DOS
GRANDES SIMBOLOS
Los Estados Unidos se representan de ordinario
por dos tipos de imágenes o iconos
muy populares. Uno EL TIO SAM, un viejo
delgado y alto, de barba cuidada y vestido
formal, creación de Betsy Cross.
El otro, COLUMBIA, o la Diosa de la Libertad,
mujer corpulenta y maternal, con vestido
de amplios pliegues, coronada con una
diadema y una antorcha flameando en una
de sus manos. El Tio Sam simboliza el
gobierno, que requiere, negocia, pide
sacrificios a sus ciudadanos. La Mujer
representa la tierra de libertad y oportunidades,
la América fértil y generosa.
Erik Erikson, psicoanalista, en su libro
“Niñez y Sociedad”,
señala que a la mayoría
de los norteamericanos se les plantean
dos alternativas polarizadas: caminos
abiertos de innovación o envidiosas
islas de tradición; generoso internacionalismo
o desafiante aislacionismo; ruidosa competición
o modesta cooperación.
PUEBLO
DE PARADOJA
Como lo advirtió, en su tiempo,
George Santayana, el norteamericano “es
un idealista que trabaja sobre lo material”.
En él se dan cita la corriente
trascendental -propiciada por Jonathan
Edwards y refinada por Ralph Waldo Emerson-;
y la corriente práctica convertida
por Benjamin Franklin en una filosofía
del sentido común. Bien ha recogido
Michael Kammen todos estos aspectos de
la cultura norteamericana en un libro
que obtuvo el Premio Pulitzer, titulado
en inglés “People of Paradox”
y que puede traducirse “Pueblo aparentemente
contradictorio “, publicado por
Oxford University Press, libro que he
vuelto a leer estos días con ocasión
de los tres debates televisados con los
candidatos presidenciales. Kammen recoge
sus hallazgos en la página 116,
cuando define la amalgama norteamericana
como un “individualismo colectivo”,
que se expresa como liberalismo conservador
en la vida politica, como idealismo pragmático
en la vida cerebral de los norteamericanos,
como racionalismo emocional en su vida
espiritual y como divino materialismo
en su vida consumista. Dimensiones contrapuestas
y complementarias del pueblo norteamericano,
que afloraron claramente en las intervenciones
tanto del candidato demócrata Al
Gore como del candidato republicano Bush.
DOS ERAS CONTRAPUESTAS
Las grandes tendencias que agitan el espíritu
nacional norteamericano no son ajenas
a las características que predominan
en ciertos largos períodos de su
historia. Ya en sus comienzos, uno era
el enfoque “igualitarista “
de la democracia, encarnado en Jackson,
y otro el enfoque “libertario”,
descentralizador, encarnado en Jefferson.
A partir de 1930, Franklin Delano Roosevelt,
frente a una grave crisis del capitalismo
mundial, abrió con su New Deal
las fronteras de una esperanza para su
país y para el mundo. Indujo la
concepción del Estado intervencionista,
preocupado por ser no sólo un Estado
de derecho sino también un Estado
social. Con ello agigantó al máximo
las funciones del Estado así como
su gasto público y la administración
central. Pero, a la vez, creó un
envidiable sistema de seguridad social,
con amplia cobertura de beneficios para
las clases trabajadoras y desposeídas.
Esta era “demócrata”,
que intentó el sueño de
un Welfare State (Estado de bienestar),
llega hasta la administración de
Reagan .
Con
el triunfo del republicano Ronald Reagan
en Noviembre 1980, se inició una
nueva era, que venía gestándose
desde la década anterior y que
significó un giro impresionante.
Sobre la base del liberalismo anterior,
se trató de afianzar un NEO–CONSERVATISMO,
con su slogan de “tratar de pensar
lo impensable”. En economía
se propusieron nuevos temas, caminos y
soluciones, a la luz de los cambios tecnológicos
de finales de siglo. Se comenzó
a desmontar el gigantismo del Estado,
a reducir su gasto social, a incentivar
la productividad reduciendo impuestos
y dando facilidades a la industria militar
y a la empresa privada. Ideológicamente
se propició un retorno a las fuentes
sanas de la Federación como son
el orden, la familia, la religión,
el trabajo, la frugalidad. Y con todo
ello, se buscó poner un dique al
deterioro materialista pequeño-burgués
que venía observándose en
la sociedad norteamericana. A la vez,
se opuso un muro infranqueable a cualquier
tipo de totalitarismo especialmente el
comunista, que estaba en su auge y que
inició su derrumbe en 1989. La
presidencia de Reagan, el presidente de
teflón, marcó un hito, cuyos
efectos abarcaron también el único
período de Bush (1988-1992) –
padre del actual candidato–, y pervivieron
en el Congreso de EUA (controlado por
el Grand Old Party republicano), con el
cual tuvo que gobernar el demócrata
Clinton durante sus 8 años (1992–2000).