Democracia como forma de gobierno
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Democracia como forma de gobierno

La democracia política

Según la terminología de la encuesta llevada a cabo por la Unesco en 1948, democracia, en sentido estricto, es la democracia política. Su definición más conocida es la que dió Lincoln en el cementerio de Gettysburg: Es el gobierno del pueblo, por el pueblo, y para el pueblo.

La llamada democracia directa, en la que el pueblo ejerciera directamente el poder político, sin otorgar su representación o mandato a compromisarios o diputados, se volvió por siglos un imposible práctico. A duras penas se conserva un vestigio suyo en los cantones de Suiza. Es, en efecto, imposible que un pueblo numeroso, con problemas complejos que exigen decisiones rápidas, pueda gobernarse a sí mismo por medio de una participación directa y constante. Pero va haciéndose cada día más viable el que la tecnología cibernética pueda permitir consultas directas o "referenda" a todos los hogares de un país sobre asuntos muy importantes. Mientras tanto, en todas partes se ha impuesto nuestra llamada democracia representativa, con sus vicios y limitaciones en cuanto auténtica expresión de la voluntad del pueblo.

 

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Postulados teóricos

Recogiendo, en síntesis, los elementos que hoy se vinculan más con la idea de una verdadera democracia política, encontramos que pueden reducirse a los mismos cinco que conforman un Estado de derecho :

a) Imperio de la Constitución: ésta aparece como la expresión de la voluntad general, popular. Esto exige, de ordinario, un cuerpo representativo de la nación.

b) División de los Poderes públicos: la separación de las ramas del Poder (Ejecutivo, Legislativo y Judicial) es garantía contra el posible arbitrio del gobernante o gobernantes[1].

c) Legalidad y legitimidad de la administración central (gobierno): lo cual exige que ésta actúe dentro de la Ley, que sea expresión de la voluntad popular.

d) Garantía de los derechos y libertades fundamentales de la persona: el respeto de las libertades fundamentales y del libre juego de la iniciativa individual.

e) Elecciones periódicas confiables, como expresión legítima de la voluntad popular mayoritaria.


Condiciones de la democracia

Además de los postulados teóricos, hasta no hace mucho se insistía en los llamados presupuestos sociales de una democracia política moderna. Hay países, en efecto, que tienen una Constitución democrática, pero en los que no se puede hablar de una democracia verdaderamente operante, porque el pueblo no se encuentra en condiciones democráticas. Estas condiciones se referían principalmente a un buen nivel de vida : el que no haya grandes diferencias económicas y sociales entre los varios miembros de la comunidad política favorece a un sistema democrático. Como anota R. Dahl, era opinión extensamente compartida que un alto nivel de desarrollo socioeconómico no solo favorecía la transformación de un régimen hegemónico en una poliarquía, sino que -llegado el caso- contribuía a mantenerla. Lipset demostraba que altos niveles de desarrollo económico tendían a ser correlativos con estabilidad democrática.

Hoy se percibe que la democracia es mucho menos dependiente que antes de los niveles de desarrollo social y económico. Depende más de las opciones políticas[2], de la “habilidad”[3], así como de los resultados de las acciones racionales y de una buena red de información[4]. Hoy es fácil de comprobar que el ingreso per capita de un país no es lo que determina su nivel de democracia. Hay países de altos niveles de ingreso y recurrente tendencia a regímenes autoritarios y viceversa, hay países pequeños económicamente pero con instituciones democráticas estables y buena cultura política democrática[5].

Crisis y desafíos de la democracia

Reconociendo los nuevos procesos de democratización que se observan en países del segundo y tercer mundo, varios estudios serios destacan los nuevos desafíos que se plantean a las democracias avanzadas de occidente (demandas políticas de los medio ambientalistas, de movimientos feministas, de grupos que exigen nuevos cauces de participación) y analizan los factores de crisis que siguen amenazando nuestras democracias por doquier[6]. Bobbio sigue adhiriendo a la democracia como a la mejor forma de construir comunidad política, como al conjunto de instituciones que hace posible la solución de los conflictos sin el recurso autoritario a la fuerza. Pero el método o genuina práctica democrática enfrenta en nuestros países grandes obstáculos como son:

• El tamaño y complejidad que va adquiriendo la sociedad industrial moderna;
• La burocracia hipertrófica del Estado;
• La naturaleza tecnológica de las economías globalizadas que complica el proceso de decisiones;
• La apatía y despolitización de los ciudadanos;
• La masificación de los ciudadanos sometidos a las presiones de grandes grupos de intereses (nacionales e internacionales).

En concreto, para Bobbio, son tres los “efectos perversos” de nuestras democracias, a los que con recursos menores y atavismos de larga data debemos hacer frente en nuestros países de desarrollo limitado[7] :

1. La ingobernabilidad que proviene de la desproporción entre las demandas cada vez mayores de una sociedad civil cada vez mayor, hechas a la capacidad del sistema político para responder adecuadamente a ellas.

2. El clientelismo que desplaza a la relación pública entre representantes y representados, y los recursos públicos se utilizan por funcionarios y políticos como “recursos privados” a cambio de “favores” políticos de los ciudadanos.

3. El surgimiento de poderes paralelos e invisibles que a falta de una presencia más efectiva del Estado legítimo pretenden asumir tareas de dominación con los ciudadanos (grupos narcotraficantes, guerrillero-terroristas, justicia privada, economía informal...).

En síntesis, como bien observa dicho autor: “la democracia, considerada al menos idealmente como la mejor forma de gobierno, a menudo es acusada de no haber mantenido sus promesas. No ha mantenido la promesa de eliminar las élites de poder. No ha mantenido las promesas de autogobierno. No ha mantenido la promesa de integrar la igualdad formal con la sustancial”[8].

 

[1] Una lista de estudios sobre la separación de poderes incluye: Eskridge (1991), Kiewiet y McCubbins (1991), Gely y Spiller (1992), Rothenberg (1994), McCarthy y Poole (1995).

[2] D.A. Rustow (1970): “Transitions to democracy: towards a dynamic model”, Comparative Politics 2, pp. 337-363.


[3] G. Di Palma (1990): To Craft Democracies, Berkeley, University of California Press.

[4] A. Przeworski (1991): Democracy and the Market, Cambridge, Cambridge University Press.

[5] “...siempre me he resistido a pensar que sólo a partir de equis miles de dólares de renta per capita se puede tener democracia. Mi contraargumento era:¿o sea, que además de ser pobres, hay que aguantar la dictadura?”, Felipe González, líder de España en el período de la transición, cuando por la pobreza de España se dudaba de sus posibilidades democráticas.

[6] Entre muchos, véase Juan Linz (1989): La quiebra de las democracias, Madrid Alianza; Norberto Bobbio (1985) Crisis de la democracia, Barcelona Ariel y (1986): El futuro de la democracia, México Fondo de Cultura Económica.

[7] Véase Alfredo Ramos Jiménez (1993): Comprender el Estado, Mérida, Universidad de Los Andes, pp. 335-339.

[8] N. Bobbio (1985): Crisis de la democracia, p. 24.