolívar los Andes para deslizarse
con sus llaneros por los campos de Boyacá
hasta Santafé de Bogotá.
Para Kissinger, "la más importante
cualidad de un líder es el coraje.
Él debe actuar en situaciones riesgosas
teniendo confianza en su propio juicio.
Él tiene una responsabilidad respecto
de la sociedad: no de tumbar su fábrica
por demasiada presión, pero sí
de empujarla hasta sus límites
tolerables. Él debe definir ese
margen que le permite influir en los acontecimientos.
Si excede de ese margen, puede hacer colapsar
la estructura. Pero si queda por debajo
del margen, el líder puede volverse
irrelevante"[9].
En síntesis, el líder debe
conciliar en sí cualidades racionales
y cualidades voluntarísticas. Debe
mostrar terquedad ante los hechos y ser
contagioso de optimismo y esperanza ante
lo que está por hacer.
3)
Otros requisitos
básicos son los propuestos por
el periodista americano Michel Korda.
Son varios aspectos que deben diferenciar
al conductor de la masa por él
conducida: A saber: a) Capacidad de ofrecer
un mensaje coherente que todos entiendan
y todos recuerden (por ejemplo el de "pan
y libertad" que enarboló Fidel
Castro). b) Capacidad de destacarse sobre
el común de la gente, con su sello
propio, no prestado ni de simple apariencia
o pantalleo. c) Capacidad de aparecer
ante las masas como seguro y confiado.
"Líder es el que interpreta
lo que la masa está soñando
explícita o sonámbulamente"
(Otto Morales Benítez).
Un
sugestivo artículo, recoge de varios
autores, cualidades que suelen acompañar
a estos hombres de la historia a quienes
llamamos líderes[10].
De acuerdo a su lectura, para Carlyle,
ellos tienen el embrujo de un influjo
místico, porque tienen "un
agudo sentido por lo cualitativo antes
que por lo cuantitativo; una especie de
acercamiento directo a las cosas, antes
que una capacidad para describir, calcular
o inferir". Para Ortega es característica
su "impulsividad, turbulencia, histrionismo,
imprecisión, pobreza de intimidad,
dureza de piel". Para Burckhardt
son aspectos importantes el sentido del
momento y un cierto desdén por
la ambición personal o por la fama:
"Siempre descubren la situación
real de las cosas y de los posibles recursos
del poder". Por ello, "no se
dejan cegar por las simples apariencias
ni aturdir por el estrépito del
momento".
Las
biografías de grandes hombres del
pasado siguen siendo la lectura preferida
de quienes sienten en su interior la llamada
al liderazgo. Lectura además muy
recomendable y útil para los analistas
políticos[11].
Bolívar admiró siempre a
Alejandro Magno. Washington apreciaba
mucho al almirante Vernon. Napoleón
III tenía como modelo a Julio César.
Stalin tenía una fascinación
por Iván el Terrible. El libro
preferido de Kennedy era la biografía
de Melbourne, el gran primer ministro
de la reina Victoria de Inglaterra. Nixon
releyó varias veces la biografía
de Disraeli, escrita por Robert Blake.
Para Truman la lectura preferida eran
las Vidas paralelas de
Plutarco, escritas en la época
del emperador Trajano sobre los más
notables griegos y romanos. Un presidente
colombiano, Belisario Betancur, puso de
moda como best seller Las
memorias de Adriano de
Margarita Yourcenar. Desde su primera
campaña presidencial, Clinton encontró
un tesoro en la biografía de Lincoln
del escritor Phillips[12].Y
son muchos quienes se inspiran en el Roosevelt
o en el Churchill de Isaiah Berlin.
Para
Hegel, en su obra cumbre, La Filosofía
del Derecho, "el hombre
grande es aquel que sabe expresar en palabras
la voluntad de su época, decirle
cuáles son sus deseos, y conseguirlos.
Lo que él hace es corazón
y esencia de su época, dándole
así realidad". Esto es
un verdadero líder.
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[1] José Luis Vethencourt
(1998): "Poder y gloria", El
Nacional, setiembre 20, p. H/7.
[2] Richard Nixon (1984), Líderes,
Bogotá Planeta
[3] Ramón Piñango(1998),
"Obra de teatro", El Nacional,
setiembre 20, p. H/7.
[4] Isaiah Barlin (1984): Impresiones
personales, México Fondo
de Cultura Económica.
[5] Francisco Herrera Luque (1983):
Bolívar de carne y hueso
y otros ensayos, Caracas Ateneo,
pp.57-58, 69-70.
[6] James Mac Gregor Burns (1994) en
Time may 9, p. 26
[7] Paulo Freire (1970): Pedagogía
del Oprimido, Montevideo Tierra
Nueva.
[8] Valerio Massimo Manfredi (1999):
Alexandros, Barcelona Grijalbo,
3 tomos.
[9] Véase Richard Stengel (1994):
"The Making of a Leader",Time,
may 9, p. 24–28.
[10] Asdrúbal Baptista (1998):
"Debates en Domingo", El
Nacional, 20 setiembre, p. H/6–7.
[11]
Me permito recomendar mi artículo,
Enrique Neira Fernández (2002): “Mandela,
un ‘mantra’ para nuestro tiempo”,
Revista Venezolana de Ciencia Política,
Mérida, Universidad de Los Andes,
n° 21, pp. 155-173.
[12] Donald D. Phillips (1992):
Lincoln in Leadership,
Warner Books.
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