Postulados
teóricos
Recogiendo, en síntesis,
los elementos que hoy se vinculan más
con la idea de una verdadera democracia
política, encontramos que pueden
reducirse a los mismos cinco que conforman
un Estado
de derecho :
a) Imperio de la Constitución:
ésta aparece como la expresión
de la voluntad general, popular. Esto
exige, de ordinario, un cuerpo representativo
de la nación.
b) División de
los Poderes públicos: la separación
de las ramas del Poder (Ejecutivo, Legislativo
y Judicial) es garantía contra
el posible arbitrio del gobernante o gobernantes[1].
c) Legalidad y legitimidad
de la administración central (gobierno):
lo cual exige que ésta actúe
dentro de la Ley, que sea expresión
de la voluntad popular.
d) Garantía de
los derechos y libertades fundamentales
de la persona: el respeto de las libertades
fundamentales y del libre juego de la
iniciativa individual.
e) Elecciones periódicas
confiables, como expresión legítima
de la voluntad popular mayoritaria.
Condiciones de la democracia
Además de los postulados teóricos,
hasta no hace mucho se insistía
en los llamados presupuestos sociales
de una democracia política moderna.
Hay países, en efecto, que tienen
una Constitución democrática,
pero en los que no se puede hablar de
una democracia verdaderamente operante,
porque el pueblo no se encuentra en condiciones
democráticas. Estas condiciones
se referían principalmente a un
buen nivel de vida : el que no haya grandes
diferencias económicas y sociales
entre los varios miembros de la comunidad
política favorece a un sistema
democrático. Como anota R. Dahl,
era opinión extensamente compartida
que un alto nivel de desarrollo socioeconómico
no solo favorecía la transformación
de un régimen hegemónico
en una poliarquía, sino que -llegado
el caso- contribuía a mantenerla.
Lipset demostraba que altos niveles de
desarrollo económico tendían
a ser correlativos con estabilidad democrática.
Hoy se percibe que la democracia es mucho
menos dependiente que antes de los niveles
de desarrollo social y económico.
Depende más de las opciones políticas[2],
de la “habilidad”[3],
así como de los resultados de las
acciones racionales y de una buena red
de información[4].
Hoy es fácil de comprobar que el
ingreso per capita de un país no
es lo que determina su nivel de democracia.
Hay países de altos niveles de
ingreso y recurrente tendencia a regímenes
autoritarios y viceversa, hay países
pequeños económicamente
pero con instituciones democráticas
estables y buena cultura política
democrática[5].
Crisis y desafíos de
la democracia
Reconociendo
los nuevos procesos de democratización
que se observan en países del segundo
y tercer mundo, varios estudios serios
destacan los nuevos desafíos que
se plantean a las democracias avanzadas
de occidente (demandas políticas
de los medio ambientalistas, de movimientos
feministas, de grupos que exigen nuevos
cauces de participación) y analizan
los factores de crisis que siguen amenazando
nuestras democracias por doquier[6].
Bobbio sigue adhiriendo a la democracia
como a la mejor forma de construir comunidad
política, como al conjunto de instituciones
que hace posible la solución de
los conflictos sin el recurso autoritario
a la fuerza. Pero el método o genuina
práctica democrática enfrenta
en nuestros países grandes obstáculos
como son:
•
El tamaño y complejidad que va
adquiriendo la sociedad industrial moderna;
• La burocracia hipertrófica
del Estado;
• La naturaleza tecnológica
de las economías globalizadas que
complica el proceso de decisiones;
• La apatía y despolitización
de los ciudadanos;
• La masificación de los
ciudadanos sometidos a las presiones de
grandes grupos de intereses (nacionales
e internacionales).
En
concreto, para Bobbio, son tres los “efectos
perversos” de nuestras democracias,
a los que con recursos menores y atavismos
de larga data debemos hacer frente en
nuestros países de desarrollo limitado[7]
:
1.
La ingobernabilidad que proviene de la
desproporción entre las demandas
cada vez mayores de una sociedad civil
cada vez mayor, hechas a la capacidad
del sistema político para responder
adecuadamente a ellas.
2.
El clientelismo que desplaza a la relación
pública entre representantes y
representados, y los recursos públicos
se utilizan por funcionarios y políticos
como “recursos privados” a
cambio de “favores” políticos
de los ciudadanos.
3.
El surgimiento de poderes paralelos e
invisibles que a falta de una presencia
más efectiva del Estado legítimo
pretenden asumir tareas de dominación
con los ciudadanos (grupos narcotraficantes,
guerrillero-terroristas, justicia privada,
economía informal...).
En
síntesis, como bien observa dicho
autor: “la democracia, considerada
al menos idealmente como la mejor forma
de gobierno, a menudo es acusada de no
haber mantenido sus promesas. No ha mantenido
la promesa de eliminar las élites
de poder. No ha mantenido las promesas
de autogobierno. No ha mantenido la promesa
de integrar la igualdad formal con la
sustancial”[8].