El libro de cabecera de Bush
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Por lo general los gobernantes de turno suelen -en medio de sus muchas ocupaciones y apretada agenda- sacar algún rato para sus lecturas preferidas, por lo general biografías célebres de líderes, que siempre ayudan a descubrir la situación real de las cosas y de los posibles recursos del poder. Hojean, a veces, páginas de filosofía política que actualicen las respuestas a los inquietantes problemas que el mando plantea, como los planteó en su tiempo Maquiavelo en su famoso manual “El Príncipe”. Bolívar leía todo lo que podía sobre Alejandro Magno; Washington no perdía dato sobre Vernon; Napoleón III indagaba siempre sobre Julio César. El libro preferido de Kennedy era la biografía de Melbourne, el gran primer ministro de la reina Victoria de Inglaterra. Nixon releyó varias veces la biografía de Disraeli, escrita por Robert Blake. Para Truman, la lectura preferida era“Vidas paralelas” de Plutarco sobre los más notables griegos y romanos. El presidente colombiano, Belisario Betancur, puso de moda “Las memorias de Adriano” de Margarita Yourcenar. Clinton encontró un tesoro en la biografía de Lincoln, del escritor Donald D. Philips. Hay quienes se inspiran en el Roosevelt o en el Churchill de Isaiah Berlin. Hace poco dijo en público George W. Bush que tiene un libro político de cabecera, y recomendó su lectura -como lo había hecho antes el primer ministro español José María Aznar. Se trata de la obra POR LA DEMOCRACIA: EL PODER DE LA LIBERTAD PARA VENCER A LA TIRANÍA Y AL TERROR.. Las resonancias del libro en el discurso de posesión de Bush (20 enero) para su segundo mandato presidencial, son evidentes.

 

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Natan Sharansky

Es el autor del libro mencionado. Es más que un simple político, más que un escritor, y más que un teórico de la democracia. Su voz, clara y acerada a favor de la democracia, es la de un hombre, a la vez testigo y protagonista en carne propia de una lucha dispareja que unos pocos espíritus libres se atrevieron a librar contra el Leviatán soviético, que parecía invencible. Nació en Danesk, Ukrania, de familia judía, el 20 enero 1948. Fue un notable disidente soviético, es actual político israelí y autor de dos famosas obras. Se graduó en Matemáticas Aplicadas en el Instituto Técnico de Moscú. En 1973 trabajó como intérprete inglés para el famoso físico y disidente Andrés Sajarov; se volvió activista de derechos humanos y uno de los fundadores del movimiento judío Refusenik. En julio 1978 fue condenado por supuestos cargos de “traición” y “espionaje a favor de USA”, y sufrió por 9 años el Gulag siberiano. Intercambiado en 1986 por un espía soviético, emigró a Israel donde adoptó su actual nombre hebreo Natan (Anatoly). En 1988 fue elegido presidente del Foro Sionista y al año siguiente fue distinguido por el Presidente Reagan con la Medalla de la Libertad. En 1995 fundó el partido político “Israel para aliyah (ascenso)”, que obtuvo 7 escaños en el Knesset (parlamento) de 1996. Desde 2003 es miembro del actual Gabinete de Sharon, encargado de los asuntos de la Diáspora judía, Jerusalem y la lucha contra el Nuevo antisemitismo.

Sus dos libros principales son: “Fear No Evil. The Classic Memoir of One Man's Triumph over a Police State”, 1998 (No temerle al Mal. Remembranza del Triunfo de un sólo hombre sobre una Política de Estado), una especie de autobiografía; y “The Case for Democracy. The Power of Freedom to Overcome Tyranny and Terror”, 2004 (en asocio con Ron Dermer) . El libro es una apología de la democracia hecha por quien ha vivido en primera persona la persecución por un régimen opresor y la batalla por la libertad, y que ha visto al fin triunfar sus propios ideales allí donde los enemigos parecían invencibles.

 

Su mensaje

Sharansky afirma que la libertad es esencial para la seguridad y la prosperidad, y que todo pueblo y nación tienen derecho a vivir libres en una sociedad democrática. Sostiene que los derechos humanos, la seguridad y la estabilidad pueden garantizarse solamente si se libra al pueblo de sus opresores y se le ayuda a convertirse en una sociedad libre donde cada uno tenga libertad de expresar su opinión. En consecuencia, concluye, el mundo libre debe insistir en promover la democracia para los pueblos oprimidos en lugar de apaciguar a las dictaduras y hacer negocios con los regímenes tiranos. Confiesa en una entrevista, que su libro “ilustra por qué la democracia fue tan crucial para la estabilidad internacional y la seguridad, y por qué dicho nexo ha sido tan exitoso durante la Guerra Fría y por qué el mundo libre ha traicionado sus principios democráticos en Oslo. Con base en él, esbocé mi plan para ayudar a los Palestinos a construir una sociedad libre y ayudar a los Israelíes y Palestinos a forjar una paz duradera”.

Detallando un poco más, el hilo conductor de sus tesis es que la victoria de ayer puede, y debe, ser el empeño de hoy, en cualquier parte del mundo, en cualquier lugar donde la dictadura y el totalitarismo tengan prisioneros a los hombres en “sociedades del pavor”. La promoción de la democracia es la única garantía para la seguridad, el bienestar y el progreso de la humanidad. El desorden y la guerra son hijos de la dictadura, cuya derrota es el presupuesto para la creación de un mundo de dignidad. No hay diferencia entre los pueblos respecto a esto: se equivoca quien piense que la democracia tenga límites geográficos y culturales. La aparente adhesión –y a veces aun entusiasmo- de los ciudadanos de las sociedades cerradas por regímenes autoritarios no son síntomas de rechazo a la libertad; son, sencillamente, expresión del terror, de la coerción, del silencio doloroso.

En el libro, las sociedades no-democráticas son observadas con microscopìo para descubrir los mecanismos de tiranía que las sostienen. Suelen ellas utilizar estrategias para infundir temor a la sociedad y tácticas de intimidación. “Nondemocracy necessarily equals fear” (la no democracia suele ir paralela con el temor que se infunde). Los líderes en las democracias se apoyan en la voluntad popular; y por ello, tratan de ganar los favores populares con actos de buen gobierno, conducentes a un mejor nivel de vida y progreso para los gobernados. En las dictaduras, con una mala administración pública, suele ocurrir lo contrario. Se ven impulsadas a intimidar, a imponer el terror, a crear peligros exteriores para distraer la atención de los problemas interiores y movilizar hacia allá las masas en una política de supervivencia de su poder en riesgo.

La paz no puede basarse en la “estabilidad” a toda costa. El tratar de apaciguar a una dictadura (appeassement) es una ilusión que ya ha sido pagada con precio elevado. La única paz realmente duradera es la que se afinca en la democracia, y sólo la promoción de la democracia puede ampliar los horizontes de la paz. Esta es la lección que la historia ha enseñado, y éste debe ser objetivo de toda nación verdaderamente democrática.

 

14 marzo 2005