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Un
territorio inaccesible
Afganistán,
con sus prominentes y áridas montañas,
ha sido desde muy antiguo paso obligado
de las caravanas de seda y hoy del petróleo
entre Asia Central, la India, Extremo Oriente
y Próximo Oriente. Con sus 24 millones
de habitantes está hoy encajonado
entre cuatro gigantes: la antigua URSS,
China, India e Irán. Objeto de apetencia
para las potencias de turno y los poderes
regionales, solamente logró ser sometido
a la fuerza por los mongoles, bajo la férula
legendaria de Gengis Khan a partir de 1219.
En Afganistán encallaron el Imperio
Británico en el siglo XIX y la Unión
Soviética en el siglo XX (años
1979–1989). En la coyuntura actual,
Estados Unidos debería pensarlo tres
veces antes de embarcarse en una ocupación
militar de un territorio que por tres siglos
ha sido yunque desgastador de imperios.
Y no puede olvidarse el hecho –como
lo recuerda Luis Prados de “El País”–
que “un eventual ataque militar de
Estados Unidos contra Afganistán
tendría su epicentro en una de las
regiones con más armas nucleares
del mundo”. India (desde 1974), Pakistán
(desde 1989) y muy pronto Irán (según
la CIA) disponen de armas atómicas.
Un
talibán fundamentalista y fanático
Los
talibanes eran jóvenes estudiantes
reclutados en los campos de refugiados afganes
y educados por mullahs en las escuelas de
religión islámica (madrasas),
que se abrieron en Pakistán tras
la repartición de la India en 1947.
Como bien observa Ahmed Rashid, periodista
en Islamabad y autor de un libro sobre “Talibán”
ya traducido (Península 2000), los
talibanes ignoran la historia de su país;
su conocimiento del Islam es sumario, casi
salvaje. Han instrumentalizado la religión
para sus intereses políticos; y de
un Islam que era factor cohesionador han
hecho un Islam factor disociador y guerrerista.
Al retirarse las tropas soviéticas
de Afganistán en 1989, quedó
un vacío de poder que dió
lugar a una intolerable anarquía
belicosa. Los talibanes se presentaron entonces
a la población ávida de paz,
con el Corán en la mano, como los
pacificadores, los salvadores, los reformadores.
Dueños del 90% del territorio afgano
en 1996, buscaron aplicar sin esguinces
la “sharia” (ley coránica)
y han tratado de imponer un “sistema
islámico total” como ejemplo
a seguir. El acoso cultural contra las mujeres
ha sido fanático. “Todas aquellas
leyes que habían permitido el divorcio,
el uso voluntario del velo, el derecho al
voto de la mujer y que habían hecho
que las estudiantes superaran al número
de hombres a finales de los años
setenta en la Universidad de Kabul, fueron
abolidas”. Se cerraron las escuelas
femeninas; se impuso la lapidación
de lo adúlteros, la flagelación
de los homosexuales, la amputación
de manos a los ladrones; se prohibieron
el fútbol, el ajedrez, los juegos
de azar, el cine y la televisión.;
se fusilaron las estatuas de Buda; se están
juzgando severamente a unos trabajadores
extranjeros por sus doctrinas y práctica
evangélica.
El trípode sobre el que reposa económicamente
el regimen talibán está compuesto
por: 1) la gigantesca producción
y exportación de opio (heroína),
que alcanzó las 41.000 toneladas
métricas en 1999; 2) el contrabando
de bienes consumibles; y 3) las regalías
del terrorista millonario Bin Laden, al
que le han dado protección y facilidades
en su territorio.
Un
millonario terrorista
Osama
Bin Laden, 44 años, ojos de fulgor
metálico, nariz aguileña,
barba desmesurada y prolija, perfil de ave
de rapiña. Es el hombre sobre quien
recae mundialmente la responsabilidad de
los graves atentados terroristas en Estados
Unidos, porque no hay en el mundo islámico
otro dirigente capaz como él de financiar
y llevar a cabo operaciones tan costosas,
sin comprometer directamente a un Estado.
Hijo de una familia de Yemen, nacido en
Arabia Saudita, administrador de empresas
y heredero de una gigantesca fortuna, desde
hace años figura en la lista del
FBI de los 10 hombres más buscados
del mundo. Recientemente negó ser
el autor de las masacres en Nueva York y
Washington, pero felicitó sin tapujos
a los responsables. Su afirmación
de inocencia no es creible dados sus antecedentes
y el carácter repetitivo–obsesivo
que suelen tener los terroristas natos.
Ya en 1993 había estado vinculado
al atentado contra el mismo World Trade
Center de N.Y.
En
1979 se sumó a los fundamentalistas
afganos en su lucha contra los soviéticos.
En esos 10 años, Bin Laden y sus
correligionarios recibieron dólares
norteamericanos, el respaldo de Pakistán
y Arabia Saudita y –según informe
de la BBC de Londres– personalmente
fue entrenado por la CIA. Como quien dice,
el Pentágono alimentando el cuervo
que le sacó los ojos. De haber organizado
la Oficina de Servicios para reclutar y
entrenar afganos contra los invasores soviéticos,
Bin Laden pasó clandestinamente desde
1989 a dar cuerpo y músculo a una
especie de Frente Islámico llamado
“La Base” (Al Qaeda) como plataforma
de lanzamiento para la “Jihad”
o guerra santa contra Estados Unidos y Occidente.
Son varios los grupos terroristas conocidos
que se han movido dentro de esa galaxia,
con una trayectoria terrífica de
asteroide. Vehiculan un tipo de terrorismo
religioso, que no es ya el clásico
de violencia política; ahora su arquetipo
es el terrorista suicida. Se han convertido
en el brazo armado de quien pregona que
“a tu adversario debes torcerle el
pescuezo”, de quien profesa que “la
hostilidad hacia Estados Unidos es un deber
religioso y esperamos que Dios nos recompense
por ello”, de quien confía
que “los musulmanes lograrán
poner fin a la leyenda de esa superpotencia
llamada Estados Unidos” (Time,
Ianuary 8, 1999).
Conclusión.
Todo el forcejeo actual, de incalculables
consecuencias, entre el Talibán afgano
y Estados Unidos gira alrededor de este
autodidacta terrorista e incansable empresario
de la guerra “santa”, a quien
se le ocurrió –leyendo el Corán–
que sólo a tiros puede un millonario
pasar por el ojo de una aguja y conquistar
el reino prometido.
24 septiembre 2001 |