Lucha Talibán–Estados Unidos
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Logo Enrique Neira

 

 

     

El fusilamiento perpetrado por el régimen talibán afgano (hace 6 meses en Baniján) de dos gigantescas y venerables estatuas de Buda, tiene algo y mucho que ver con la pulverización de las dos soberbias Torres Gemelas que la barbarie terrorista consumó en Nueva York. Ambos injustificables excesos señalan “el lado oscuro del Islam”. Así titulé entonces mi columna. Denunciaba el fundamentalismo doblado de fanatismo que todo ello implicaba. Pero advertía, sin embargo y con razón –como es oportuno hacerlo también hoy– que “un grupo fanático y fundamentalista como el Talibán, no es el Islam, sino una parte mínima de la cara oscura del Islam. No olvidemos que el Cristianismo tampoco está libre de ciertos grupos fanáticos fundamentalistas. Y nuestro mismo Bolivarianismo no está del todo vacunado contra eventuales sectarismos y fundamentalismos”.

 

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Un territorio inaccesible

Afganistán, con sus prominentes y áridas montañas, ha sido desde muy antiguo paso obligado de las caravanas de seda y hoy del petróleo entre Asia Central, la India, Extremo Oriente y Próximo Oriente. Con sus 24 millones de habitantes está hoy encajonado entre cuatro gigantes: la antigua URSS, China, India e Irán. Objeto de apetencia para las potencias de turno y los poderes regionales, solamente logró ser sometido a la fuerza por los mongoles, bajo la férula legendaria de Gengis Khan a partir de 1219. En Afganistán encallaron el Imperio Británico en el siglo XIX y la Unión Soviética en el siglo XX (años 1979–1989). En la coyuntura actual, Estados Unidos debería pensarlo tres veces antes de embarcarse en una ocupación militar de un territorio que por tres siglos ha sido yunque desgastador de imperios. Y no puede olvidarse el hecho –como lo recuerda Luis Prados de “El País”– que “un eventual ataque militar de Estados Unidos contra Afganistán tendría su epicentro en una de las regiones con más armas nucleares del mundo”. India (desde 1974), Pakistán (desde 1989) y muy pronto Irán (según la CIA) disponen de armas atómicas.

Un talibán fundamentalista y fanático

Los talibanes eran jóvenes estudiantes reclutados en los campos de refugiados afganes y educados por mullahs en las escuelas de religión islámica (madrasas), que se abrieron en Pakistán tras la repartición de la India en 1947. Como bien observa Ahmed Rashid, periodista en Islamabad y autor de un libro sobre “Talibán” ya traducido (Península 2000), los talibanes ignoran la historia de su país; su conocimiento del Islam es sumario, casi salvaje. Han instrumentalizado la religión para sus intereses políticos; y de un Islam que era factor cohesionador han hecho un Islam factor disociador y guerrerista.
Al retirarse las tropas soviéticas de Afganistán en 1989, quedó un vacío de poder que dió lugar a una intolerable anarquía belicosa. Los talibanes se presentaron entonces a la población ávida de paz, con el Corán en la mano, como los pacificadores, los salvadores, los reformadores. Dueños del 90% del territorio afgano en 1996, buscaron aplicar sin esguinces la “sharia” (ley coránica) y han tratado de imponer un “sistema islámico total” como ejemplo a seguir. El acoso cultural contra las mujeres ha sido fanático. “Todas aquellas leyes que habían permitido el divorcio, el uso voluntario del velo, el derecho al voto de la mujer y que habían hecho que las estudiantes superaran al número de hombres a finales de los años setenta en la Universidad de Kabul, fueron abolidas”. Se cerraron las escuelas femeninas; se impuso la lapidación de lo adúlteros, la flagelación de los homosexuales, la amputación de manos a los ladrones; se prohibieron el fútbol, el ajedrez, los juegos de azar, el cine y la televisión.; se fusilaron las estatuas de Buda; se están juzgando severamente a unos trabajadores extranjeros por sus doctrinas y práctica evangélica.
El trípode sobre el que reposa económicamente el regimen talibán está compuesto por: 1) la gigantesca producción y exportación de opio (heroína), que alcanzó las 41.000 toneladas métricas en 1999; 2) el contrabando de bienes consumibles; y 3) las regalías del terrorista millonario Bin Laden, al que le han dado protección y facilidades en su territorio.

Un millonario terrorista

Osama Bin Laden, 44 años, ojos de fulgor metálico, nariz aguileña, barba desmesurada y prolija, perfil de ave de rapiña. Es el hombre sobre quien recae mundialmente la responsabilidad de los graves atentados terroristas en Estados Unidos, porque no hay en el mundo islámico otro dirigente capaz como él de financiar y llevar a cabo operaciones tan costosas, sin comprometer directamente a un Estado. Hijo de una familia de Yemen, nacido en Arabia Saudita, administrador de empresas y heredero de una gigantesca fortuna, desde hace años figura en la lista del FBI de los 10 hombres más buscados del mundo. Recientemente negó ser el autor de las masacres en Nueva York y Washington, pero felicitó sin tapujos a los responsables. Su afirmación de inocencia no es creible dados sus antecedentes y el carácter repetitivo–obsesivo que suelen tener los terroristas natos. Ya en 1993 había estado vinculado al atentado contra el mismo World Trade Center de N.Y.

En 1979 se sumó a los fundamentalistas afganos en su lucha contra los soviéticos. En esos 10 años, Bin Laden y sus correligionarios recibieron dólares norteamericanos, el respaldo de Pakistán y Arabia Saudita y –según informe de la BBC de Londres– personalmente fue entrenado por la CIA. Como quien dice, el Pentágono alimentando el cuervo que le sacó los ojos. De haber organizado la Oficina de Servicios para reclutar y entrenar afganos contra los invasores soviéticos, Bin Laden pasó clandestinamente desde 1989 a dar cuerpo y músculo a una especie de Frente Islámico llamado “La Base” (Al Qaeda) como plataforma de lanzamiento para la “Jihad” o guerra santa contra Estados Unidos y Occidente. Son varios los grupos terroristas conocidos que se han movido dentro de esa galaxia, con una trayectoria terrífica de asteroide. Vehiculan un tipo de terrorismo religioso, que no es ya el clásico de violencia política; ahora su arquetipo es el terrorista suicida. Se han convertido en el brazo armado de quien pregona que “a tu adversario debes torcerle el pescuezo”, de quien profesa que “la hostilidad hacia Estados Unidos es un deber religioso y esperamos que Dios nos recompense por ello”, de quien confía que “los musulmanes lograrán poner fin a la leyenda de esa superpotencia llamada Estados Unidos” (Time, Ianuary 8, 1999).

Conclusión. Todo el forcejeo actual, de incalculables consecuencias, entre el Talibán afgano y Estados Unidos gira alrededor de este autodidacta terrorista e incansable empresario de la guerra “santa”, a quien se le ocurrió –leyendo el Corán– que sólo a tiros puede un millonario pasar por el ojo de una aguja y conquistar el reino prometido.

24 septiembre 2001