¿Crisis de identidad o de poder?
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¿Qué es Europa?

Más allá de la delimitación geográfica (todavía con bemoles), más allá de unos valores supuestamente comunes a los que el checo Vaclav Havel ha apuntado en varias ocasiones (www.eurplace.org), Europa se ha venido haciendo sobre unas experiencias históricas compartidas alrededor del progreso y la solidaridad, superando antiguas formas de entender las relaciones entre países y pueblos. El proyecto europeo ha culminado con éxito varias etapas claves desde 1952, cuando 6 Estados conformaron inicialmente la Comunidad Europea del Carbón y el Acero. El Tratado de Roma inició el proyecto general. El Acta Unica logró la instauración del gran mercado común. Y el acuerdo de Maastricht hizo posible el euro como moneda común, ya en circulación y en ventaja sobre el dólar. El espíritu de la Unión, vivo y actuante, persigue ahora metas políticas. Pero, ¿podrá realizarlas, y en qué medida? “¿Podrá Europa llegar a ser Europa cuando precisamente se está convirtiendo en Europa?”. Con este juego de palabras plantea el pensador británico Timothy G. Ash las dificultades para una mutación de lo que conocemos como la actual UE de 15 miembros hacia una Europa unida políticamente y abarcando todo un continente. Cuando se pensaba que en la pasada reunión de Bruselas el 13 de diciembre, los 25 miembros (incluidos los 10 nuevos que formarán parte de la Unión a partir del próximo 1º de mayo) iban a adoptar un texto de Constitución política para Europa, la cita resultó un fracaso, evidenciando una o varias crisis latentes. Ya las discusiones del Tratado de Niza (diciembre 2001) habían mostrado las dificultades de los temas para una unión política. Se confió entonces a una Comisión (Convención Europea), presidida por el expresidente francés Giscard d’Estaing, la elaboración de una Carta Magna. El proyecto de texto de 460 artículos, con Preámbulo y tres partes principales que acaba de presentarse en la reunión de Bruselas, no satisfizo.

 

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Las dificultades

Son de varios tipos. Hay una heterogeneidad de 25 países que viene dada por niveles de desarrollo y riqueza desiguales así como por fuertes diversidades culturales y políticas entre los Estados miembros. El reto institucional –dado el mayor número de países miembros y tamaños muy dispares de población- es muy grande, así como el reto político para dotar a la comunidad europea de las capacidades necesarias para actuar como actor influyente en el actual mundo globalizado y convulsionado. Bien advierte Joan Subirat que lo que hasta ahora ha permitido a la Unión Europea llegar a resultados concretos con unas políticas de integración paso a paso, no es suficiente para el salto adelante de construir una Europa unida políticamente. “Hemos buscado la legitimidad en los resultados (outputs) y conscientemente nos hemos olvidado del contrato común, de esos inputs compartidos que están en la base de cualquier sociedad mínimamente cohesionada”. Es decir, más allá del mercado común y la moneda común, Europa tiene por delante la tarea difícil de construir Nación (nation building) con identidad ciudadana. Lo que implica avanzar desde la diversidad cultural hacia la identidad de una ciudadanía compartida, en la que la gran mayoría de los habitantes de los 25 países sientan a Europa como propia.

¿Europa de dos velocidades?

La principal tranca para la adopción consensuada del proyecto de Constitución presentado por la Comisión Europea (otras son menores como el nombrar o no a Dios o el papel que debe cumplir el eventual ministro de Relaciones Exteriores) radica en la distribución del poder entre los miembros de la Unión con base en el criterio adoptado de mayor población (y supuesto mayor influjo económico), que configura una votación por mayoría cualificada, y variaría el actual equilibrio de poder en Europa. Sustituye el criterio vigente desde el Tratado de Niza del 2000 que es más equitativo con los países de menor desarrollo. Se favorecería así a los llamados “pioneros” (los seis países fundadores de la Unión), y más en concreto al “trio” o “eje” que hoy se perfila como el nuevo “Directorio europeo”, como el motor dinámico para una construcción acelerada de la nueva Europa, constituido por Alemania, Francia e Inglaterra. España y Polonia han expuesto sus reservas y recelos ante la nueva situación planteada, así como otros países del club que temen que las tres locomotoras impongan su “diktat”en asuntos delicados como defensa y política exterior. Jacques Chirac (presidente de Francia) y Gerhard Schoeder (presidente de Alemania) han señalado que Europa debe avanzar más rápidamente sin mucha consideración con lastres o retardos de países relativamente débiles. El actual presidente de la Comisión, exprimer ministro italiano, Prodi, recoge la polémica en reciente entrevista publicada por el diario italiano “LaReppublica”: “Está claro que si la situación no se desbloquea en 2004, alguno podrá, o incluso deberá, tomar la iniciativa de ir adelante /…/ El tren de la UE no puede ir a la velocidad del vagón más lento, en parte porque tengo la sensación de que algún vagón no se quiere mover, o incluso quiere dar marcha atrás”. Lo mismo afirmó el diario alemán “Norddeustscher Rundfunk”: “No podemos aceptar que con el tiempo, el barco más lento marque el ritmo de la locomotora”.

Pero son muchas y sensatas las voces que están levantándose contra la eventualidad de una Europa de dos velocidades. Para Bertie Ahern, primer ministro irlandés y presidente de la UE durante este semestre, las dos velocidades serían una equivocación: “Crearía disparidades y divergencias que no serían ciertamente buenas para los europeos” ha declarado la semana pasada a la BBC. Para Pat Cox, actual presidente del Parlamento Europeo, tal idea crearía “europeos de segunda categoría”. En entrevista del pasado 26 de enero, Helmut Kohl, ex canciller alemán por 16 años, peso pesado de la actual Europa como arquitecto de la reunificación alemana y de la moneda única se resiste a la idea que pueda surgir “un directorio de unos cuantos países grandes que decida por los pequeños /... La situación de Alemania en el centro de Europa obliga a desempeñar un papel de centro /…/ Quien pida una Europa de dos velocidades tendrá que recabar la aprobación de los 25 miembros. Pero ninguno de los nuevos países miembros está interesado en una Europa de dos velocidades que lo rebaje a la condición de segundón”.

Conclusión

50 años tomó a los europeos tener una moneda común fuerte. Alcanzar que 450 millones de personas de 25 países diferentes (muchos de ellos ni siquiera Estados-nación), se unan bajo una sola Constitución política que les permita ocupar el lugar eminente que les corresponde en el mundo de mañana, puede desbordar un breve lapso como el 2004.

04 febrero 2004