IMPERIALISMO
HOY
El
imperialismo como política y práctica
de extender una nación su poder
sobre otros Estados o áreas del
mundo, anexando con frecuencia territorio,
ha existido desde que existen poderes
políticos organizados y ambiciosos.
Se practica imperialismo: y por las dinastías
Chou y Ch’in en la antigua China
(siglos X-III antes de Cristo) y Maurya
en India (s. 1V-II antes de Cristo); por
el imperio griego de Alejandro Magno que
llegaba más allá de Persia
(s. IV a.c.); y por el Imperio Romano
que en su rama bizantina llega hasta 1453
y en su rama occidental hasta el año
476, pero da lugar al Sacro Imperio Romano
con Carlomagno (coronado por el Papa el
año 800) hasta 806, cuando ya no
era sino una débil confederación
de pequeños Estados europeos.
Todo imperialismo tiene tres ingredientes
claves: un querer; un creer y un poder.
Supone una voluntad de incrementar el
poder político y económico
que ya se tiene. Implica una creencia
de superioridad que le da justificación
ideológica y capacidad de movilización
ciudadana. Y requiere para el logro de
sus ambiciones estar dotado de medios
eficaces de tipo económico, técnico,
cultural, militar.
Desde el siglo XIX, el imperialismo de
las metrópolis desarrolladas corrió
parejo con el mercantilismo y el colonialismo.
Las potencias de entonces se repartieron
el globo por “áreas de influencia”
en Asia, Africa, América Latina
y el Caribe, manejando conceptos de supremacía
racial y moral. Después de la Segunda
Guerra Mundial, el imperialismo tomó
nueva forma. Los viejos imperios dejaron
de existir; las antiguas colonias se volvieron
estados independientes, algunos tras prolongadas
luchas de liberación nacional.
Hasta 1990, Estados Unidos de
Norteamerica y la URSS compitieron en
todas las formas por lograr influjo sobre
estas nuevas naciones, por lo general
a través de ayuda económica
y militar a sus gobiernos, y en algunos
casos también por intervención
militar directa (Vietnam, República
Dominicana, Panamá, Hungría,
Checoslovaquia, Angola, Afganistán)
Tras el derrumbe del mundo comunista nucleado
alrededor de la Unión Soviética
(1989...) y la inobjetable victoria militar
de Estados Unidos en la Guerra del Golfo
Pérsico (1991), Norteamérica
ha quedado constituida como la única
superpotencia y gendarme mundial en nuestros
días. Y tiene en grado sumo 1os
tres ingredientes para un nuevo imperialismo
más sofisticado que antes: tiene
voluntad de supremacía y hegemonía
mundial; cultiva su creencia de superioridad;
está dotado de indiscutible poder
económico y político y militar.
LA
NUEVA “RAZÓN DE ESTADO”
Los
imperios, en su búsqueda de poder
y gloria, tienen que justificar sus intervenciones
con un doble argumento: mostrar que la
intervención es correcta (justa),
y mostrar que sirve a sus intereses nacionales
(útil). En otras palabras, deben
conjugar simultáneamente una razón
ética y una razón de Estado.
El caso de la Guerra del Golfo Pérsico
contra Irak es ilustrativo. Liderando
una fuerza multinacional, con la superioridad
que le daba la última tecnología
militar, los Estados Unidos libraron una
guerra justa contra la invasión
arbitraria que el bien armado Hussein
había hecho de su pequeño
e inerme vecino Kuwait, y pelearon por
asegurar el control de las grandes reservas
petrolíferas de ese Medio Oriente
tan estratégico para el Occidente.
Con su victoria en la Guerra del Golfo,
quedaron exorcizados definitivamente para
EUA los fantasmas de Vietnam (que por
15 años lo mantuvieron inhibido
de grandes acciones bélicas) y
derrumbado el mundo comunista, no había
ya base para justificar éticamente
la gran cruzada mundial contra su amenaza
totalitarista y atea. Estados Unidos tenía
que levantar la bandera de una nueva cruzada
moralista (justa) y, a la vez, mostrar
que lo hacía sirviendo a sus mejores
y más nobles intereses (útil
para su seguridad nacional, salud pública,
supervivencia). Y qué mejor que
la causa de la lucha antinarcóticos?
“La droga está acabando con
las nuevas generaciones, envenenando la
sociedad, dañando las buenas costumbres,
incrementando la violencia, disparando
la criminalidad, resultando muy costosa
para el erario...”. El Big Brother
de la novela de Orson Welles ya puede
enarbolar su garrote, intervenir donde
quiera y cuanto sea necesario.
UNILATERALISMO
PREPOTENTE
Es
unánime en la comunidad internacional
el actual rechazo a los términos
de la Ley norteamericana Helms-Burton,
que intenta acabar de ahorcar a Cuba impidiendo
a otros países negociar con la
isla. Dicha Ley implica la intromisión
hegemónica de un país en
la soberanía de otros países,
puesto que reclama unilateralmente efectos
extraterritoriales. Así lo expresó
unánimente la OEA, en su Asamblea
anual, tenida en Panamá en junio
1996 y así lo ha afirmado el Comité
Jurídico Interamericano de la misma
OEA, al declarar el pasado octubre que
la dicha Ley norteamericana “no
es conforme al derecho internacional”.
Así lo vienen también sosteniendo
con entereza los países de la Unión
Europea. Y a solicitud de Colombia, a
nombre de los países No-Alineados
y de China, la Comisión de Derechos
Humanos de la ONU, el pasado 3 de abril,
adoptó una resolución (37
votos a favor, 8 en contra y 7 abstenciones)
condenando las sanciones económicas
extraterritoriales, como las prescritas
por la tal Ley Helms-Burton.
Con
la misma arrogancia y prepotencia, Estados
Unidos quiere imponer a los países
del Caribe y al sur de Río Grande
de México los términos de
su lucha antinarcóticos, invocando
la razón ética y la razón
de Estado (derrumbado el Comunismo ésta
es la gran amenaza que afecta su seguridad
interna y su salud pública nacional).
Bolivia, Colombia, México, varios
Estados caribeños son ahora los
chivos expiatorios de esta nueva política
del Departamento de Estado norte americano.
El Imperio viene aplicando ahora un mecanismo
de “certificación”
en forma unilateral, caprichosa, arrogante.
En sus manos poderosas la “certificación”
o “descertificación”
se convierte en instrumento de intimidación
e intervencionismo sobre otros países
soberanos pero pequeños; es una
forma de control disfrazado sobre gobiernos
débiles que no son de su agrado
y de entromisión en políticas
internas de otros países que no
son de su ámbito.
Bien ha recogido este sentir de nuestro
subcontinente el expresidente Jaime Lusinchi
en el programa televisado América
Habla de la CBS, llamando a que se unan
los países de América Latina
para rechazar las pretensiones de Estados
Unidos de convertirse en rectores dictando
condiciones inaceptables que violan la
soberanía de los países:
“Ese asunto de la certificación
constituye una intromisión indebida
en los asuntos internos de nuestros Estados...
Obviamente caben señalamientos,
pero no condicionamientos... quien distribuye
y consume tiene tanta o más culpa
que aquéllos que producen la droga”.
Y el Grupo de Río, conformado actualmente
por 10 países latinoamericanos,
ha expedido el 20 de marzo un comunicado
en el que rechaza la descertificación
de EUA a Colombia por considerar que “atenta
contra las normas de convivencia internacional,
entorpece el clima de cooperación
regional y perjudica la eficacia de la
lucha contra el narcotráfico”.