Estados Unidos, país de contrastes
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Las elecciones presidenciales del próximo 7 de noviembre reclaman de parte nuestra una mirada atenta y crítica al país amado y odiado por su carácter indiscutible de única superpotencia y guía obligatoria del mundo. Cualquier grupo zoológico humano de nuestro planeta es variable, complejo, contradictorio.

Por ello, es tarea imposible definir el carácter nacional o la identidad de cualquier país. Pero por un conjunto de factores, el pueblo de Estados Unidos de Norteamérica es singularmente biforme, paradógico, ambivalente. Romoli-Venturi ha podido afirmar que “pareciera que todas las tensiones del mundo han sido importadas por EUA”. Ya en 1831 ese gran analista francés que fue Alexis de Tocqueville se sorprendía de encontrar dos caras tan diferentes de Norteamérica: “la variabilidad de la mayor parte de las acciones humanas y la fija estabilidad de ciertos principios”. Los hombres le parecían en constante movimiento, pero sus mentes como fijadas con clavos. Con razón, hace un siglo, en 1898, el inglés James Fullarton, después de vivir 4 años en EUA tituló su libro “La tierra de contrastes”.

 

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DOS GRANDES SIMBOLOS

Los Estados Unidos se representan de ordinario por dos tipos de imágenes o iconos muy populares. Uno EL TIO SAM, un viejo delgado y alto, de barba cuidada y vestido formal, creación de Betsy Cross. El otro, COLUMBIA, o la Diosa de la Libertad, mujer corpulenta y maternal, con vestido de amplios pliegues, coronada con una diadema y una antorcha flameando en una de sus manos. El Tio Sam simboliza el gobierno, que requiere, negocia, pide sacrificios a sus ciudadanos. La Mujer representa la tierra de libertad y oportunidades, la América fértil y generosa. Erik Erikson, psicoanalista, en su libro “Niñez y Sociedad”, señala que a la mayoría de los norteamericanos se les plantean dos alternativas polarizadas: caminos abiertos de innovación o envidiosas islas de tradición; generoso internacionalismo o desafiante aislacionismo; ruidosa competición o modesta cooperación.

PUEBLO DE PARADOJA

Como lo advirtió, en su tiempo, George Santayana, el norteamericano “es un idealista que trabaja sobre lo material”. En él se dan cita la corriente trascendental -propiciada por Jonathan Edwards y refinada por Ralph Waldo Emerson-; y la corriente práctica convertida por Benjamin Franklin en una filosofía del sentido común. Bien ha recogido Michael Kammen todos estos aspectos de la cultura norteamericana en un libro que obtuvo el Premio Pulitzer, titulado en inglés “People of Paradox” y que puede traducirse “Pueblo aparentemente contradictorio “, publicado por Oxford University Press, libro que he vuelto a leer estos días con ocasión de los tres debates televisados con los candidatos presidenciales. Kammen recoge sus hallazgos en la página 116, cuando define la amalgama norteamericana como un “individualismo colectivo”, que se expresa como liberalismo conservador en la vida politica, como idealismo pragmático en la vida cerebral de los norteamericanos, como racionalismo emocional en su vida espiritual y como divino materialismo en su vida consumista. Dimensiones contrapuestas y complementarias del pueblo norteamericano, que afloraron claramente en las intervenciones tanto del candidato demócrata Al Gore como del candidato republicano Bush.

DOS ERAS CONTRAPUESTAS

Las grandes tendencias que agitan el espíritu nacional norteamericano no son ajenas a las características que predominan en ciertos largos períodos de su historia. Ya en sus comienzos, uno era el enfoque “igualitarista “ de la democracia, encarnado en Jackson, y otro el enfoque “libertario”, descentralizador, encarnado en Jefferson. A partir de 1930, Franklin Delano Roosevelt, frente a una grave crisis del capitalismo mundial, abrió con su New Deal las fronteras de una esperanza para su país y para el mundo. Indujo la concepción del Estado intervencionista, preocupado por ser no sólo un Estado de derecho sino también un Estado social. Con ello agigantó al máximo las funciones del Estado así como su gasto público y la administración central. Pero, a la vez, creó un envidiable sistema de seguridad social, con amplia cobertura de beneficios para las clases trabajadoras y desposeídas. Esta era “demócrata”, que intentó el sueño de un Welfare State (Estado de bienestar), llega hasta la administración de Reagan .

Con el triunfo del republicano Ronald Reagan en Noviembre 1980, se inició una nueva era, que venía gestándose desde la década anterior y que significó un giro impresionante. Sobre la base del liberalismo anterior, se trató de afianzar un NEO–CONSERVATISMO, con su slogan de “tratar de pensar lo impensable”. En economía se propusieron nuevos temas, caminos y soluciones, a la luz de los cambios tecnológicos de finales de siglo. Se comenzó a desmontar el gigantismo del Estado, a reducir su gasto social, a incentivar la productividad reduciendo impuestos y dando facilidades a la industria militar y a la empresa privada. Ideológicamente se propició un retorno a las fuentes sanas de la Federación como son el orden, la familia, la religión, el trabajo, la frugalidad. Y con todo ello, se buscó poner un dique al deterioro materialista pequeño-burgués que venía observándose en la sociedad norteamericana. A la vez, se opuso un muro infranqueable a cualquier tipo de totalitarismo especialmente el comunista, que estaba en su auge y que inició su derrumbe en 1989. La presidencia de Reagan, el presidente de teflón, marcó un hito, cuyos efectos abarcaron también el único período de Bush (1988-1992) – padre del actual candidato–, y pervivieron en el Congreso de EUA (controlado por el Grand Old Party republicano), con el cual tuvo que gobernar el demócrata Clinton durante sus 8 años (1992–2000).