Cuando Estados Unidos se llevó el mar Caribe
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Logo Enrique Neira

 

 

     

Una de las más geniales hipérboles de Gabriel García Márquez (Premio Nobel) en su novela El Otoño del Patriarca, es aquella increíble operación, a la que el dictador asiste impotente, por medio de la cual los norteamericanos se robaron el mar de su país caribeño:

“De modo que se llevaron el Caribe en abril, se lo llevaron en piezas numeradas los ingenieros náuticos del embajador Ewing para sembrarlo lejos de los huracanes en las auroras de sangre de Arizona, se lo llevaron con todo lo que tenía adentro, mi general, con el reflejo de nuestras ciudades.. .pero nunca pude imaginar que eran capaces de hacer lo que hicieron de llevarse con gigantescas dragas de succión las esclusas numeradas de mi viejo mar de ajedrez... .se llevaron todo cuanto había sido la razón de mis guerras y el motivo de mi poder “.

Donde estaba antes el mar no queda ahora sino un inmenso descampado en el que unos pocos peces dan saltos de agonía. Y es que la novela del premio Nobel colombiano está cruzada todo el tiempo por la presencia del fantasma del imperialismo norteamericano que ha irrespetado por años la soberanía de los Estados latinoamericanos y caribeños.

 

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IMPERIALISMO HOY

El imperialismo como política y práctica de extender una nación su poder sobre otros Estados o áreas del mundo, anexando con frecuencia territorio, ha existido desde que existen poderes políticos organizados y ambiciosos. Se practica imperialismo: y por las dinastías Chou y Ch’in en la antigua China (siglos X-III antes de Cristo) y Maurya en India (s. 1V-II antes de Cristo); por el imperio griego de Alejandro Magno que llegaba más allá de Persia (s. IV a.c.); y por el Imperio Romano que en su rama bizantina llega hasta 1453 y en su rama occidental hasta el año 476, pero da lugar al Sacro Imperio Romano con Carlomagno (coronado por el Papa el año 800) hasta 806, cuando ya no era sino una débil confederación de pequeños Estados europeos.

Todo imperialismo tiene tres ingredientes claves: un querer; un creer y un poder. Supone una voluntad de incrementar el poder político y económico que ya se tiene. Implica una creencia de superioridad que le da justificación ideológica y capacidad de movilización ciudadana. Y requiere para el logro de sus ambiciones estar dotado de medios eficaces de tipo económico, técnico, cultural, militar.

Desde el siglo XIX, el imperialismo de las metrópolis desarrolladas corrió parejo con el mercantilismo y el colonialismo. Las potencias de entonces se repartieron el globo por “áreas de influencia” en Asia, Africa, América Latina y el Caribe, manejando conceptos de supremacía racial y moral. Después de la Segunda Guerra Mundial, el imperialismo tomó nueva forma. Los viejos imperios dejaron de existir; las antiguas colonias se volvieron estados independientes, algunos tras prolongadas luchas de liberación nacional. Hasta 1990, Estados Unidos de

Norteamerica y la URSS compitieron en todas las formas por lograr influjo sobre estas nuevas naciones, por lo general a través de ayuda económica y militar a sus gobiernos, y en algunos casos también por intervención militar directa (Vietnam, República Dominicana, Panamá, Hungría, Checoslovaquia, Angola, Afganistán)

Tras el derrumbe del mundo comunista nucleado alrededor de la Unión Soviética (1989...) y la inobjetable victoria militar de Estados Unidos en la Guerra del Golfo Pérsico (1991), Norteamérica ha quedado constituida como la única superpotencia y gendarme mundial en nuestros días. Y tiene en grado sumo 1os tres ingredientes para un nuevo imperialismo más sofisticado que antes: tiene voluntad de supremacía y hegemonía mundial; cultiva su creencia de superioridad; está dotado de indiscutible poder económico y político y militar.

LA NUEVA “RAZÓN DE ESTADO”

Los imperios, en su búsqueda de poder y gloria, tienen que justificar sus intervenciones con un doble argumento: mostrar que la intervención es correcta (justa), y mostrar que sirve a sus intereses nacionales (útil). En otras palabras, deben conjugar simultáneamente una razón ética y una razón de Estado. El caso de la Guerra del Golfo Pérsico contra Irak es ilustrativo. Liderando una fuerza multinacional, con la superioridad que le daba la última tecnología militar, los Estados Unidos libraron una guerra justa contra la invasión arbitraria que el bien armado Hussein había hecho de su pequeño e inerme vecino Kuwait, y pelearon por asegurar el control de las grandes reservas petrolíferas de ese Medio Oriente tan estratégico para el Occidente.

Con su victoria en la Guerra del Golfo, quedaron exorcizados definitivamente para EUA los fantasmas de Vietnam (que por 15 años lo mantuvieron inhibido de grandes acciones bélicas) y derrumbado el mundo comunista, no había ya base para justificar éticamente la gran cruzada mundial contra su amenaza totalitarista y atea. Estados Unidos tenía que levantar la bandera de una nueva cruzada moralista (justa) y, a la vez, mostrar que lo hacía sirviendo a sus mejores y más nobles intereses (útil para su seguridad nacional, salud pública, supervivencia). Y qué mejor que la causa de la lucha antinarcóticos? “La droga está acabando con las nuevas generaciones, envenenando la sociedad, dañando las buenas costumbres, incrementando la violencia, disparando la criminalidad, resultando muy costosa para el erario...”. El Big Brother de la novela de Orson Welles ya puede enarbolar su garrote, intervenir donde quiera y cuanto sea necesario.

UNILATERALISMO PREPOTENTE

Es unánime en la comunidad internacional el actual rechazo a los términos de la Ley norteamericana Helms-Burton, que intenta acabar de ahorcar a Cuba impidiendo a otros países negociar con la isla. Dicha Ley implica la intromisión hegemónica de un país en la soberanía de otros países, puesto que reclama unilateralmente efectos extraterritoriales. Así lo expresó unánimente la OEA, en su Asamblea anual, tenida en Panamá en junio 1996 y así lo ha afirmado el Comité Jurídico Interamericano de la misma OEA, al declarar el pasado octubre que la dicha Ley norteamericana “no es conforme al derecho internacional”. Así lo vienen también sosteniendo con entereza los países de la Unión Europea. Y a solicitud de Colombia, a nombre de los países No-Alineados y de China, la Comisión de Derechos Humanos de la ONU, el pasado 3 de abril, adoptó una resolución (37 votos a favor, 8 en contra y 7 abstenciones) condenando las sanciones económicas extraterritoriales, como las prescritas por la tal Ley Helms-Burton.

Con la misma arrogancia y prepotencia, Estados Unidos quiere imponer a los países del Caribe y al sur de Río Grande de México los términos de su lucha antinarcóticos, invocando la razón ética y la razón de Estado (derrumbado el Comunismo ésta es la gran amenaza que afecta su seguridad interna y su salud pública nacional). Bolivia, Colombia, México, varios Estados caribeños son ahora los chivos expiatorios de esta nueva política del Departamento de Estado norte americano. El Imperio viene aplicando ahora un mecanismo de “certificación” en forma unilateral, caprichosa, arrogante. En sus manos poderosas la “certificación” o “descertificación” se convierte en instrumento de intimidación e intervencionismo sobre otros países soberanos pero pequeños; es una forma de control disfrazado sobre gobiernos débiles que no son de su agrado y de entromisión en políticas internas de otros países que no son de su ámbito.

Bien ha recogido este sentir de nuestro subcontinente el expresidente Jaime Lusinchi en el programa televisado América Habla de la CBS, llamando a que se unan los países de América Latina para rechazar las pretensiones de Estados Unidos de convertirse en rectores dictando condiciones inaceptables que violan la soberanía de los países:

“Ese asunto de la certificación constituye una intromisión indebida en los asuntos internos de nuestros Estados... Obviamente caben señalamientos, pero no condicionamientos... quien distribuye y consume tiene tanta o más culpa que aquéllos que producen la droga”.


Y el Grupo de Río, conformado actualmente por 10 países latinoamericanos, ha expedido el 20 de marzo un comunicado en el que rechaza la descertificación de EUA a Colombia por considerar que “atenta contra las normas de convivencia internacional, entorpece el clima de cooperación regional y perjudica la eficacia de la lucha contra el narcotráfico”.