| revolución-involución
A
la luz de los que han hecho realmente revoluciones
en la historia y de sus grandes ideólogos
y sistematizadores, una revolución
es cosa seria y de gran aliento. No es un
juego de improvisación ni una aventura
de aficionados. Requiere como mínimo
tres ingredientes para ser, hacerse y mantenerse:
1) Es un nuevo orden que implica una ruptura
radical con el anterior. 2) Requiere un
tipo de organización popular. 3)
Implica un largo camino de formación
ideológica y política.
1)
Aunque se lo llame ‘revolución’,
el proceso de cambio liderado por Hugo Chávez
no ha representado ni parece vaya a representar
un cambio radical. No ha acometido el objetivo
de alterar la estructura económica
que se mantiene en Venezuela desde 1917,
inicio de la era petrolera, con miras a
revertir el proceso de creación y
distribución de la riqueza social,
contra la cual ha hablado tanto. Los rasgos
de la peculiar patología de la economía
venezolana se han acentuado, a lo que ha
contribuido el nivel de precios del petróleo
que ha venido creciendo paulatinamente desde
1999.
No se ve cómo una incierta reforma
del Estado, de la que habla Chávez,
vaya a modificar radicalmente el ‘Estado
rentista petrolero’ de Venezuela,
en el que estamos sumergidos (y hasta contentos),
y del que salen abundantemente todos los
recursos para la ‘revolución’,
sus agentes y su maquinaria.
Las
revoluciones son el resultado de una gestión
social y de una organización popular
muy compleja, de la que carece la ‘revolución’
chavista. El MVR (Movimiento Vª República)
que era el indicado para motorizar la ‘revolución’
hasta lograr el control de los resortes
del poder y luégo, el mejor posicionado
para recubrir los cargos importantes del
aparato estatal, ha sido el gran fracaso
reconocido por sus propios dirigentes, y
dejado a un lado por el Jefe. Se intenta
ahora el PSUV (Patido Socialista Unido de
Venezuela). Pero no existe una organización
social que sea sólida y garantía
de triunfo de esta ‘revolución’
que comienza a entrar en una nueva etapa.
Etapa que tiene que ser ya la de realizaciones
y cumplir repetidas promesas hechas a un
electorado menesteroso que comienza a cansarse
(Pastor Heydra : Las promesas de Chávez,
Caracas, 2003).
2) . “Cuando el dinero se acaba finaliza
la revolución…Con el apoyo
de los mercenarios no se hace una revolución.
El mercenario no se juega la vida por nada
ni por nadie” (Rigoberto Henríquez
Vera).
Guillermo
García Ponce, uno de los principales
asesores ideológicos del Comandante
Hugo Chávez -y personaje libre de
cualquier sospecha para el régimen-,
había venido insistiendo en la necesidad
de organización para defender la
revolución. En declaraciones, como
Jefe que era del directorio del Comando
Político de la revolución,
tenía bien claro por qué la
revolución necesitaba un alicate
grande (El Nacional, 20 enero 2002):
Una de las fallas fundamentales de este
proceso es que se ha mantenido el fraccionamiento
y la dispersión en el seno de las
fuerzas de avanzada, lo que ha permitido
una brecha por la cual se han colado trepadores,
oportunistas, no identificados políticamente
con el proceso.
El chavismo constituye una identidad heterogénea,
fragmentada y desigual, con diversos niveles
de adhesión, afinidad, respaldo,
politización y militancia, muy influenciados
por los grados de identificación
y simpatía con respecto a Chávez.
Igualmente, el chavismo organizado no ha
logrado convertirse todavía en la
dirección ideológica y política
de los chavistas y simpatizantes que le
permita ‘gerenciar’ el amplio
movimiento social que está emergiendo
por el impulso del discurso presidencial
y respaldo del Gobierno.
3)
Y esta ‘revolución’ no
ha recorrido el camino ideológico,
que suele ser largo, antes de la toma del
poder e imprescindible para la misma organización
de los militantes y seguidores. Toda revolución
socio-política implica una ‘revolución
cultural’. La revolución bolchevique
-y de ahí para adelante las comunistas-
se hicieron siguiendo el manual de formación
y organización “¡Qué
hacer?”, escrito por el gran estratega
Lenin en 1902. La “Larga Marcha”
por el inmenso territorio chino fue el instrumento
ideado por Mao-Sedung para ir convocando,
formando ideológicamente y organizando
en milicias armadas las huestes de campesinos
con que impondría en China la República
Popular. Cuando intentó corregir
supuestas desviaciones en su revolución,
desató la “Revolución
Cultural” (1966-1969), mostrando el
valor condicionante que la conciencia y
la cultura tienen sobre las reformas económicas.
Sólo así puede evitarse que
una revolución resulte colonizada
por los oportunistas que la emplean como
medio para trepar en estatus y alcanzar
una riqueza repentina fácil. Otros
estrategas han ideado formas alternativas
de formación de conciencia revolucionaria
y organización de lucha, como el
Che Guevara y Castro, con la aplicación
que hicieron de los “focos guerrilleros”.
Bien ha dicho un filósofo político
venezolano que “las transformaciones
sociales profundas y radicales sólo
acontecen porque en el escenario aparece
una nueva ‘formación social’.
¡Así que no hay transformación
sin formación!” (Máximo
Desiato).
El
pueblo: cuestión de fondo
Personalmente
he llegado al convencimiento de que el problema
de fondo que subyace a la legitimidad de
la ‘revolución’ convocada
por Chávez, radica en el concepto
y realidad de “pueblo”, tal
como se lo viene manejando (Asumo reflexiones
de Carlos Blanco en su libro Revolución
y desilusión)..
“Pueblo”-
en su sentido jurídico que es el
que se aplica desde la Revolución
Francesa (1789) en todas las Constituciones
del mundo- son todos los ciudadanos de un
Estado, cualquiera que sea el lugar donde
se encuentren. Constituyen pueblo los que
están sujetos a la potestad del Estado,
ligados por el vínculo de la ciudadanía,
vivan o no en su territorio. “La soberanía
reside intransferiblemente en el pueblo,
quien la ejerce directamente en la forma
prevista en esta Constitución y en
la ley, e indirectamente mediante el sufragio,
por los órganos que ejercen el poder
público” (Constitución
de Venezuela 1998, art. 5).
No forman, pues, parte del pueblo ni los
extranjeros, ni los menores de edad, ni
los declarados inhábiles para ejercer
sus derechos ciudadanos. Una buena definición
técnica de pueblo la da Maritain
cuando dice que es “la multidud de
personas que, unidas bajo leyes justas,
por la mutua amistad y por el bien común
de sus humanas existencias, constituyen
una sociedad política o un cuerpo
político” (El Hombre y el Estado).
La
visión de Chávez no fue constituir
a los ciudadanos venezolanos como sujeto
social de una ‘revolución’,
sino como masa de apoyo al régimen.
El pueblo se convirtió en un vacío
rellenable según la coyuntura y necesidades
políticas del proceso, a juicio del
líder. El régimen construyó
un “pueblo” a la medida de sus
requerimientos de apoyo, que inicialmente
eran los de destruir el viejo sistema ‘corrupto’
y dejar desuetas sus instituciones ‘oligarcas’.
Ese mismo ‘pueblo’ sirvió
(inspirado en Robespierre y la Asamblea
unicameral del Pueblo en la Revolución
Francesa) para elaborar la nueva Constitución
“revolucionaria y bolivariana”.
Las victorias de Chávez han sido
sólo unos resultados electorales
montados sobre unas masas empobrecidas que
siguen a un líder que todavía
cuenta con dinero para repartir. Estas masas
no se han constituido en nada parecido a
un ejército revolucionario, ni a
un proletariado combatiente, ni a un campesinado
adoctrinado y armado. Han sido pacíficos
electores, radicalmente descontentos con
el orden político previo, y que todavía
sueñan con las promesas de un nuevo
orden más justo, honesto y capaz
de distribuir bien la riqueza. Estos electores
son fuente de fuerza y legitimidad política
en el marco de la democracia todavía
existente, pero no fuera de ella como una
fuerza revolucionaria, comprometida con
los designios de una ruptura radical y organizada
para llevarlos a efecto.
La ‘revolución’ tal vez
existe en la mente y en el discurso del
caudillo, pero es inviable así. El
pueblo revolucionario no existe. Existen
los ciudadanos que sólo siguen quedando
como multitud desorganizada y dispersa.
El poder del pueblo (en quien se supone
reside intrasferiblemente la soberanía)
ha sido utilizado para los ritos aclamatorios
electorales y ha venido siendo succionado
en realidad por un único y extremadamente
denso centro de dominio: el del comandante
Chávez, quien se ha convertido en
el “agujero negro” de la política
venezolana. Esto no es una verdadera revolución
popular (es decir del pueblo) en ninguna
época de la historia y en ningún
país del mundo.
"Chavez
intentó el salto desde el subdesarrollo
petrolero al socialismo y terminó
chapoteando sin proyecto real en el medio
de la destrucción, sin poder construir
nada alternativo. Ni era socialismo, ni
bolivarianismo, ni democracia avanzada,
ni tercera vía, sino un intento
de derribar a los viejos agentes del sistema
político, obteniendo, al final,
que muchos de ellos revivieran" (C.
Blanco)..
De
la proclamada ‘revolución’
no va quedando sino una amarga ‘desilusión’
o quizás menos, una ‘involución’,
es decir una marcha atrás de muchos
años, una caída impulsada
por la ley de la ‘entropía’
que afecta todos los fenómenos de
nuestro universo y va llevando a Venezuela
hacia la disgregación, a niveles
de menor desarrollo y complejidad.
"El
líder, que ha dicho que no es nada,
sino apenas un pálpito del pueblo,
una brizna llevada y traída por
fuerzas que no maneja, termina concibiéndose
como el todo, el eje, el líder
insustituible, porque al fin y al cabo,
es el pueblo transubstanciado…Al
final, lo que quedó de la revolución
del juego de espejos es Chávez.
Él es el pueblo" (C. Blanco).
Dimes y diretes
Quien aplique indicadores serios y objetivos
a la realidad del país en los diez
años que lleva el intento de ‘revolución
bolivariana' no puede menos que concluir
que “por ahora” no ha habido
una evolución radical hacia 'mejor',
sino una involución gradual hacia
'peor'.
De corazón quisiéramos que
de las premisas saliera una conclusión
diferente, pero no es posible “por
ahora”, respetando una lógica
y una metodología rigurosa. Y en
esto hay un acuerdo muy generalizado de
autorizados estudiosos y analistas del país.
*
Para Gustavo Tarre Briceño (El
Nacional, 5 enero 2003):
"Los
grandes procesos revolucionarios han traído
consigo muchos vicios. Lo que ha hecho Chávez
es tomar sólo esos elementos negativos
de las otras revoluciones, pero no los cambios.
En primer lugar, está la intolerancia:
la sociedad se divide entre buenos y malos,
la oposición se la califica como
contrarrevolución, todo lo que favorece
a la revolución es bueno y todo lo
que se le opone es malo. Por otro lado está
el surgimiento de una nueva clase privilegiada,
que sustituye a la élite política
anterior y vive de los privilegios del poder.
En las revoluciones también se suele
presentar un cuadro de ineficiencia, por
la improvisación o por la politización
de la función pública; y la
culpa de esos fracasos siempre la tienen
otros. Por último, las revoluciones
también tienen implícito el
culto a la personalidad, al líder
máximo del proceso. Todo esto está
presente en la ‘revolución
bonita’ de Chávez".
*
Para Simón Alberto Consalvi lo que
se está presenciando es el alboroto
como revolución (El Nacional,
18 febrero 2001):
"Un alboroto de desfiles militares,
de pasos de ganso, de tambores y timbales,
de largas marchas. El alboroto de un solo
discurso que se repite de manera incesante.
El alboroto de ministros que entran y salen
sin dejar palabra de lo que han hecho, o
que renuncian y se quedan en sus despachos,
que son y no son. El alboroto de la Asamblea
Nacional que ni aprueba las leyes que debe
aprobar, ni recibe las memorias y cuentas
de los ministros, pero que tiene, eso sí,
cien manos dispuestas a alzarse, con la
señal de costumbre, o con el guiño
del ojo que se asoma desde la gran ventana
del pueblo. La gran asamblea unicameral
del honorable diputado Robot. Nunca pensó
el gran Simón Rodríguez que
pudiera darse un alboroto de tan grandes
proporciones. Aquellos alborotos tenían
otras dimensiones, alborotos en pequeñas
ciudades coloniales, o en las aldeas andinas
que recorrió a pie, como un buen
predicador. Este alboroto venezolano del
siglo XXI nunca fue imaginado".
*
Para Allan Brewer Carías, en apretada
síntesis (La crisis de la democracia
venezolana, 2002):
"Venezuela vive actualmente una tragedia
política. Lo que pudo haber sido
un gobierno de cambio para profundizar la
democracia, que permitiera iniciar, con
el propio siglo XXI, un nuevo ciclo histórico
político de democracia descentralizada
y participativa, no ha resultado otra cosa
que una deformación y caricatura
de todos los vicios del ciclo iniciado en
1945, el cual por tanto, no ha concluido.
En el cuadro de la historia, ese será
el mayor castigo que tendrá el presidente
Chávez y sus tropas de asalto, haberse
constituido en lo peor del ciclo del partidismo
centralista, con todos los problemas económicos
y sociales agravados".
*
Para Teodoro Petkoff (Hugo Chávez
tal cual, 2002):
"Vivimos, desde la llegada de este
personaje a Miraflores, en un mundo esquizofrénico.
Triunfó donde habíamos fracasado
quienes enfrentábamos a AD y Copei,
pero ha reproducido los peores rasgos de
aquella prolongada hegemonía. Exalta
constantemente la democracia participativa
pero la acompaña del más elemental,
desenfrenado y fastidioso personalismo autoritario.
Diarias diatribas contra el neo-liberalismo
y el capitalismo salvaje y ausencia total
de acciones reales, tanto en lo económico
como en lo social, que conformen un plan
alternativo a lo que se declara impugnar.
Constantes jaculatorias sobre la pobreza,
que nutren un estéril torneo populista,
no cambian para nada la suerte de los pobres.
Invocación permanente a la ineludible
exigencia de austeridad en la vida pública
y privada de todo ciudadano y monumental
derroche y despilfarro en su acción
como gobernante. Estridente reclamo nacionalista,
a la par de una política exterior
equívoca, que más bien pone
en peligro la soberanía. Vivimos
una terrible escisión entre el verbo
y los hechos. Millardos de palabras que
envuelven un vacío de realizaciones,
tal ha sido y tal amenaza con ser la administración
de Hugo Chávez".
Conclusión
El
término ´revolución´
no es nuevo en la historia política
de Venezuela. Si hay país donde se
haya abusado de ese concepto, ese es Venezuela.
Aquí ha habido la Revolución
Azul, la Federal, la Liberal Restauradora,
la de Octubre. Pero nunca como ahora, con
la retórica gubernamental, el término
ha estado más presente que en coyunturas
pretéritas.
El
término en su verdadero significado
implica algo serio, empeñativo, radical.
No es un juego de rebeldes con causa o sin
causa; no es una aventura más sin
saber a dónde se va; no es un simple
relevo de quienes mandan en el país;
no es la amenaza de reformas contra los
que tienen a favor de los que no tienen.
Una revolución es un cambio sustancial
de las estructuras de una sociedad. Es un
remezón de lo que existe para construir
el diseño exigente de lo que viene.
Se la suele definir con criterios económicos,
políticos y sociales. En este caso,
la chavista es la única revolución
que se define con un criterio estético:
la ‘revolución bonita’.
Y a diez años de su propuesta, todavía
no sabemos hacia dónde quiere conducir
y cuál la sociedad modelo o utópica
hacia la que fuerza a ir al colectivo.
Lo que todavía anima a esta revolución,
la sostiene al interior del país
y la publicita al exterior, es su inagotable
soporte de petrodólares. Es el éxito
de este caso único en la historia.
Es una “revolución prepaga”.
Del análisis serio y objetivo de
sus componentes visibles, resulta claro
(“por ahora”) que si es atrevido
e injusto designarla como “una revolución
de saliva”(Caballero), la susodicha
no es propiamente ‘revolución’
ni ‘bolivariana’, aunque se
haya querido ‘rescatar’ a Bolívar
aduciéndolo frecuentemente, pero
mutilándolo con frecuencia, al citarlo
fuera de contexto, sin que el héroe
pueda quejarse.
Lamentablemente,
por sus resultados (hasta ahora), la ´revolución´
-que justificaría el bautizo de una
nueva “Quinta República”-
no hace sino corroborar el severo juicio
de Level de Goda sobre la historia política
de Venezuela ( Historia Contemporánea
de Venezuela, 1893 . Citado por Antonio
Sánchez García: Dictadura
o democracia. Venezuela en la encrucijada,
Caracas, Altazor 2003):
"Las
revoluciones no han producido en Venezuela
sino el caudillaje más vulgar, gobiernos
personales y de caciques, grandes desórdenes
y desafueros, corrupción y una larga
y horrenda tiranía, la ruina moral
del país y la degradación
de un gran número de venezolanos".
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